EL HOMBRE DE LAUD



Era un hombrecillo de aspecto insignificante, tanto que no me percaté de su presencia en la balsa, hasta que de la decena o más personas que se embarcaron en ella inicialmente en Liuchou, no quedaron más que el balsero, él y yo. Como ahora era mi único compañero de viaje, no pude menos de echarle algunas miradas de curiosidad, y me pregunté qué negocios le habrían llevado a esta región boscosa del Imperio, infestada de bandidos y poblada por indígenas hostiles a gentes de nuestra etnia.

El hombre permanecía sentado en el centro mismo de la balsa, muy quieto y tieso, sin atreverse a mover. Las aguas del río Liuchiang, turbulentas e imprevisibles, nos arrastraban vertiginosamente hacia las verdes entrañas del abanico de montañas que se abrían a nuestra balsa y a nosotros. El curso del río, a vista de pájaro, debía de presentar el aspecto sinuoso de una serpiente: siempre había delante de nosotros, como un obstáculo hacia el cual nos precipitábamos irremediablemente, una montaña, un monte o simplemente una enorme roca cubierta de fresco verdor, de redondeada forma, recortada contra el azul del cielo; pero tal obstáculo era sólo aparente: de un momento a otro, cuando pensábamos que íbamos a estrellarnos contra él, las aguas del río daban un giro inesperado, lo dejábamos atrás, y una montaña, un monte o una roca nueva se nos presentaba adelante.

Cuando pasamos los rápidos y estuvimos en aguas más calmas, el hombre pareció recobrar la poca presencia de ánimo de que disponía. Empezó a pasear la mirada por las riberas del río, como si por primera vez se diera cuenta de su existencia; se acomodó mejor sobre la balsa; y, por último, me miró, asintió con la cabeza y sonrió tímidamente, en señal de reconocimiento. Le devolví el cumplido asintiendo con la mía.

Tendría unos cuarentitrés o cuarenticuatro años. La frente era demasiado amplia, demasiado abombada, y desde lejos daba la impresión de que se estuviese quedando calvo. Su figura era esmirriada y vestía de manera muy ordinaria, casi pobremente. Tenía entre las manos un largo estuche de madera, de forma rectangular, que sujetaba sobre el regazo con dedos casi crispados. Por esta forma de sujetar el estuche, parecía natural suponer que lo que contenía era algo de mucho valor; pero tanto el aspecto modesto de su dueño como su aire de paria, se encargaban en seguida de echar abajo esta suposición.

No cruzamos palabra hasta que el firmamento se nubló, al atardecer. La niebla, que parecía subir del río, comenzó a cubrir las montañas, y las cúspides redondeadas de éstas se ocultaron detrás de enormes bancos de vapor. Empezó a hacer frío. Cuando miré en dirección del hombrecillo, noté que estaba temblando. " No tiene nada con qué abrigarse?", le grité a través del rumor del río. Me había puesto una chaqueta, y otro tanto hizo el balsero. Al parecer, el hombrecillo del estuche no había previsto la eventualidad de que en una región cálida como es Lingnan pudiera precisar de prendas más gruesas. Me volvió a dirigir una sonrisa tímida. Recogió el atadijo que tenía a un lado, lo desató y extrajo de él una manta. Mientras se ceñía la manta al cuerpo, ocultando debajo de ella el estuche, trató de decirme algo, pero el ruido ensordecedor de las aguas impidió que yo pudiera distinguir lo que dijo, aunque no era difícil adivinar de qué se trataba. La balsa no era precisamente un lugar adecuado para pláticas sociales, ni soy hombre muy propenso a hablar, de modo que después de ese brevísimo intercambio de palabras volvimos a quedar en silencio, cada cual vuelto a sus pensamientos. Dos horas más tarde, llegamos a Wushiang.

Después de aquella pequeña introducción informal en la balsa parecía cosa natural que, a nuestro arribo a Wushiang, fuésemos juntos a buscar una posada, y hasta sentarnos a la misma mesa para comer.

Encontramos una modesta posada cuyo dueño, al igual que nosotros, era de nacionalidad han. En Wushiang había todavía muchos hans, pero la población dominante estaba compuesta por yaos.

