EL TRAMO FINAL




CUANDO lou Chen, dueño de una flota de diecinueve microbuses y usurero, logró amasar sus primeros quince millones, hizo construir en Monterrico una lujosa mansión y se mudó a ella con su esposa peruana, los dos hijos nacidos del matrimonio con ésta y su anciana madre. La nueva casa ocupaba un área total de setecientos metros cuadrados y comprendía dos plantas, un amplio jardín delantero y otro trasero, donde estaba ubicada la piscina. Dos enormes pastores alemanes guardaban la casa contra los monreros desde la azotea, ya que Monterrico era por entonces una zona recién urbanizada y, debido a lo mismo, carecía de una adecuada vigilancia policial. Los quehaceres de la casa eran llevados por dos domésticas: Arminda, una chola cuarentona, gorda, que había servido anteriormente en la casa antigua, encargada de la cocina; y Julia, sobrina de la anterior, una muchachita en flor. Un jardinero eventual venía todos los sábados para cortar el césped, arreglar los arbustos, limpiar la piscina y requebrar a la doncella, a quien había echado el ojo.

Para hacer honor a la reluciente mansión, Mercedes, la mujer de lou Chen, una mestiza robusta, locuaz y de corazón generoso aunque por su temperamento irritable solía hacerle la vida difícil a su marido, se hizo confeccionar nuevos vestidos antes de la gran mudanza, y todos los fines de semana se dirigía al centro en su Fiat, regresando siempre con un nuevo peinado, oliendo fuertemente a laca y a shampú. Por su parte, Juan Carlos, el primogénito, siempre a la moda de vestir, no tardó mucho en verse paseando por los alrededores con una enamorada nueva, una morocha bastante rellenita, hija de un abogado que vivía a pocos metros de la mansión, en un chalet menos grande y menos ostentoso. El hijo menor, Francisco José, prefirió en cambio seguir en plan con su antigua enamorada, una nisei, a quien traía desde Lince todos los sábados y domingos para bañarse en la piscina, en el Fiat de su madre, siempre que ésta no lo tenía ocupado. Y, por supuesto, el mismo lou Chen no podía quedarse fuera de tono en una situación así: dos semanas después de haberse mudado a la casa nueva, lou Chen, que había empezado a encanecer rápidamente en los últimos años, apareció una mañana, ante la incredulidad de muchos de sus amigos, sin una sola cana en la cabeza. Algún efecto sicológico especial debieron de obrar una mansión elegante, una piscina lujosa y la certeza de ser el centro de la envidia de sus vecinos, sobre el ánimo del usurero. De otra manera no se explicaba el teñido de pelo ni el reciente interés y el esmero que empezó a prestar a sus prendas de vestir. Sus ternos dejaron de tener el aspecto de haber sido confeccionados con moldes de la época de los cincuenta: ahora eran más ceñidos al cuerpo, con pantalones acampanados.

En una palabra, todos los ocupantes de la nueva y elegante mansión estaban a tono con ella, o se esforzaban fervorosamente por estarlo; la única excepción la constituía Ah-po, la madre de lou Chen, quien aparecía como la única nota discordante en medio de tanta elegancia y tanto lujo. Aparentemente, no se había dado cuenta de que existía cierta obligación moral -no escrita pero sí sobreentendida- de los dueños u ocupantes de una casa nueva, sobre todo si se trataba ésta de una verdadera mansión, para con la misma. No cumplir con tal obligación revestía la misma imperdonable gravedad de proferir una blasfemia dentro del recinto de una iglesia: resultaba una profanación.




