EL TRAMO FINAL
CUANDO lou Chen, dueño de una flota de diecinueve
microbuses y usurero, logró amasar sus primeros quince millones,
hizo
construir en Monterrico una lujosa mansión y se mudó a
ella con su
esposa peruana, los dos hijos nacidos del matrimonio con ésta y
su
anciana madre. La nueva casa ocupaba un área total de
setecientos
metros cuadrados y comprendía dos plantas, un amplio
jardín delantero y
otro trasero, donde estaba ubicada la piscina. Dos enormes pastores
alemanes guardaban la casa contra los monreros desde la azotea, ya que
Monterrico era por entonces una zona recién urbanizada y, debido
a lo
mismo, carecía de una adecuada vigilancia policial. Los
quehaceres de
la casa eran llevados por dos domésticas: Arminda, una chola
cuarentona, gorda, que había servido anteriormente en la casa
antigua,
encargada de la cocina; y Julia, sobrina de la anterior, una muchachita
en flor. Un jardinero eventual venía todos los sábados
para cortar el
césped, arreglar los arbustos, limpiar la piscina y requebrar a
la
doncella, a quien había echado el ojo.
Para hacer honor a la reluciente mansión, Mercedes, la mujer de lou
Chen, una mestiza robusta, locuaz y de corazón generoso aunque
por su
temperamento irritable solía hacerle la vida difícil a su
marido, se
hizo confeccionar nuevos vestidos antes de la gran mudanza, y todos los
fines de semana se dirigía al centro en su Fiat, regresando
siempre con
un nuevo peinado, oliendo fuertemente a laca y a shampú. Por su
parte,
Juan Carlos, el primogénito, siempre a la moda de vestir, no
tardó
mucho en verse paseando por los alrededores con una enamorada nueva,
una morocha bastante rellenita, hija de un abogado que vivía a
pocos
metros de la mansión, en un chalet menos grande y menos
ostentoso. El
hijo menor, Francisco José, prefirió en cambio seguir en
plan con su
antigua enamorada, una nisei, a quien traía desde Lince todos
los
sábados y domingos para bañarse en la piscina, en el Fiat
de su madre,
siempre que ésta no lo tenía ocupado. Y, por supuesto, el
mismo lou Chen no podía quedarse fuera de tono en
una situación así: dos semanas después de haberse
mudado a la casa nueva, lou Chen, que había
empezado a encanecer rápidamente en los últimos
años, apareció una mañana, ante la incredulidad de
muchos de sus amigos, sin una sola cana en la cabeza. Algún
efecto sicológico especial debieron de obrar una mansión
elegante, una piscina lujosa y la certeza de ser el centro de la
envidia de sus vecinos, sobre el ánimo del usurero. De otra
manera no se explicaba el teñido de pelo ni el reciente
interés y el esmero que empezó a prestar a sus prendas de
vestir. Sus ternos dejaron de tener el aspecto de haber sido
confeccionados con moldes de la época de los cincuenta: ahora
eran más ceñidos al cuerpo, con pantalones acampanados.
En una palabra, todos los ocupantes de la nueva y elegante
mansión estaban a tono con ella, o se esforzaban fervorosamente
por estarlo; la única excepción la constituía
Ah-po, la madre de lou Chen, quien aparecía como
la única nota discordante en medio de tanta elegancia y tanto
lujo. Aparentemente, no se había dado cuenta de que
existía cierta obligación moral -no escrita pero
sí sobreentendida- de los dueños u ocupantes de una casa
nueva, sobre todo si se trataba ésta de una verdadera
mansión, para con la misma. No cumplir con tal obligación
revestía la misma imperdonable gravedad de proferir una
blasfemia dentro del recinto de una iglesia: resultaba una
profanación.