Al sentarme a la mesa coloqué ostensiblemente mi espada encima de ella, al alcance de mis manos: quería que el posadero la viese y comprendiese sin ningún equívoco que no podía hacerme ninguna mala maña sin tener que pagar caro por ella. Mi compañero, que dijo apellidarse Pan, de Hsuanting, pidió comida y vino; pedí también comida, pero en lugar de vino o cualquier otra bebida, pedí simplemente un tazón adicional. Cuando el posadero trajo los pedidos el señor Pan quiso amablemente servirme el vino. Decliné su invitación, me fui a la parte posterior de la posada, donde estaba el pozo de agua, llené el tazón extra y volví a nuestra mesa. Empecé a comer en silencio y muy lentamente, dominando con esfuerzos casi dolorosos la apremiante necesidad de mi estómago por alimentos sólidos. El agua de pozo, que bebía a grandes sorbos más bien por aplacar esa urgencia que por la misma sed, sabía a tierra. Cuando estaba a mitad de mi comida noté que el señor Pan había terminado hacía algún tiempo la suya y me miraba con genuina extrañeza. He dicho con anterioridad que era un hombre cuya edad había sobrepasado los cuarentitrés o los cuarenticuatro; que su apariencia era poco digna de resaltar; y que nada en él, salvo el enorme estuche que llevaba consigo, atraía la atención. Pero había en su mirada algo que lo rescataba de la mezquindad absoluta; y el descubrimiento de ese detalle mejoró mucho mi impresión de él. Tenía, pese a su edad y todo, la mirada de un niño, con su candor, su curiosidad y su capacidad de maravillarse ante las cosas que para los adultos son en cambio ordinarias, despojadas de todo misterio y encanto, que no merecen de ellos una segunda mirada.

Finalmente su sentido de discreción cedió a la curiosidad, que fue demasiado para él, " Está usted indispuesto del estómago?", dijo mirándome, muy interesado. "He notado que no bebe vino, cosa poco común entre jóvenes como usted, y come como si tuviese una espina en la garganta".

El posadero estaba lo bastante lejos para que hubiera el peligro de que nos escuchase, de manera que, un poco condescendiente ante tan grande muestra de ingenuidad, le expliqué una de las precauciones más elementales que deben tenerse en cuenta cuando se pernocta en posadas o cantinas desconocidas o apartadas. Tanto el vino como la comida, le dije, podían estar drogados. El posadero, aquel hombre obsequioso y amable, bien pudiera ser el más ruin de los bandoleros, pues en lugar de armas utiliza venenos, y en lugar de obrar abiertamente lo hace a traición.

"Si como tan lentamente -agregué-, es porque lo hago adrede. Si hay droga en la comida, lo sabré antes de haberla ingerido por completo".

"Me cuesta trabajo imaginarme a ese buen hombre como un bandolero", dijo el señor Pan, refiriéndose al dueño de la posada.

Suspiré.

"Ningún bandolero tiene el aspecto de tal -dije-, salvo cuando quiere aparentarlo".

Y me pregunté qué hacía un hombrecillo como aquel, tan ingenuo e indefenso, en un lugar como Lingnan. Me pregunté también por cuanto tiempo podría sobrevivir en él, cuando una espada tan diestra de un hombre no completamente inexperto como era mi shih-ti había perdido la vida en sus caminos boscosos.

El misterio del estuche de madera me fue develado al final de la comida. Ya antes de que acabara mi plato noté que el señor Pan, sentado enfrente mío, no teniendo nada que hacer y cohibido a causa de mi poca disposición para hablar, había tomado el estuche y lo acariciaba sobre el regazo con el mismo nerviosismo y la misma ansia de un chico que desea enseñar a alguien mayor alguna fruslería de cuya posesión está orgulloso.

Esperaba sólo algún gesto de aliento, algún estímulo de mi parte.

Sin dejar de masticar e inclinando el cuerpo un poco hacia delante, señalé el estuche de madera con la barbilla. "Si no es impertinente preguntárselo, qué es lo que usted lleva ahí?".

