EL ENGENDRO
"...como vicepárroco de Mollendo, no
puedo dejar de dar cuenta que toda la parte alta del puerto ha sido
incendiada y saqueada; toda la población y las mujeres
víctimas del desenfreno más escandaloso y cruel..."
Juan Bautista Arenas, en un informe sobre la destrucción de
Mollendo por las tropas chilenas en marzo de 1880.
I
En un combate o una guerra, el botín prometido -ya sea expresa o
tácitamente- por el alto mando del ejército vencedor a
sus combatientes, suele no limitarse a simples objetos materiales
-llámense joyas, oro, muebles, armas, dinero- que puedan hallar
en el campo o la plaza enemiga. El mayor premio de la victoria, sobre
todo para aquella soldadesca que no se caracteriza especialmente por
ser disciplinada ni celosa del honor militar, con frecuencia es de una
índole más efímera, menos tangible, pero
inmensamente más placentera. La posesión de una mujer,
hecha a la fuerza, ha sido siempre y siempre será -aun bajo
circunstancias nada idóneas y llevada a cabo con apresuramiento-
para muchos soldados de poco o ningún escrúpulo, lo que
el agua del oasis es para el viajero del desierto. Sus comandantes, si
son lo bastante listos y no desean granjearse el rechazo de sus
subordinados, cerrarán los ojos -o procurarán aprender a
hacerlo- a la vista de esos brutales excesos. Después de todo, y
amén de ser una imperiosa necesidad natural en todo hombre, no
merecen acaso esos esforzados combatientes algunas pequeñas
licencias, luego de meses y meses de arduas marchas y combates?
La práctica de esta filosofía de la guerra no es de
exclusividad de los
pueblos bárbaros: los ejércitos más disciplinados
y mejor organizados,
como el ejército de Napoleón o el ejército
prusiano, la han ejercitado
a menudo. Y lo mismo puede decirse del ejército chileno, durante
su
actuación en la Guerra del Pacífico. Por lo menos, los
propios
historiadores chilenos -caso Benjamín Vicuña Mackenna-
nunca negaron la
conducta bárbara de la soldadesca en la expedición a
Mollendo, a la que
llamaron "una vergüenza para nuestras armas", "un Tarapacá
moral".
Lo anterior es una digresión. La historia propiamente dicha de
este relato se inicia en un día de junio de 1881, con el retorno
del capitán Ignacio la Barrera de la sierra central a su
hacienda de Surco.
Habían transcurrido cinco meses desde la batalla de San Juan y
Miraflores. Lima estaba ocupada. Los aristocráticos balnearios
de
Chorrillos, Barranco y Miraflores, saqueados e incendiados durante los
días 13, 14 y 15 de enero, habían dejado de existir. De
Barranco, en
cuyos límites se hallaba la hacienda del capitán, no
quedaron en pie
más que una sola casa y la iglesia.
El capitán la Barrera tenía en esa época
veintiocho años. Provenía de una de las familias
más distinguidas del país y también una de las
más adineradas. Era blanco, alto y buen mozo. Había sido
un calavera en tiempos de paz, pero cuando llegó el momento de
empuñar el arma supo también ser un hombre de arrojo y un
oficial competente. Para evadir a las patrullas enemigas, había
dejado su uniforme militar en las montañas de la sierra,
cambiándolo por un traje de paisano; y había hecho el
largo recorrido en el caballo del que había logrado despojar a
un teniente chileno, en una emboscada en que intervino al lado de los
montoneros.
