EL LAVADO DE MANOS




El viejo sirviente salió al patio y, subido a una silla de madera y armado de un martillo y clavos, fijó sobre el umbral laqueado de rojo dos largas sartas de petardos, una a cada lado de la puerta. Dentro de la mansión, que a la vez que residencia del Instructor Yuan era la sede de la Agencia de Protección que aquél dirigía, un animado banquete iba en pleno desarrollo. Personalidades eminentes de "las aguas" -entre ellas el Abad Administrador del Monasterio de Wutang, el Timonel en Jefe de la Hermandad de las Espadas Doradas, la Cabeza de Dragón de la rama regional de la Sociedad de la Terna y un Venerable de la Congregación de los Pordioseros-, funcionarios militares y civiles del gobierno local, potentados de la localidad y antiguos clientes de la Agencia, habían venido invitados a asistir al "lavado de manos" del Instructor Yuan, que se retiraba de las armas en forma definitiva. La conducción de la Agencia, según se supo, pasaría en adelante a las manos del hijo único del dueño de casa, un muchacho de apenas veinte años. El hecho de que un mozo tan joven y poco experimentado -había participado en no más de siete expediciones- sería en el futuro su jefe y patrón, era motivo de una justificada preocupación de parte de los instructores o guardaespaldas profesionales de la Agencia, que si bien no dudaban de su valentía y su competencia en el manejo de las armas tenían, en cambio, dudas respecto a su capacidad como conductor de hombres, que a menudo debe tomar decisiones rápidas pero a la vez acertadas bajo gran presión, frente a situaciones adversas fuera de toda previsión y cálculo. Los más pesimistas de estos hombres rudos, templados en mil combates, no vacilaron en expresar su temor de que el prestigio de la Agencia sufriría, en los años por venir, un inminente menoscabo. Para ellos, el retiro del Instructor Yuan, que apenas frisaba los cincuenta y cinco años, no podía ser más inoportuno e inexplicable. Todos los invitados compartían también ese sentimiento, pues no era acostumbrado que un notable hombre de armas se "lavara las manos" a una edad tan relativamente temprana.

El dueño de la Agencia era de elevada estatura y de contextura enjuta. Sus brazos, al igual que sus piernas, eran desusadamente largos y sus manos, grandes y poderosas. Parecía haber nacido especialmente para la práctica del boxeo de la Escuela del Mantis, de donde, precisamente, procedía. Su rostro era amarillento y consumido, de rasgos pueriles, que no hacía justicia a su excepcional personalidad. Lacónico y reservado en la conversación, resultaba sorprendente que tuviese tantas amistades, como lo demostraban las treinta mesas totalmente ocupadas. Dentro de la Sala Principal y en la Sala de Armas contigua, había por lo menos trescientas personas sin contar a los sirvientes.

A la una de la madrugada acabaron de servir el último de los diez platos de regla. Retiraron los cubiertos y trajeron té cargado, vino de arroz y mondadientes; y mientras se servían las bebidas, los asistentes, entre invitados y personal de la propia Agencia, fueron preparándose anímicamente para el inicio de la ceremonia del "lavado de manos". La conversación perdió viveza, y cuando los sirvientes trajeron las palanganas de oro a la Sala Principal y las colocaron encima de una mesa alta, en uno de los extremos del recinto, el silencio se hizo total. Los que se hallaban en la Sala de Armas dejaron sus mesas y se aglomeraron, de pie, en la entrada que comunicaba los dos recintos. Alguien, de entendimiento agudo, observó que las palanganas, en lugar de una sola, como estipula normalmente el ritual, eran dos. Se extrañó un poco, pero reservó sus reparos para sí mismo.

El Instructor Yuan, luego de excusarse cortésmente del Abad Administrador del Monasterio de Wutang, con quien había estado departiendo, abandonó su mesa y se dirigió a donde se encontraban las palanganas. Se colocó detrás de ellas, de cara a los asistentes. Un joven, de su misma talla y sorprendente parecido, atravesó rápidamente la Sala y fue a ubicarse a su lado.

