LA
VIGILIA
Que la mujer sea tierna, sumisa y
obedeciente cuando el marido es
bueno; que sea circunspecta y
paciente si el marido es malo.
Sun-Tsé
EL GUARDIAN, un hombre de estatura comparativamente más elevada
que la
de la mayoría de los cantoneses y de otros sureños, ha
cerrado el
pesado portón de fierros y de vidrios gruesos y opacos. El ruido
producido por el último de los cerrojos al ser corrido acaba de
oírse
en medio del enorme y vacío recinto con gran estrépito.
En el inmenso
salón de reuniones de la Sociedad Chun San nos hemos quedado
completamente solos, Ah-chung y yo, aparte del guardián.
El guardián se nos acerca, su larga y flaca figura
adelantándose con
lentitud, balanceando un manojo de llaves en su mano derecha. "Chícuchei
", nos dice en cantonés. " Por qué no se van a su casa?
No tienen
porqué quedarse a pasar la noche aquí. Yo me puedo
encargar de todo lo
demás".
Ah-chung lo mira en silencio, levantando el rostro hacia su
interlocutor. "Nos quedamos", dice parcamente, en un murmullo.
El guardián hace un gesto como quien dice, bueno, es cosa tuya
si
insistes, sólo quería darte un buen consejo, y se aleja.
Va donde está
la enorme y larga mesa de lectura, colocada en el lado derecho del
salón y empieza a acomodar las revistas que están
desparramadas encima.
Luego hace lo propio con las sillas a ambos lados de la mesa, unas
catorce en total, tratando de no producir mucho ruido. Ya casi desde el
fondo del recinto nos dice volteando la cara en nuestra
dirección,
"Dejaré algunas luces para ustedes. Apaguénlas cuando
empiece a
amanecer".
Ah-chung asiente con un movimiento de cabeza. Yo hago también lo
propio. El guardián se acerca al conmutador general y empieza a
apagar
las luces, dejando, como lo ha prometido, aquellas que se hallan en el
rincón donde mi si-kó
y yo estamos sentados. El salón se queda completamente a
oscuras,
excepto por un pequeño parche de espacio y por la amarillenta
luz que
proviene del cuarto que está al otro extremo. Por un instante
nos
quedamos como ciegos, sin distinguir nada más que nuestros
propios
cuerpos. Cuando por fin nos acostumbramos a la oscuridad, el
guardián
ya no está en el recinto. Ahora nos encontramos en verdad solos.
A mi lado, Ah-chung empieza a respirar pesadamente, con dificultad. Tal
vez ha empezado a hacerlo desde mucho tiempo antes, pero no lo he
notado sino hasta este momento, cuando el silencio que nos rodea es
completo. Ah-chung sufre de asma. Tiene quince años, cuatro
más que yo.
El asma nació con él: Ah-chung vino al mundo ya
asmático. En Siék-ki,
nuestro pueblo nativo, le dieron a probar todo tipo de medicamentos,
todo tipo de hierbas, pero ninguno le hizo el menor bien. Vinimos a
Lima, y el clima de Lima sólo empeoró más sus
bronquios. A veces sufre
tanto que no puede dormir acostado.
"Ah-chung", digo en un susurro, sin atreverme a levantar mucho la voz,
temiendo que en medio del agobiante silencio mis palabras pudieran
producir el efecto de una explosión. " Estás bien?, Tu
asma otra vez?".
Mi hermano tose por unos segundos antes de contestarme, "Espero que no.
Ya se me pasará. tienes algún chicle de mentol?".
"Tengo dos cajitas de chicle, pero de menta".
"Bueno, dame una. La otra caja la guardas para las emergencias".
Le doy la caja de chicle. La rompe con ansia, vacía su contenido
en la
boca y empieza a mascar ávidamente. Al cabo de un rato su
respiración
ya está mejor, más aliviada. Permanecemos de nuevo en
silencio, fijando
nuestras miradas en la luz que proviene del cuarto al fondo del
salón.
Es una luz amarillenta, como he dicho antes. Proviene de seis cirios,
colocados tres cada uno a ambos lados de un féretro. En aquel
cuarto al
fondo del salón se están velando los restos de nuestra
hermana Ah-sou,
la mayor de todos nosotros.