Al acercarse a su hacienda, en lugar de un tierno recibimiento de parte
de su joven esposa, encontró la casa principal reducida
completamente a
escombros y cenizas. El temor que por meses le había quitado el
sosiego, y que fue el principal motivo que lo hizo volver a Lima, se
había materializado. Buscó febrilmente al viejo
administrador de la
hacienda, a los dependientes mestizos, a los sirvientes de la casa,
pero no pudo hallar a ninguno de ellos. Sólo pudo encontrar
algunos
indios, ex peones suyos, que, bien nunca lo habían visto, o bien
no lo
reconocieron por su desaliñada apariencia, tan distinta de
aquella
pulcra, apuesta y altiva que únicamente habían podido
envidiar desde
prudente distancia, antes de la guerra. El capitán la Barrera,
luego de
convencerse de que no podría sacar de aquella recelosa indiada
ninguna
información acerca de la suerte que había corrido su
mujer, decidió
dirigirse a Lima sin más pérdida de tiempo. Si su mujer
estaba aún
viva, sólo pudo haberse ido a un lugar: la finca de su padre y
si no lo
estuviera (el capitán trató con vehemencia de quitar tan
tenebrosa idea
de su cabeza, pero no tuvo mucho éxito), lo sabría de los
propios
labios del mismo.
La joven esposa del capitán era apenas poco más que una
adolescente: no
tenía aún diecisiete años cuando accedió
concederle la mano, de eso
hacía dos años. El capitán le llevaba cerca de
diez años de diferencia.
Guapo y adinerado como era, había tenido innumerables
amoríos, pero
ninguna mujer había sido capaz de poner en serio peligro su
feliz
estado de soltería. Y lo hubiera podido conservar, acaso por un
respetable número de años más, de no darse la
casualidad de encontrarse
con Rosamunda -tal era el nombre de su entonces futura esposa- en un
baile. Desde el primer momento del encuentro perdió la cabeza,
la terca
obstinación de permanecer libre de todo tipo de compromisos de
corazón
más o menos serios; y hasta que no se aseguró el afecto
de la muchacha,
también el sueño. Por cierto, no le faltaron razones. La
muchacha,
aunque apenas salida de la niñez, era una criatura capaz de
encender la
pasión más viva en el hombre más santo. Lo
más extraordinario de todo
es que ella misma no parecía advertir el efecto devastador que
causaba
entre los hombres. No hubo nunca coquetería premeditada en sus
tímidos
movimientos, ni en sus gestos y palabras. Intervenía poco en las
conversaciones y, cuando lo hacía, era siempre con una gravedad
infantil. Era de regular estatura, piel blanca y sonrosada, formas
plenas y voluptuosas. Tenía el cabello de un hermoso color
castaño
oscuro. En las noches de insomnio, toda vez que el pensamiento del
capitán se volvía hacia ella -y esto sucedía muy a
menudo y era en la
mayoría de las veces la causa de su desvelo-, le venían
inmediatamente
a la mente imágenes de aquellas figuras femeninas de carne
sonrosada y
lujuriosa que pueblan las pinturas de Rubens. Rosamunda no era
más
inteligente que cualquier otra de las tantas muchachas que había
tenido
la ocasión de conocer, pero la inteligencia, si bien puede
motivar en
los hombres la admiración e incluso la veneración,
jamás ha podido
encender una verdadera, irrefrenable y casi insana pasión, como
aquella
que padeció el pobre capitán la Barrera, hasta que no
consiguió,
después de un largo y tenaz asedio, la mano de ella.
Menos de una hora tomó el capitán en alcanzar la casa de
su suegro.
Aunque la capital había sufrido considerables cambios a
raíz de los
desmanes del 14 de enero, cuando incendiaron las pulperías de
los
chinos, y por los inevitables efectos de una ocupación
foránea, el
capitán no se detuvo en ningún momento a evaluar esos
cambios: tenía
una preocupación mucho más seria. Cuando jinete y caballo
llegaron ante
la puerta de la finca de don Nicolás Hurtado, el padre de
Rosamunda, el
animal tenía el cuerpo cubierto enteramente de sudor y daba
fuertes
resuellos.