Ah-po había cumplido setenta y dos años el agosto último. Era una anciana delgada, baja, que llevaba sus cabellos grises a la manera de las mujeres de origen hakká , recogidos en un moño. Sus vestidos eran anticuados, incluso comparados con los de otras ancianas de su edad. Prefería usar pantalones en lugar de faldas. Los pantalones, de corte chino, eran angostos en la parte baja y siempre parecían cinco centímetros más cortos de lo que debieran ser, revelando parte de unas medias de algodón blanco. Aquellos pantalones habían sido confeccionados unos diez años atrás, antes de que la artritis inpidiera a Ah-po seguir haciendo uso de su vieja máquina de coser alemana. La anciana rehusaba usar otras prendas que no fueran hechas por ella misma, y como hacía tiempo le era físicamente imposible confeccionarlas ella misma, todas sus prendas de vestir lucían gastadas y desteñidas, aunque admirablemente limpias. Años atrás, lou Chen, medio avergonzado por el pobre aspecto de tales prendas, hizo comprar algunos vestidos en los almacenes del centro y se los dio el Día de la Madre, pero Ah-po jamás hizo uso de ellos. Esta renuencia a usar prendas de corte occidental causaba no pocos dolores de cabeza a su hijo, que se sentía en ridículo cada vez que salía con su madre. La apariencia de la anciana discrepaba con la ostentación del Mustang en el que solía viajar, con los abrigos de pieles de su nuera y con el aspecto de ricucho recién adquirido de su hijo. Tenía el deplorable efecto de recordar a lou Chen, y proclamar a todo el mundo, su origen de advenedizo.

Pocos meses después de haberse mudado a la nueva casa, mientras la familia entera cenaba en el anplio comedor, de grandes ventanales de vidrio, Ah-po anunció sorpresivamente que iba a recresar a vivir en la "casa antigua".

Lou Chen levantó el rostro de su plato, sin poder dar crédito a su oído. " Qué has dicho, Ah-má?".

"Dije que me voy a mudar a la casa vieja", contestó la anciana.

"Pero, de qué casa vieja hablas?" Lou Chen seguía sin salir de su perplejidad. "Recuerda que el piso donde vivíamos antes se lo hemos alquilado a lou Choy".

La nuera y los nietos de Ah-po seguían la conversación con curiosidad, pero sin entender una sola palabra de lo que ambos decían, pues hablaban en hakká .

"No me refiero a donde vivíamos antes", explicó Ah-po. "Quiero irme a vivir con tu hermano Ah-séng".

" y se puede saber porqué quieres irte a vivir con Ah-seng?" Lou Chen comenzó a perder la paciencia. " Acaso esta casa no es mejor que esa vieja casona de adobe donde vive él como una rata?"

"No tengo porqué decirte la razón que tengo para irme a vivir con tu hermano", murmuró Ah-po, incómoda. "Sólo quiero que sepas que me gustaría volver a vivir en la casa vieja".

Lou Chen se sintió de repente humillado. Conque, se dijo sin cierta amargura, después de todo el inútil de mi hermano sigue siendo el hijo favorito. Toda mi fortuna de poco me ha servido.

Su mujer dejó el tenedor a un lado y se limpió los labios con la servilleta. " "Qué pasa con Ah-po?" preguntó intrigada.

"Quiere irse a vivir con Ah-séng", replicó lou Chen en tono malhumorado y en su castellano chapucero.

" Y para qué quiere irse a vivir allá?", dijo Mercedes. Lou Chen se encogió los hombros significativamente. "Tu hermano vive solo y no tiene servidumbre. Quién va a cuidar de ella?".

"Eso es precisamente lo que me digo a mí mismo", dijo lou Chen. "Trata de hacerla entrar en razón si puedes".

La mujer de lou Chen trató, en efecto, mediante palabras sueltas que la anciana entendía a medias, de hacerla desistir de su idea. Pero Ah-po seguía tercamente en sus trece, moviendo negativamente la cabeza a todos los argumentos y ruegos de su locuaz y fornida nuera.

La mujer de lou Chen se dio al fin por vencida.

"Si ella insiste en irse a vivir con tu hermano", dijo a su marido, " qué otra cosa puedes hace sino dejarla ir? Verdaderamente, no veo qué le puede ofrecer el pobre diablo de Ah-séng que nosotros no le podamos dar. Las mujeres solemos ser antojadizas cuando estamos encintas, pero nunca me imaginé que esto también pueda pasar a una cuando se llega a cierta edad".

La mujer de lou Chen, que en el fondo era una persona de buen corazón, no había querido en verdad ser sarcástica; pero, qué otra cosa podría haber pensado de una decisión que a todas luces era poca sensata?



