EL LAVADO DE MANOS
El viejo sirviente salió al patio y, subido a una silla de
madera y
armado de un martillo y clavos, fijó sobre el umbral laqueado de
rojo
dos largas sartas de petardos, una a cada lado de la puerta. Dentro de
la mansión, que a la vez que residencia del Instructor Yuan era
la sede
de la Agencia de Protección que aquél dirigía, un
animado banquete iba
en pleno desarrollo. Personalidades eminentes de "las aguas" -entre
ellas el Abad Administrador del Monasterio de Wutang, el Timonel en
Jefe de la Hermandad de las Espadas Doradas, la Cabeza de Dragón
de la
rama regional de la Sociedad de la Terna y un Venerable de la
Congregación de los Pordioseros-, funcionarios militares y
civiles del
gobierno local, potentados de la localidad y antiguos clientes de la
Agencia, habían venido invitados a asistir al "lavado de manos"
del
Instructor Yuan, que se retiraba de las armas en forma definitiva. La
conducción de la Agencia, según se supo, pasaría
en adelante a las
manos del hijo único del dueño de casa, un muchacho de
apenas veinte
años. El hecho de que un mozo tan joven y poco experimentado
-había
participado en no más de siete expediciones- sería en el
futuro su jefe
y patrón, era motivo de una justificada preocupación de
parte de los
instructores o guardaespaldas profesionales de la Agencia, que si bien
no dudaban de su valentía y su competencia en el manejo de las
armas
tenían, en cambio, dudas respecto a su capacidad como conductor
de
hombres, que a menudo debe tomar decisiones rápidas pero a la
vez
acertadas bajo gran presión, frente a situaciones adversas fuera
de
toda previsión y cálculo. Los más pesimistas de
estos hombres rudos,
templados en mil combates, no vacilaron en expresar su temor de que el
prestigio de la Agencia sufriría, en los años por venir,
un inminente
menoscabo. Para ellos, el retiro del Instructor Yuan, que apenas
frisaba los cincuenta y cinco años, no podía ser
más inoportuno e
inexplicable. Todos los invitados compartían también ese
sentimiento,
pues no era acostumbrado que un notable hombre de armas se "lavara las
manos" a una edad tan relativamente temprana.
El dueño de la Agencia era de elevada estatura y de contextura
enjuta.
Sus brazos, al igual que sus piernas, eran desusadamente largos y sus
manos, grandes y poderosas. Parecía haber nacido especialmente
para la
práctica del boxeo de la Escuela del Mantis, de donde,
precisamente,
procedía. Su rostro era amarillento y consumido, de rasgos
pueriles,
que no hacía justicia a su excepcional personalidad.
Lacónico y
reservado en la conversación, resultaba sorprendente que tuviese
tantas
amistades, como lo demostraban las treinta mesas totalmente ocupadas.
Dentro de la Sala Principal y en la Sala de Armas contigua,
había por
lo menos trescientas personas sin contar a los sirvientes.
A la una de la madrugada acabaron de servir el último de los
diez
platos de regla. Retiraron los cubiertos y trajeron té cargado,
vino de
arroz y mondadientes; y mientras se servían las bebidas, los
asistentes, entre invitados y personal de la propia Agencia, fueron
preparándose anímicamente para el inicio de la ceremonia
del "lavado de
manos". La conversación perdió viveza, y cuando los
sirvientes trajeron
las palanganas de oro a la Sala Principal y las colocaron encima de una
mesa alta, en uno de los extremos del recinto, el silencio se hizo
total. Los que se hallaban en la Sala de Armas dejaron sus mesas y se
aglomeraron, de pie, en la entrada que comunicaba los dos recintos.
Alguien, de entendimiento agudo, observó que las palanganas, en
lugar
de una sola, como estipula normalmente el ritual, eran dos. Se
extrañó
un poco, pero reservó sus reparos para sí mismo.
