EL HOMBRE DE LAUD
Era un hombrecillo de aspecto insignificante, tanto que no me
percaté
de su presencia en la balsa, hasta que de la decena o más
personas que
se embarcaron en ella inicialmente en Liuchou, no quedaron más
que el
balsero, él y yo. Como ahora era mi único
compañero de viaje, no pude
menos de echarle algunas miradas de curiosidad, y me pregunté
qué
negocios le habrían llevado a esta región boscosa del
Imperio,
infestada de bandidos y poblada por indígenas hostiles a gentes
de
nuestra etnia.
El hombre permanecía sentado en el centro mismo de la balsa, muy
quieto
y tieso, sin atreverse a mover. Las aguas del río Liuchiang,
turbulentas e imprevisibles, nos arrastraban vertiginosamente hacia las
verdes entrañas del abanico de montañas que se
abrían a nuestra balsa y
a nosotros. El curso del río, a vista de pájaro,
debía de presentar el
aspecto sinuoso de una serpiente: siempre había delante de
nosotros,
como un obstáculo hacia el cual nos precipitábamos
irremediablemente,
una montaña, un monte o simplemente una enorme roca cubierta de
fresco
verdor, de redondeada forma, recortada contra el azul del cielo; pero
tal obstáculo era sólo aparente: de un momento a otro,
cuando
pensábamos que íbamos a estrellarnos contra él,
las aguas del río daban
un giro inesperado, lo dejábamos atrás, y una
montaña, un monte o una
roca nueva se nos presentaba adelante.
Cuando pasamos los rápidos y estuvimos en aguas más
calmas, el hombre
pareció recobrar la poca presencia de ánimo de que
disponía. Empezó a
pasear la mirada por las riberas del río, como si por primera
vez se
diera cuenta de su existencia; se acomodó mejor sobre la balsa;
y, por
último, me miró, asintió con la cabeza y
sonrió tímidamente, en señal
de reconocimiento. Le devolví el cumplido asintiendo con la
mía.
Tendría unos cuarentitrés o cuarenticuatro años.
La frente era
demasiado amplia, demasiado abombada, y desde lejos daba la
impresión
de que se estuviese quedando calvo. Su figura era esmirriada y
vestía
de manera muy ordinaria, casi pobremente. Tenía entre las manos
un
largo estuche de madera, de forma rectangular, que sujetaba sobre el
regazo con dedos casi crispados. Por esta forma de sujetar el estuche,
parecía natural suponer que lo que contenía era algo de
mucho valor;
pero tanto el aspecto modesto de su dueño como su aire de paria,
se
encargaban en seguida de echar abajo esta suposición.
No cruzamos palabra hasta que el firmamento se nubló, al
atardecer. La
niebla, que parecía subir del río, comenzó a
cubrir las montañas, y las
cúspides redondeadas de éstas se ocultaron detrás
de enormes bancos de
vapor. Empezó a hacer frío. Cuando miré en
dirección del hombrecillo,
noté que estaba temblando. " No tiene nada con qué
abrigarse?", le
grité a través del rumor del río. Me había
puesto una chaqueta, y otro
tanto hizo el balsero. Al parecer, el hombrecillo del estuche no
había
previsto la eventualidad de que en una región cálida como
es Lingnan
pudiera precisar de prendas más gruesas. Me volvió a
dirigir una
sonrisa tímida. Recogió el atadijo que tenía a un
lado, lo desató y
extrajo de él una manta. Mientras se ceñía la
manta al cuerpo,
ocultando debajo de ella el estuche, trató de decirme algo, pero
el
ruido ensordecedor de las aguas impidió que yo pudiera
distinguir lo
que dijo, aunque no era difícil adivinar de qué se
trataba. La balsa no
era precisamente un lugar adecuado para pláticas sociales, ni
soy
hombre muy propenso a hablar, de modo que después de ese
brevísimo
intercambio de palabras volvimos a quedar en silencio, cada cual vuelto
a sus pensamientos. Dos horas más tarde, llegamos a Wushiang.
Después de aquella pequeña introducción informal
en la balsa parecía cosa natural que, a nuestro arribo a
Wushiang, fuésemos juntos a buscar una posada, y hasta sentarnos
a la misma mesa para comer.