Ah-po había cumplido setenta y dos años el agosto
último. Era una anciana delgada, baja, que llevaba sus cabellos
grises a la manera de las mujeres de origen hakká
, recogidos en un moño. Sus vestidos eran anticuados, incluso
comparados con los de otras ancianas de su edad. Prefería usar
pantalones en lugar de faldas. Los pantalones, de corte chino, eran
angostos en la parte baja y siempre parecían cinco
centímetros más cortos de lo que debieran ser, revelando
parte de unas medias de algodón blanco. Aquellos pantalones
habían sido confeccionados unos diez años atrás,
antes de que la artritis inpidiera a Ah-po seguir haciendo uso de su
vieja máquina de coser alemana. La anciana rehusaba usar otras
prendas que no fueran hechas por ella misma, y como hacía tiempo
le era físicamente imposible confeccionarlas ella misma, todas
sus prendas de vestir lucían gastadas y desteñidas,
aunque admirablemente limpias. Años atrás, lou
Chen, medio avergonzado por el pobre aspecto de tales prendas, hizo
comprar algunos vestidos en los almacenes del centro y se los dio el
Día de la Madre, pero Ah-po jamás hizo uso de ellos. Esta
renuencia a usar prendas de corte occidental causaba no pocos dolores
de cabeza a su hijo, que se sentía en ridículo cada vez
que salía con su madre. La apariencia de la anciana discrepaba
con la ostentación del Mustang en el que solía viajar,
con los abrigos de pieles de su nuera y con el aspecto de ricucho
recién adquirido de su hijo. Tenía el deplorable efecto
de recordar a lou Chen, y proclamar a todo el mundo, su
origen de advenedizo.
Pocos meses después de haberse mudado a la nueva casa, mientras
la familia entera cenaba en el anplio comedor, de grandes ventanales de
vidrio, Ah-po anunció sorpresivamente que iba a recresar a vivir
en la "casa antigua".
Lou Chen levantó el rostro de su
plato, sin poder dar crédito a su oído. " Qué has
dicho, Ah-má?".
"Dije que me voy a mudar a la casa vieja", contestó la anciana.
"Pero, de qué casa vieja hablas?" Lou Chen
seguía sin salir de su perplejidad. "Recuerda que el piso donde
vivíamos antes se lo hemos alquilado a lou Choy".
La nuera y los nietos de Ah-po seguían la conversación
con curiosidad, pero sin entender una sola palabra de lo que ambos
decían, pues hablaban en hakká
.
"No me refiero a donde vivíamos antes", explicó Ah-po.
"Quiero irme a vivir con tu hermano Ah-séng".
" y se puede saber porqué quieres irte a vivir con Ah-seng?" Lou
Chen comenzó a perder la paciencia. " Acaso esta casa no es
mejor que esa vieja casona de adobe donde vive él como una rata?"
"No tengo porqué decirte la razón que tengo para irme a
vivir con tu
hermano", murmuró Ah-po, incómoda. "Sólo quiero
que sepas que me
gustaría volver a vivir en la casa vieja".
Lou Chen se sintió de repente
humillado. Conque, se dijo sin cierta amargura, después de todo
el inútil de mi hermano sigue siendo el hijo favorito. Toda mi
fortuna de poco me ha servido.
Su mujer dejó el tenedor a un lado y se limpió los labios
con la servilleta. " "Qué pasa con Ah-po?" preguntó
intrigada.
"Quiere irse a vivir con Ah-séng", replicó lou
Chen en tono malhumorado y en su castellano chapucero.
" Y para qué quiere irse a vivir allá?", dijo Mercedes. Lou
Chen se encogió los hombros significativamente. "Tu hermano vive
solo y no tiene servidumbre. Quién va a cuidar de ella?".
"Eso es precisamente lo que me digo a mí mismo", dijo lou
Chen. "Trata de hacerla entrar en razón si puedes".
La mujer de lou Chen trató, en efecto, mediante
palabras sueltas que la anciana entendía a medias, de hacerla
desistir de su idea. Pero Ah-po seguía tercamente en sus trece,
moviendo negativamente la cabeza a todos los argumentos y ruegos de su
locuaz y fornida nuera.
La mujer de lou Chen se dio al fin por vencida.
"Si ella insiste en irse a vivir con tu hermano", dijo a su marido, "
qué otra cosa puedes hace sino dejarla ir? Verdaderamente, no
veo qué le puede ofrecer el pobre diablo de Ah-séng que
nosotros no le podamos dar. Las mujeres solemos ser antojadizas cuando
estamos encintas, pero nunca me imaginé que esto también
pueda pasar a una cuando se llega a cierta edad".
La mujer de lou Chen, que en el fondo era una persona de
buen corazón, no había querido en verdad ser
sarcástica; pero, qué otra cosa podría haber
pensado de una decisión que a todas luces era poca sensata?