Aquel día, don Nicolás, que hacía un año
había sufrido la pérdida de su mujer, a quien idolatraba,
estaba sumido en el sopor producido por la ingestión de una
cantidad desmedida de bebidas espirituosas, con las que intentaba en
vano ahogar su dolor. El mayordomo había muerto en la batalla de
Miraflores, y la cocinera, la única de la servidumbre que la
guerra no había de un modo u otro arrebatado a los Hurtado, se
encontraba fuera. En resumidas cuentas, cuando el capitán la
Barrera entró a la residencia de su suegro, nadie estaba en
condiciones de asistir como testigo de vista al encuentro entre aquel y
su joven esposa. Nunca se sabrá lo que pasó y se dijo
exactamente entre los dos. Sólo dos hechos trascendieron al
conocimiento público: el primero de ellos como resultado de un
pequeño esfuerzo de imaginación hecho a la luz de
acontecimientos posteriores; y el segundo por el testimonio de algunos
vecinos del lugar. El primer hecho es que el capitán la Barrera
encontró viva y sana a su adorable mujer pero... embarazada, y
la gestación estaba en su quinto mes. El segundo hecho es que el
capitán, completamente fuera de sí, vació las seis
balas de su revólver, pero erró en forma inexplicable su
blanco: todos los proyectiles fueron a impactarse en las paredes o en
el techo. Cinco minutos después de oírse la última
de las detonaciones, el capitán la Barrera, visiblemente fuera
de sus cabales y convertido en una patética figura, se
precipitó fuera de la finca, montó sobre su caballo y se
lanzó por la calle, derribando a su paso a varios desafortunados
transeúntes. De esto último hubo muchos testigos,
pues la conmoción causada por los disparos fue muy grande. Nadie
que presenció tan elocuente escena se imaginó que el
capitán volvería en busca de su esposa; y si hubo alguien
que lo hizo, con seguridad no previó que el acontecimiento se
daría en un plazo inmediato.
Sin embargo, al cuarto día de su reencuentro con su mujer, el
capitán la Barrera, con el semblante más sereno,
escoltó a Rosamunda hasta una calesa que los esperaba fuera de
la finca de don Nicolás, la ayudó a subir y partió
con ella con destino a una propiedad suya ubicada en la calle
Pescaderos.
El día 16 de setiembre de 1881, Rosamunda dio a luz a un
varón en medio
de la mayor discreción, asistida sólo por una partera. El
niño fue
registrado con el nombre de Horacio Hurtado, y a partir del segundo
día
de su nacimiento fue enviado a vivir con su abuelo materno. En los
veinte años posteriores, ninguno de los esposos mostró el
menor interés
por saber de él, ni quisieron nunca verlo. Para los la Barrera,
Horacio
murió prácticamente el mismo día en que vio la luz
por primera vez.
II
Con un comienzo tan inusual, la vida de Horacio tuvo que ser
necesariamente muy diferente a la de cualquier otro niño. No le
faltaron buenos cuidados -tuvo, desde muy tierna edad, a un aya y una
institutriz a su servicio-, pero nunca hubo mimo o afecto maternal, tan
necesario para todo infante, ni siquiera de parte del aya o de la
institutriz, que se habían enterado, a través de las
habladurías de los
vecinos, de su innegable condición de hijo bastardo.
Tenían, además,
gracias a las mismas habladurías, razonables sospechas de que el
origen
de Horacio fuese mucho más infame, mucho más ignominioso,
que el simple
hecho de ser el producto indeseado de una relación de adulterio.
Lo
llamaban por su nombre, se referían a él, delante de don
Nicólas y de
los visitantes ocasionales de la casa, como el " pequeño
señorito", el
"niño Horacio"; pero a sus espaldas, al igual que casi todos los
vecinos del lugar, le decían con malicia y desprecio "el
chilenito".
La niñez de Horacio fue de absoluta soledad. Los padres de los
otros
niños de la vecindad, con el recuerdo aún fresco de la
guerra y de los
cupos y los fusilamientos en mente, alejaban a sus hijos de la
compañía
de Horacio como si el chico fuese una peste o la carroña de
algo. Sobre
los tiernos hombros del pequeño recayeron desde el mismo
día de su
nacimiento no una sola cruz sino dos; y de ellas la que corresponde a
los hijos ilegítimos nacidos en el seno de una familia
distinguida era,
comparada con la otra, apenas una nimia carga.
