EL ENGENDRO


"...como vicepárroco de Mollendo, no puedo dejar de dar cuenta que toda la parte alta del puerto ha sido incendiada y saqueada; toda la población y las mujeres víctimas del desenfreno más escandaloso y cruel..."

Juan Bautista Arenas, en un informe sobre la destrucción de Mollendo por las tropas chilenas en marzo de 1880.


I


En un combate o una guerra, el botín prometido -ya sea expresa o tácitamente- por el alto mando del ejército vencedor a sus combatientes, suele no limitarse a simples objetos materiales -llámense joyas, oro, muebles, armas, dinero- que puedan hallar en el campo o la plaza enemiga. El mayor premio de la victoria, sobre todo para aquella soldadesca que no se caracteriza especialmente por ser disciplinada ni celosa del honor militar, con frecuencia es de una índole más efímera, menos tangible, pero inmensamente más placentera. La posesión de una mujer, hecha a la fuerza, ha sido siempre y siempre será -aun bajo circunstancias nada idóneas y llevada a cabo con apresuramiento- para muchos soldados de poco o ningún escrúpulo, lo que el agua del oasis es para el viajero del desierto. Sus comandantes, si son lo bastante listos y no desean granjearse el rechazo de sus subordinados, cerrarán los ojos -o procurarán aprender a hacerlo- a la vista de esos brutales excesos. Después de todo, y amén de ser una imperiosa necesidad natural en todo hombre, no merecen acaso esos esforzados combatientes algunas pequeñas licencias, luego de meses y meses de arduas marchas y combates?

La práctica de esta filosofía de la guerra no es de exclusividad de los pueblos bárbaros: los ejércitos más disciplinados y mejor organizados, como el ejército de Napoleón o el ejército prusiano, la han ejercitado a menudo. Y lo mismo puede decirse del ejército chileno, durante su actuación en la Guerra del Pacífico. Por lo menos, los propios historiadores chilenos -caso Benjamín Vicuña Mackenna- nunca negaron la conducta bárbara de la soldadesca en la expedición a Mollendo, a la que llamaron "una vergüenza para nuestras armas", "un Tarapacá moral".

Lo anterior es una digresión. La historia propiamente dicha de este relato se inicia en un día de junio de 1881, con el retorno del capitán Ignacio la Barrera de la sierra central a su hacienda de Surco.

Habían transcurrido cinco meses desde la batalla de San Juan y Miraflores. Lima estaba ocupada. Los aristocráticos balnearios de Chorrillos, Barranco y Miraflores, saqueados e incendiados durante los días 13, 14 y 15 de enero, habían dejado de existir. De Barranco, en cuyos límites se hallaba la hacienda del capitán, no quedaron en pie más que una sola casa y la iglesia.

El capitán la Barrera tenía en esa época veintiocho años. Provenía de una de las familias más distinguidas del país y también una de las más adineradas. Era blanco, alto y buen mozo. Había sido un calavera en tiempos de paz, pero cuando llegó el momento de empuñar el arma supo también ser un hombre de arrojo y un oficial competente. Para evadir a las patrullas enemigas, había dejado su uniforme militar en las montañas de la sierra, cambiándolo por un traje de paisano; y había hecho el largo recorrido en el caballo del que había logrado despojar a un teniente chileno, en una emboscada en que intervino al lado de los montoneros.

Al acercarse a su hacienda, en lugar de un tierno recibimiento de parte de su joven esposa, encontró la casa principal reducida completamente a escombros y cenizas. El temor que por meses le había quitado el sosiego, y que fue el principal motivo que lo hizo volver a Lima, se había materializado. Buscó febrilmente al viejo administrador de la hacienda, a los dependientes mestizos, a los sirvientes de la casa, pero no pudo hallar a ninguno de ellos. Sólo pudo encontrar algunos indios, ex peones suyos, que, bien nunca lo habían visto, o bien no lo reconocieron por su desaliñada apariencia, tan distinta de aquella pulcra, apuesta y altiva que únicamente habían podido envidiar desde prudente distancia, antes de la guerra. El capitán la Barrera, luego de convencerse de que no podría sacar de aquella recelosa indiada ninguna información acerca de la suerte que había corrido su mujer, decidió dirigirse a Lima sin más pérdida de tiempo. Si su mujer estaba aún viva, sólo pudo haberse ido a un lugar: la finca de su padre y si no lo estuviera (el capitán trató con vehemencia de quitar tan tenebrosa idea de su cabeza, pero no tuvo mucho éxito), lo sabría de los propios labios del mismo.