Los ojos del señor Pan adquirieron mayor brillo y animación al punto. Hizo a un lado sus platos y sus tazones, abrió el estuche, extrajo de él una larga cosa hecha de madera y la colocó con gran cuidado sobre la mesa. A pesar de las pocas veces que había visto uno de esos instrumentos, reconocí en él a un laúd de siete cuerdas. El laúd medía por lo menos un metro de largo, y su cuerpo de madera, ligeramente más angosto en el extremo izquierdo, estaba barnizado de laca. En algunas partes, a causa del tiempo y del constante manipuleo, la laca había desaparecido, dejándose ver porciones de madera ennegrecida y lustrosa. Las cuerdas de seda, en cambio, no parecían muy gastadas.

" Sabe lo que es?", dijo el señor Pan. Debió advertir lo poco comedido de tal pregunta, pues se apresuró a añadir inmediatamente. "Le hago esa pregunta porque hoy en día ya se ve muy poco esta clase de instrumento. Se prefieren otros".

En efecto, me dije para mis adentros, recordando a las muchachas de los burdeles de Nankín, que preferían el pi-pa o la flauta.

" Es un laúd, no es cierto?"

El señor Pan sonrió casi agradecido.

"Es un laúd, por cierto -dijo mientras bajaba la mirada y acariciaba con ella el instrumento-, el más noble de todos -agregó más para sí que para mí-, el instrumento de Po Ta y de Chuang Tzu Chi".

No había en la posada nadie excepto nosotros dos y el dueño, que, por otra parte, se había quedado dormido sobre un taburete en un rincón de la casa. Con los dedos de su mano izquierda presionando las cuerdas y un aire abstraído en la cara, el señor Pan empezó a puntear con la otra mano. Dudo que hubiera procedido con la intención de exhibirse. En todo caso, como no tardé en descubrir, su ejecución, si bien buena, no era nada del otro mundo. Tocó uno de los cuarentaicinco pasajes de una melodía conocida como Kuanglin San , que yo había tenido la suerte de oír en su versión completa, durante una de mis visitas al Prefecto Kuo de Suchou, uno de los hombres más ilustrados que haya yo conocido. Aun cuando mis conocimientos de la buena música eran muy limitados, la diferencia entre una y otra interpretación era para mí bastante clara. Mientras oí al señor Pan tocar el laúd, creí haber adivinado al fin la naturaleza de su oficio: era un músico ambulante. Su arte no era nada extraordinario, por cierto, pero hubiera podido contentar fácilmente a un público poco exigente, si supiese escoger las melodías que eran de su gusto.

Cuando el señor Pan dejó de tocar al cabo de un rato, quise obtener de él una confirmación de esa hipótesis mía, pero, para mi sorpresa, el hombrecillo se mostró desconcertado y sorprendido ante mi sugerencia de que fuese un músico.

"Con lo mal que toco el laúd -dijo-, sería sorprendente que llegase a ganarme el pan en ese oficio". Me sonrió afablemente. "No soy músico, ni podría serlo en cien años. Soy artesano -explicó-, fabrico laúdes..." Hizo una pausa, dudó entre su propio orgullo y la posibilidad de parecer jactancioso, y se dejó ganar al final por lo primero. "Hago laúdes -declaró entre orgulloso y tímido-, los mejores del mundo...".

Había en el tono de su voz tal convicción en sí mismo y a la vez tal falta completa de jactancia o vanidad que acepté su afirmación sin hacer ningún intento de cuestionamiento. Me pareció entonces la cosa más natural del mundo que el señor Pan fuese el mejor fabricante de laúdes, y que así se proclamase, aun cuando, con franqueza, no había notado nada fuera de lo común en el laúd que tenía delante de sí y que acababa de usar.

El señor Pan acarició suavemente los bordes lisos y sinuosos del laúd y continuó, sin mirarme:

"Este es el mejor laúd que he logrado fabricar hasta el momento. Y estoy completamente seguro de que es el mejor que hay en existencia ahora; pero no es el laúd perfecto".