AH-SENG, el hermano menor de lou Chen, vivía en el Rímac, en una de esas casonas de adobe construidas unos cincuenta o sesenta años atrás. La casa era espaciosa, de una sola planta y tenía una única ventana, que la mayoría del tiempo permanecía cerrada. El interior de la casa era oscura y húmeda, y de no ser por los tragaluces típicos que existían en cada uno de sus cuartos, único sitio por donde podían filtrarse la luz y el aire, la casa era un enorme y deprimente sótano. En esta casa, que fue la primera posesión de la familia, habían vivido Ah-po y su esposo por más de quince años. A la muerte de éste, Ah-po fue a vivir con su hijo mayor, entonces tan solo un humilde tendero, en la planta alta de su tienda, que se hallaba ubicada exactamente cinco cuadras más abajo, cerca de donde años más tarde sería la boca del puente Santa Rosa.

El hijo menor de Ah-po era un individuo callado, que prefería tener la boca cerrada en tanto no hubiese necesidad de abrirla, lo cual hacía sólo para meter en ella de rato en rato algún cigarrillo y para comer y beber, por supuesto. Sin embargo, a pesar de ser un hombre de maneras tranquilas y suaves, Ah-séng solía hacer algunas veces cosas extravagantes, que le hicieron acreedor del apodo de Tín-séng (Séng el loco) entre sus conocidos. Una vez, por ejemplo, Ah-séng, que compraba sus víveres en el Mercado de Baratillos, regresó de él con un pollo recién sacrificado traído sin más en una de las manos, con la sangre del ave chorreando por todo el camino.

Ah-séng trabajaba en la cocina del chifa Tung Po , antes de que éste se fuera a la quiebra, y vivía completamente solo, hasta que Ah-po regresó a vivir con él.




LA MISMA tarde en que Ah-po se mudó de la mansión de su hijo mayor y se vino a vivir con su otro hijo, la anciana, luego de haber almorzado y haber echado una breve siesta, salió y se encaminó hacia la tienda de los Choy, situada cinco cuadras más abajo, para anunciales su regreso.

Los Choy eran inquilinos de lou Chen, quien les traspasó la tienda de encomendería y de bazar, en la que habían trabajado por espacio de una década, antes de descubrir que el negocio de los microbuses -y posteriormente el de la usura- era mucho más rentable. Los Choy, que estaban integrados por don Víctor Choy, su esposa y tres pequeñas hijas cuyas edades fluctuaban entre los siete y los trece, vivieron virtualmente apretujados en la trastienda hasta que lou Chen hizo construir la tan mentada mansión en Monterrico y se mudó del segundo piso donde había estado viviendo. Don Víctor alquiló entonces también el piso, y su esposa y sus hijas pudieron por fin respirar mejor.

La anciana entró a la tienda en el preciso instante en que don Víctor levantaba su miope vista del periódico chino en que estaba leyendo. A las dos de la tarde, otros tenderos menos interesados en lecturas se dedicaban a matar las moscas que se posaban sobre los picos azucarados de las botellas vacías de gaseosas.

Don Víctor era un hombre de unos cincuenta años de edad, cuyos cabellos habían comenzado a rarear. Era de corta estatura y llevaba gruesos lentes de borde metálico, que daban a su rechoncho rostro cierto aire de intelectualidad. Saludó cariñosamente a Ah-po, y la invitó a parar a la trastienda.

" Qué la trae por acá, Ah-po?", preguntó sonriendo, mientras llamaba a su mujer para que lo reemplazara en la tienda por un rato.

"Acabo de mudarme a vivir con Ah-séng", respondió Ah-po, no sabiendo exactamente por dónde comenzar.

Don Víctor, que había visitado la mansión en el día de su inauguración y se había quedado encandilado por lo que vio, la miró con curiosidad. " Por qué, Ah-po?", dijo sorprendido. " Es posible que no le haya gustado la casa?".

"Oh, no", contestó la anciana, embarazada. " Cómo no ha de gustarme la casa?, pero no me he podido acostumbrar a ella... La casa es para los jóvenes... no para una vieja como yo".

"Yo sigo creyendo que es un maravilloso lugar para vivir", suspiró don Víctor, pensando en lo bonito que sería poder nadar y flotar ahora sobre las frescas aguas de la piscina, en lugar de estar transpirando dentro de su guardapolvo.