Hace seis horas he entrado a aquel pequeño cuarto, atestado de
coronas
florales, de cirios, de velos funerarios, junto con Ah-chung. Mi madre
acababa de salir de él, hecha un manojo de nervios, sostenida
por mi
padre por un lado y por el otro por mi madrina. Entramos solos y nos
dejaron solos allí por un buen rato. Ah-chung se acercó
al ataúd y
permaneció con la mirada fija en la abertura de su parte
superior. Yo
me quedé rezagado atrás, sin atreverme a acercar
más. No tuve el valor
de mirar el rostro de mi difunta hermana, aunque sabía que era
la
última oportunidad que tenía en hacerlo. Me puse a llorar
en silencio y
cuando Ah-chung se acercó a mí, noté que
también tenía el rostro bañado
en lágrimas. Jadeaba. El moco se deslizaba de su nariz hacia su
labio
superior. Sacó el pañuelo del bolsillo trasero de su
pantalón, se secó
las lágrimas y se sonó. Luego hizo algo inesperado: se
hincó sobre el
reclinatorio que había al pie del féretro. "Peter", me
llamó por el
nombre inglés que usaba cuando estudiábamos en Aberdeen.
"Ven a rezar
conmigo".
" Rezar?" dije. Ni Ah-chung ni yo somos católicos o
protestantes. En
realidad, ninguno de los dos profesamos ninguna clase de
religión. "
Qué vamos a rezar?" pregunté, incierto. " El
Padrenuestro?". En el Sam
Men
, durante las clases de religión, nos habían hecho
aprender de memoria
los Diez Mandamientos, el Padrenuestro y los preceptos del Catolicismo,
todo en castellano.
" Qué importa que sea el Padrenuestro o no?" contestó mi
hermano.
En verdad, qué importa que sea el Padrenuestro, el
Avemaría o una
letanía budista cualquiera?
Me hinqué también en el reclinatorio y recé, no
con palabras, ni
siquiera con el pensamiento. Recé con el corazón, si cabe
la expresión.
Cuando salimos, nuestra madre acababa de sufrir un desmayo.
Ah-pá nos
dijo que la iba a llevar a casa, que permeneciéramos hasta la
hora de
cierre de la Sociedad, y que luego regresáramos por nuestros
propios
medios. Nos dio plata para el taxi y luego se marchó con
Ah-má y la
madrina en su carro. Los asistentes al velorio se fueron antes de las
once, la hora del cierre. Ah-chung y yo decidimos no hacer caso de las
palabras de nuestro padre: decidimos velar el féretro solos,
hasta la
mañana siguiente, como un último tributo a la difunta.
La figura enjuta y angulosa del guardián emerge de nuevo de
entre las
sombras. Trae entre las manos una frazada grande y usada. Sus zapatos
chirrían un poco en medio del silencio.
"Va a hacer mucho frío más tarde", dice. "Será
mejor que se abriguen
con esta frazada". Deja la frazada en la silla vacía que
está al
costado de Ah-chung. Le damos las gracias por su gentileza,
llamándole
"Ah-pák" por vez primera en toda la noche.
"No tiene porqué", dice antes de marcharse. "Buenas noches, chícuchei
".
"Buenas noches".
Tapados ahora con la enorme frazada, hemos dejado el temblar. Pero
todavía siento el frío que parece surgir del suelo, sube
por las pierna
y me llega hasta las rodillas. Me quito los zapatos y me hago un
ovillo, metiendo el otro extremo de la frazada debajo de mis posaderas.
"Trata de dormir", me dice Ah-chung. "Tenemos una larga noche por
delante".
" Qué hora es?".
Ah-chung saca su brazo izquierdo de la frazada y trata de ver las
manecillas de su reloj pulsera, que no son luminosas con la escasa luz
que hay encima de nosotros. "Recién las doce", dice.
Fuera de la Sociedad, la calle se ha quedado silenciosa también.
Ya
desde algún rato no oímos pasar ningún carro.
