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ILUSIONISMO
Trabajo normalmente a solas, pero cuando un arresto es
inminente, o cuando es altamente probable un arresto, me llevo al
guardia Paiva conmigo.
Gabriel Sánchez vive en un pequeño
chalet de dos pisos ubicado en
el perímetro sur de Lince, pero su fortuna es considerablemente
mayor
que la que le atribuye todo el mundo. La fuente más obvia de sus
ingresos económicos son una parrilla en el centro de Lima y otra
en el
corazón de Miraflores, que andan siempre llenas incluso en estos
tiempos de vacas flacas; yo mismo he estado un par de veces en la
parrilla del centro. Pero en el curso de la investigación se me
ha
hecho evidente que tiene otras fuentes igualmente o más
lucrativas,
siendo una de ellas la herencia que su mujer ha recibido de su familia
en Rosario.
La primera vez que lo visité, hace cosa de
dos años, una cholita
con los cachetes todavía rojizas me había abierto la
puerta y me había
dejado entrar. Esta vez el mismo Gabriel Sánchez viene a
abrirnos. No
ha cambiado un ápice en los dos años transcurridos: ni
una arruga extra
en su frente alta y noble, ni una cana nueva en su cabello rubio
cenizo, esmeradamente alisado con brillantina líquida. Incluso
la
calvicie, que deja descubierta y reluciente una media luna en su
cráneo, parece haber detenido su avance. Nos acoge con una
sonrisa de
lado a lado que muestra una hilera doble de dientes blancos y perfectos
y nos alarga la mano como si fuéramos amigos suyos, en vez de
policías
en una visita oficial. El hombre es argentino, aunque radicado por
muchos años ya en Lima, y tiene ese carácter extrovertido
y bonachón
que parecen tener todos los argentinos.
–¿Usted otra vez? –Me reconoce sin
problemas, a pesar de que la
última vez que me vio fue hace dos años–. Pensé
que ese asunto de mi
mujer ha sido ya resuelto para la satisfacción de todos los
involucrados.
Es alto, por lo menos un metro ochenta y cinco, y
tengo que mirar hacia arriba cuando le hablo.
Nos hace pasar a la sala.
–Voy a llamar a mi mujer para que les prepare un
café –dice–. ¿Cómo lo quieren? ¿Negro?
¿Con crema?
–Sin crema, por favor. ¿Dónde
está esa criada que tuvo hace dos años?
–¿Cuál criada? –Su sorpresa no es
fingida: debe haberse deshecho de
la muchacha hace tanto tiempo que ya no se acuerda de haberla tenido
alguna vez–. Ah, la cholita... La he tenido que despedir pues me robaba
la malvada.
Me pregunto si ésa ha sido realmente la
razón, o si el motivo ha
sido otro. Sánchez no parece percatarse de mi recelo o pretende
no
darse cuenta de ello. Se ausenta momentáneamente de la sala. En
el
minuto siguiente los escuchamos a él y a una mujer hablar en la
cocina.
La voz de la mujer, aunque baja y algo ronca, llega claramente hasta
mis oídos. Es una voz familiar: dos años antes he tenido
la oportunidad
de hablar con la dueña de esa voz, por media hora o más.
La primera vez que visité esta casa ha
sido también por motivo de
esa mujer. Sus padres, que vivían todavía entonces, en
Rosario, no
habían oído de ella por cierto tiempo. Hicieron una
visita sorpresiva a
Lima y se presentaron en la casa sin anunciarse. La hija no se
encontraba por ningún lado. Sospechando de que algo muy malo le
había
pasado y dudando de la explicación que Sánchez les
había dado sobre su
ausencia, fueron a la Comisaría de Lince a presentar una
denuncia. Yo
era entonces sólo un alférez imberbe recién salido
de la Escuela de
Policías. Me asignaron el caso. Sánchez me recibió
con la misma
naturalidad y candor con que me ha recibido hoy. Su personalidad me
sedujo entonces: decidí creer en la explicación que me
dio, según la
cual su mujer Matilde se había ido a un convento para estar a
solas por
unos meses y tratar de recuperarse de una seria crisis espiritual. No
tuve tiempo ni necesidad de cambiar mi percepción del hombre,
pues al
cabo de una semana Sánchez se presentó en la
Comisaría con su mujer,
que, aunque lucía un poco pálida, estaba sin embargo en
perfecto estado
de salud.
El guardia Paiva, después de echar una
mirada a su derredor, se
acaba instalándose en el sofá. Yo he preferido seguir de
pie y
aprovecho la oportunidad para estudiar las fotos que hay en la pared de
enfrente: la primera vez no les había prestado la debida
atención.
Sánchez ha tenido aparentemente una vida de lo más
interesante, antes
de venirse a Lima a quedarse y dedicarse al negocio de las parrillas.
Ha sido un trotamundos. Las fotos lo muestran posándose ante
conocidos
lugares de atracción turística de alrededor del mundo.