La joven esposa del capitán era apenas poco más que una adolescente: no tenía aún diecisiete años cuando accedió concederle la mano, de eso hacía dos años. El capitán le llevaba cerca de diez años de diferencia. Guapo y adinerado como era, había tenido innumerables amoríos, pero ninguna mujer había sido capaz de poner en serio peligro su feliz estado de soltería. Y lo hubiera podido conservar, acaso por un respetable número de años más, de no darse la casualidad de encontrarse con Rosamunda -tal era el nombre de su entonces futura esposa- en un baile. Desde el primer momento del encuentro perdió la cabeza, la terca obstinación de permanecer libre de todo tipo de compromisos de corazón más o menos serios; y hasta que no se aseguró el afecto de la muchacha, también el sueño. Por cierto, no le faltaron razones. La muchacha, aunque apenas salida de la niñez, era una criatura capaz de encender la pasión más viva en el hombre más santo. Lo más extraordinario de todo es que ella misma no parecía advertir el efecto devastador que causaba entre los hombres. No hubo nunca coquetería premeditada en sus tímidos movimientos, ni en sus gestos y palabras. Intervenía poco en las conversaciones y, cuando lo hacía, era siempre con una gravedad infantil. Era de regular estatura, piel blanca y sonrosada, formas plenas y voluptuosas. Tenía el cabello de un hermoso color castaño oscuro. En las noches de insomnio, toda vez que el pensamiento del capitán se volvía hacia ella -y esto sucedía muy a menudo y era en la mayoría de las veces la causa de su desvelo-, le venían inmediatamente a la mente imágenes de aquellas figuras femeninas de carne sonrosada y lujuriosa que pueblan las pinturas de Rubens. Rosamunda no era más inteligente que cualquier otra de las tantas muchachas que había tenido la ocasión de conocer, pero la inteligencia, si bien puede motivar en los hombres la admiración e incluso la veneración, jamás ha podido encender una verdadera, irrefrenable y casi insana pasión, como aquella que padeció el pobre capitán la Barrera, hasta que no consiguió, después de un largo y tenaz asedio, la mano de ella.

Menos de una hora tomó el capitán en alcanzar la casa de su suegro. Aunque la capital había sufrido considerables cambios a raíz de los desmanes del 14 de enero, cuando incendiaron las pulperías de los chinos, y por los inevitables efectos de una ocupación foránea, el capitán no se detuvo en ningún momento a evaluar esos cambios: tenía una preocupación mucho más seria. Cuando jinete y caballo llegaron ante la puerta de la finca de don Nicolás Hurtado, el padre de Rosamunda, el animal tenía el cuerpo cubierto enteramente de sudor y daba fuertes resuellos.

Aquel día, don Nicolás, que hacía un año había sufrido la pérdida de su mujer, a quien idolatraba, estaba sumido en el sopor producido por la ingestión de una cantidad desmedida de bebidas espirituosas, con las que intentaba en vano ahogar su dolor. El mayordomo había muerto en la batalla de Miraflores, y la cocinera, la única de la servidumbre que la guerra no había de un modo u otro arrebatado a los Hurtado, se encontraba fuera. En resumidas cuentas, cuando el capitán la Barrera entró a la residencia de su suegro, nadie estaba en condiciones de asistir como testigo de vista al encuentro entre aquel y su joven esposa. Nunca se sabrá lo que pasó y se dijo exactamente entre los dos. Sólo dos hechos trascendieron al conocimiento público: el primero de ellos como resultado de un pequeño esfuerzo de imaginación hecho a la luz de acontecimientos posteriores; y el segundo por el testimonio de algunos vecinos del lugar. El primer hecho es que el capitán la Barrera encontró viva y sana a su adorable mujer pero... embarazada, y la gestación estaba en su quinto mes. El segundo hecho es que el capitán, completamente fuera de sí, vació las seis balas de su revólver, pero erró en forma inexplicable su blanco: todos los proyectiles fueron a impactarse en las paredes o en el techo. Cinco minutos después de oírse la última de las detonaciones, el capitán la Barrera, visiblemente fuera de sus cabales y convertido en una patética figura, se precipitó fuera de la finca, montó sobre su caballo y se lanzó por la calle, derribando a su paso a varios desafortunados transeúntes. De esto último hubo muchos testigos, pues la conmoción causada por los disparos fue muy grande. Nadie que presenció tan elocuente escena se imaginó que el capitán volvería en busca de su esposa; y si hubo alguien que lo hizo, con seguridad no previó que el acontecimiento se daría en un plazo inmediato.