Paruro debe estar
desierta a esta hora. Ah-chung ha cerrado los ojos. Su
respiración se
ha hecho pausada y regular. Parece que se ha dormido pero no estoy
seguro. Quién puede dormirse en un lugar así, en el
estado de ánimo en
que nos encontramos? No yo, al menos. La luz amarillenta del cuarto de
al fondo está directamente enfrente mío, pero a una
considerable
distancia. Siento como si estuviera dentro de un túnel, y que la
luz
amarillenta indicara la salida de ese túnel. Pero ésa es
una falsa
impresión: la luz de la salida de un túnel es siempre una
luz alegre,
de esperanza, cálida y argéntea. Esta, en cambio, es una
luz mortecina.
No indica la salida del túnel sino su comienzo.
Eramos cinco hermanos, Ah-sou era la mayor y la única que era
mujer.
Ah-p'ing y Ah-uing, mis yi-kó y sám-kó
, están ahora en los Estados Unidos, estudiando para ser
ingenieros.
Ah-sou se casó hace apenas tres años, a los veinte y
cinco años de
edad. En nuestra familia la consideraban entonces como una vieja
solterona y trataban de casarla a toda costa. " Qué quieres?"
solía
decirle mi madre, que es una mujer enérgica. " Vas a esperar a
que te
salgán las canas para casarte?" Lo decía a veces delante
de todos
nosotros, mientras almorzábamos o cenábamos,
avergonzándola. Mi hermana
no era nada fea, tenía facciones más bien delicadas, pero
era por
naturaleza tímida, introvertida y le faltaba carácter. La
mayor parte
de su vida la había pasado en Hong Kong. No hablaba el
castellano y
como ya era mayorcita, tampoco iba al colegio chino como lo hacemos
Ah-chung y yo. Era natural entonces que tuviera pocas amistades y menos
aún, pretendientes. Y había llegado a una edad en que,
para la mayoría
de las mujeres chinas chapadas a la antigua, como Ah-má, no
casarse era
algo tan insoportablemente vergonzoso como el haber perdido la
virginidad sin estar antes casada. Mi madre es una mujer autoritaria y
sumamente emprendedora. "Si no puede conseguir un marido por sí
sola,
yo lo haré por ella", debió decirse a sí misma. El
marido que consiguió
para Ah-sou se llama Li Shu-Wen, y es el dueño de un
próspero negocio
en la calle Billingurst. Tenía entonces unos cuarenta
años, no se había
casado nunca, pero según se rumoreaba en el Barrio,
mantenía a una
amante peruana en un pisito de Jesús María. Mi madre
decidió pasar por
alto aquel pequeño detalle, pero se aseguró previamente
de que no
tuviera ningún hijo bastardo. Li Shu-Wen es un hombre bajo y
pálido, y
usa lentes ahumados todo el tiempo, pero no por ningún defecto
ocular.
Aquello de los lentes es algo que nunca he llegado a explicarme
satisfactoriamente. Si no sufre de ningún defecto o enfermedad a
la
vista, cosa de la cual estoy completamente seguro, por qué,
entonces,
esa persistencia de usar lentes ahumados? Cuestión de gusto?
Entonces
sus gustos son pésimos, pues los lentes ahumados, contrastados
con la
palidez usual de su rostro, le daban un aspecto siniestro. Como nunca
he llegado a intimarme con él, jamás le pregunté
sobre el tema.
La diferencia de edad entre Ah-sou y el marido escogido tan
atinadamente para ella no fue obstáculo alguno. Diferencias de
ese
orden son eliminadas por conveniencias recíprocamente
correspondidas. Y
mamá sabía o creía saber lo que le convenía
a Ah-sou.
Ah-sou se casó con gran pompa y derroche de dinero. Los
invitados al
banquete nupcial llegaron a ocupar en el Lung Fung unas
cuarenta mesas. Para ser sincero, debo admitir que Ah-sou no
parecía
estar en absoluto mortificada o descontenta con el esposo que se le
había inpuesto. En cuanto a Ah-má, su corazón no
cabía de gozo. Después
de todo, no todas las madres tenían la satisfacción de
casar a su única
hija con un buen partido: uno con mucha plata.