Me dio ganas de preguntarle qué entendía por un "laúd perfecto", pero como por otra parte no quería oír una larga disertación de índole técnica que no entendería, me abstuve finalmente de hacerlo.

A la mañana siguiente me despedí del señor Pan. El hombrecillo había dicho que permanecería en Wushiang por unos cuantos días, para arreglar las cosas por las que había venido desde tan lejos. Por discreción, no le pregunté de qué se trataban, aunque sentía no poca curiosidad por saberlo. Tomé el camino que conducía a Kaosingchai.

La única razón por la que tomé el camino a Kaosingchai y no a ningún otro mísero pueblucho de la región es que fue el mismo camino que tomó mi shih-ti y en el que probablemente perdió la vida. De haberme dado a elegir, hubiera escogido cualquier otra ruta al sur pues el camino a Kaosingchai no era en realidad tal: era simplemente una senda en medio de la tupida vegetación, abierta a fuerza del hollar de los pasos de los caminantes y de unos que otros animales de carga, e interrumpida constantemente por nuevas malezas. Resultaba más fácil transitar por él a pie que a caballo, y así lo hice. A medida que avanzaba los árboles eran más numerosos, más apretados entre sí y más variados. Había especies que nunca antes había visto en mi vida. Pequeños monos poblaban sus frondosas copas y, desde lo alto, lanzaban chillidos ante mi aproximación. El calor era cada vez más insoportable. Al cabo de tres horas de camino, mi provisión de agua se había reducido a la mitad, mis pies estaban doloridos y mi cabeza mareada, pero lo peor era que en todo ese lapso no me había cruzado con nadie, ni había visto nada que pudiera ayudarme a encontrar lo que había venido a buscar. Empecé a preguntarme si lo que hacía -eso de seguir los mismos pasos que había seguido mi shih-ti- no era una completa tontería. Después de todo, quién podía asegurarme que el bandido o quien quiera que lo hubiese matado no había dejado hacía algún tiempo la región?

Me sentía bastante agobiado por el calor, de modo que decidí hacer un alto a la sombra de una enorme encina para refrescarme y recuperar el aliento. El alto tomó más tiempo de lo que preví en principio: habían pasado dos horas cuando al fin reanudé el camino. Sin lugar a dudas, esta demora fue lo que permitió al señor Pan darme alcance, aunque el encuentro fue completamente casual. Al oír a alguien llamarme por detrás, me volví en redondo. El hombrecillo estaba a unos veinte pasos de mí, el estuche de madera debajo de un brazo, el atadijo al hombro, la frente sudorosa y totalmente sofocado por el calor. Había a su lado un hombre vestido a la usanza de los yaos.

"Ignoraba que iría por este camino -dijo el señor Pan cuando estuvo cerca de mí-. Qué estúpido he sido! Cómo no se me ocurrió preguntárselo?" Señaló al otro, que se acercaba lentamente, casi a desgano. "El es mi guía", dijo sonriente, "Dios sabe si podré salir algún día de este laberinto de árboles si no lo tengo conmigo".

El guía era un fornido yao de unos treinta años. Su falda, de primorosos colores y diseños, llegaba apenas hasta la altura de sus rodillas. Iba descalzo, pero ello no parecía causarle ninguna molestia al andar sobre el polvo, las rocas y las malezas que cubrían el camino. Llevaba un turbante de paño negro, como todos los yaos. Observé que se había fijado en la espada que colgaba de mi cinto, y que apenas posó la mirada en ella la había desviado a otro lado. Fue un detalle harto significativo, pues mi espada, tanto por el fino acabado de su vaina y su empuñadura como por el mismo hecho de que no todos los días se podía ver una de su clase en un lugar como aquel, no era cosa que uno pudiera ignorar fácilmente.

Para no despertar su recelo, procuré no volver a mirar en su dirección. Me dirigí al señor Pan y le pregunté qué le había hecho cambiar de planes.

"Pensaba quedarme en Wushiang por unos dos o tres días, antes de decidir qué camino tomar -dijo el hombrecillo del laúd-, pero cuando me hablaron de un enorme y milenario banano que hay por esta parte, apenas tuve la paciencia para empacar y emprender el camino hacia acá".