AH-SENG, el hermano menor de lou Chen, vivía en el
Rímac, en una de esas casonas de adobe construidas unos
cincuenta o sesenta años atrás. La casa era espaciosa, de
una sola planta y tenía una única ventana, que la
mayoría del tiempo permanecía cerrada. El interior de la
casa era oscura y húmeda, y de no ser por los tragaluces
típicos que existían en cada uno de sus cuartos,
único sitio por donde podían filtrarse la luz y el aire,
la casa era un enorme y deprimente sótano. En esta casa, que fue
la primera posesión de la familia, habían vivido Ah-po y
su esposo por más de quince años. A la muerte de
éste, Ah-po fue a vivir con su hijo mayor, entonces tan solo un
humilde tendero, en la planta alta de su tienda, que se hallaba ubicada
exactamente cinco cuadras más abajo, cerca de donde años
más tarde sería la boca del puente Santa Rosa.
El hijo menor de Ah-po era un individuo callado, que prefería
tener la boca cerrada en tanto no hubiese necesidad de abrirla, lo cual
hacía sólo para meter en ella de rato en rato
algún cigarrillo y para comer y beber, por supuesto. Sin
embargo, a pesar de ser un hombre de maneras tranquilas y suaves,
Ah-séng solía hacer algunas veces cosas extravagantes,
que le hicieron acreedor del apodo de Tín-séng
(Séng el loco) entre sus conocidos. Una vez, por
ejemplo, Ah-séng, que compraba sus víveres en el Mercado
de Baratillos, regresó de él con un pollo recién
sacrificado traído sin más en una de las manos, con la
sangre del ave chorreando por todo el camino.
Ah-séng trabajaba en la cocina del chifa Tung Po
, antes de que éste se fuera a la quiebra, y vivía
completamente solo, hasta que Ah-po regresó a vivir con
él.
LA MISMA tarde en que Ah-po se mudó de la mansión de su
hijo mayor y se vino a vivir con su otro hijo, la anciana, luego de
haber almorzado y haber echado una breve siesta, salió y se
encaminó hacia la tienda de los Choy, situada cinco cuadras
más abajo, para anunciales su regreso.
Los Choy eran inquilinos de lou Chen, quien les
traspasó la tienda de encomendería y de bazar, en la que
habían
trabajado por espacio de una década, antes de descubrir que el
negocio
de los microbuses -y posteriormente el de la usura- era mucho
más
rentable. Los Choy, que estaban integrados por don Víctor Choy,
su
esposa y tres pequeñas hijas cuyas edades fluctuaban entre los
siete y
los trece, vivieron virtualmente apretujados en la trastienda hasta que
lou Chen hizo construir la tan mentada
mansión en Monterrico y se mudó del segundo piso donde
había estado viviendo. Don Víctor alquiló entonces
también el piso, y su esposa y sus hijas pudieron por fin
respirar mejor.
La anciana entró a la tienda en el preciso instante en que don
Víctor levantaba su miope vista del periódico chino en
que estaba leyendo. A las dos de la tarde, otros tenderos menos
interesados en lecturas se dedicaban a matar las moscas que se posaban
sobre los picos azucarados de las botellas vacías de gaseosas.
Don Víctor era un hombre de unos cincuenta años de edad,
cuyos cabellos habían comenzado a rarear. Era de corta estatura
y llevaba gruesos lentes de borde metálico, que daban a su
rechoncho rostro cierto aire de intelectualidad. Saludó
cariñosamente a Ah-po, y la invitó a parar a la
trastienda.
" Qué la trae por acá, Ah-po?", preguntó
sonriendo, mientras llamaba a su mujer para que lo reemplazara en la
tienda por un rato.
"Acabo de mudarme a vivir con Ah-séng", respondió Ah-po,
no sabiendo exactamente por dónde comenzar.
Don Víctor, que había visitado la mansión en el
día de su inauguración y se había quedado
encandilado por lo que vio, la miró con curiosidad. " Por
qué, Ah-po?", dijo sorprendido. " Es posible que no le haya
gustado la casa?".
"Oh, no", contestó la anciana, embarazada. " Cómo no ha
de gustarme la casa?, pero no me he podido acostumbrar a ella... La
casa es para los jóvenes... no para una vieja como yo".
"Yo sigo creyendo que es un maravilloso lugar para vivir",
suspiró don Víctor, pensando en lo bonito que
sería poder nadar y flotar ahora sobre las frescas aguas de la
piscina, en lugar de estar transpirando dentro de su guardapolvo.