En la trastienda la esposa del tendero y sus tres pequeñas hijas, que se hallaban de vacaciones, le dieron una afectuosa bienvenida. Las tres chiquillas estudiaban en Sam Men , el colegio chino, y hablaban fluídamente el cantonés, no precisamente por lo que les obligaban a aprender en las clases, sino porque don Víctor, que estaba decidido a que recibieran una buena educación china, les había prohibido terminantemente hablar en casa otra lengua que no fuera el cantonés. De resultas de tan severa disciplina, las pequeñas sólo hablaban el castellano cuando se encontraban fuera de la vigilancia de su padre y, por supuesto, sólo entre ellas mismas. Ah-po, con quien las chiquillas conversaban sin el menor problema, solía compararlas con sus nietos, lamentando que no fuesen como ellas: ni Juan Carlos ni Francisco José entendían una jota del cantonés o el hakká.

Don Víctor respondía entonces, tratando de ser conciliador, "No se puede esperar otra cosa de ellos: después de todo, su madre es una kuei , y ellos se parecen más a ella que a su padre".

Y Ah-po movía su canosa cabecilla con desaliento y suspiraba. "Es verdad", concedía. "Pero Ah-men debió haberlos puesto al menos en el Sam Men , para que no se echaran a perder completamente".

Ah-men era el nombre de pila de lou Chen.

Ah-po permaneció en la tienda de don Víctor hasta pasadas las seis de la tarde, hasta que las campanas de la Iglesia de San Francisco de Paula, que siempre repicaban a esa hora, le recordaron que tenía que ir a preparar la cena para Ah-séng y para ella misma.




A PARTIR de aquel día Ah-po hacía casi diariamente una caminata de cinco cuadras de ida y otras cinco de vuelta, con sus algo deformes pies, para pasar la tarde en la tienda de don Víctor, como había hecho siempre antes de que se mudara a la mansión de Monterrico, pero entonces no tenía la necesidad de hacer tales caminatas, sino simplemente recorrer la corta escalera que comunicaba la tienda con el segundo piso.

Solía permanecer en la tienda cuando tanto don Víctor como su mujer se hallaban afuera, atendiendo. Se acomodaba sobre alguno de los tres taburetes de madera que había allí, reclinando su espalda contra las cajas de gaseosas. La conversación la llevaba por lo general la mujer del tendero, que era de extracción campesina, al igual que Ah-po. Ambas solían contarse anéctodas sobre hechos ocurridos durante la Ocupación Japonesa, cuando la escasez de alimentos obligaron a muchos a practicar la antropofagia. Las mujeres jóvenes, como era el caso de la esposa de don Víctor, que contaba en aquella época unos diecisiete años, se refugiaban en los arrozales y en los bosques cada vez que los "cabezas de zanahoria" -así llamaban a los miembros del Ejército Imperial de Japón- entraban al pueblo por víveres: se rumoreaba que los japoneses se llevaban en cada excursión algo más que huevos y cerdos. Don Víctor intervenía raramente en aquellas conversaciones, toda vez que había pasado aquel lapso trabajando en la carnicería que tenía su hermano mayor en Pueblo Libre.

Cuando los temas de conversación se agotaban, o simplemente se sentía cansada de seguir hablando, Ah-po permanecía sentada en su taburete, viendo a don Víctor y su esposa atender diestramente a los parroquianos. A veces, cuando sus manos se lo permitían, ayudaba a empaquetar el azúcar en paquetes de un kilo y de medio kilo, esporádicamente, a atender algunas ventas de poca significancia.

Sin embargo, los momentos más gratos de la tarde los pasaba con las niñas, cuando éstas no se hallaban viendo la televisión. La mayor de ellas, Teresa, era capaz de mantener una conversación fluida con cualquier cantonés nativo, y tenía una manera de pronunciar las palabras que hacía del dialecto un lenguaje mucho más agradable al oído. Tenía aparentemente un don natural y especial al respecto, pues nadie, ni siquiera don Víctor, le había enseñado a hablar el cantonés de ese modo.

"De no ser tan vieja y tan pobre", dijo cierta vez Ah-po, refiriéndose a la chica, "me hubiera gustado que fuese mi ahijada: es tan lista".

Don Víctor, que sentía bastante lástima por la anciana, se apresuró a decir, "Usted no es muy vieja aún, Ah-po; y hablando de dinero, usted no es precisamente una pobre".