Horacio habría podido ser más feliz si sólo
tuviera que soportar las
mismas penas y mortificaciones que cualquier otro hijo bastardo. Una
pregunta como " Sabes quién fue tu padre?", le hubiera
mortificado
menos que la que, más de una vez, le hicieron algunos de sus
compañeros
de colegio, con la crueldad extrema que parece asociarse
paradójicamente a la inocencia más genuina. La pregunta,
formulada
primero por los chicos de los grados superiores y repetida luego por
los párvulos que apenas comprendían su significado, era:
" Sabes cuál
de los chilenos que desfilaron por la Calle de los Mercaderes fue tu
padre?" Y si el aya y la institutriz, en tanto vivieron bajo el techo
de los Hurtado, jamás tuvieron el valor de llamarlo "el
chilenito" a
cara descubierta, no fue, en cambio, conocido por otro sobrenombre que
aquel a su paso por los muchos colegios en que estuvo. Su paso por
estos colegios fue siempre raudo, pero memorable por cuanto dejaba
siempre atrás algún diente roto, alguna nariz sangrante.
En el año de 1893, cuando Horacio, a quien llamaban ahora "el
chileno", cumplió los doce años, don Nicolás
tomó la decisión de llevarlo consigo a Europa: no
veía otra solución más apropiada.
Recorrieron España, Francia, Italia, Grecia, antes de fijar una
residencia más o menos permanente en la Inglaterra victoriana.
En Londres, donde el hecho de ser un peruano o un chileno -sin hablar
ya de ser sólo un supuesto chileno- no tenía importancia
para casi nadie, Horacio encontró por fin la dicha que no
había podido disfrutar en sus doce años de vida previa.
Don Nicolás adquirió una pequeña propiedad cerca a
Belgrave Square, y desde allí, a partir de entonces,
dirigía por correspondencia la marcha de sus grandes haciendas
de algodón en Lambayeque. El abuelo materno de Horacio era un
hombre de imponente y sobria presencia, un dandy
, y a la vez un deportista. Tenía pelo negro y tupido mostacho
del
mismo color, no obstante haber pasado ya los cincuenta años. Una
pequeña cicatriz marcaba su amplia frente, resultante,
según solía
contar no sin cierta jactancia, de un duelo a cuchillos con un gitano
andaluz a quien dejó mucho peor parado. El incidente
había ocurrido en
su juventud, durante una borrachera descomunal. El licor era la mayor
afición de don Nicolás, sobre todo después de la
muerte de su mujer;
solía decir que después de Horacio, no había otra
cosa en el mundo que
le interesara más. Durante la infancia de Horacio, cuando se
embriagaba, se hacía encerrar dentro de su cuarto por los
sirvientes,
pues tenía miedo de poder hacer algún daño al
chico. "Cuando estoy
bebido", solía repetir seriamente, "no soy yo mismo". Durante su
estancia en Londres desaparecía a menudo de la casa por
días, y cuando
volvía a ella, recobrado finalmente de los efectos del alcohol,
traía
en sus zapatos de charol polvo e inmundicia del East End. Y una vez
estando en Francia, y teniendo al muchacho delante de sí, don
Nicólas,
que había tomado demasiado vino de Borgoña, clavó
un puñal tan cerca de
la mano del mesonero, que por escasos milímetros no
cercenó uno de sus
dedos.
Pero a pesar de todos estos defectos de don Nicolás, el muchacho
lo adoraba. Desde luego, era natural que fuese así: aparte de
hacerse querer por su buen humor y su vivacidad, don Nicolás era
la única persona en el mundo a quien Horacio podía
ofrecer su cariño y de quien podía recibir en pago la
misma moneda. Para su abuelo materno, la supuesta infamia de su
nacimiento significaba poca cosa o nada.