Sin embargo, al cuarto día de su reencuentro con su mujer, el capitán la Barrera, con el semblante más sereno, escoltó a Rosamunda hasta una calesa que los esperaba fuera de la finca de don Nicolás, la ayudó a subir y partió con ella con destino a una propiedad suya ubicada en la calle Pescaderos.

El día 16 de setiembre de 1881, Rosamunda dio a luz a un varón en medio de la mayor discreción, asistida sólo por una partera. El niño fue registrado con el nombre de Horacio Hurtado, y a partir del segundo día de su nacimiento fue enviado a vivir con su abuelo materno. En los veinte años posteriores, ninguno de los esposos mostró el menor interés por saber de él, ni quisieron nunca verlo. Para los la Barrera, Horacio murió prácticamente el mismo día en que vio la luz por primera vez.


II


Con un comienzo tan inusual, la vida de Horacio tuvo que ser necesariamente muy diferente a la de cualquier otro niño. No le faltaron buenos cuidados -tuvo, desde muy tierna edad, a un aya y una institutriz a su servicio-, pero nunca hubo mimo o afecto maternal, tan necesario para todo infante, ni siquiera de parte del aya o de la institutriz, que se habían enterado, a través de las habladurías de los vecinos, de su innegable condición de hijo bastardo. Tenían, además, gracias a las mismas habladurías, razonables sospechas de que el origen de Horacio fuese mucho más infame, mucho más ignominioso, que el simple hecho de ser el producto indeseado de una relación de adulterio. Lo llamaban por su nombre, se referían a él, delante de don Nicólas y de los visitantes ocasionales de la casa, como el " pequeño señorito", el "niño Horacio"; pero a sus espaldas, al igual que casi todos los vecinos del lugar, le decían con malicia y desprecio "el chilenito".

La niñez de Horacio fue de absoluta soledad. Los padres de los otros niños de la vecindad, con el recuerdo aún fresco de la guerra y de los cupos y los fusilamientos en mente, alejaban a sus hijos de la compañía de Horacio como si el chico fuese una peste o la carroña de algo. Sobre los tiernos hombros del pequeño recayeron desde el mismo día de su nacimiento no una sola cruz sino dos; y de ellas la que corresponde a los hijos ilegítimos nacidos en el seno de una familia distinguida era, comparada con la otra, apenas una nimia carga.

Horacio habría podido ser más feliz si sólo tuviera que soportar las mismas penas y mortificaciones que cualquier otro hijo bastardo. Una pregunta como " Sabes quién fue tu padre?", le hubiera mortificado menos que la que, más de una vez, le hicieron algunos de sus compañeros de colegio, con la crueldad extrema que parece asociarse paradójicamente a la inocencia más genuina. La pregunta, formulada primero por los chicos de los grados superiores y repetida luego por los párvulos que apenas comprendían su significado, era: " Sabes cuál de los chilenos que desfilaron por la Calle de los Mercaderes fue tu padre?" Y si el aya y la institutriz, en tanto vivieron bajo el techo de los Hurtado, jamás tuvieron el valor de llamarlo "el chilenito" a cara descubierta, no fue, en cambio, conocido por otro sobrenombre que aquel a su paso por los muchos colegios en que estuvo. Su paso por estos colegios fue siempre raudo, pero memorable por cuanto dejaba siempre atrás algún diente roto, alguna nariz sangrante.