Ah-po movió su cabeza con profunda tristeza. "El que tiene plata es mi hijo, no yo", contestó. "Y cuando Ah-men se muera, todo... la casa, la plata..., todo se irá a parar en las manos de esos dos mataperros que son mis nietos: no saben hacer otra cosa que tirar el dinero".

Sentada en su taburete o en compañía de las niñas, Ah-po era inmensamente feliz. Esta consciencia de ser feliz era un nuevo descubrimiento para la anciana: es posible que hubiese sentido lo mismo cientos y cientos de tardes pasadas así cuando aún no se había mudado a la mansión de Monterrico, pero entonces Ah-po no tenía conciencia de ello. La felicidad tiene esa peculiaridad: sólo nos damos cuenta de que hemos pasado por ella cuando ya todo se ha acabado. Ah-po había necesitado pasar cuatro meses en Monterrico para comprender que el mero hecho de estar sentada en aquellos duros taburetes de madera u oír las cantarinas voces de las hijas de don Víctor podía proporcionarle tanto consuelo.

Pasaron el verano, la primavera y el otoño; y un día de julio don Víctor le dijo a Ah-po, que se hallaba sentada en su taburete favorito, que iba a traspasar el negocio e irse a vivir a El Salvador, donde pensaba poner una tienda de ventas al por mayor en asociación con uno de sus cuñados. En aquella época muchos de los residentes chinos habían emigrado a los Estados Unidos, a Australia y a Centroamerica, o se habían vuelto a Hong Kong y a Macao, en el temor de que el país se iba a convertir en un estado comunista. La temeraria decisión de los Choy -iba a enfrentarse a un futuro incierto, en un país nuevo y extraño para ellos- no era, pues, un caso aislado. Sin embargo, el anuncio de don Víctor sorprendió a la anciana porque hasta aquel momento, ni el tendero ni su mujer habían mencionado una sola palabra acerca de sus planes.

Durante un buen rato Ah-po no supo qué decir. Se sintió de repente más vieja aún de lo que era. Cuando por fin pudo articular un comentario, su voz era vacilante.

"Es una decición sensata", dijo. "Todo el mundo se está yendo en estos días... No sé realmente por qué Ah-men no piensa hacerlo aún, él que tiene más plata que muchos de los que ya se han marchado.... Cuando vienen los comunistas, todo se lo quitarán... Me alegro mucho de que puedan irse cuando aún es tiempo...".

Y una semana después dos sén-háks de medianas edades llegaron a la tienda para discutir los pormenores del traspaso. Eran dos hombres de modales afectados y jactanciosos, que delataban una permanencia bastante dilatada en Hong Kong o en Macao, donde los jóvenes recién salidos de la China continental acababan casi siempre adquiriendo hábitos pocos deseables. El trato se cerró con celeridad, aunque el precio de la transacción no satisfizo del todo a don Víctor; pero don Víctor tenía prisa en desembarazarse del negocio, y los nuevos tenderos pagaban al contado. Para fines de agosto todo había concluido, y los sén-háks aparecieron una mañana atendiendo a los antiguos parroquianos de don Víctor, vestidos en sus guardapolvos blancos impecablemente almidonados y planchados. Trabajaban solos, no tenían esposas ni hijos, y en sus noches libres se marchaban regularmente a los prostíbulos del Callao.

Don Víctor y su familia viajaron a El Salvador en un vuelo de Lan-Chile. Ah-po les deseó buena suerte con todo su corazón y les regaló varios cortes de tela ligera, pero lou Chen, temiendo que pudiera coger algún resfrío serio, no la dejó ir a despedirlos al aeropuerto.