En la trastienda la esposa del tendero y sus tres pequeñas
hijas, que se hallaban de vacaciones, le dieron una afectuosa
bienvenida. Las tres chiquillas estudiaban en Sam Men
, el colegio chino, y hablaban fluídamente el cantonés,
no precisamente por lo que les obligaban a aprender en las clases, sino
porque don Víctor, que estaba decidido a que recibieran una
buena educación china, les había prohibido
terminantemente hablar en casa otra lengua que no fuera el
cantonés. De resultas de tan severa disciplina, las
pequeñas sólo hablaban el castellano cuando se
encontraban fuera de la vigilancia de su padre y, por supuesto,
sólo entre ellas mismas. Ah-po, con quien las chiquillas
conversaban sin el menor problema, solía compararlas con sus
nietos, lamentando que no fuesen como ellas: ni Juan Carlos ni
Francisco José entendían una jota del cantonés o
el hakká.
Don Víctor respondía entonces, tratando de ser
conciliador, "No se puede esperar otra cosa de ellos: después de
todo, su madre es una kuei
, y ellos se parecen más a ella que a su padre".
Y Ah-po movía su canosa cabecilla con desaliento y suspiraba.
"Es verdad", concedía. "Pero Ah-men debió haberlos puesto
al menos en el Sam Men
, para que no se echaran a perder completamente".
Ah-men era el nombre de pila de lou Chen.
Ah-po permaneció en la tienda de don Víctor hasta pasadas
las seis de la tarde, hasta que las campanas de la Iglesia de San
Francisco de Paula, que siempre repicaban a esa hora, le recordaron que
tenía que ir a preparar la cena para Ah-séng y para ella
misma.
A PARTIR de aquel día Ah-po hacía casi diariamente una
caminata de cinco cuadras de ida y otras cinco de vuelta, con sus algo
deformes pies, para pasar la tarde en la tienda de don Víctor,
como había hecho siempre antes de que se mudara a la
mansión de Monterrico, pero entonces no tenía la
necesidad de hacer tales caminatas, sino simplemente recorrer la corta
escalera que comunicaba la tienda con el segundo piso.
Solía permanecer en la tienda cuando tanto don Víctor
como su mujer se
hallaban afuera, atendiendo. Se acomodaba sobre alguno de los tres
taburetes de madera que había allí, reclinando su espalda
contra las
cajas de gaseosas. La conversación la llevaba por lo general la
mujer
del tendero, que era de extracción campesina, al igual que
Ah-po. Ambas
solían contarse anéctodas sobre hechos ocurridos durante
la Ocupación
Japonesa, cuando la escasez de alimentos obligaron a muchos a practicar
la antropofagia. Las mujeres jóvenes, como era el caso de la
esposa de
don Víctor, que contaba en aquella época unos diecisiete
años, se
refugiaban en los arrozales y en los bosques cada vez que los "cabezas
de zanahoria" -así llamaban a los miembros del Ejército
Imperial de
Japón- entraban al pueblo por víveres: se rumoreaba que
los japoneses
se llevaban en cada excursión algo más que huevos y
cerdos. Don Víctor
intervenía raramente en aquellas conversaciones, toda vez que
había
pasado aquel lapso trabajando en la carnicería que tenía
su hermano
mayor en Pueblo Libre.
Cuando los temas de conversación se agotaban, o simplemente se
sentía cansada de seguir hablando, Ah-po permanecía
sentada en su taburete, viendo a don Víctor y su esposa atender
diestramente a los parroquianos. A veces, cuando sus manos se lo
permitían, ayudaba a empaquetar el azúcar en paquetes de
un kilo y de medio kilo, esporádicamente, a atender algunas
ventas de poca significancia.
Sin embargo, los momentos más gratos de la tarde los pasaba con
las niñas, cuando éstas no se hallaban viendo la
televisión. La mayor de ellas, Teresa, era capaz de mantener una
conversación fluida con cualquier cantonés nativo, y
tenía una manera de pronunciar las palabras que hacía del
dialecto un lenguaje mucho más agradable al oído.
Tenía aparentemente un don natural y especial al respecto, pues
nadie, ni siquiera don Víctor, le había enseñado a
hablar el cantonés de ese modo.
"De no ser tan vieja y tan pobre", dijo cierta vez Ah-po,
refiriéndose a la chica, "me hubiera gustado que fuese mi
ahijada: es tan lista".
Don Víctor, que sentía bastante lástima por la
anciana, se apresuró a decir, "Usted no es muy vieja aún,
Ah-po; y hablando de dinero, usted no es precisamente una pobre".