El Instructor Yuan, luego de excusarse cortésmente del Abad
Administrador del Monasterio de Wutang, con quien había estado
departiendo, abandonó su mesa y se dirigió a donde se
encontraban las
palanganas. Se colocó detrás de ellas, de cara a los
asistentes. Un
joven, de su misma talla y sorprendente parecido, atravesó
rápidamente
la Sala y fue a ubicarse a su lado.
El Instructor Yuan habló con su característica lentitud,
pero en forma
precisa y directa. Llevaba puesta una túnica amarilla y
tenía el rostro
algo encendido, debido tal vez a la desacostumbrada cantidad de licor
que había ingerido en el transcurso del banquete. Estaba
completamente
sobrio, sin embargo. Luego de agradecer a los invitados por su
asistencia, muchos de los cuales habían hecho un largo camino
sólo para
poder estar presentes en el ritual, el dueño de casa se detuvo
para
escoger y pesar las palabras que iba a pronunciar a
continuación.
Cuando volvió a hablar después de unos considerables
minutos, tanto la
expresión de su rostro como el tono de su voz se habían
hecho más
fríos, más impersonales. El rubor de sus mejillas
acabó por desaparecer
por completo. Nadie entre los asistentes, sin embargo, alcanzó a
advertir estos detalles casi irrelevantes.
"No puedo retirarme -comenzó el Instructor Yuan, eligiendo con
gran
cuidado cada palabra-, sin aclarar antes una acusación de la que
he
sido objeto durante los últimos tres lustros. Para gentes como
nosotros, que hemos escogido de oficio las armas, no hay nada
más
ignominioso que el ser acusado de traidor o de cobarde, o de ambas
cosas. Nadie hasta el momento, a falta de pruebas concretas, ha osado
echar directamente en mi cara esos dos epítetos, pero no faltan
quienes
me llaman así a mis espaldas. Aún no ha habido alguien
que se haya
atrevido a señalarme con su dedo y decir en voz alta: 'Yuan
Tzu-An
traicionó a sus nueve compañeros de armas por unas
cuantas barras de
oro, si no los ha matado él mismo con sus propias manos'; pero
pensamientos como ese deben haber pasado por la cabeza de no pocos. No
los culpo, por cierto. En parte, al negarme a revelar lo que realmente
ocurrió en Boca de Lobo, yo mismo he contribuido a crear esa
equívoca
impresión de mi persona. Tenía entonces razones poderosas
para guardar
tan persistente silencio, aun a costa de un grave detrimento de la
reputación de la Agencia y de la mía propia. El difunto
Abad Rector del
Monasterio de Wutang, a quien recurrí en busca de apoyo, fue la
única
persona aparte de otras involucradas en la masacre, que supo de la
verdad de los hechos. El buen Abad me instó, en más de
una ocasión, a
hacerla pública, pero me negué siempre. Le
prometí, eso sí, hacerlo
cuando llegara el momento oportuno. Ha sido necesario el transcurso de
más de tres lustros para que llegase finalmente ese momento tan
largamente aplazado...
"Hace dieciséis años, como recordarán,
recibí el encargo de llevar
doscientas barras de oro de Tientsin a Shanhaikuan. Era un cargamento
peligroso, de los más codiciados por la gente de 'la floresta',
de
manera que escogí personalmente nueve de mis mejores hombres,
todos,
además, de absoluta confianza. No empleé carreteros, uno
de los
instructores condujo la carreta. Seguimos una ruta poco transitada y
siempre pernoctamos al descubierto, nunca en posadas; y la comida la
preparábamos nosotros mismos. Creí haber tomado todas las
precauciones
necesarias. Al llegar a Boca de Lobo, cerca a Chinwangtao y
próximos a
nuestro destino, no había habido aún ningún
percance: ni siquiera
tuvimos escaramuzas. No vayan a creer, sin embargo, que por ello nos
dejamos ganar por el descuido. Había estado yo bastante tiempo
en este
negocio como para saber que la proximidad del lugar de destino no es
sinónimo de seguridad: en tanto no entre al puerto, un barco no
está
totalmente libre del riesgo de zozobrar... La noche del incidente nos
detuvimos al borde de un arroyo para descansar. La mitad de la partida
debía montar guardia mientras la otra mitad dormía.