Encontramos una modesta posada cuyo dueño, al igual que
nosotros, era de nacionalidad han. En Wushiang había
todavía muchos hans, pero la población dominante estaba
compuesta por yaos.
Al sentarme a la mesa coloqué ostensiblemente mi espada encima
de ella,
al alcance de mis manos: quería que el posadero la viese y
comprendiese
sin ningún equívoco que no podía hacerme ninguna
mala maña sin tener
que pagar caro por ella. Mi compañero, que dijo apellidarse Pan,
de
Hsuanting, pidió comida y vino; pedí también
comida, pero en lugar de
vino o cualquier otra bebida, pedí simplemente un tazón
adicional.
Cuando el posadero trajo los pedidos el señor Pan quiso
amablemente
servirme el vino. Decliné su invitación, me fui a la
parte posterior de
la posada, donde estaba el pozo de agua, llené el tazón
extra y volví a
nuestra mesa. Empecé a comer en silencio y muy lentamente,
dominando
con esfuerzos casi dolorosos la apremiante necesidad de mi
estómago por
alimentos sólidos. El agua de pozo, que bebía a grandes
sorbos más bien
por aplacar esa urgencia que por la misma sed, sabía a tierra.
Cuando
estaba a mitad de mi comida noté que el señor Pan
había terminado hacía
algún tiempo la suya y me miraba con genuina extrañeza.
He dicho con
anterioridad que era un hombre cuya edad había sobrepasado los
cuarentitrés o los cuarenticuatro; que su apariencia era poco
digna de
resaltar; y que nada en él, salvo el enorme estuche que llevaba
consigo, atraía la atención. Pero había en su
mirada algo que lo
rescataba de la mezquindad absoluta; y el descubrimiento de ese detalle
mejoró mucho mi impresión de él. Tenía,
pese a su edad y todo, la
mirada de un niño, con su candor, su curiosidad y su capacidad
de
maravillarse ante las cosas que para los adultos son en cambio
ordinarias, despojadas de todo misterio y encanto, que no merecen de
ellos una segunda mirada.
Finalmente su sentido de discreción cedió a la
curiosidad, que fue demasiado para él, " Está usted
indispuesto del estómago?", dijo mirándome, muy
interesado. "He notado que no bebe vino, cosa poco común entre
jóvenes como usted, y come como si tuviese una espina en la
garganta".
El posadero estaba lo bastante lejos para que hubiera el peligro de que
nos escuchase, de manera que, un poco condescendiente ante tan grande
muestra de ingenuidad, le expliqué una de las precauciones
más elementales que deben tenerse en cuenta cuando se pernocta
en posadas o cantinas desconocidas o apartadas. Tanto el vino como la
comida, le dije, podían estar drogados. El posadero, aquel
hombre obsequioso y amable, bien pudiera ser el más ruin de los
bandoleros, pues en lugar de armas utiliza venenos, y en lugar de obrar
abiertamente lo hace a traición.
"Si como tan lentamente -agregué-, es porque lo hago adrede. Si
hay droga en la comida, lo sabré antes de haberla ingerido por
completo".
"Me cuesta trabajo imaginarme a ese buen hombre como un bandolero",
dijo el señor Pan, refiriéndose al dueño de la
posada.
Suspiré.
"Ningún bandolero tiene el aspecto de tal -dije-, salvo cuando
quiere aparentarlo".
Y me pregunté qué hacía un hombrecillo como aquel,
tan ingenuo e indefenso, en un lugar como Lingnan. Me pregunté
también por cuanto tiempo podría sobrevivir en él,
cuando una espada tan diestra de un hombre no completamente inexperto
como era mi shih-ti había perdido la vida en sus
caminos boscosos.
El misterio del estuche de madera me fue develado al final de la
comida. Ya antes de que acabara mi plato noté que el
señor Pan, sentado enfrente mío, no teniendo nada que
hacer y cohibido a causa de mi poca disposición para hablar,
había tomado el estuche y lo acariciaba sobre el regazo con el
mismo nerviosismo y la misma ansia de un chico que desea enseñar
a alguien mayor alguna fruslería de cuya posesión
está orgulloso.
Esperaba sólo algún gesto de aliento, algún
estímulo de mi parte.
Sin dejar de masticar e inclinando el cuerpo un poco hacia delante,
señalé el estuche de madera con la barbilla. "Si no es
impertinente preguntárselo, qué es lo que usted lleva
ahí?".