El Instructor Yuan habló con su característica lentitud, pero en forma precisa y directa. Llevaba puesta una túnica amarilla y tenía el rostro algo encendido, debido tal vez a la desacostumbrada cantidad de licor que había ingerido en el transcurso del banquete. Estaba completamente sobrio, sin embargo. Luego de agradecer a los invitados por su asistencia, muchos de los cuales habían hecho un largo camino sólo para poder estar presentes en el ritual, el dueño de casa se detuvo para escoger y pesar las palabras que iba a pronunciar a continuación. Cuando volvió a hablar después de unos considerables minutos, tanto la expresión de su rostro como el tono de su voz se habían hecho más fríos, más impersonales. El rubor de sus mejillas acabó por desaparecer por completo. Nadie entre los asistentes, sin embargo, alcanzó a advertir estos detalles casi irrelevantes.

"No puedo retirarme -comenzó el Instructor Yuan, eligiendo con gran cuidado cada palabra-, sin aclarar antes una acusación de la que he sido objeto durante los últimos tres lustros. Para gentes como nosotros, que hemos escogido de oficio las armas, no hay nada más ignominioso que el ser acusado de traidor o de cobarde, o de ambas cosas. Nadie hasta el momento, a falta de pruebas concretas, ha osado echar directamente en mi cara esos dos epítetos, pero no faltan quienes me llaman así a mis espaldas. Aún no ha habido alguien que se haya atrevido a señalarme con su dedo y decir en voz alta: 'Yuan Tzu-An traicionó a sus nueve compañeros de armas por unas cuantas barras de oro, si no los ha matado él mismo con sus propias manos'; pero pensamientos como ese deben haber pasado por la cabeza de no pocos. No los culpo, por cierto. En parte, al negarme a revelar lo que realmente ocurrió en Boca de Lobo, yo mismo he contribuido a crear esa equívoca impresión de mi persona. Tenía entonces razones poderosas para guardar tan persistente silencio, aun a costa de un grave detrimento de la reputación de la Agencia y de la mía propia. El difunto Abad Rector del Monasterio de Wutang, a quien recurrí en busca de apoyo, fue la única persona aparte de otras involucradas en la masacre, que supo de la verdad de los hechos. El buen Abad me instó, en más de una ocasión, a hacerla pública, pero me negué siempre. Le prometí, eso sí, hacerlo cuando llegara el momento oportuno. Ha sido necesario el transcurso de más de tres lustros para que llegase finalmente ese momento tan largamente aplazado...

"Hace dieciséis años, como recordarán, recibí el encargo de llevar doscientas barras de oro de Tientsin a Shanhaikuan. Era un cargamento peligroso, de los más codiciados por la gente de 'la floresta', de manera que escogí personalmente nueve de mis mejores hombres, todos, además, de absoluta confianza. No empleé carreteros, uno de los instructores condujo la carreta. Seguimos una ruta poco transitada y siempre pernoctamos al descubierto, nunca en posadas; y la comida la preparábamos nosotros mismos. Creí haber tomado todas las precauciones necesarias. Al llegar a Boca de Lobo, cerca a Chinwangtao y próximos a nuestro destino, no había habido aún ningún percance: ni siquiera tuvimos escaramuzas. No vayan a creer, sin embargo, que por ello nos dejamos ganar por el descuido. Había estado yo bastante tiempo en este negocio como para saber que la proximidad del lugar de destino no es sinónimo de seguridad: en tanto no entre al puerto, un barco no está totalmente libre del riesgo de zozobrar... La noche del incidente nos detuvimos al borde de un arroyo para descansar. La mitad de la partida debía montar guardia mientras la otra mitad dormía. Después de cenar fui a acostarme, cerca de la carretera, pero de espaldas a la hoguera. Me dormí enseguida, y tan profundamente como si no hubiese pegado los ojos en muchos días. En mi sueño creí sentir que alguien me sacudía con fuerza y me llamaba desesperadamente. Fue acaso el único momento de lucidez que tuve, pues me volví a dormir pesadamente, y no me desperté sino al día siguiente. Entonces el sol estaba en el cenit y sus rayos daban directamente contra mis ojos. Me puse en pie de un salto, aún no del todo despabilado, pero intuyendo ya la catástrofe: para un hombre de sueños ligeros como yo, el despertarse bajo la cegadora luz de un sol meridiano no sólo era una cosa desacostumbrada, sino algo inconcebible. Comprendí que a pesar de evitar con escrupuloso cuidado las posadas y las comidas preparadas por extraños, había sido drogado de alguna otra forma. Desenvainé mi espada y busqué con la mirada a mis compañeros. Lo que vi, incluso para alguien habituado a los derramamientos de sangre como yo, era escalofriante. La carretera había desaparecido. Alrededor del lugar donde había estado yacían ahora los cuerpos de los instructores, algunos de ellos -los que montaron guardia la noche anterior- sosteniendo aún sus armas. Con la vaga esperanza de que algunos de mis hombres hubiesen sobrevivido, me acerqué, tambaleante por el efecto residual de la droga y por mis propias emociones a los cuerpos inanimados. Mi tenue esperanza no tardó en esfumarse. Con la excepción de dos de los hombres, que mostraban señales de haber muerto en combate, los demás simple y llanamente habían sido degollados cuando se encontraban inconscientes por los efectos de la droga.