En el año de 1893, cuando Horacio, a quien llamaban ahora "el chileno", cumplió los doce años, don Nicolás tomó la decisión de llevarlo consigo a Europa: no veía otra solución más apropiada.

Recorrieron España, Francia, Italia, Grecia, antes de fijar una residencia más o menos permanente en la Inglaterra victoriana. En Londres, donde el hecho de ser un peruano o un chileno -sin hablar ya de ser sólo un supuesto chileno- no tenía importancia para casi nadie, Horacio encontró por fin la dicha que no había podido disfrutar en sus doce años de vida previa. Don Nicolás adquirió una pequeña propiedad cerca a Belgrave Square, y desde allí, a partir de entonces, dirigía por correspondencia la marcha de sus grandes haciendas de algodón en Lambayeque. El abuelo materno de Horacio era un hombre de imponente y sobria presencia, un dandy , y a la vez un deportista. Tenía pelo negro y tupido mostacho del mismo color, no obstante haber pasado ya los cincuenta años. Una pequeña cicatriz marcaba su amplia frente, resultante, según solía contar no sin cierta jactancia, de un duelo a cuchillos con un gitano andaluz a quien dejó mucho peor parado. El incidente había ocurrido en su juventud, durante una borrachera descomunal. El licor era la mayor afición de don Nicolás, sobre todo después de la muerte de su mujer; solía decir que después de Horacio, no había otra cosa en el mundo que le interesara más. Durante la infancia de Horacio, cuando se embriagaba, se hacía encerrar dentro de su cuarto por los sirvientes, pues tenía miedo de poder hacer algún daño al chico. "Cuando estoy bebido", solía repetir seriamente, "no soy yo mismo". Durante su estancia en Londres desaparecía a menudo de la casa por días, y cuando volvía a ella, recobrado finalmente de los efectos del alcohol, traía en sus zapatos de charol polvo e inmundicia del East End. Y una vez estando en Francia, y teniendo al muchacho delante de sí, don Nicólas, que había tomado demasiado vino de Borgoña, clavó un puñal tan cerca de la mano del mesonero, que por escasos milímetros no cercenó uno de sus dedos.

Pero a pesar de todos estos defectos de don Nicolás, el muchacho lo adoraba. Desde luego, era natural que fuese así: aparte de hacerse querer por su buen humor y su vivacidad, don Nicolás era la única persona en el mundo a quien Horacio podía ofrecer su cariño y de quien podía recibir en pago la misma moneda. Para su abuelo materno, la supuesta infamia de su nacimiento significaba poca cosa o nada.

No una, sino muchas veces, pensó en abusar de esa intimidad entre los dos para confirmar o desvirtuar de una vez por todas las insidiosas conjeturas que se habían tejido en torno a las circunstancias que rodearon su origen. Estaba seguro de que don Nicolás conocía la respuesta del secreto, pero siempre que se disponía a plantearle la terrible pregunta, algo le inmovilizaba la lengua y anudaba su garganta. Le sobrecogía de repente el terror y optaba por dar marcha atrás. Más tarde, cuando fue mayor, sintió que aunque lograra vencer finalmente ese temor, no sería a su abuelo materno a quien debería exigir el penoso compromiso de hablar acerca de lo que le ocurrió a su madre en aquellos aciagos días de las batallas de San Juan y Miraflores. No. Si algún día habría de oír la verdad acerca de su propio nacimiento, sería de los mismos labios de su madre.


III


En un día soleado del mes de agosto de 1901, un vapor de bandera panameña trajo a los muelles del Callao a dos distinguidos viajeros. Uno de ellos era un hombre maduro, fornido, de impresionante mostacho negro; excepto por las sienes, que habían comenzado a encanecer, su cabello era también del mismo color de los bigotes. El otro hombre era un joven algo más alto que su compañero. De figura esbelta, estaba pulcramente afeitado. En los muelles fueron recibidos por el administrador de una de sus propiedades, y conducidos luego en coche a la finca que el hombre del mostacho tenía en Lima. Habían vuelto discretamente, y tenían razones de sobra para no desear atraer la atención de nadie, pero muy a pesar de todo, su llegada no pudo pasar desapercibida entre los vecinos que vivían cerca de su finca. El agua quieta del recuerdo se removió. Y mientras los viajeros se recuperaban en sus cuartos de las fatigas de la travesía, por todo el barrio se corrió la voz de que el hijo bastardo de Rosamunda había vuelto del extranjero convertido en un petimetre. Durante las tertulias de aquel día y de los siguientes, se evocaron las hablillas olvidadas hasta hacía poco.