Después de cenar
fui a acostarme, cerca de la carretera, pero de espaldas a la hoguera.
Me dormí enseguida, y tan profundamente como si no hubiese
pegado los
ojos en muchos días. En mi sueño creí sentir que
alguien me sacudía con
fuerza y me llamaba desesperadamente. Fue acaso el único momento
de
lucidez que tuve, pues me volví a dormir pesadamente, y no me
desperté
sino al día siguiente. Entonces el sol estaba en el cenit y sus
rayos
daban directamente contra mis ojos. Me puse en pie de un salto,
aún no
del todo despabilado, pero intuyendo ya la catástrofe: para un
hombre
de sueños ligeros como yo, el despertarse bajo la cegadora luz
de un
sol meridiano no sólo era una cosa desacostumbrada, sino algo
inconcebible. Comprendí que a pesar de evitar con escrupuloso
cuidado
las posadas y las comidas preparadas por extraños, había
sido drogado
de alguna otra forma. Desenvainé mi espada y busqué con
la mirada a mis
compañeros. Lo que vi, incluso para alguien habituado a los
derramamientos de sangre como yo, era escalofriante. La carretera
había
desaparecido. Alrededor del lugar donde había estado
yacían ahora los
cuerpos de los instructores, algunos de ellos -los que montaron guardia
la noche anterior- sosteniendo aún sus armas. Con la vaga
esperanza de
que algunos de mis hombres hubiesen sobrevivido, me acerqué,
tambaleante por el efecto residual de la droga y por mis propias
emociones a los cuerpos inanimados. Mi tenue esperanza no tardó
en
esfumarse. Con la excepción de dos de los hombres, que mostraban
señales de haber muerto en combate, los demás simple y
llanamente
habían sido degollados cuando se encontraban inconscientes por
los
efectos de la droga.
"Este ha sido un trabajo interno, me dije para mis adentros, cuando al
fin pude coordinar las ideas; y para comprobar mi teoría
conté los cadáveres uno por uno: sólo había
ocho. El noveno hombre aquel que aparte de mí no estaba muerto,
era el que puso la droga en la comida y el autor o co-autor de la
matanza. Y aquel noveno hombre era Ouyang Teh".
Al mencionarse el nombre de Ouyang Teh alguien protestó
airadamente, y hubo dentro de la Sala Principal una conmoción
general. El Instructor Yuan, pasando deliberadamente por alto
estos detalles prosiguió impávido:
"Ouyang Teh era sobrino y discípulo del Gran Maestro Tu Shen de
Honan, famoso por su manejo de la lanza al estilo del clan Yüe.
Tenía veinticinco o veintiséis años en aquel
entonces, y había entrado a trabajar para mí hacía
apenas dos años. Era muy buen mozo y atractivo; y a diferencia
de la mayoría de nosotros, un hombre instruido. Entre el
personal de la Agencia, conmigo incluido, era -para usar una
expresión popular-, como una grulla en medio de un corro de
gallinas.
"Durante cerca de una hora permanecí en el lugar, mirando los
cadáveres
como si estuviese paralizado y tratando de pensar. Lo que no me
explicaba era el porqué había sobrevivido yo solo a
aquella matanza. Un
hombre que era capaz de degollar a sangre fría a ocho de sus
camaradas,
no suele tener escrúpulos en matar a otro más,
máxime si éste era el
principal perjudicado del robo. Si los ocho hombres fueron muertos
porque no quería que hubiese testigo por qué, entonces,
no me degolló
también mientras estaba drogado y totalmente a su merced? Entre
él y yo
existía hasta ese momento una cordial relación, pero
ésta no trascendía
de un mero lazo de empleado y empleador. Si me había 'perdonado'
la
vida, ciertamente no era por consideración a mi persona o a
nuestra
amistad, que jamás llegó a ser gran cosa. A qué se
debía, entonces, que
no me había liquidado? Durante la hora que permanecí
allí sentado, con
los cadáveres a mi derredor y el sol quemándome la cara,
no pensé más
que en eso; ni siquiera pasó por mi cabeza la idea de ir en su
persecución.