"Este ha sido un trabajo interno, me dije para mis adentros, cuando al fin pude coordinar las ideas; y para comprobar mi teoría conté los cadáveres uno por uno: sólo había ocho. El noveno hombre aquel que aparte de mí no estaba muerto, era el que puso la droga en la comida y el autor o co-autor de la matanza. Y aquel noveno hombre era Ouyang Teh".

Al mencionarse el nombre de Ouyang Teh alguien protestó airadamente, y hubo dentro de la Sala Principal una conmoción general. El Instructor Yuan, pasando deliberadamente por alto
estos detalles prosiguió impávido:

"Ouyang Teh era sobrino y discípulo del Gran Maestro Tu Shen de Honan, famoso por su manejo de la lanza al estilo del clan Yüe. Tenía veinticinco o veintiséis años en aquel entonces, y había entrado a trabajar para mí hacía apenas dos años. Era muy buen mozo y atractivo; y a diferencia de la mayoría de nosotros, un hombre instruido. Entre el personal de la Agencia, conmigo incluido, era -para usar una expresión popular-, como una grulla en medio de un corro de gallinas.

"Durante cerca de una hora permanecí en el lugar, mirando los cadáveres como si estuviese paralizado y tratando de pensar. Lo que no me explicaba era el porqué había sobrevivido yo solo a aquella matanza. Un hombre que era capaz de degollar a sangre fría a ocho de sus camaradas, no suele tener escrúpulos en matar a otro más, máxime si éste era el principal perjudicado del robo. Si los ocho hombres fueron muertos porque no quería que hubiese testigo por qué, entonces, no me degolló también mientras estaba drogado y totalmente a su merced? Entre él y yo existía hasta ese momento una cordial relación, pero ésta no trascendía de un mero lazo de empleado y empleador. Si me había 'perdonado' la vida, ciertamente no era por consideración a mi persona o a nuestra amistad, que jamás llegó a ser gran cosa. A qué se debía, entonces, que no me había liquidado? Durante la hora que permanecí allí sentado, con los cadáveres a mi derredor y el sol quemándome la cara, no pensé más que en eso; ni siquiera pasó por mi cabeza la idea de ir en su persecución.

"Cuando al fin me recobré, rastreé las huellas de la carreta y de los caballos, que Ouyang Teh había tomado la precaución de llevarse consigo. A juzgar por la falta de huellas de otros caballos y demás indicios, Ouyang Teh había actuado completamente solo. A un li del lugar encontré mi caballo y los de mis hombres: estaban todos o bien muertos o bien agonizantes. Los charcos de sangre de los animales habían empezado a atraer ya grandes enjambres de moscas.

"Me dirigí a pie hasta Chinwangtao e hice la denuncia en el yamen , pero no le conté toda la verdad al juez. No mencioné el detalle de que fuimos drogados ni señalé el nombre del autor de la matanza. En lugar de ello inventé la historia de que fuimos sorprendidos por un grupo de rufianes que nos superaron en número, y que el noveno hombre de nuestra partida había caído al arroyo y su cadáver llevado por la corriente. Supongo que entenderán mis razones: no deseaba que nadie ni nada -ni aun la justicia misma- se interpusiera entre Ouyang Teh y yo. La cuestión era personal.

"Enterré a mis hombres y me dirigí a casa. No me lancé en persecución de Ouyang Teh porque me había llevado mucha ventaja: ahora estaría completamente fuera de mi alcance, bien escondido; no tenía sentido ir en pos suyo solo, sin ayuda ni pistas.