Los ojos del señor Pan adquirieron mayor brillo y
animación al punto. Hizo a un lado sus platos y sus tazones,
abrió el estuche, extrajo de él una larga cosa hecha de
madera y la colocó con gran cuidado sobre la mesa. A pesar de
las pocas veces que había visto uno de esos instrumentos,
reconocí en él a un laúd de siete cuerdas. El
laúd medía por lo menos un metro de largo, y su cuerpo de
madera, ligeramente más angosto en el extremo izquierdo, estaba
barnizado de laca. En algunas partes, a causa del tiempo y del
constante manipuleo, la laca había desaparecido,
dejándose ver porciones de madera ennegrecida y lustrosa. Las
cuerdas de seda, en cambio, no parecían muy gastadas.
" Sabe lo que es?", dijo el señor Pan. Debió advertir lo
poco comedido de tal pregunta, pues se apresuró a añadir
inmediatamente. "Le hago esa pregunta porque hoy en día ya se ve
muy poco esta clase de instrumento. Se prefieren otros".
En efecto, me dije para mis adentros, recordando a las muchachas de los
burdeles de Nankín, que preferían el pi-pa
o la flauta.
" Es un laúd, no es cierto?"
El señor Pan sonrió casi agradecido.
"Es un laúd, por cierto -dijo mientras bajaba la mirada y
acariciaba con ella el instrumento-, el más noble de todos
-agregó más para sí que para mí-, el
instrumento de Po Ta y de Chuang Tzu Chi".
No había en la posada nadie excepto nosotros dos y el
dueño, que, por otra parte, se había quedado dormido
sobre un taburete en un rincón de la casa. Con los dedos de su
mano izquierda presionando las cuerdas y un aire abstraído en la
cara, el señor Pan empezó a puntear con la otra mano.
Dudo que hubiera procedido con la intención de exhibirse. En
todo caso, como no tardé en descubrir, su ejecución, si
bien buena, no era nada del otro mundo. Tocó uno de los
cuarentaicinco pasajes de una melodía conocida como Kuanglin
San
, que yo había tenido la suerte de oír en su
versión completa, durante
una de mis visitas al Prefecto Kuo de Suchou, uno de los hombres
más
ilustrados que haya yo conocido. Aun cuando mis conocimientos de la
buena música eran muy limitados, la diferencia entre una y otra
interpretación era para mí bastante clara. Mientras
oí al señor Pan
tocar el laúd, creí haber adivinado al fin la naturaleza
de su oficio:
era un músico ambulante. Su arte no era nada extraordinario, por
cierto, pero hubiera podido contentar fácilmente a un
público poco
exigente, si supiese escoger las melodías que eran de su gusto.
Cuando el señor Pan dejó de tocar al cabo de un rato,
quise obtener de él una confirmación de esa
hipótesis mía, pero, para mi sorpresa, el hombrecillo se
mostró desconcertado y sorprendido ante mi sugerencia de que
fuese un músico.
"Con lo mal que toco el laúd -dijo-, sería sorprendente
que llegase a
ganarme el pan en ese oficio". Me sonrió afablemente. "No soy
músico,
ni podría serlo en cien años. Soy artesano
-explicó-, fabrico
laúdes..." Hizo una pausa, dudó entre su propio orgullo y
la
posibilidad de parecer jactancioso, y se dejó ganar al final por
lo
primero. "Hago laúdes -declaró entre orgulloso y
tímido-, los mejores
del mundo...".
Había en el tono de su voz tal convicción en sí
mismo y a la vez tal
falta completa de jactancia o vanidad que acepté su
afirmación sin
hacer ningún intento de cuestionamiento. Me pareció
entonces la cosa
más natural del mundo que el señor Pan fuese el mejor
fabricante de
laúdes, y que así se proclamase, aun cuando, con
franqueza, no había
notado nada fuera de lo común en el laúd que tenía
delante de sí y que
acababa de usar.
El señor Pan acarició suavemente los bordes lisos y
sinuosos del laúd y continuó, sin mirarme:
"Este es el mejor laúd que he logrado fabricar hasta el momento.
Y estoy completamente seguro de que es el mejor que hay en existencia
ahora; pero no es el laúd perfecto".