"Cuando al fin me recobré, rastreé las huellas de la
carreta y de los caballos, que Ouyang Teh había tomado la
precaución de llevarse consigo. A juzgar por la falta de huellas
de otros caballos y demás indicios, Ouyang Teh había
actuado completamente solo. A un li del lugar
encontré mi caballo y los de mis hombres: estaban todos o bien
muertos o bien agonizantes. Los charcos de sangre de los animales
habían empezado a atraer ya grandes enjambres de moscas.
"Me dirigí a pie hasta Chinwangtao e hice la denuncia en el yamen
, pero no le conté toda la verdad al juez. No mencioné el
detalle de que fuimos drogados ni señalé el nombre del
autor de la matanza. En lugar de ello inventé la historia de que
fuimos sorprendidos por un grupo de rufianes que nos superaron en
número, y que el noveno hombre de nuestra partida había
caído al arroyo y su cadáver llevado por la corriente.
Supongo que entenderán mis razones: no deseaba que nadie ni nada
-ni aun la justicia misma- se interpusiera entre Ouyang Teh y yo. La
cuestión era personal.
"Enterré a mis hombres y me dirigí a casa. No me
lancé en persecución de Ouyang Teh porque me había
llevado mucha ventaja: ahora estaría completamente fuera de mi
alcance, bien escondido; no tenía sentido ir en pos suyo solo,
sin ayuda ni pistas.
"Cuando llegué aquí, el calor arreciaba aún. Mi
hijo (en este punto los
asistentes se volvieron para mirar al muchacho que estaba parado al
lado del Instructor Yuan. El muchacho era tan alto como el segundo,
pero tenía facciones más regulares y era más
robusto. De no ser por el
color enfermizo de su piel, hubiera sido bastante bien parecido), que
en aquella época tenía apenas cuatro años, se
encontraba jugando solo
en el patio, arrastrándose por el suelo. A su lado no estaban ni
su
madre ni su aya. Levanté al niño entre mis brazos,
entré a la Sala y,
montado en ira por haberlo dejado en tal estado de abandono,
llamé a
gritos a mi mujer.
"Mi esposa era diecisiete años menor que yo. Era de naturaleza
delicada; muy aficionada a la poesía, cosa que por desgracia yo
no compartía; e incapaz de degollar o ver degollar una gallina.
Provenía de una familia adinerada, y habiendo sido la hija
única, se portaba a veces como una niña demasiado
consentida. Fuera de este pequeño defecto, sin embargo, era la
esposa perfecta que un hombre como yo soñaría en tener.
No me vio más que una vez antes de casarse conmigo, y se
casó conmigo porque su padre, que me debía la vida y
estaba ansioso de saldar su deuda conmigo, la presionó para que
lo hiciera. Pero yo no era, después de todo, un mal marido.
Siempre la traté como si fuese el tierno capullo de una flor o
la pieza más delicada de jade.
"En lugar de mi esposa salió de los cuartos interiores el aya,
que era
un mujer discreta, eficiente y de gran tino. Suspiró de alivio
al
verme. ' El amo!', dijo, tomando una de mis manos entre las suyas.
'Gracias al Cielo que estáis por fin de vuelta!' Repitió
la misma frase
tantas veces que de inmediato supe que algo no andaba bien. Le di el
niño y entré a grandes zancadas al cuarto de mi esposa.