"Cuando llegué aquí, el calor arreciaba aún. Mi hijo (en este punto los asistentes se volvieron para mirar al muchacho que estaba parado al lado del Instructor Yuan. El muchacho era tan alto como el segundo, pero tenía facciones más regulares y era más robusto. De no ser por el color enfermizo de su piel, hubiera sido bastante bien parecido), que en aquella época tenía apenas cuatro años, se encontraba jugando solo en el patio, arrastrándose por el suelo. A su lado no estaban ni su madre ni su aya. Levanté al niño entre mis brazos, entré a la Sala y, montado en ira por haberlo dejado en tal estado de abandono, llamé a gritos a mi mujer.

"Mi esposa era diecisiete años menor que yo. Era de naturaleza delicada; muy aficionada a la poesía, cosa que por desgracia yo no compartía; e incapaz de degollar o ver degollar una gallina. Provenía de una familia adinerada, y habiendo sido la hija única, se portaba a veces como una niña demasiado consentida. Fuera de este pequeño defecto, sin embargo, era la esposa perfecta que un hombre como yo soñaría en tener. No me vio más que una vez antes de casarse conmigo, y se casó conmigo porque su padre, que me debía la vida y estaba ansioso de saldar su deuda conmigo, la presionó para que lo hiciera. Pero yo no era, después de todo, un mal marido. Siempre la traté como si fuese el tierno capullo de una flor o la pieza más delicada de jade.

"En lugar de mi esposa salió de los cuartos interiores el aya, que era un mujer discreta, eficiente y de gran tino. Suspiró de alivio al verme. ' El amo!', dijo, tomando una de mis manos entre las suyas. 'Gracias al Cielo que estáis por fin de vuelta!' Repitió la misma frase tantas veces que de inmediato supe que algo no andaba bien. Le di el niño y entré a grandes zancadas al cuarto de mi esposa. El cuarto estaba destrozado completamente. Los espejos estaban en trizas, el mosquitero en el piso, los cobertores rasgados de un extremo al otro, los muebles volcados. Mi esposa, aquella mujer a quien yo consideraba como el tierno capullo de una flor, había sido la responsable de ese vandalismo: ella misma había hecho deliberadamente esos destrozos, antes de abandonar a su propio hijo y a mí y fugarse".

El silencio dentro de la Sala Principal era ahora absoluto. Los hombres, cada cual a su modo, trataban de reproducir mentalmente aquel desolado cuadro de destrucción.

"Tuve bastantes cosas en qué pensar aquella noche -prosiguió el Instructor Yuan-, mientras me hallaba tendido sobre el lecho, entre edredones y cubrecamas desgarrados. Por fin se me abrieron los ojos; pero, ay, era ya demasiado tarde! Por fin comprendí el porqué había sobrevivido. Ouyang Teh me había dejado vivir para que yo pudiera ver lo que ahora estaba ante mis ojos: más que un cuarto destrozado, un hogar destruido. Dudo que la idea fuera suya; hubiera preferido verme muerto, de modo que no pudiera constituir en el futuro una amenaza de muerte para él. La idea provino de mi mujer.

"No me fue fácil aceptar que mi mujer fuese capaz de odiarme de una manera tan atroz. Mi muerte no le bastaba; tenía que verme pasar por un suplicio peor que la misma muerte. Qué había hecho yo para que me odiara de ese modo? He pasado miles de noches desvelado, tratando de encontrar una explicación, y confieso que no lo he conseguido. Sé que no soy un hombre que una muchacha agraciada, como era ella entonces, soñaría en tener de esposo: soy feo, y era muy viejo e inculto para ella. Pero jamás la había maltratado, ni en actos ni en palabras. Todo lo contrario la adoraba, pues era la madre de mi hijo, si no por muchas otras cosas más.

"Oculté la fuga de mi mujer con la complicidad del aya que, como ya señalé antes, era una mujer muy discreta y eficiente: fue gracias a su discreción y eficiencia que el asunto no trascendió nunca más allá de los cuartos interiores de esta casa, cuando me encontraba aún fuera. Como la masacre de Boca de Lobo había acaparado todo el interés de los curiosos, nadie se fijó en detalles de mi vida doméstica, tales como la supuesta enfermedad de mi mujer, su supuesta muerte posterior y el fingido entierro.