De qué banano habla?, me dije para mis adentros.

El guía pasó por mi lado y se adelantó a nosotros. Tuve la sospecha de que la idea de tenerme a sus espaldas no le hacía muy feliz pero, como guía, no tenía otra elección que ir adelante.

Hablé de otras cosas con el señor Pan, quizá más que nunca, pero en ningún momento perdí de vista al guía. Este, con admirable presencia de ánimo y dominio de sí mismo, no se volvió a mirarnos ni una sola vez: parecía como si no tuviese nada que ver con ninguno de nosotros.

Durante la siguiente hora no cometió ningún desliz que pudiera infundir sospechas, pero cuando entrábamos en un tramo especialmente angosto, donde, al andar uno al lado del otro, el hombro del señor Pan y el mío se veían obligados a chocarse, noté qe sus pasos no estaban en proporción con el largo de sus piernas. Se estaba retrasando a propósito, pero muy discretamente y, nosotros, a pasos normales, nos íbamos derecho a su encuentro. Su mano derecha se había perdido de mi vista. Confieso que entonces sentí por él algo muy cercano a la admiración: no esperaba que un bandido yao pudiera ser tan astuto.

Extraje mi daga y la oculté en la palma de mi mano, sin que el señor Pan, alma ingenua a fin de cuentas, advirtiese esa operación. Siguió hablando, no locuazmente, pero sí con mucho entusiasmo, de los lugares en que había estado durante sus cuarenta y tantos años de vida. Cuando estuvimos a sólo tres pasos del guía, éste se volvió bruscamente y se abalanzó sobre mí. Oí gritar al señor Pan, al advertir, seguramente, el largo cuchillo que empuñaba el supuesto guía, y cuya punta iba dirigida a mi corazón. Rodamos al suelo, y cuando me levanté después de un rato, a mi ropa se habían adherido briznas de hierba y me hallaba disgustado conmigo mismo por haber tenido que pelear como en una vulgar riña callejera. Sacudí las briznas, me arreglé la espada y envainé de nuevo la daga. El señor Pan se me acercó tímidamente. Susurró, mirando al hombre que se retorcía de dolor en el suelo:

" Qué le ha hecho usted?"

Le contesté que tenía las dos muñecas trituradas.



Después de registrar la ropa del bandido, sin encontrar en ella nada que fuera de mi interés, extraje la empuñadura de una espada de mi zurrón y se la mostré.

"Hay una espada que tiene una empuñadura exactamente igual a ésta -dije-. Si está en tu poder o la has visto en manos de alguien será mejor que me lo digas. No estoy interesado en vengar la muerte de la persona que la tuvo alguna vez; sólo quiero recuperarla. No es una espada común y corriente, de modo que quien quiera que la tenga ahora en su poder no habrá podido seguramente resistir a la tentación de mostrársela a todo el mundo; o, por lo menos, a aquellos que considera de su confianza. Tu vida depende de que me puedas dar la información que necesito para llegar hasta donde esté su actual poseedor".

Resultó que el bandido conocía efectivamente a quien la había robado. En chino apenas comprensible, dijo que la había visto en manos de su Hermano Mayor de Juramento. Cuando le pregunté dónde podía encontrar a su Hermano Mayor de Juramento y quién era, se rehusó a contestar, pero miró significativamente el camino que se extendía adelante.

Reanudamos nuestro camino, prescindiendo ya, como era de esperar, de la compañía del "guía". Durante un buen rato no volví a oír hablar al señor Pan: estaba horrorizado por el hecho de que yo hubiese rematado al bandido. Y quizá también indignado, según pude deducir del tono de su voz cuando al fin rompió el silencio.

" Por qué lo remató? -me increpó-: Usted le había dado la palabra de dejarlo vivo".

Podía haberle dado diez buenas razones, pero me limité a darle la más simple. "Es un ladrón y asesino empedernido. Si lo dejaba vivir volvería a robar y mataría al primero que se topase con él. Además, no me gustaba la idea de que pudiera correr a avisar a su Hermano Mayor de Juramento y tendernos una emboscada".