Ah-po movió su cabeza con profunda tristeza. "El que tiene plata
es mi hijo, no yo", contestó. "Y cuando Ah-men se muera, todo...
la casa, la plata..., todo se irá a parar en las manos de esos
dos mataperros que son mis nietos: no saben hacer otra cosa que tirar
el dinero".
Sentada en su taburete o en compañía de las niñas,
Ah-po era inmensamente feliz. Esta consciencia de ser feliz era un
nuevo descubrimiento para la anciana: es posible que hubiese sentido lo
mismo cientos y cientos de tardes pasadas así cuando aún
no se había mudado a la mansión de Monterrico, pero
entonces Ah-po no tenía conciencia de ello. La felicidad tiene
esa peculiaridad: sólo nos damos cuenta de que hemos pasado por
ella cuando ya todo se ha acabado. Ah-po había necesitado pasar
cuatro meses en Monterrico para comprender que el mero hecho de estar
sentada en aquellos duros taburetes de madera u oír las
cantarinas voces de las hijas de don Víctor podía
proporcionarle tanto consuelo.
Pasaron el verano, la primavera y el otoño; y un día de
julio don Víctor le dijo a Ah-po, que se hallaba sentada en su
taburete favorito, que iba a traspasar el negocio e irse a vivir a El
Salvador, donde pensaba poner una tienda de ventas al por mayor en
asociación con uno de sus cuñados. En aquella
época muchos de los residentes chinos habían emigrado a
los Estados Unidos, a Australia y a Centroamerica, o se habían
vuelto a Hong Kong y a Macao, en el temor de que el país se iba
a convertir en un estado comunista. La temeraria decisión de los
Choy -iba a enfrentarse a un futuro incierto, en un país nuevo y
extraño para ellos- no era, pues, un caso aislado. Sin embargo,
el anuncio de don Víctor sorprendió a la anciana porque
hasta aquel momento, ni el tendero ni su mujer habían mencionado
una sola palabra acerca de sus planes.
Durante un buen rato Ah-po no supo qué decir. Se sintió
de repente más vieja aún de lo que era. Cuando por fin
pudo articular un comentario, su voz era vacilante.
"Es una decición sensata", dijo. "Todo el mundo se está
yendo en estos días... No sé realmente por qué
Ah-men no piensa hacerlo aún, él que tiene más
plata que muchos de los que ya se han marchado.... Cuando vienen los
comunistas, todo se lo quitarán... Me alegro mucho de que puedan
irse cuando aún es tiempo...".
Y una semana después dos sén-háks de
medianas edades llegaron a la tienda para discutir los pormenores del
traspaso. Eran dos hombres de modales afectados y jactanciosos, que
delataban una permanencia bastante dilatada en Hong Kong o en Macao,
donde los jóvenes recién salidos de la China continental
acababan casi siempre adquiriendo hábitos pocos deseables. El
trato se cerró con celeridad, aunque el precio de la
transacción no satisfizo del todo a don Víctor; pero don
Víctor tenía prisa en desembarazarse del negocio, y los
nuevos tenderos pagaban al contado. Para fines de agosto todo
había concluido, y los sén-háks
aparecieron una mañana atendiendo a los antiguos parroquianos de
don Víctor, vestidos en sus guardapolvos blancos impecablemente
almidonados y planchados. Trabajaban solos, no tenían esposas ni
hijos, y en sus noches libres se marchaban regularmente a los
prostíbulos del Callao.
Don Víctor y su familia viajaron a El Salvador en un vuelo de
Lan-Chile. Ah-po les deseó buena suerte con todo su
corazón y les regaló varios cortes de tela ligera, pero lou
Chen, temiendo que pudiera coger algún resfrío serio, no
la dejó ir a despedirlos al aeropuerto.
AH-PO, que solía levantarse muy temprano todas las
mañanas, como una
costumbre que había venido cultivando desde la época en
que era una
campesina moza que iba a plantar brotes en los arrozales, empezó
a
permanecer más tiempo en cama antes de levantarse para preparar
el
desayuno, que tomaba siempre sola, ya que Ah-séng trabajaba en
el turno
de la noche y no regresaba a casa hasta pasadas las diez. Una profunda
depresión había hecho presa de la anciana, y cada
mañana le costaba más
esfuerzo enfrentarse a la soledad y el silencio de la casona. Pero
Ah-po prefería aún así a la casona antes que a la
soleada y cómoda
mansión de Monterrico. En la casa de su hijo menor tenía
al menos algo
en qué ocuparse: prepararle las comidas a su taciturno hijo,
lavarle
las ropas y asear la casa, le ayudaban a pasar el tiempo con mayor
facilidad, aunque tales labores agravaban considerablemente su artritis
y la obligaban a tomar analgésicos con creciente frecuencia.