Me dio ganas de preguntarle qué entendía por un
"laúd perfecto", pero como por otra parte no quería
oír una larga disertación de índole técnica
que no entendería, me abstuve finalmente de hacerlo.
A la mañana siguiente me despedí del señor Pan. El
hombrecillo había
dicho que permanecería en Wushiang por unos cuantos días,
para arreglar
las cosas por las que había venido desde tan lejos. Por
discreción, no
le pregunté de qué se trataban, aunque sentía no
poca curiosidad por
saberlo. Tomé el camino que conducía a Kaosingchai.
La única razón por la que tomé el camino a
Kaosingchai y no a ningún otro mísero pueblucho de la
región es que fue el mismo camino que tomó mi shih-ti
y en el que probablemente perdió la vida. De haberme dado a
elegir, hubiera escogido cualquier otra ruta al sur pues el camino a
Kaosingchai no era en realidad tal: era simplemente una senda en medio
de la tupida vegetación, abierta a fuerza del hollar de los
pasos de los caminantes y de unos que otros animales de carga, e
interrumpida constantemente por nuevas malezas. Resultaba más
fácil transitar por él a pie que a caballo, y así
lo hice. A medida que avanzaba los árboles eran más
numerosos, más apretados entre sí y más variados.
Había especies que nunca antes había visto en mi vida.
Pequeños monos poblaban sus frondosas copas y, desde lo alto,
lanzaban chillidos ante mi aproximación. El calor era cada vez
más insoportable. Al cabo de tres horas de camino, mi
provisión de agua se había reducido a la mitad, mis pies
estaban doloridos y mi cabeza mareada, pero lo peor era que en todo ese
lapso no me había cruzado con nadie, ni había visto nada
que pudiera ayudarme a encontrar lo que había venido a buscar.
Empecé a preguntarme si lo que hacía -eso de seguir los
mismos pasos que había seguido mi shih-ti-
no era una completa tontería. Después de todo,
quién podía asegurarme que el bandido o quien quiera que
lo hubiese matado no había dejado hacía algún
tiempo la región?
Me sentía bastante agobiado por el calor, de modo que
decidí hacer un
alto a la sombra de una enorme encina para refrescarme y recuperar el
aliento. El alto tomó más tiempo de lo que preví
en principio: habían
pasado dos horas cuando al fin reanudé el camino. Sin lugar a
dudas,
esta demora fue lo que permitió al señor Pan darme
alcance, aunque el
encuentro fue completamente casual. Al oír a alguien llamarme
por
detrás, me volví en redondo. El hombrecillo estaba a unos
veinte pasos
de mí, el estuche de madera debajo de un brazo, el atadijo al
hombro,
la frente sudorosa y totalmente sofocado por el calor. Había a
su lado
un hombre vestido a la usanza de los yaos.
"Ignoraba que iría por este camino -dijo el señor Pan
cuando estuvo cerca de mí-. Qué estúpido he sido!
Cómo no se me ocurrió preguntárselo?"
Señaló al otro, que se acercaba lentamente, casi a
desgano. "El es mi guía", dijo sonriente, "Dios sabe si
podré salir algún día de este laberinto de
árboles si no lo tengo conmigo".
El guía era un fornido yao de unos treinta años. Su
falda, de
primorosos colores y diseños, llegaba apenas hasta la altura de
sus
rodillas. Iba descalzo, pero ello no parecía causarle ninguna
molestia
al andar sobre el polvo, las rocas y las malezas que cubrían el
camino.
Llevaba un turbante de paño negro, como todos los yaos.
Observé que se
había fijado en la espada que colgaba de mi cinto, y que apenas
posó la
mirada en ella la había desviado a otro lado. Fue un detalle
harto
significativo, pues mi espada, tanto por el fino acabado de su vaina y
su empuñadura como por el mismo hecho de que no todos los
días se podía
ver una de su clase en un lugar como aquel, no era cosa que uno pudiera
ignorar fácilmente.
Para no despertar su recelo, procuré no volver a mirar en su
dirección.
Me dirigí al señor Pan y le pregunté qué le
había hecho cambiar de
planes.
"Pensaba quedarme en Wushiang por unos dos o tres días, antes de
decidir qué camino tomar -dijo el hombrecillo del laúd-,
pero cuando me hablaron de un enorme y milenario banano que hay por
esta parte, apenas tuve la paciencia para empacar y emprender el camino
hacia acá".