"La muerte de mis nueve hombres -la cifra real era ocho- arrojó razonables dudas sobre mi persona. Como no ofrecí explicaciones respecto a la forma como me había logrado salvar de la matanza sin sufrir un solo rasguño, las sospechas se hicieron más fuertes y, aparentemente, más justificadas. Me llamaron traidor o cobarde. Algunos otros, los más benévolos, consideraron que hubo negligencia de parte mía por la que la expedición concluyó en desastre. Tal vez a estos últimos no les faltaba razón: debí haber conocido mejor a Ouyang Teh. En cualquier caso, los clientes perdieron la fe en mí y en mi equipo, y muchos de mis amigos prefirieron no volver a frecuentar mi casa. Fue necesario el aval incondicional del Abad Shang-Ching, a quien revelé toda la verdad y solicité su apoyo, para que volvieran a restablecerse poco a poco mi reputación y mi buen nombre".

El Instructor Yuan había tomado una de las palanganas de oro. Se volvió hacia el muchacho que estaba a su lado, lo miró significativamente y le entregó el recipiente.

"Ve a llenarla", le dijo en tono calmo.

El muchacho abandonó la Sala Principal sin decir una palabra. El dueño de casa se volvió hacia los asistentes.

"No busqué a Ouyang Teh y a mi mujer en seguida", prosiguió. Empezó a recoger cuidadosamente las mangas de su túnica amarilla, la mirada baja y atenta a lo que hacían sus grandes pero ágiles manos. "Sabía que durante los primeros años iba a ser muy difícil rastrearlos, para no decir imposible: estarían muy bien escondidos, probablemente con otras identidades. Hice lo único que podía hacer: esperé; tenía la convicción de que tarde o temprano se descuidarían. Mientras tanto, eduqué como mejor pude a mi hijo. Lo envié al Monasterio de Hsiaolin para aprender el arte del dominio de la fuerza, el boxeo y el manejo de la barra; antes, desde que tuviera la fuerza necesaria para empuñar un arma, le había enseñado todos los secretos de la Escuela del Mantis. Jamás le oculté la verdad acerca de su madre.

"Hace dos años averigüé finalmente el paradero de Ouyang Teh y de mi mujer; o mejor dicho, de mi ex-mujer. Se encontraban en Tehchow, haciéndose pasar como el señor y la señora Fan, y disfrutando de las comodidades y lujos que aún les permitía lo que había quedado de las doscientas barras de oro. Como lo supuse desde un principio, luego de catorce años sin que yo hiciera el menor intento por recuperar el oro y vengarme, se habían dejado ganar por la engañosa idea de que estaban seguros. Tanto llegó a ser su descuido que se atrevieron a instalarse en Tehchow, que no está muy lejos de Tientsin. El mes pasado viajé solo a Tehchow, me las arreglé para capturar vivos a los dos, el traidor y la adúltera, y me los traje aquí. No me pregunten cómo logré hacerlo; bastará decir que para ello me valí de artimañas indignas de un hombre de armas que se precia de ser íntegro. He decidido renunciar como Instructor General de la Agencia en favor de mi hijo, y lavarme las manos como hombre de armas porque, desde que he consumado esa acción, ya no merezco ser ni lo uno ni lo otro".

El Instructor Yuan se detuvo. El muchacho alto acababa de volver a la Sala, trayendo entre las manos la palangana. Para entonces todos los huéspedes hablaban y comentaban a un mismo tiempo la última revelación del dueño de casa; pocos o ninguno de ellos se fijó en el reingreso del muchacho. Este colocó la palangana encima de la mesa especialmente instalada para el ritual, dio varios pasos atrás y se quedó ahí parado, siguiendo con aire hosco los movimientos del Instructor Yuan. El Instructor Yuan levantó en alto el brazo derecho, lo sostuvo en el aire durante un momento y luego lo sumergió dentro de la palangana. Uno de los instructores de la Agencia, dándose cuenta de que la ceremonia del "lavado de manos" acababa de iniciarse, llamó en voz alta la atención de los demás. Las voces se callaron de inmediato.