El cuarto
estaba destrozado completamente. Los espejos estaban en trizas, el
mosquitero en el piso, los cobertores rasgados de un extremo al otro,
los muebles volcados. Mi esposa, aquella mujer a quien yo consideraba
como el tierno capullo de una flor, había sido la responsable de
ese
vandalismo: ella misma había hecho deliberadamente esos
destrozos,
antes de abandonar a su propio hijo y a mí y fugarse".
El silencio dentro de la Sala Principal era ahora absoluto. Los
hombres, cada cual a su modo, trataban de reproducir mentalmente aquel
desolado cuadro de destrucción.
"Tuve bastantes cosas en qué pensar aquella noche
-prosiguió el
Instructor Yuan-, mientras me hallaba tendido sobre el lecho, entre
edredones y cubrecamas desgarrados. Por fin se me abrieron los ojos;
pero, ay, era ya demasiado tarde! Por fin comprendí el
porqué había
sobrevivido. Ouyang Teh me había dejado vivir para que yo
pudiera ver
lo que ahora estaba ante mis ojos: más que un cuarto destrozado,
un
hogar destruido. Dudo que la idea fuera suya; hubiera preferido verme
muerto, de modo que no pudiera constituir en el futuro una amenaza de
muerte para él. La idea provino de mi mujer.
"No me fue fácil aceptar que mi mujer fuese capaz de odiarme de
una manera tan atroz. Mi muerte no le bastaba; tenía que verme
pasar por un suplicio peor que la misma muerte. Qué había
hecho yo para que me odiara de ese modo? He pasado miles de noches
desvelado, tratando de encontrar una explicación, y confieso que
no lo he conseguido. Sé que no soy un hombre que una muchacha
agraciada, como era ella entonces, soñaría en tener de
esposo: soy feo, y era muy viejo e inculto para ella. Pero jamás
la había maltratado, ni en actos ni en palabras. Todo lo
contrario la adoraba, pues era la madre de mi hijo, si no por muchas
otras cosas más.
"Oculté la fuga de mi mujer con la complicidad del aya que, como
ya señalé antes, era una mujer muy discreta y eficiente:
fue gracias a su discreción y eficiencia que el asunto no
trascendió nunca más allá de los cuartos
interiores de esta casa, cuando me encontraba aún fuera. Como la
masacre de Boca de Lobo había acaparado todo el interés
de los curiosos, nadie se fijó en detalles de mi vida
doméstica, tales como la supuesta enfermedad de mi mujer, su
supuesta muerte posterior y el fingido entierro.
"La muerte de mis nueve hombres -la cifra real era ocho- arrojó
razonables dudas sobre mi persona. Como no ofrecí explicaciones
respecto a la forma como me había logrado salvar de la matanza
sin
sufrir un solo rasguño, las sospechas se hicieron más
fuertes y,
aparentemente, más justificadas. Me llamaron traidor o cobarde.
Algunos
otros, los más benévolos, consideraron que hubo
negligencia de parte
mía por la que la expedición concluyó en desastre.
Tal vez a estos
últimos no les faltaba razón: debí haber conocido
mejor a Ouyang Teh.
En cualquier caso, los clientes perdieron la fe en mí y en mi
equipo, y
muchos de mis amigos prefirieron no volver a frecuentar mi casa. Fue
necesario el aval incondicional del Abad Shang-Ching, a quien
revelé
toda la verdad y solicité su apoyo, para que volvieran a
restablecerse
poco a poco mi reputación y mi buen nombre".
El Instructor Yuan había tomado una de las palanganas de oro. Se
volvió hacia el muchacho que estaba a su lado, lo miró
significativamente y le entregó el recipiente.
"Ve a llenarla", le dijo en tono calmo.
El muchacho abandonó la Sala Principal sin decir una palabra. El
dueño de casa se volvió hacia los asistentes.
"No busqué a Ouyang Teh y a mi mujer en seguida",
prosiguió. Empezó a
recoger cuidadosamente las mangas de su túnica amarilla, la
mirada baja
y atenta a lo que hacían sus grandes pero ágiles manos.