No una, sino muchas veces, pensó en abusar de esa intimidad
entre los
dos para confirmar o desvirtuar de una vez por todas las insidiosas
conjeturas que se habían tejido en torno a las circunstancias
que
rodearon su origen. Estaba seguro de que don Nicolás
conocía la
respuesta del secreto, pero siempre que se disponía a plantearle
la
terrible pregunta, algo le inmovilizaba la lengua y anudaba su
garganta. Le sobrecogía de repente el terror y optaba por dar
marcha
atrás. Más tarde, cuando fue mayor, sintió que
aunque lograra vencer
finalmente ese temor, no sería a su abuelo materno a quien
debería
exigir el penoso compromiso de hablar acerca de lo que le
ocurrió a su
madre en aquellos aciagos días de las batallas de San Juan y
Miraflores. No. Si algún día habría de oír
la verdad acerca de su
propio nacimiento, sería de los mismos labios de su madre.
III
En un día soleado del mes de agosto de 1901, un vapor de bandera
panameña trajo a los muelles del Callao a dos distinguidos
viajeros.
Uno de ellos era un hombre maduro, fornido, de impresionante mostacho
negro; excepto por las sienes, que habían comenzado a encanecer,
su
cabello era también del mismo color de los bigotes. El otro
hombre era
un joven algo más alto que su compañero. De figura
esbelta, estaba
pulcramente afeitado. En los muelles fueron recibidos por el
administrador de una de sus propiedades, y conducidos luego en coche a
la finca que el hombre del mostacho tenía en Lima. Habían
vuelto
discretamente, y tenían razones de sobra para no desear atraer
la
atención de nadie, pero muy a pesar de todo, su llegada no pudo
pasar
desapercibida entre los vecinos que vivían cerca de su finca. El
agua
quieta del recuerdo se removió. Y mientras los viajeros se
recuperaban
en sus cuartos de las fatigas de la travesía, por todo el barrio
se
corrió la voz de que el hijo bastardo de Rosamunda había
vuelto del
extranjero convertido en un petimetre. Durante las tertulias de aquel
día y de los siguientes, se evocaron las hablillas olvidadas
hasta
hacía poco.
Veinte años son pocos para restañar siquiera parcialmente
las profundas
heridas abiertas por la guerra, las pérdidas de territorio
nacional y
la ocupación; además, aún quedaba pendiente la
cuestión del Plebiscito,
cuya realización venía siendo aplazada unilateralmente
por Chile.
Teniendo en cuenta todo esto, no es de sorprender que algún
mozalbete
impulsivo, confundiendo patriotería con patriotismo, se animara
a
lanzar una piedra contra uno de los ventanales de la finca de don
Nicolás, a poco de su regreso. El proyectil hizo trizas el
vidrio,
causó alarma y revuelo entre los ocupantes de la casa, pero no
alcanzó
a Horacio quien era el objeto del ataque.
La piedra en cuestión causó sólo daños
materiales de poca cuantía, pero
fue para Horacio una clara advertencia de que la sociedad no
había
olvidado - ni olvidaría- la presunta infamia de su nacimiento.
Después
de su prolongada estancia en Europa, seguía siendo acá,
no meramente un
bastardo sino, tal como antes, el repudiado "chileno" de ocho
años
atrás.
Don Nicolás llevó a su nieto a Lambayeque por unos meses
con el aparente fin de que se familiarizase con el manejo de las
haciendas que habría de heredar a su muerte pero, en realidad,
quería evitarle -al menos por un tiempo- mayores sinsabores.
Cuando volvieron a Lima de nuevo, Horacio había tomado en
secreto una decisión.