La mano derecha del Instructor Yuan permaneció sumergida en el líquido de la palangana por unos minutos, en medio de un solemne silencio. Cuando la levantó al cabo y la mostró a los huéspedes, uno de ellos, a pesar de haber sido testigo de no pocos sucesos inauditos y espeluznantes durante su medio siglo de azarosa vida, no pudo reprimir una exclamación de horror. La mano derecha del Instructor Yuan estaba teñida de un rojo brillante hasta la altura de la muñeca, y al sostenerla con la punta de los dedos hacia arriba, las gruesas gotas de sangre fresca trazaban largas líneas sobre el antebrazo desnudo y se deslizaban dentro de la manga recogida. Los asistentes, que durante el discurso del dueño de la Agencia había reparado tan sólo una vez en el muchacho, se volvieron hacia éste casi al unísono. La túnica verde del chico estaba cubierta por grandes manchas de sangre y una daga sin funda, cuya hoja mostraba signos de haber sido usada muy recientemente, sobresalía de su cinto. Tenía el rostro pálido como el de un cadáver, pero se mantenía impasible y erguido. El Instructor Yuan, luego de mirar con más amargura que satisfacción la mano que sostenía delante de sí y sobre la cual la sangre se coagulaba lentamente, se volvió hacia el muchacho.

"Y ahora la otra mano", dijo en tono alentador.

Hubo un breve titubeo por parte del chico. Palideció aún más, como si él fuese el degollado. El Instructor Yuan dio un paso adelante, pero antes de poder acercársele más, el muchacho se había sobrepuesto a su vacilación. Tomó la otra palangana de oro, dio media vuelta y salió en forma precipitada de la Sala, desapareciendo dentro de los cuartos interiores de la mansión.

Siguió un largo silencio antes de que el Instructor Yuan volviese a retomar el hilo del discurso.

"En la acción a la que me he referido hace unos momentos continuó en forma impertérrita, con las dos manos apoyadas sobre la mesa y sin hacer aparentemente caso a las diversas reacciones de sus invitados y sus subordinados-, intervine yo y nadie más: mi hijo no tuvo en ella ninguna participación, ya fuese directa o indirecta. Se hace necesaria esta aclaración pues no debe haber ninguna sombra de duda respecto a su integridad y su valor, teniendo en cuenta que de aquí en adelante será el responsable de la Agencia un jefe y amigo más digno de ustedes... Que mis esperanzas depositadas en él serán o no justificadas en el futuro, lo dirá el tiempo..."

Probablemente ninguno de los que se encontraban dentro de la Sala Principal prestó la menor atención a lo que decía ni lo que dijo después durante algún otro buen rato; la atención de todos los asistentes estaba fija en la entrada del recinto, por donde esperaban que el muchacho volviese a aparecer. Dentro de la Sala el olor a sangre fresca se había hecho casi intolerable, aun para aquellos hombres tan habituados a él. Esperaban oír algún ruido o sonido proveniente de los cuartos interiores, pero sólo el piar de algún canario domesticado alcanzó a llegar hasta sus oídos.

El muchacho salió al cabo de lo que a muchos pareció una eternidad. Tenía ahora la túnica casi enteramente teñida de rojo, y el contenido de la palangana que sostenía entre las manos prácticamente rebosaba los bordes. El olor desagradable de la sangre se acrecentó aún más. Colocó el recipiente encima de la mesa, al lado de la otra palangana, se retiró trastabillando hasta la pared del fondo y apoyó la cabeza contra ella. Tenía la respiración entrecortada y daba la impresión de que se desvanecería en cualquier momento, pero no lo hizo: permaneció a pie firme hasta el final de la ceremonia.

El Instructor Yuan repitió la operación del "lavado" con la mano izquierda. Cuando terminó, tenía no sólo las mangas de su vestido húmedas y rojas, sino también la falda de su túnica: durante el tiempo que tuvo sumergida su mano izquierda dentro de la palangana un violento -y obviamente, no esperado- temblor hizo presa de su cuerpo, haciendo derramar el contenido de la palangana. Después que retiró la mano el Instructor Yuan siguió temblando a despecho del esfuerzo que hizo para dominarse. Tenía las manos ensangrentadas delante de sí, sin saber qué hacer con ellas, hasta que uno de los sirvientes más antiguos de la casa -y sin la menor duda también el más flemático o el menos impresionable- tuvo la afortunada ocurrencia de ir en busca de una toalla caliente y llevársela a su amo. El mismo sirviente fue el que, a gritos, hizo saber al viejo de afuera que la ceremonia del "lavado de manos" había concluido. Este, con la solemnidad que requerían las circunstancias, encendió, parsimoniosamente, las mechas de las dos largas sartas de petardos una por una.