AH-PO, que solía levantarse muy temprano todas las mañanas, como una costumbre que había venido cultivando desde la época en que era una campesina moza que iba a plantar brotes en los arrozales, empezó a permanecer más tiempo en cama antes de levantarse para preparar el desayuno, que tomaba siempre sola, ya que Ah-séng trabajaba en el turno de la noche y no regresaba a casa hasta pasadas las diez. Una profunda depresión había hecho presa de la anciana, y cada mañana le costaba más esfuerzo enfrentarse a la soledad y el silencio de la casona. Pero Ah-po prefería aún así a la casona antes que a la soleada y cómoda mansión de Monterrico. En la casa de su hijo menor tenía al menos algo en qué ocuparse: prepararle las comidas a su taciturno hijo, lavarle las ropas y asear la casa, le ayudaban a pasar el tiempo con mayor facilidad, aunque tales labores agravaban considerablemente su artritis y la obligaban a tomar analgésicos con creciente frecuencia. Ah-po nunca aprendió a hablar más que tres o cuatro expresiones en castellano, ya que jamás tuvo necesidad de lo contrario. A diferencia de muchas de las mujeres chinas que vinieron acá a reunirse con sus maridos, que generalmente se incorporaban al negocio de éstos a poco de su llegada y llegaban a aprender una respetable cantidad de expresiones comunes por la necesidad misma de atender al público, aunque las chapuceaban mal, Ah-po cuyo difundo esposo jamás llegó a poseer un negocio propio -fue primero cocinero y luego linotipista de La Voz de la Colonia China -, permaneció recluida en un departamento del Barrio Chino cerca de veinte años, y no hablaba con nadie más que con sus coterráneos.

Al irse envejeciendo y al mudarse fuera del Barrio, Ah-po fue perdiendo gradualmente a los escasos amigos y conocidos que tenía y, al final, ya no podía entenderse sino con sus dos hijos y con algunas familias que, como lo habían sido los Choy, le tocaban en suerte de inquilinos o de vecinos. Ah-po jamás llegó a entenderse con sus nietos, que más se parecían a Mercedes que a lou Chen, y ellos, por su lado, tampoco se esforzaban en entenderse con su abuela, ocupados como estaban en cosas más mundanas y más divertidas.

A principios de diciembre, lou Chen, que vino a llevarla a una cena en la mansión, la notó sumamente decaída y envejecida y le pregúnto si no quería venirse a vivir con ellos de nuevo.

"No, Ah-men", respondió la anciana. "Estoy perfectamente bien con tu hermano. Y no estoy enferma, si es lo que tú piensas".

Lou Chen, que conocía bien el carácter de su madre, no insistió.



AUNQUE a Ah-po no le simpatizaban los dos sén-háks que ahora eran inquilinos suyos, la anciana prefería aun así hacer algunas de sus compras en la tienda de éstos, ya que los dos sén-háks , por razones obvias, le vendían los víveres a precio de costo.

Una tarde de sábado Ah-po emprendió su caminata de cinco cuadras, a la que estaba tan acostumbrada hasta hacía pocos meses, andando con cierta dificultad, con la finalidad de ir a recoger unos tarros de leche, que en aquellos días habían desaparecido casi por completo del mercado, y que los dos sén-háks le habían prometido reservar para ella. Era una tarde gris y ventosa, aunque en teoría estábamos en plena primavera. Muchos de los ocupantes de los callejones y de las desvencijadas casas de departamentos que había a lo largo de la avenida habían acomodado sillas fuera de sus casas, donde se sentaban y bebían botella tras botella de cerveza, mientras charlaban. Era obvio que no eran aquellos hombres los únicos que se dedicaban a beber cerveza aquella tarde de sábado. Todos los amantes a las bebidas lo hacían aquellas tardes y las tardes de los viernes. El conductor del Volkswagen causante del accidente pertenecía probablemente también a esa hermandad de hombres alegres, aunque nadie pudo jamás constatar su estado etílico ni nadie tuvo la oportunidad de anotar el número de la placa, pues el carro se dio cobardemente a la fuga. Ah-po no alcanzó jamás a llegar a la otra acera de la bocacalle. Sintió un terrible golpe en el brazo y el costado izquierdos y su frágil cuerpo fue lanzado tres metros hacia el centro de la avenida principal, como si fuera embestido por un poderoso toro de lidia. Tendida en medio de la pista, con la cara vuelta hacia el cielo, la anciana veía borrosamente la silueta del campanario de la Iglesia de San Francisco de Paula. Ah-po comprendió que estaba muriéndose y, aunque no podía mover un solo músculo de su cuerpo, extendió mentalmente sus dos brazos hacia los ángeles que descendían del cielo, en señal de bienvenida y de agradecimiento.