"Sabía que
durante los primeros años iba a ser muy difícil
rastrearlos, para no
decir imposible: estarían muy bien escondidos, probablemente con
otras
identidades. Hice lo único que podía hacer:
esperé; tenía la convicción
de que tarde o temprano se descuidarían. Mientras tanto,
eduqué como
mejor pude a mi hijo. Lo envié al Monasterio de Hsiaolin para
aprender
el arte del dominio de la fuerza, el boxeo y el manejo de la barra;
antes, desde que tuviera la fuerza necesaria para empuñar un
arma, le
había enseñado todos los secretos de la Escuela del
Mantis. Jamás le
oculté la verdad acerca de su madre.
"Hace dos años averigüé finalmente el paradero de
Ouyang Teh y de mi mujer; o mejor dicho, de mi ex-mujer. Se encontraban
en Tehchow, haciéndose pasar como el señor y la
señora Fan, y disfrutando de las comodidades y lujos que
aún les permitía lo que había quedado de las
doscientas barras de oro. Como lo supuse desde un principio, luego de
catorce años sin que yo hiciera el menor intento por recuperar
el oro y vengarme, se habían dejado ganar por la engañosa
idea de que estaban seguros. Tanto llegó a ser su descuido que
se atrevieron a instalarse en Tehchow, que no está muy lejos de
Tientsin. El mes pasado viajé solo a Tehchow, me las
arreglé para capturar vivos a los dos, el traidor y la
adúltera, y me los traje aquí. No me pregunten
cómo logré hacerlo; bastará decir que para ello me
valí de artimañas indignas de un hombre de armas que se
precia de ser íntegro. He decidido renunciar como Instructor
General de la Agencia en favor de mi hijo, y lavarme las manos como
hombre de armas porque, desde que he consumado esa acción, ya no
merezco ser ni lo uno ni lo otro".
El Instructor Yuan se detuvo. El muchacho alto acababa de volver a la
Sala, trayendo entre las manos la palangana. Para entonces todos los
huéspedes hablaban y comentaban a un mismo tiempo la
última revelación
del dueño de casa; pocos o ninguno de ellos se fijó en el
reingreso del
muchacho. Este colocó la palangana encima de la mesa
especialmente
instalada para el ritual, dio varios pasos atrás y se
quedó ahí parado,
siguiendo con aire hosco los movimientos del Instructor Yuan. El
Instructor Yuan levantó en alto el brazo derecho, lo sostuvo en
el aire
durante un momento y luego lo sumergió dentro de la palangana.
Uno de
los instructores de la Agencia, dándose cuenta de que la
ceremonia del
"lavado de manos" acababa de iniciarse, llamó en voz alta la
atención
de los demás. Las voces se callaron de inmediato.
La mano derecha del Instructor Yuan permaneció sumergida en el
líquido
de la palangana por unos minutos, en medio de un solemne silencio.
Cuando la levantó al cabo y la mostró a los
huéspedes, uno de ellos, a
pesar de haber sido testigo de no pocos sucesos inauditos y
espeluznantes durante su medio siglo de azarosa vida, no pudo reprimir
una exclamación de horror. La mano derecha del Instructor Yuan
estaba
teñida de un rojo brillante hasta la altura de la muñeca,
y al
sostenerla con la punta de los dedos hacia arriba, las gruesas gotas de
sangre fresca trazaban largas líneas sobre el antebrazo desnudo
y se
deslizaban dentro de la manga recogida. Los asistentes, que durante el
discurso del dueño de la Agencia había reparado tan
sólo una vez en el
muchacho, se volvieron hacia éste casi al unísono. La
túnica verde del
chico estaba cubierta por grandes manchas de sangre y una daga sin
funda, cuya hoja mostraba signos de haber sido usada muy recientemente,
sobresalía de su cinto. Tenía el rostro pálido
como el de un cadáver,
pero se mantenía impasible y erguido. El Instructor Yuan, luego
de
mirar con más amargura que satisfacción la mano que
sostenía delante de
sí y sobre la cual la sangre se coagulaba lentamente, se
volvió hacia
el muchacho.