Me he quedado dormido por un rato, no realmente un sueño, sino
un
momento de sopor. Cuando termino por salir de ese estado, Ah-chung
está
completamente despierto. Empieza a librarse de la frazada, se pone de
pie y se aleja un poco para estirar sus piernas. Bajo la tenue y
pálida
luz de los tubos fluorescentes, Ah-chung tiene una figura
extraña. Mi
cuarto hermano mayor es un chico bajo, algo rechoncho. Cuando estamos
parados juntos, apenas es dos dedos más alto que yo. Ahora
está vestido
de terno negro y corbata negra. Parece un señor maduro y serio.
He
echado la frazada a un lado y empiezo a ponerme los zapatos. Cuando me
encuentro atando los cordones, Ah-chung me dice, "Peter".
" Sí?"
Ah-chung me mira gravemente, como si estuviera estudiándome.
"Voy a verla de nuevo", dice muy quedamente. "Quiero que te vengas
conmigo".
El corazón se me encoge de pura aprensión. Iba a
contestar para qué,
pero la respuesta me pareció irreverente.
Ah-chung está impaciente ahora. " Te vienes o no?"
No espera mi respuesta y empieza a encaminarse hacia el cuarto al otro
extremo del salón. Su figura desaparece paulatinamente del
espacio de
luz blanca que hay en nuestra esquina, pero mis ojos se han
acostumbrado a la oscuridad y puedo verlo pasando a lo largo de la mesa
de lectura, dirigiéndose hacia la luz amarillenta. Como un
autómata,
voy detrás de él.
Ah-chung está esperándome en el umbral del cuarto, la
cara vuelta hacia
mí. No puedo ver la expresión de su rostro porque
está a contraluz. A
medida que avanzo hacia él, siento el fuerte olor de las coronas
florales. Es sólo el olor de las flores, digo para mis adentros,
pero
en lo más hondo de mi ser siento que es el olor de la muerte.
Una vez dentro del cuarto, Ah-chung me dice," Tú no has visto
aún su
cara, verdad?".
"No", respondo débilmente. La angustia va apoderándose de
mí cada vez
con mayor fuerza. Todo alrededor mío me parece horrible, desde
el
inconfundible olor de las coronas, la luz mortecina de los cirios, los
velos negros colgados en las paredes hasta el reclinatorio de madera; y
desde luego, el féretro de metal oscuro.
Mi hermano me rodea los hombros con uno de sus brazos. Yo me he echado
a llorar de nuevo. Ah-chung me dice en voz suave pero firme, "Pues yo
quiero que la veas. Quiero que la recuerdes para toda tu vida". Con la
muerte de Ah-sou y en ausencia de yi-kó y de sám-kó
, Ah-chung ha asumido el papel del hermano mayor y, ciertamente, lo
hace bastante bien.
Yo para mis adentros me digo, "Voy a verla sólo por un segundo.
Luego
cerraré los ojos y no los abriré hasta que me haya
alejado del ataúd".
Con esa idea en mente me dejo llevar hasta la cabecera del
féretro y,
juntos, Ah-chung y yo, nos inclinamos para contemplar por última
vez el
rostro inerte de nuestra hermana.
Jamás podré olvidar aquella visión en tanto viva!
Ah-sou está echada en el fondo forrado de seda del
féretro con los dos
brazos cruzados sobre su pecho, que parece más plano que nunca.
Su piel
tiene un horrible tinte azulado, sobre todo en la parte de la cara, que
está amoratada. Tiene los ojos semiabiertos. Alguien
debió haber
tratado de cerrarlos pero obviamente no logró el
propósito: los ojos
sin vida, pero con un brillo viscoso, miran hacia el vacío
inexpresivamente. Sus labios están también entreabiertos,
y puedo ver
claramente la punta de su lengua asomándose entre ellos. Han
soltado
sus cabellos con el fin de cubrir su delgado cuello, pero sus cabellos
no son lo suficientemente largos: puedo ver la marca de la soga
alrededor de su carne, justo debajo de la barbilla, en la forma de una
larga y circular laceración.
"Está bien", oigo decir a Ah-chung. "No mires más.
Vámonos ahorita
mismo".
Pocos minutos después estamos de nuevo acurrucados en nuestro
antiguo
lugar, cubiertos por la frazada. Yo he dejado de llorar. Ah-chung,
simplemente, no ha vertido una sola lágrima en todo aquel lapso.