"Tenía las manos destrozadas -insistió el señor Pan-, qué daño podía hacer ya?".

"Se sorprendería usted si supiera lo que puede hacer un malhechor avezado sin tener que recurrir a sus manos".

El hombrecillo se calló de nuevo. Cuando volvió a hablar al cabo de algún tiempo, noté que ya no estaba enojado conmigo: su pensamiento tenía ahora otro tipo diferente de preocupaciones.

"Ahora que está muerto -dijo en un tono lleno de orfandad y desconcierto-, cómo podré encontrar ese banano milenario?".

Encontramos el banano en cuestión después de todo. Era un árbol gigantesco, pero menos alto de lo que yo me lo había imaginado. En realidad, era más bien de tronco corto, pero se necesitarían tres hombres para abarcarlo. Lo que más sorprendía de él era su copa, una inmensa sombrilla verde, bajo la cual podían pastar cincuenta o más cabras. Mirando desde abajo de ella, no se podía ver ni un solo retazo del cielo.

La excitación que experimentó el señor Pan ante la vista de aquel extraordinario árbol sobrepasa cualquier descripción. Se lanzó prácticamente hacia él, apretujando el estuche de madera bajo un brazo. Cuando me acerqué también al árbol, el hombrecillo estaba dando vueltas y más vueltas alrededor suyo, mirando arrebatado el tronco, las ramas, las hojas. No pareció percatarse de mi aproximación, y quizá tampoco de mi existencia. Después de observar durante un rato el banano, y desaparecido mi interés inicial, me senté a un lado del camino y me puse a mirar al señor Pan preguntándome qué haría a continuación. El hombrecillo había dejado su laúd y su atadijo entre las hierbas, y había extraído del último un cincel y un pequeño martillo. Se puso a trabajar con ellos sobre el tronco del banano, con movimientos expertos. Al cabo de un cuarto de hora o menos había logrado separar un trozo de madera de regular tamaño, con el que hizo una serie de cosas raras: lo golpeó con el mango del cincel, acercándolo al oído, hizo con él el gesto característico de quien trata de medir el peso de algo con las manos; y, finalmente, mordió con los dientes uno de sus ángulos. Al mismo tiempo, mientras hacía esas operaciones, su rostro fue perdiendo gradualmente la animación inicial. Acabó arrojando el trozo de madera entre las malezas.

Recogió sus cosas y se reunió conmigo.

"No sirve -dijo, cuando estuvo cerca. Era la imagen misma de la decepción-. No es mejor que la madera de un pino cualquiera".

Ahora mi curiosidad había sido excitada lo bastante como para dejar a un lado toda la reserva que había mantenido hasta el momento. Le pregunté: para qué no servía.

"Para fabricar el mejor laúd que se haya fabricado", dijo el hombrecillo.

" Acaso no tiene ya uno?".

El señor Pan me miró genuinamente sorprendido. " Cuál?", replicó.

"El que tiene entre las manos. Usted mismo ha dicho que es el mejor".

"Lo es por ahora -dijo el señor Pan-, pero podría hacer otro superior, si sólo pudiera encontrar el trozo de madera apropiado".

" Y es por ello que se ha venido desde tan lejos?"

En realidad, estaba demás hacer esa pregunta; había adivinado ahora, aunque aún me costaba trabajo admitir que fuese cierto, cuál era el propósito del señor Pan al venir a Lingnan. Era algo tan disparatado que más bien parecía una locura.

El señor Pan me explicó que la calidad de un laúd depende, más que de cualquier otra cosa, de su cuerpo o caja de madera; y que en la búsqueda de esa pieza de madera ideal él había pasado más de la mitad de su vida yendo de un lado a otro. Los tupidos bosques de Lingnan eran los únicos en que todavía no había puesto los pies hasta hacía poco, y no lo había hecho antes simplemente por no haber podido vencer el temor que le infundían los rumores acerca de los peligros que ocultaban.

"Me temo -dije algo sarcásticamente-, y usted lo habrá podido comprobar, que no se tratan de simples rumores".