El joven que había vuelto de Europa no era más una
criatura impulsiva, que a la menor provocación no vacilaba en
liarse a golpes con muchachos mayores o más fuertes que
él. Había adquirido no sólo la elegancia y la
distinción de un dandy londinense, sino
también el espíritu flemático de los sajones. Sin
que don Nicolás se diera siquiera cuenta, el muchacho tomaba
ahora con bastante calma las invectivas de bastardo y aun de "chileno"
que lanzaban a sus espaldas. Horacio había llegado a la
cínica conclusión de que ni el hecho de ser un bastardo
-cosa que admitía sin inmutarse- ni el de haber sido concebido
bajo aborrecibles circunstancias -una hipótesis aún no
confirmada- podían interferir seriamente en su futuro, mientras
dispusiera de suficiente dinero e influencia. Habían pasado los
tiempos en que el hombre era respetado por su título y su
linaje. A un hombre se le mide ahora por la cantidad y el valor de sus
posesiones materiales; y Horacio estaba destinado a ser en el futuro el
dueño de muchas de esas posesiones.
Sin embargo, el secreto nunca revelado de su origen era como un pedazo
de hueso atascado en la garganta, que debía ser expulsado
afuera..., o
tragado en su defecto, con el daño consiguiente; pero que de
ningún
modo podía quedarse donde estaba en forma indefinida. Horacio no
esperaba que la revelación final pudiera limpiar la mancha que
por años
había llevado consigo: las insidias y las comidillas lo
habían
estigmatizado para siempre desde su nacimiento, nada ni nadie
podría
librarlo ya de esa mácula permanente. De manera que, cuando
resolvió al
fin enfrentarse a su madre, a quien nunca había visto hasta
entonces,
fue por una razón muy diferente: la necesidad, casi pueril, pero
a la
vez imperiosa, de desembarazarse de una molesta incertidumbre.
La entrevista entre Horacio y su madre tuvo lugar en la tarde de un
viernes. Durante toda la mañana y el mediodía, escudado
detrás de la puerta de vaivén de un café, Horacio
no apartó la mirada ni un solo instante de la fachada ocre de la
casa de líneas coloniales del ex capitán la Barrera.
Observó con todo cuidado los movimientos de sus dueños y
de la servidumbre. El ex capitán la Barrera -supo de su
identidad gracias a la confidencia del dueño del café-
salió a las tres. A las tres y doce, con el corazón
latiendo ferozmente, el joven tocó la puerta principal de la
casa.
Un viejo mayordomo contestó a la llamada.
Horacio sacó su billetera, tomó una de sus tarjetas de
visita pero
cuando se hallaba a punto de dársela al viejo sirviente, se
arrepintió.
Devolvió la tarjeta a la billetera y en su lugar extrajo otra
que no le
pertenecía. La tarjeta, que era de su agente de bolsa,
decía: "Dn.
Vicente Lascano Albavera. Broker Autorizado".
"Mucho me honraría si pudiera saludar y hablar personalmente con
la señora de la casa", dijo al hacer entrega la tarjeta. El
viejo lo miró con cierto recelo, como si dudara de que fuese
realmente un agente de bolsa. Pero si tuvo sospechas en ese sentido, no
le cupo en cambio duda alguna en cuanto a la posición social del
visitante: tanto su aspecto como su porte y modales -que, no obstante
la agitación que lo dominaba por dentro, eran de una pasmosa
soltura- hablaban de un hombre que no había conocido la pobreza
en toda su vida.
El viejo mayordomo desapareció dentro de la casa. Cinco minutos
después, volvió a salir para comunicar que la
señora de la Barrera estaba encantada de recibirlo. Horacio
siguió al viejo a través de un patio empedrado de
pequeños y apretados guijarros hasta un cuarto alto y espacioso,
cuyas ventanas estaban defendidas por rejas de hierro. Era la sala de
estar.