Desde
hace un buen rato ha aprendido a dominar sus emociones. Me toca con una
de sus manos debajo de la frazada y me dice, "Dame la otra caja de
chicle, Peter. Los bronquios me están dando problemas de nuevo".
La oscuridad ha dejado de ser tan densa como antes. Dentro del enorme
salón de reuniones noto que hay ahora una especie de niebla
tenue. El
ambiente está más frío. Tiritamos levemente debajo
de la frazada. Aun
sin ver el reloj, sé que está por amanecer.
"Voy a cabecear un rato", me dice Ah-chung, masticando el chicle.
"Despiértame dentro de una hora para apagar las luces". Se
detiene un
momento, acordándose de repente de mí. " Tú no te
vas a dormir,
verdad?".
"No lo sé", digo.
"Bueno, no importa. Duerme si quieres. Yo sabré despertarme
solo".
A las tres o cuatro de la madrugada vuelvo a despertarme de un sopor
intermitente. Las luces están totalmente apagadas, pero la
claridad ha
empezado a filtrarse por los tragaluces. Hay ahora suficiente luz en el
salón como para distinguir los pequeños retratos de
porcelana
incrustados en sus paredes laterales. En una de las enormes placas de
bronce colocadas debajo de los retratos están grabados los
nombres de
mi padre y de mi padrino, como unos de los que han contribuido
más a la
financiación del local. Está también el nombre de
Li Shu-Wen. Ah-chung
está sentado a un costado de la mesa de lectura, hojeando una
revista.
El aire es fresco, saturado de invisibles gotas de rocío. Va a
ser un
buen día para el funeral.
Me acerco a donde mi hermano y me siento a su lado. Juntos hojeamos
todas las revistas, mirando las fotografías y leyendo, de rato
en rato,
algún pequeño artículo. Así permanecimos
hasta que el guardián aparece
de nuevo para abrir el portón. Ah-pá está delante
del portón
aguardando, cuando éste se abrió. Entra al salón
con pasos cansinos.
Sus ojos y su rostro denotan que no ha dormido en toda la noche. Lo
primero que hace apenas puso los pies dentro es recriminarnos por no
haber vuelto a casa. "No tenían porqué quedarse a pasar
la noche aquí",
dice. "Ah-sou está muerta. A los muertos les es igual que los
velen
toda la noche o no".
Ah-chung trata de ver si ha aparcado el carro afuera. " Ha venido
Ah-má
contigo?" pregunta.
"No", responde Ah-pá con voz abatida. "Tu madre está
histérica. Es
mejor que no viniera al funeral". Se derrumba literalmente sobre una de
las sillas y allí permanece, la cabeza gacha, esperando a los de
la
funeraria, que deben venir a cerrar el féretro.
Ah-chung y yo salimos a la calle. Vamos a comprar algo para comer y
algún jarabe para el asma de Ah-chung. Un tímido y
pálido sol nos da la
bienvenida afuera. Caminamos muy juntos, mi hombro derecho chocando con
el izquierdo de mi hermano. Después de dudar mucho, me decido al
fin a
hacer a Ah-chung una pregunta que desde la madrugada ha venido
torturándome. " Tú crees que Li Shu-Wen se
atreverá a venir al
entierro?" Noto que he optado por no llamar a Li Shu-Wen nuestro
cuñado.
Mi pregunta ha tenido el efecto de un rayo. Por un breve instante,
Ah-chung se ha detenido en medio de la calle, mirándome
inexpresivamente. Luego su pálido y asmático rostro ha
adquirido una
expresión de ironía. Me mira como si yo fuese el chico
más tonto de la
tierra. "Tú qué crees?" me pregunta, en lugar de
responderme.
Me doy cuenta entonces que he hecho una pregunta estúpida. Li
Shu-Wen
no vino al velorio, y no vendrá al entierro. Cuando un mes
más tarde
celebremos la misa por el reposo del alma de Ah-sou, tampoco se
atreverá a venir.
Son ya las nueve y media de la mañana. Nos apresuramos a buscar
algún
restaurante donde podamos tomar algo de desayuno, para poder alcanzar
luego la procesión a tiempo.
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