Arribamos a Kaosingchai al caer la noche. La demora se debió a que nos extraviamos varias veces de nuestro camino, y porque el señor Pan se entretuvo tocando y tomando muestras de cada árbol que le pareció interesante. Algunos especímenes le satisfacieron relativamente. Los marcó con un trozo de tiza y afirmó que, de no encontrar otros de mejor calidad, volvería por ellos otro día. Por mi parte, yo estaba más bien decepcionado, pues el Hermano Mayor de Juramento del falso guía no apareció como yo esperaba.

Kaosingchai era una aldea aún más pequeña que Wushiang. Se hallaba a la orilla de un ancho río que al parecer corría paralelo al río Liuchiang. Las aguas de este río eran calmas y permitían el tránsito por ellas en los dos sentidos. Los hans que escaseaban allí se dedicaban en su mayoría al negocio de abastecer de víveres a las embarcaciones que pasaban por la aldea en ruta a otros poblados más grandes e importantes. Había sólo una posada y eso era más que suficiente. El dueño era un han de constitución gruesa, cuyo rostro mofletudo estaba siempre cubierto de sudor, pese a que continuamente pasaba por él un gran pañuelo. Su mujer era una yao, tenía mal aspecto, y cualquiera podía decir sin equivocarse que no vivía muy feliz.

Después de cenar -en cuyo transcurso tomé las precauciones acostumbradas-, el posadero nos mostró las hatitaciones. Los cuartos eran pequeños, pero de aspecto agradable. Cada uno de ellos tenía una pequeña ventana que daba directamente al río. Más allá de las aguas oscuras, se delineaban las montañas contra el cielo de color violáceo. Lamenté que las ventanas no fuesen más grandes. En realidad, hubieran sido insuficientes en cuanto a proporcionar a las piezas la ventilación adecuada, de no ser por el doble techado que atenuaba el calor con mayor efectividad que los techados simples de las demás casas. Sobre los muebles habían colocado pequeños platillos de agua conteniendo pétalos de flores, principalmente de camelias y azaleas, que abundan en la región. Las estancias olían como si fuesen lechos de flores.

La fatiga que resultó de la larga caminata del día me hizo caer muy pronto en sueños, pero el sueño fue agitado, superficial; y a medianoche me hallaba de repente totalmente despabilado. Algo me había venido molestando incluso antes de acostarme; entonces no sabía qué era ni le presté mucha atención, sólo ahora comprendí cabalmente qué era lo que no iba bien: era la habitación misma, o, para ser exacto, la ventana y el doble techado. Para qué el doble techado? Para compensar la escasa ventilación que la pequeñez de la ventana creaba. Pero, por qué no hacer más grandes las ventanas, como las demás casas de la aldea?

Tomé la espada que descansaba a mi lado, sobre la cama, y la desenvainé con el mayor disimulo.

El perfume de los pétalos de flores inundaba toda la estancia pero ahora advertía en él un ligero olor acre, tan tenue que no lo hubiera notado de no haber sabido a qué tenía que atenerme. La luz de la luna caía a través de la pequeña ventana, y en ella pude ver la fuente de aquel olor a amapolas: un hilillo apenas visible de humo blanco. Una diminuta abertura, no más grande que la yema del índice, había sido practicada en el papel de la ventana que daba al corredor; y el hilo de humo provenía de ella. A través de la abertura era posible distinguir el extremo encendido de un incienso -uno muy especial, por cierto-, y aunque no podía ver al hombre que lo sostenía y dirigía expertamente la dirección del humo mediante discretos soplos, pude sentir su presencia. Había todavía muy poco humo dentro de la habitación; el soporífero tardaría todavía media hora o más en hacer efecto; pero preferí no correr ningún riesgo innecesario.

El posadero no alcanzó siquiera a emitir un grito, cuando la espada, lanzada con todas mis fuerzas, atravesó la delgada pared de madera y traspasó su prominente barriga. Tal vez fue un fin demasiado benévolo para una rata como él.