De qué banano habla?, me dije para mis adentros.
El guía pasó por mi lado y se adelantó a nosotros.
Tuve la sospecha de que la idea de tenerme a sus espaldas no le
hacía muy feliz pero, como guía, no tenía otra
elección que ir adelante.
Hablé de otras cosas con el señor Pan, quizá
más que nunca, pero en ningún momento perdí de
vista al guía. Este, con admirable presencia de ánimo y
dominio de sí mismo, no se volvió a mirarnos ni una sola
vez: parecía como si no tuviese nada que ver con ninguno de
nosotros.
Durante la siguiente hora no cometió ningún desliz que
pudiera infundir
sospechas, pero cuando entrábamos en un tramo especialmente
angosto,
donde, al andar uno al lado del otro, el hombro del señor Pan y
el mío
se veían obligados a chocarse, noté qe sus pasos no
estaban en
proporción con el largo de sus piernas. Se estaba retrasando a
propósito, pero muy discretamente y, nosotros, a pasos normales,
nos
íbamos derecho a su encuentro. Su mano derecha se había
perdido de mi
vista. Confieso que entonces sentí por él algo muy
cercano a la
admiración: no esperaba que un bandido yao pudiera ser tan
astuto.
Extraje mi daga y la oculté en la palma de mi mano, sin que el
señor
Pan, alma ingenua a fin de cuentas, advirtiese esa operación.
Siguió
hablando, no locuazmente, pero sí con mucho entusiasmo, de los
lugares
en que había estado durante sus cuarenta y tantos años de
vida. Cuando
estuvimos a sólo tres pasos del guía, éste se
volvió bruscamente y se
abalanzó sobre mí. Oí gritar al señor Pan,
al advertir, seguramente, el
largo cuchillo que empuñaba el supuesto guía, y cuya
punta iba dirigida
a mi corazón. Rodamos al suelo, y cuando me levanté
después de un rato,
a mi ropa se habían adherido briznas de hierba y me hallaba
disgustado
conmigo mismo por haber tenido que pelear como en una vulgar
riña
callejera. Sacudí las briznas, me arreglé la espada y
envainé de nuevo
la daga. El señor Pan se me acercó tímidamente.
Susurró, mirando al
hombre que se retorcía de dolor en el suelo:
" Qué le ha hecho usted?"
Le contesté que tenía las dos muñecas trituradas.
Después de registrar la ropa del bandido, sin encontrar en ella
nada que fuera de mi interés, extraje la empuñadura de
una espada de mi zurrón y se la mostré.
"Hay una espada que tiene una empuñadura exactamente igual a
ésta
-dije-. Si está en tu poder o la has visto en manos de alguien
será
mejor que me lo digas. No estoy interesado en vengar la muerte de la
persona que la tuvo alguna vez; sólo quiero recuperarla. No es
una
espada común y corriente, de modo que quien quiera que la tenga
ahora
en su poder no habrá podido seguramente resistir a la
tentación de
mostrársela a todo el mundo; o, por lo menos, a aquellos que
considera
de su confianza. Tu vida depende de que me puedas dar la
información
que necesito para llegar hasta donde esté su actual poseedor".
Resultó que el bandido conocía efectivamente a quien la
había robado. En chino apenas comprensible, dijo que la
había visto en manos de su Hermano Mayor de Juramento. Cuando le
pregunté dónde podía encontrar a su Hermano Mayor
de Juramento y quién era, se rehusó a contestar, pero
miró significativamente el camino que se extendía
adelante.
Reanudamos nuestro camino, prescindiendo ya, como era de esperar, de la
compañía del "guía". Durante un buen rato no
volví a oír hablar al señor Pan: estaba
horrorizado por el hecho de que yo hubiese rematado al bandido. Y
quizá también indignado, según pude deducir del
tono de su voz cuando al fin rompió el silencio.
" Por qué lo remató? -me increpó-: Usted le
había dado la palabra de dejarlo vivo".
Podía haberle dado diez buenas razones, pero me limité a
darle la más simple. "Es un ladrón y asesino empedernido.
Si lo dejaba vivir volvería a robar y mataría al primero
que se topase con él. Además, no me gustaba la idea de
que pudiera correr a avisar a su Hermano Mayor de Juramento y tendernos
una emboscada".