Mientras, acomodado en un sillón y cara a la entrada de la sala,
esperaba la aparición de la dueña de la casa, Horacio era
presa de un aluvión de emociones y sentimientos confusos. Su
corazón latía con tumulto ante la inminencia de ver por
primera vez en su vida a quien justamente se le había dado;
pero, al mismo tiempo, sentía con más fuerza que nunca el
resentimiento, el despecho, la ponzoñosa amargura que desde su
más tierna edad había sentido por ella, en cuyo pecho
nunca pudo buscar refugio o consuelo, y de quien nunca recibió
amor. Era él un engendro tan monstruoso que ella no podía
soportar siquiera su vista? O se trataba simplemente de una mujer sin
mucho escrúpulo, que vio en él un obstáculo que
debía de ser eliminado?
Se dejaron oír en el corredor unos pasos muy suaves. Una mujer
de notable belleza entró poco después en la sala donde el
sirviente lo había dejado solo.
La dama vestía un austero traje de color oscuro, cuyo cuello
abierto en
triángulo dejaba ver una pequeña cruz de plata colgada de
una cadena.
Sus cabellos estaban recogidos hacia arriba, dejando al descubierto
unas orejas pequeñas y bien formadas, y el cuello que era blanco
como
la leche. El antiguo color sonrosado de su piel había
desaparecido, y
su figura era ahora notoriamente más delgada. La
expresión de su
rostro, un poco pálido en contraste con el color oscuro de su
traje,
tenía algo de languidez, al igual que sus movimientos. No era
más la
muchacha del rostro ingenuo y sensual figura de hacía unos
veinte años;
pero si había perdido muchos de los encantos que la destacaron
en su
juventud, había ganado en cambio la lánguida belleza que
el paso del
tiempo y las cuitas, en ocasiones, suelen favorecer a algunas mujeres
como una forma de compensación.
Horacio, muy agitado, se había puesto de pie al entrar ella.
Rosamunda lo miró con curiosidad. El chico era demasiado joven
para ser un agente de bolsa. Por otro lado, no sería a su marido
a quien había venido a ver?
" El señor Lascano?", dijo. No escapó a su
atención el estado agitado de su visitante.
El presunto señor Lascano asintió en silencio y
procuró desviar la
mirada de aquel rostro a la vez hermoso y melancólico. Un nudo
se le
había formado en la garganta. Atinó a hacer una
inclinación e, imitando
a su anfitriona, que tomó asiento en uno de los divanes,
volvió a
sentarse. Siguió a continuación un silencio en el que
Horacio trató en
vano de recobrar la voz, mientras ella esperaba pacientemente a que se
decidiera a explicar el motivo de su visita. Durante ese
brevísimo
lapso la mirada de la dama permaneció fija en el rostro de
Horacio, al
principio con una simple expresión de curiosidad y asombro, pero
la
inquietud primero y luego la alarma, no tardaron en cruzar por sus
delicadas facciones. Horacio se puso de pie en el preciso instante en
que supo con certeza que lo había reconocido o había
adivinado su
verdadera identidad y le volvió las espaldas. Al mismo tiempo
había
encontrado la voz y recuperado algo de su soltura.
El patio, que veía ahora a través de la reja de una de
las ventanas,
estaba rodeado por un corredor cubierto y formado por finas columnillas
de madera. Su piso estaba dividido en varios campos por un camino
central de baldosas con ramificaciones laterales. Había hasta
diez
macetas de diferentes tamaños colocadas en torno al patio, al
borde del
corredor.
Horacio se sorprendió al descubrir que el corazón ya no
le latía con tumulto cuando habló.
"A estas alturas", dijo mientras recorría con la mirada las
macetas de flores y plantas de una a otra, "me imagino que ya
habrá adivinado quién soy en realidad. O necesita usted
que se lo diga?" Se detuvo, pero como no escuchó respuesta,
prosiguió: "No. Tal vez haría mejor en ofrecerle una de
mis tarjetas de visita, las auténticas, esta vez..."
Oyó a sus espaldas una desfalleciente voz. " Vete!", dijo.
Jamás una sola palabra contuvo tanta crueldad. Horacio se
quedó atónito por un buen rato antes de poder proseguir.