Veinte años son pocos para restañar siquiera parcialmente las profundas heridas abiertas por la guerra, las pérdidas de territorio nacional y la ocupación; además, aún quedaba pendiente la cuestión del Plebiscito, cuya realización venía siendo aplazada unilateralmente por Chile. Teniendo en cuenta todo esto, no es de sorprender que algún mozalbete impulsivo, confundiendo patriotería con patriotismo, se animara a lanzar una piedra contra uno de los ventanales de la finca de don Nicolás, a poco de su regreso. El proyectil hizo trizas el vidrio, causó alarma y revuelo entre los ocupantes de la casa, pero no alcanzó a Horacio quien era el objeto del ataque.

La piedra en cuestión causó sólo daños materiales de poca cuantía, pero fue para Horacio una clara advertencia de que la sociedad no había olvidado - ni olvidaría- la presunta infamia de su nacimiento. Después de su prolongada estancia en Europa, seguía siendo acá, no meramente un bastardo sino, tal como antes, el repudiado "chileno" de ocho años atrás.

Don Nicolás llevó a su nieto a Lambayeque por unos meses con el aparente fin de que se familiarizase con el manejo de las haciendas que habría de heredar a su muerte pero, en realidad, quería evitarle -al menos por un tiempo- mayores sinsabores. Cuando volvieron a Lima de nuevo, Horacio había tomado en secreto una decisión.

El joven que había vuelto de Europa no era más una criatura impulsiva, que a la menor provocación no vacilaba en liarse a golpes con muchachos mayores o más fuertes que él. Había adquirido no sólo la elegancia y la distinción de un dandy londinense, sino también el espíritu flemático de los sajones. Sin que don Nicolás se diera siquiera cuenta, el muchacho tomaba ahora con bastante calma las invectivas de bastardo y aun de "chileno" que lanzaban a sus espaldas. Horacio había llegado a la cínica conclusión de que ni el hecho de ser un bastardo -cosa que admitía sin inmutarse- ni el de haber sido concebido bajo aborrecibles circunstancias -una hipótesis aún no confirmada- podían interferir seriamente en su futuro, mientras dispusiera de suficiente dinero e influencia. Habían pasado los tiempos en que el hombre era respetado por su título y su linaje. A un hombre se le mide ahora por la cantidad y el valor de sus posesiones materiales; y Horacio estaba destinado a ser en el futuro el dueño de muchas de esas posesiones.

Sin embargo, el secreto nunca revelado de su origen era como un pedazo de hueso atascado en la garganta, que debía ser expulsado afuera..., o tragado en su defecto, con el daño consiguiente; pero que de ningún modo podía quedarse donde estaba en forma indefinida. Horacio no esperaba que la revelación final pudiera limpiar la mancha que por años había llevado consigo: las insidias y las comidillas lo habían estigmatizado para siempre desde su nacimiento, nada ni nadie podría librarlo ya de esa mácula permanente. De manera que, cuando resolvió al fin enfrentarse a su madre, a quien nunca había visto hasta entonces, fue por una razón muy diferente: la necesidad, casi pueril, pero a la vez imperiosa, de desembarazarse de una molesta incertidumbre.

La entrevista entre Horacio y su madre tuvo lugar en la tarde de un viernes. Durante toda la mañana y el mediodía, escudado detrás de la puerta de vaivén de un café, Horacio no apartó la mirada ni un solo instante de la fachada ocre de la casa de líneas coloniales del ex capitán la Barrera. Observó con todo cuidado los movimientos de sus dueños y de la servidumbre. El ex capitán la Barrera -supo de su identidad gracias a la confidencia del dueño del café- salió a las tres. A las tres y doce, con el corazón latiendo ferozmente, el joven tocó la puerta principal de la casa.