Le dije al señor Pan, a la mañana siguiente, que después de haber recuperado la espada "Recolectora de Estrellas" y, de paso, vengado la muerte de mi shih-ti , ya no tenía motivos para quedarme por más tiempo en esos míseros puebluchos de Lingnan, y que tomaría la primera embarcación que pasara por Kaosingchai y volvería a Nankín. Le pregunté si no quería unirse a mí en el viaje.

El hombrecillo del laúd vaciló.

"Lingnan es un lugar peligroso incluso para gentes como nosotros -le dije-, y debe serlo doble o triplemente para usted. Debe saber que los dos bandidos que maté no vinieron sólo por mí ni eran los únicos".

Le di al señor Pan toda la mañana para pensar acerca de ello, mientras me tomaba al fin un verdadero descanso en la posada, ahora abandonada a su suerte, pues la mujer recién enviudada de su dueño decidió dejar Kaosingchai y volver con los suyos esa misma madrugada. El señor Pan salió después del desayuno y volvió al mediodía, con un nuevo guía de nacionalidad yao. Me sonrió, tímidamente, como disculpándose, y dijo que había decidido quedarse en Lingnan por unos días más.

No supe si debía sentir desdén o lástima por aquel hombrecillo. "Insensato", me dije para mis adentros, "insensato".

Acompañé al señor Pan por algunos li , hasta el claro de una colina. Antes de despedirnos, en un arranque de sentimentalismo nada usual en mí, le obligué a aceptar mi daga como un obsequio.

"Tómela -le dije-, puede que le sea de utilidad, aunque sinceramente espero que no tenga que usarla jamás".

El señor Pan trató de devolverme la daga. " Qué puedo yo hacer con ella?" dijo.

No pudo haber hecho un comentario más inteligente. En efecto, qué podía él hacer aun cuando tuviera la daga y supiera manejarla si se topase con algún otro bandido tan avezado como los dos que tuvieron la mala suerte de vérselas conmigo? De todas maneras, el hecho de que al final, después de mucho insistir, terminara por aceptar la daga, me hizo sentir -por cierto, sin ningún fundamento- más aliviado, como si al darle la daga le hubiese dado en realidad un talismán que lo protegería de todos los males y peligros.

Nos despedimos. Con el estuche que contenía el laúd sujeto debajo del brazo izquierdo y el atadijo colgado del hombro del mismo lado, el señor Pan corrió con sus piernas cortas hasta alcanzar al guía, que se había adelantado un poco. Antes de desaparecer entre los gigantescos y apretados árboles, el hombrecillo se volvió en mi dirección y agitó la mano libre. Después me dio la espalda de nuevo, y con pasos que me parecieron vacilantes, pero al mismo tiempo como impulsado por algo superior a todos sus temores, penetró y se perdió entre la espesura.



Me quedé en Kaosingchai por más tiempo de lo que inicialmente había pensado. Sólo al cabo de unos diez días me embarqué y tomé el camino de regreso. Durante todo aquel lapso de tiempo inventé una serie de argumentos para justificar esa demora. Me engañaba a mí mismo. Ni escaseaban las embarcaciones, ni las lluvias torrenciales eran serios impedimentos para un viaje por río. En realidad, la verdadera razón por la que me quedé más tiempo de lo que debía en aquella aldea perdida entre los bosques era porque esperaba oír alguna noticia del señor Pan. Desde luego, inconscientemente me negaba a admitir esa verdad.

No volvió a aparecer por Kaosingchai, ni volví a oír de él. Los bosques parecieron haberlo tragado. Aun ahora, después de tres años transcurridos, ignoro si está vivo o no. Cuando el tiempo y la ocasión me lo permiten, recorro ocasionalmente las tiendas y las ferias donde se venden instrumentos musicales y pregunto por los laúdes. Tengo la convicción de que si en alguna de ellas pudiera hallar un laúd digno de ser calificado de "perfecto", podré estar seguro entonces de que el señor Pan (es realmente inexplicable que yo haya llegado a preocuparme tanto por su supervivencia, habiendo sido tan breve nuestro mutuo conocimiento) ha podido sobrevivir a los peligros de Lingnan y está sano y salvo. El problema es: cuándo un laúd puede ser calificado de "perfecto"?