"Tenía las manos destrozadas -insistió el señor
Pan-, qué daño podía hacer ya?".
"Se sorprendería usted si supiera lo que puede hacer un
malhechor avezado sin tener que recurrir a sus manos".
El hombrecillo se calló de nuevo. Cuando volvió a hablar
al cabo de algún tiempo, noté que ya no estaba enojado
conmigo: su pensamiento tenía ahora otro tipo diferente de
preocupaciones.
"Ahora que está muerto -dijo en un tono lleno de orfandad y
desconcierto-, cómo podré encontrar ese banano
milenario?".
Encontramos el banano en cuestión después de todo. Era un
árbol gigantesco, pero menos alto de lo que yo me lo
había imaginado. En realidad, era más bien de tronco
corto, pero se necesitarían tres hombres para abarcarlo. Lo que
más sorprendía de él era su copa, una inmensa
sombrilla verde, bajo la cual podían pastar cincuenta o
más cabras. Mirando desde abajo de ella, no se podía ver
ni un solo retazo del cielo.
La excitación que experimentó el señor Pan ante la
vista de aquel extraordinario árbol sobrepasa cualquier
descripción. Se lanzó prácticamente hacia
él, apretujando el estuche de madera bajo un brazo. Cuando me
acerqué también al árbol, el hombrecillo estaba
dando vueltas y más vueltas alrededor suyo, mirando arrebatado
el tronco, las ramas, las hojas. No pareció percatarse de mi
aproximación, y quizá tampoco de mi existencia.
Después de observar durante un rato el banano, y desaparecido mi
interés inicial, me senté a un lado del camino y me puse
a mirar al señor Pan preguntándome qué
haría a continuación. El hombrecillo había dejado
su laúd y su atadijo entre las hierbas, y había
extraído del último un cincel y un pequeño
martillo. Se puso a trabajar con ellos sobre el tronco del banano, con
movimientos expertos. Al cabo de un cuarto de hora o menos había
logrado separar un trozo de madera de regular tamaño, con el que
hizo una serie de cosas raras: lo golpeó con el mango del
cincel, acercándolo al oído, hizo con él el gesto
característico de quien trata de medir el peso de algo con las
manos; y, finalmente, mordió con los dientes uno de sus
ángulos. Al mismo tiempo, mientras hacía esas
operaciones, su rostro fue perdiendo gradualmente la animación
inicial. Acabó arrojando el trozo de madera entre las malezas.
Recogió sus cosas y se reunió conmigo.
"No sirve -dijo, cuando estuvo cerca. Era la imagen misma de la
decepción-. No es mejor que la madera de un pino cualquiera".
Ahora mi curiosidad había sido excitada lo bastante como para
dejar a un lado toda la reserva que había mantenido hasta el
momento. Le pregunté: para qué no
servía.
"Para fabricar el mejor laúd que se haya fabricado", dijo el
hombrecillo.
" Acaso no tiene ya uno?".
El señor Pan me miró genuinamente sorprendido. "
Cuál?", replicó.
"El que tiene entre las manos. Usted mismo ha dicho que es el mejor".
"Lo es por ahora -dijo el señor Pan-, pero podría hacer
otro superior, si sólo pudiera encontrar el trozo de madera
apropiado".
" Y es por ello que se ha venido desde tan lejos?"
En realidad, estaba demás hacer esa pregunta; había
adivinado ahora, aunque aún me costaba trabajo admitir que fuese
cierto, cuál era el propósito del señor Pan al
venir a Lingnan. Era algo tan disparatado que más bien
parecía una locura.
El señor Pan me explicó que la calidad de un laúd
depende, más que de cualquier otra cosa, de su cuerpo o caja de
madera; y que en la búsqueda de esa pieza de madera ideal
él había pasado más de la mitad de su vida yendo
de un lado a otro. Los tupidos bosques de Lingnan eran los
únicos en que todavía no había puesto los pies
hasta hacía poco, y no lo había hecho antes simplemente
por no haber podido vencer el temor que le infundían los rumores
acerca de los peligros que ocultaban.
"Me temo -dije algo sarcásticamente-, y usted lo habrá
podido comprobar, que no se tratan de simples rumores".