Un viejo mayordomo contestó a la llamada.

Horacio sacó su billetera, tomó una de sus tarjetas de visita pero cuando se hallaba a punto de dársela al viejo sirviente, se arrepintió. Devolvió la tarjeta a la billetera y en su lugar extrajo otra que no le pertenecía. La tarjeta, que era de su agente de bolsa, decía: "Dn. Vicente Lascano Albavera. Broker Autorizado".

"Mucho me honraría si pudiera saludar y hablar personalmente con la señora de la casa", dijo al hacer entrega la tarjeta. El viejo lo miró con cierto recelo, como si dudara de que fuese realmente un agente de bolsa. Pero si tuvo sospechas en ese sentido, no le cupo en cambio duda alguna en cuanto a la posición social del visitante: tanto su aspecto como su porte y modales -que, no obstante la agitación que lo dominaba por dentro, eran de una pasmosa soltura- hablaban de un hombre que no había conocido la pobreza en toda su vida.

El viejo mayordomo desapareció dentro de la casa. Cinco minutos después, volvió a salir para comunicar que la señora de la Barrera estaba encantada de recibirlo. Horacio siguió al viejo a través de un patio empedrado de pequeños y apretados guijarros hasta un cuarto alto y espacioso, cuyas ventanas estaban defendidas por rejas de hierro. Era la sala de estar.

Mientras, acomodado en un sillón y cara a la entrada de la sala, esperaba la aparición de la dueña de la casa, Horacio era presa de un aluvión de emociones y sentimientos confusos. Su corazón latía con tumulto ante la inminencia de ver por primera vez en su vida a quien justamente se le había dado; pero, al mismo tiempo, sentía con más fuerza que nunca el resentimiento, el despecho, la ponzoñosa amargura que desde su más tierna edad había sentido por ella, en cuyo pecho nunca pudo buscar refugio o consuelo, y de quien nunca recibió amor. Era él un engendro tan monstruoso que ella no podía soportar siquiera su vista? O se trataba simplemente de una mujer sin mucho escrúpulo, que vio en él un obstáculo que debía de ser eliminado?

Se dejaron oír en el corredor unos pasos muy suaves. Una mujer de notable belleza entró poco después en la sala donde el sirviente lo había dejado solo.

La dama vestía un austero traje de color oscuro, cuyo cuello abierto en triángulo dejaba ver una pequeña cruz de plata colgada de una cadena. Sus cabellos estaban recogidos hacia arriba, dejando al descubierto unas orejas pequeñas y bien formadas, y el cuello que era blanco como la leche. El antiguo color sonrosado de su piel había desaparecido, y su figura era ahora notoriamente más delgada. La expresión de su rostro, un poco pálido en contraste con el color oscuro de su traje, tenía algo de languidez, al igual que sus movimientos. No era más la muchacha del rostro ingenuo y sensual figura de hacía unos veinte años; pero si había perdido muchos de los encantos que la destacaron en su juventud, había ganado en cambio la lánguida belleza que el paso del tiempo y las cuitas, en ocasiones, suelen favorecer a algunas mujeres como una forma de compensación.

Horacio, muy agitado, se había puesto de pie al entrar ella. Rosamunda lo miró con curiosidad. El chico era demasiado joven para ser un agente de bolsa. Por otro lado, no sería a su marido a quien había venido a ver?

" El señor Lascano?", dijo. No escapó a su atención el estado agitado de su visitante.

El presunto señor Lascano asintió en silencio y procuró desviar la mirada de aquel rostro a la vez hermoso y melancólico. Un nudo se le había formado en la garganta. Atinó a hacer una inclinación e, imitando a su anfitriona, que tomó asiento en uno de los divanes, volvió a sentarse. Siguió a continuación un silencio en el que Horacio trató en vano de recobrar la voz, mientras ella esperaba pacientemente a que se decidiera a explicar el motivo de su visita. Durante ese brevísimo lapso la mirada de la dama permaneció fija en el rostro de Horacio, al principio con una simple expresión de curiosidad y asombro, pero la inquietud primero y luego la alarma, no tardaron en cruzar por sus delicadas facciones. Horacio se puso de pie en el preciso instante en que supo con certeza que lo había reconocido o había adivinado su verdadera identidad y le volvió las espaldas. Al mismo tiempo había encontrado la voz y recuperado algo de su soltura.