"Y ahora la otra mano", dijo en tono alentador.
Hubo un breve titubeo por parte del chico. Palideció aún
más, como si él fuese el degollado. El Instructor Yuan
dio un paso adelante, pero antes de poder acercársele
más, el muchacho se había sobrepuesto a su
vacilación. Tomó la otra palangana de oro, dio media
vuelta y salió en forma precipitada de la Sala, desapareciendo
dentro de los cuartos interiores de la mansión.
Siguió un largo silencio antes de que el Instructor Yuan
volviese a retomar el hilo del discurso.
"En la acción a la que me he referido hace unos momentos
continuó en
forma impertérrita, con las dos manos apoyadas sobre la mesa y
sin
hacer aparentemente caso a las diversas reacciones de sus invitados y
sus subordinados-, intervine yo y nadie más: mi hijo no tuvo en
ella
ninguna participación, ya fuese directa o indirecta. Se hace
necesaria
esta aclaración pues no debe haber ninguna sombra de duda
respecto a su
integridad y su valor, teniendo en cuenta que de aquí en
adelante será
el responsable de la Agencia un jefe y amigo más digno de
ustedes...
Que mis esperanzas depositadas en él serán o no
justificadas en el
futuro, lo dirá el tiempo..."
Probablemente ninguno de los que se encontraban dentro de la Sala
Principal prestó la menor atención a lo que decía
ni lo que dijo
después durante algún otro buen rato; la atención
de todos los
asistentes estaba fija en la entrada del recinto, por donde esperaban
que el muchacho volviese a aparecer. Dentro de la Sala el olor a sangre
fresca se había hecho casi intolerable, aun para aquellos
hombres tan
habituados a él. Esperaban oír algún ruido o
sonido proveniente de los
cuartos interiores, pero sólo el piar de algún canario
domesticado
alcanzó a llegar hasta sus oídos.
El muchacho salió al cabo de lo que a muchos pareció una
eternidad.
Tenía ahora la túnica casi enteramente teñida de
rojo, y el contenido
de la palangana que sostenía entre las manos
prácticamente rebosaba los
bordes. El olor desagradable de la sangre se acrecentó
aún más. Colocó
el recipiente encima de la mesa, al lado de la otra palangana, se
retiró trastabillando hasta la pared del fondo y apoyó la
cabeza contra
ella. Tenía la respiración entrecortada y daba la
impresión de que se
desvanecería en cualquier momento, pero no lo hizo:
permaneció a pie
firme hasta el final de la ceremonia.
El Instructor Yuan repitió la operación del "lavado" con
la mano izquierda. Cuando terminó, tenía no sólo
las mangas de su vestido húmedas y rojas, sino también la
falda de su túnica: durante el tiempo que tuvo sumergida su mano
izquierda dentro de la palangana un violento -y obviamente, no
esperado- temblor hizo presa de su cuerpo, haciendo derramar el
contenido de la palangana. Después que retiró la mano el
Instructor Yuan siguió temblando a despecho del esfuerzo que
hizo para dominarse. Tenía las manos ensangrentadas delante de
sí, sin saber qué hacer con ellas, hasta que uno de los
sirvientes más antiguos de la casa -y sin la menor duda
también el más flemático o el menos impresionable-
tuvo la afortunada ocurrencia de ir en busca de una toalla caliente y
llevársela a su amo. El mismo sirviente fue el que, a gritos,
hizo saber al viejo de afuera que la ceremonia del "lavado de manos"
había concluido. Este, con la solemnidad que requerían
las circunstancias, encendió, parsimoniosamente, las mechas de
las dos largas sartas de petardos una por una.
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