Arribamos a Kaosingchai al caer la noche. La demora se debió a
que nos
extraviamos varias veces de nuestro camino, y porque el señor
Pan se
entretuvo tocando y tomando muestras de cada árbol que le
pareció
interesante. Algunos especímenes le satisfacieron relativamente.
Los
marcó con un trozo de tiza y afirmó que, de no encontrar
otros de mejor
calidad, volvería por ellos otro día. Por mi parte, yo
estaba más bien
decepcionado, pues el Hermano Mayor de Juramento del falso guía
no
apareció como yo esperaba.
Kaosingchai era una aldea aún más pequeña que
Wushiang. Se hallaba a la
orilla de un ancho río que al parecer corría paralelo al
río Liuchiang.
Las aguas de este río eran calmas y permitían el
tránsito por ellas en
los dos sentidos. Los hans que escaseaban allí se dedicaban en
su
mayoría al negocio de abastecer de víveres a las
embarcaciones que
pasaban por la aldea en ruta a otros poblados más grandes e
importantes. Había sólo una posada y eso era más
que suficiente. El
dueño era un han de constitución gruesa, cuyo rostro
mofletudo estaba
siempre cubierto de sudor, pese a que continuamente pasaba por
él un
gran pañuelo. Su mujer era una yao, tenía mal aspecto, y
cualquiera
podía decir sin equivocarse que no vivía muy feliz.
Después de cenar -en cuyo transcurso tomé las
precauciones
acostumbradas-, el posadero nos mostró las hatitaciones. Los
cuartos
eran pequeños, pero de aspecto agradable. Cada uno de ellos
tenía una
pequeña ventana que daba directamente al río. Más
allá de las aguas
oscuras, se delineaban las montañas contra el cielo de color
violáceo.
Lamenté que las ventanas no fuesen más grandes. En
realidad, hubieran
sido insuficientes en cuanto a proporcionar a las piezas la
ventilación
adecuada, de no ser por el doble techado que atenuaba el calor con
mayor efectividad que los techados simples de las demás casas.
Sobre
los muebles habían colocado pequeños platillos de agua
conteniendo
pétalos de flores, principalmente de camelias y azaleas, que
abundan en
la región. Las estancias olían como si fuesen lechos de
flores.
La fatiga que resultó de la larga caminata del día me
hizo caer muy
pronto en sueños, pero el sueño fue agitado, superficial;
y a
medianoche me hallaba de repente totalmente despabilado. Algo me
había
venido molestando incluso antes de acostarme; entonces no sabía
qué era
ni le presté mucha atención, sólo ahora
comprendí cabalmente qué era lo
que no iba bien: era la habitación misma, o, para ser exacto, la
ventana y el doble techado. Para qué el doble techado? Para
compensar
la escasa ventilación que la pequeñez de la ventana
creaba. Pero, por
qué no hacer más grandes las ventanas, como las
demás casas de la aldea?
Tomé la espada que descansaba a mi lado, sobre la cama, y la
desenvainé con el mayor disimulo.
El perfume de los pétalos de flores inundaba toda la estancia
pero
ahora advertía en él un ligero olor acre, tan tenue que
no lo hubiera
notado de no haber sabido a qué tenía que atenerme. La
luz de la luna
caía a través de la pequeña ventana, y en ella
pude ver la fuente de
aquel olor a amapolas: un hilillo apenas visible de humo blanco. Una
diminuta abertura, no más grande que la yema del índice,
había sido
practicada en el papel de la ventana que daba al corredor; y el hilo de
humo provenía de ella. A través de la abertura era
posible distinguir
el extremo encendido de un incienso -uno muy especial, por cierto-, y
aunque no podía ver al hombre que lo sostenía y
dirigía expertamente la
dirección del humo mediante discretos soplos, pude sentir su
presencia.
Había todavía muy poco humo dentro de la
habitación; el soporífero
tardaría todavía media hora o más en hacer efecto;
pero preferí no
correr ningún riesgo innecesario.
El posadero no alcanzó siquiera a emitir un grito, cuando la
espada, lanzada con todas mis fuerzas, atravesó la delgada pared
de madera y traspasó su prominente barriga. Tal vez fue un fin
demasiado benévolo para una rata como él.