El patio, que veía ahora a través de la reja de una de las ventanas, estaba rodeado por un corredor cubierto y formado por finas columnillas de madera. Su piso estaba dividido en varios campos por un camino central de baldosas con ramificaciones laterales. Había hasta diez macetas de diferentes tamaños colocadas en torno al patio, al borde del corredor.

Horacio se sorprendió al descubrir que el corazón ya no le latía con tumulto cuando habló.

"A estas alturas", dijo mientras recorría con la mirada las macetas de flores y plantas de una a otra, "me imagino que ya habrá adivinado quién soy en realidad. O necesita usted que se lo diga?" Se detuvo, pero como no escuchó respuesta, prosiguió: "No. Tal vez haría mejor en ofrecerle una de mis tarjetas de visita, las auténticas, esta vez..."

Oyó a sus espaldas una desfalleciente voz. " Vete!", dijo.

Jamás una sola palabra contuvo tanta crueldad. Horacio se quedó atónito por un buen rato antes de poder proseguir.

"No le quitaré mucho de su tiempo", dijo, cada vez más dueño de sí mismo. "Es poco lo que tengo que decir, y poco es lo que pido de usted. Además -añadió con cierto dejo de amargura-, no tengo acaso algún derecho, después de viente años, a usurpar algunos pocos minutos de usted?..."

" Vete!", dijo por segunda vez la voz a sus espaldas. Era apenas un murmullo, pero el tono con que lo dijo no permitía la menor duda en cuanto a su determinación.

Horacio se volvió por primera vez hacia su madre, y ésta, que tenía la mirada fija sobre su espalda, la desvió rápidamente a otro lado. Antes de que sus ojos quedaran velados por sus largas pestañas, Horacio alcanzó a ver la expresión de horror y repugnancia que había en ellos, y que era producida por la vista, durante unos infinitesimales de segundo, de su rostro. Una profunda y abrumadora tristeza se apoderó de Horacio. Ya no había más dudas ni esperanza: para su propia madre, él no era otra cosa sino un abominable monstruo. Apoyó la espalda contra la pared empapelada. Desde donde se hallaba, directamente enfrente de ella, pudo advertir el temblor del que era presa. Había vuelto el rostro hacia una esquina, para no enfrentarse a él. Su mano izquierda descansaba en forma flácida sobre el regazo, como una cosa sin vida; con la otra apretaba y arrebujaba la cruz de plata de su collar. Ante semejante vista, todo el despecho y encono de Horacio se convirtió en compasión.

"Esta será la única y última vez que vendré a importunarle", dijo más bien suavemente. "Me cuidaré en adelante de no volver a acercarme a esta casa mientras usted esté viva. Y me marcharé de inmediato no bien me absuelva una duda..."

Notó que su madre, aun negándose a mirarle, lo escuchaba con atención.

"Siempre he sabido que soy un bastardo y que por ello se apresuró a desembarazarse de mí -continuó sin perderla de vista-, que yo significaba para usted el recuerdo viviente de una equivocación, de un desliz que, no me cabe la menor duda, lamentaba muy sinceramente... Quién la indujo a cometer ese desliz?... En otras palabras, quién fue mi verdadero padre?"

"Si aún te queda algo de buen juicio", respondió la dama en un tono de voz más calmo, sin mirarle, "haz mejor en salir de esta casa en seguida..."

El efecto de estas palabras fue para Horacio como varias puñaladas asestadas en el estómago, pues hicieron jirones todas sus tripas.

" No, hasta conocer toda la verdad!", replicó con ardor.

Rosamunda se puso en pie y de repente trató de ganar la puerta, pero Horacio fue mucho más veloz; antes de que ella pudiera alcanzar el umbral, la había sujetado por la muñeca. El contacto de su mano con la tersa piel de la muñeca hizo estremecer a Horacio: que él supiera, era la primera vez en su veinte años de vida que sentía el contacto materno. Pero irónicamente, ese primer contacto materno no era una caricia, sino el resultado de un acto de fuerza.