Algunas de ellas
lo muestran en su oficio de entonces, que parece haber sido
múltiple,
pues aparece en una con el traje ajustado de un trapecista y el pecho
velludo casi desnudo, en otra como el director de circo, y en una
tercera con el frac negro de un mago. El circo para el que
trabajó
parece haber sido el Ringling.
Sánchez reaparece en la sala, con esa
deslumbrante sonrisa que
parece eterna y que sin duda le ha sido invaluable en su
profesión
anterior. Su mujer Matilde lo sigue pisándole los talones y
trayendo en
una bandeja tres tazas de café humeante, las cucharitas y los
terrones
de azúcar. Como su marido, el paso del tiempo no se nota en esta
mujer
estatuaria y voluptuosa, todavía joven: está igualita que
la última vez
que la vi y conversé con ella, dos años atrás, en
la Comisaría. La miro
casi con ahínco, preguntándome cómo era posible eso.
Mientras deja la bandeja en la mesa de centro y nos sirve, me siento al
lado del guardia Paiva. Cuando se agachó para alcanzarme la
taza, el
escote de su vestido se abrió y mostró el comienzo de sus
senos de
vedette. Pude casi sentir su aliento y su perfume.
–Puedo ver que ha sido muchas cosas en su vida
profesional anterior
–digo, después de poner tres terrones de azúcar en el
café y
removiéndolo con la cucharita–. ¿En cuál de ellas
se destacó, señor
Sánchez: como ringmaster, como trapecista o como mago?
Sánchez se cruza las piernas. Como todos los genios de su tipo,
tiene
un temperamento nervioso que no le permite permanecer inmóvil
por mucho
tiempo, incluso sentado. Matilde ha querido dejarnos y volver a la
cocina, pero el marido, por una razón que creo ahora adivinar,
la ha
retenido y le ha hecho instalarse a su lado. Los dos son altos,
apuestos, y bien conservados. Juro que me habría dado envidia
verlos
sentados así, lado a lado, con el brazo de uno sobre los hombros
de la
otra, si no hubiera sabido mejor.
–Si no es inmodestia decirlo, yo era extremadamente bueno en cualquiera
de las diferentes facetas de mi carrera artística –dice
Sánchez. Y
volviéndose hacia su mujer con la ternura de un esposo amoroso–:
¿Verdad que sí, honey?
Matilde se limita a asentir.
Quiero sentir su voz otra vez. Quiero ver a esa
boca ancha y
sensual hablar con ese acento porteño que no se le ha quitado a
pesar
de los muchos años en este país.
–Y usted, señora Matilde, ¿no
habrá sido por casualidad también una
actriz o artista de la farándula? Con ese cuerpo estatuario y
esa
pinta, no me sorprendería si lo fue.
La mujer lanza una risotada.
–Qué ocurrencia acaba usted de decir –comenta.
No me cabe la menor duda que mientras más
pierdo el tiempo hablando
de trivialidades, más es el tormento que Sánchez siente
por dentro.
Aunque no quiere dar la impresión de que la visita le preocupa,
lo
cierto es que la impaciencia lo está matando.
–¿En qué debemos el placer de su
visita, teniente, o debo decir capitán?
–Teniente está bien –respondo con
humildad. Termino de poner la
taza de café sobre su platillo–. Señor Sánchez,
tengo una noticia muy
mala que comunicar a usted: acabamos de encontrar y recuperar el cuerpo
de su mujer.
Puedo sentir al guardia Paiva, a quien no he
informado de los
detalles del caso, volverse en el sofá y mirarme. Habría
querido
preguntarme: ¿de qué habla usted, mi teniente?, si yo no
estuviese ya
ocupado en otras cosas. Proseguí, tratando de no mirar a la
mujer
sentada al lado de Sánchez:
–Alguien de la Fiscalía ha estado
desenterrando tumbas masivas a un
costado de la carretera Panamericana cuando se dio con una que ha sido
excavada con mucho más anterioridad. Contenía sólo
un cadáver. La
muerta había fallecido de una puñalada al corazón.
No hubo dificultad
para identificarla pues el asesino no se había tomado el trabajo
de
quitarle su brevete de conducir. Las huellas digitales también
coinciden con las de su carnet de extranjería. La
identificación es
cien por ciento positiva. No tenemos dudas tampoco acerca de la
identidad de su asesino, que había dejado sus huellas en el
puñal.
Señor Sánchez, antes de que intente hacer nada quiero
advertirle que
estamos armados, y que haremos uso de nuestras armas de fuego si es
necesario.
Pero el argentino se limita a sonreír con
esa sonrisa meliflua y un
poco avergonzada de alguien que ha sido sorprendido en su engaño.
–No sé cómo lo hizo dos años
atrás y cómo lo hace todavía ahora
–añado–, pero usted es un genio en su profesión de
ilusionista.
–Lo sé –dice Sánchez llanamente,
con un suspiro–. Y ahora que ya no
hay necesidad de seguir con la charada, esto puede terminar.
Levanta su mano derecha a la altura del rostro de
Matilde y
chasquea el pulgar y el dedo medio. Y ante nuestros sorprendidos ojos
la mujer sentada a su lado desaparece sin dejar un solo rastro.
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