Le dije al señor Pan, a la mañana siguiente, que
después de haber recuperado la espada "Recolectora de Estrellas"
y, de paso, vengado la muerte de mi shih-ti
, ya no tenía motivos para quedarme por más tiempo en
esos míseros puebluchos de Lingnan, y que tomaría la
primera embarcación que pasara por Kaosingchai y volvería
a Nankín. Le pregunté si no quería unirse a
mí en el viaje.
El hombrecillo del laúd vaciló.
"Lingnan es un lugar peligroso incluso para gentes como nosotros -le
dije-, y debe serlo doble o triplemente para usted. Debe saber que los
dos bandidos que maté no vinieron sólo por mí ni
eran los únicos".
Le di al señor Pan toda la mañana para pensar acerca de
ello, mientras me tomaba al fin un verdadero descanso en la posada,
ahora abandonada a su suerte, pues la mujer recién enviudada de
su dueño decidió dejar Kaosingchai y volver con los suyos
esa misma madrugada. El señor Pan salió después
del desayuno y volvió al mediodía, con un nuevo
guía de nacionalidad yao. Me sonrió, tímidamente,
como disculpándose, y dijo que había decidido quedarse en
Lingnan por unos días más.
No supe si debía sentir desdén o lástima por aquel
hombrecillo. "Insensato", me dije para mis adentros, "insensato".
Acompañé al señor Pan por algunos li
, hasta el claro de una colina. Antes de despedirnos, en un arranque de
sentimentalismo nada usual en mí, le obligué a aceptar mi
daga como un obsequio.
"Tómela -le dije-, puede que le sea de utilidad, aunque
sinceramente espero que no tenga que usarla jamás".
El señor Pan trató de devolverme la daga. " Qué
puedo yo hacer con ella?" dijo.
No pudo haber hecho un comentario más inteligente. En efecto,
qué podía él hacer aun cuando tuviera la daga y
supiera manejarla si se topase con algún otro bandido tan
avezado como los dos que tuvieron la mala suerte de vérselas
conmigo? De todas maneras, el hecho de que al final, después de
mucho insistir, terminara por aceptar la daga, me hizo sentir -por
cierto, sin ningún fundamento- más aliviado, como si al
darle la daga le hubiese dado en realidad un talismán que lo
protegería de todos los males y peligros.
Nos despedimos. Con el estuche que contenía el laúd
sujeto debajo del brazo izquierdo y el atadijo colgado del hombro del
mismo lado, el señor Pan corrió con sus piernas cortas
hasta alcanzar al guía, que se había adelantado un poco.
Antes de desaparecer entre los gigantescos y apretados árboles,
el hombrecillo se volvió en mi dirección y agitó
la mano libre. Después me dio la espalda de nuevo, y con pasos
que me parecieron vacilantes, pero al mismo tiempo como impulsado por
algo superior a todos sus temores, penetró y se perdió
entre la espesura.
Me quedé en Kaosingchai por más tiempo de lo que
inicialmente había
pensado. Sólo al cabo de unos diez días me
embarqué y tomé el camino de
regreso. Durante todo aquel lapso de tiempo inventé una serie de
argumentos para justificar esa demora. Me engañaba a mí
mismo. Ni
escaseaban las embarcaciones, ni las lluvias torrenciales eran serios
impedimentos para un viaje por río. En realidad, la verdadera
razón por
la que me quedé más tiempo de lo que debía en
aquella aldea perdida
entre los bosques era porque esperaba oír alguna noticia del
señor Pan.
Desde luego, inconscientemente me negaba a admitir esa verdad.
No volvió a aparecer por Kaosingchai, ni volví a
oír de él. Los bosques
parecieron haberlo tragado. Aun ahora, después de tres
años
transcurridos, ignoro si está vivo o no. Cuando el tiempo y la
ocasión
me lo permiten, recorro ocasionalmente las tiendas y las ferias donde
se venden instrumentos musicales y pregunto por los laúdes.
Tengo la
convicción de que si en alguna de ellas pudiera hallar un
laúd digno de
ser calificado de "perfecto", podré estar seguro entonces de que
el
señor Pan (es realmente inexplicable que yo haya llegado a
preocuparme
tanto por su supervivencia, habiendo sido tan breve nuestro mutuo
conocimiento) ha podido sobrevivir a los peligros de Lingnan y
está
sano y salvo. El problema es: cuándo un laúd puede ser
calificado de
"perfecto"?
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