Su madre no ofreció resistencia.

" He sido llamado desde mi infancia 'el chileno', amén de 'bastardo'!", dijo Horacio, sujetando la muñeca con tanta fuerza que la lastimaba. " Sabe qué significado implica ese epíteto, no es cierto? Es por ello que no puede decir el nombre de mi padre? Es por ello que soy un engendro para usted?"

Rosamunda lo miró por primera vez a los ojos, y la expresión de su hermoso rostro era de perplejidad.

"No entiendo nada de lo que dices", dijo secamente.

La perplejidad que mostraba su rostro era tan genuina que Horacio supo que no le mentía. Hubo una pausa.

Un destello de comprensión cruzó finalmente por el rostro de ella. Dijo, con la mano aún retenida por su hijo:

"Si lo que piensas es lo que creo, puedo asegurarte que nada de eso pasó... En los días de la batalla de San Juan, cuando pasaron por nuestra hacienda y la incendiaron, yo me encontraba en la casa de ... ", vaciló brevemente, "... en la casa donde vives ahora... Estaba a salvo de los chilenos al menos en la misma medida que otros residentes de la capital..."

Un escalofrío recorrió de repente el cuerpo de Horacio de pies a cabeza. Algo no marchaba nada bien. Había esperado lo peor, pero al parecer, lo que él consideraba como lo peor no era realmente lo bastante malo; había más allá un horror de mayor proporción.

Por la expresión de franca repulsa que mostró ella al reconocerlo, había llegado a la convicción de que su padre no pudo haber sido algún amante que hubiese tenido. Y ahora su segunda hipótesis se venía abajo como un castillo de naipes. Quién era entonces su padre? Su madre había dicho, al referirse a la finca de don Nicolás, "la casa donde vives ahora", por qué rehuyó mencionar el nombre del viejo, cuando era mucho más simple? Rosamunda hizo un intento de desasirse de su mano, pero Horacio la
sujetó aún con mayor fuerza. Estaba ahora completamente fuera de sí mismo. Gritó que la mataría sino le revelaba la identidad de su padre. Lo que en realidad pedía, sin embargo, no era exactamente una revelación, sino la confirmación de algo que con cada segundo que transcurría iba cobrando las características de una horrenda certeza.

"Eres como él", dijo Rosamunda tristemente, sabiendo que no le revelaba nada que él no hubiera intuido ya. "Tienes su mismo temperamento".

"Cuando me refugié en la finca donde vives ahora -continuó- el mayordomo y el jardinero se habían unido a la reserva... La casa estaba prácticamente desierta de hombres... El único que había en ella no se había repuesto aún de la muerte de su esposa y bebía mucho tratando de ahogar su dolor... Has pasado toda tu vida a su lado. Debes saber mejor que nadie que cuando está ebrio no es él mismo: es una bestia..."

Entre el momento en que acabaron de ser pronunciadas estas palabras y el momento en que Horacio volvió a su casa, hubo un vacío de cinco horas. Posteriormente los gendarmes dedujeron, por la gruesa película de polvo que cubría los zapatos del muchacho y el estado de las suelas, que aquel había empleado esas últimas cinco horas de su vida vagando por los arrabales de la ciudad. A las diez aproximadamente, Horacio volvió a la finca, entró en su cuarto, extrajo del cajón de su escritorio una Browning que había traído consigo desde el Viejo Continente y cargó de balas su tambor. No se sentó, como otros suicidas, a escribir una nota, por lo que nunca se explicó el motivo del doble crimen. Antes de introducir el cañón del revólver en la boca y dispararse el tiro mortal, Horacio entró en la biblioteca, donde don Nicolás, su abuelo materno, estaba leyendo un libro a la luz de una lámpara. Don Nicolás levantó el rostro del libro un poco extrañado por la interrupción mientras el muchacho se acercaba a su escritorio. Cuando estuvo a la distancia apropiada, Horacio levantó el revólver, apuntó su cañón contra la pequeña pero famosa cicatriz y, en rápida sucesión, tiró dos veces consecutivas del gatillo.