Ah-po
nunca aprendió a hablar más que tres o cuatro expresiones
en
castellano, ya que jamás tuvo necesidad de lo contrario. A
diferencia
de muchas de las mujeres chinas que vinieron acá a reunirse con
sus
maridos, que generalmente se incorporaban al negocio de éstos a
poco de
su llegada y llegaban a aprender una respetable cantidad de expresiones
comunes por la necesidad misma de atender al público, aunque las
chapuceaban mal, Ah-po cuyo difundo esposo jamás llegó a
poseer un
negocio propio -fue primero cocinero y luego linotipista de La
Voz de la Colonia China
-, permaneció recluida en un departamento del Barrio Chino cerca
de veinte años, y no hablaba con nadie más que con sus
coterráneos.
Al irse envejeciendo y al mudarse fuera del Barrio, Ah-po fue perdiendo
gradualmente a los escasos amigos y conocidos que tenía y, al
final, ya
no podía entenderse sino con sus dos hijos y con algunas
familias que,
como lo habían sido los Choy, le tocaban en suerte de inquilinos
o de
vecinos. Ah-po jamás llegó a entenderse con sus nietos,
que más se
parecían a Mercedes que a lou Chen, y ellos, por
su lado, tampoco se esforzaban en entenderse con su abuela, ocupados
como estaban en cosas más mundanas y más divertidas.
A principios de diciembre, lou Chen, que vino a llevarla
a una cena en la mansión, la notó sumamente
decaída y envejecida y le pregúnto si no quería
venirse a vivir con ellos de nuevo.
"No, Ah-men", respondió la anciana. "Estoy perfectamente bien
con tu hermano. Y no estoy enferma, si es lo que tú piensas".
Lou Chen, que conocía bien el
carácter de su madre, no insistió.
AUNQUE a Ah-po no le simpatizaban los dos sén-háks
que ahora eran inquilinos suyos, la anciana prefería aun
así hacer algunas de sus compras en la tienda de éstos,
ya que los dos sén-háks
, por razones obvias, le vendían los víveres a precio de
costo.
Una tarde de sábado Ah-po emprendió su caminata de cinco
cuadras, a la que estaba tan acostumbrada hasta hacía pocos
meses, andando con cierta dificultad, con la finalidad de ir a recoger
unos tarros de leche, que en aquellos días habían
desaparecido casi por completo del mercado, y que los dos sén-háks
le habían prometido reservar para ella. Era una tarde gris y
ventosa,
aunque en teoría estábamos en plena primavera. Muchos de
los ocupantes
de los callejones y de las desvencijadas casas de departamentos que
había a lo largo de la avenida habían acomodado sillas
fuera de sus
casas, donde se sentaban y bebían botella tras botella de
cerveza,
mientras charlaban. Era obvio que no eran aquellos hombres los
únicos
que se dedicaban a beber cerveza aquella tarde de sábado. Todos
los
amantes a las bebidas lo hacían aquellas tardes y las tardes de
los
viernes. El conductor del Volkswagen causante del accidente
pertenecía
probablemente también a esa hermandad de hombres alegres, aunque
nadie
pudo jamás constatar su estado etílico ni nadie tuvo la
oportunidad de
anotar el número de la placa, pues el carro se dio cobardemente
a la
fuga. Ah-po no alcanzó jamás a llegar a la otra acera de
la bocacalle.
Sintió un terrible golpe en el brazo y el costado izquierdos y
su
frágil cuerpo fue lanzado tres metros hacia el centro de la
avenida
principal, como si fuera embestido por un poderoso toro de lidia.
Tendida en medio de la pista, con la cara vuelta hacia el cielo, la
anciana veía borrosamente la silueta del campanario de la
Iglesia de
San Francisco de Paula. Ah-po comprendió que estaba
muriéndose y,
aunque no podía mover un solo músculo de su cuerpo,
extendió
mentalmente sus dos brazos hacia los ángeles que
descendían del cielo,
en señal de bienvenida y de agradecimiento.
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