"No le quitaré mucho de su tiempo", dijo, cada vez más
dueño de sí mismo. "Es poco lo que tengo que decir, y
poco es lo que pido de usted. Además -añadió con
cierto dejo de amargura-, no tengo acaso algún derecho,
después de viente años, a usurpar algunos pocos minutos
de usted?..."
" Vete!", dijo por segunda vez la voz a sus espaldas. Era apenas un
murmullo, pero el tono con que lo dijo no permitía la menor duda
en cuanto a su determinación.
Horacio se volvió por primera vez hacia su madre, y ésta,
que tenía la
mirada fija sobre su espalda, la desvió rápidamente a
otro lado. Antes
de que sus ojos quedaran velados por sus largas pestañas,
Horacio
alcanzó a ver la expresión de horror y repugnancia que
había en ellos,
y que era producida por la vista, durante unos infinitesimales de
segundo, de su rostro. Una profunda y abrumadora tristeza se
apoderó de
Horacio. Ya no había más dudas ni esperanza: para su
propia madre, él
no era otra cosa sino un abominable monstruo. Apoyó la espalda
contra
la pared empapelada. Desde donde se hallaba, directamente enfrente de
ella, pudo advertir el temblor del que era presa. Había vuelto
el
rostro hacia una esquina, para no enfrentarse a él. Su mano
izquierda
descansaba en forma flácida sobre el regazo, como una cosa sin
vida;
con la otra apretaba y arrebujaba la cruz de plata de su collar. Ante
semejante vista, todo el despecho y encono de Horacio se
convirtió en
compasión.
"Esta será la única y última vez que vendré
a importunarle", dijo más
bien suavemente. "Me cuidaré en adelante de no volver a
acercarme a
esta casa mientras usted esté viva. Y me marcharé de
inmediato no bien
me absuelva una duda..."
Notó que su madre, aun negándose a mirarle, lo escuchaba
con atención.
"Siempre he sabido que soy un bastardo y que por ello se
apresuró a desembarazarse de mí -continuó sin
perderla de vista-, que yo significaba para usted el recuerdo viviente
de una equivocación, de un desliz que, no me cabe la menor duda,
lamentaba muy sinceramente... Quién la indujo a cometer ese
desliz?... En otras palabras, quién fue mi verdadero padre?"
"Si aún te queda algo de buen juicio", respondió la dama
en un tono de voz más calmo, sin mirarle, "haz mejor en salir de
esta casa en seguida..."
El efecto de estas palabras fue para Horacio como varias
puñaladas asestadas en el estómago, pues hicieron jirones
todas sus tripas.
" No, hasta conocer toda la verdad!", replicó con ardor.
Rosamunda se puso en pie y de repente trató de ganar la puerta,
pero
Horacio fue mucho más veloz; antes de que ella pudiera alcanzar
el
umbral, la había sujetado por la muñeca. El contacto de
su mano con la
tersa piel de la muñeca hizo estremecer a Horacio: que él
supiera, era
la primera vez en su veinte años de vida que sentía el
contacto
materno. Pero irónicamente, ese primer contacto materno no era
una
caricia, sino el resultado de un acto de fuerza.
Su madre no ofreció resistencia.
" He sido llamado desde mi infancia 'el chileno', amén de
'bastardo'!", dijo Horacio, sujetando la muñeca con tanta fuerza
que la lastimaba. " Sabe qué significado implica ese
epíteto, no es cierto? Es por ello que no puede decir el nombre
de mi padre? Es por ello que soy un engendro para usted?"
Rosamunda lo miró por primera vez a los ojos, y la
expresión de su hermoso rostro era de perplejidad.
"No entiendo nada de lo que dices", dijo secamente.
La perplejidad que mostraba su rostro era tan genuina que Horacio supo
que no le mentía. Hubo una pausa.
Un destello de comprensión cruzó finalmente por el rostro
de ella. Dijo, con la mano aún retenida por su hijo:
"Si lo que piensas es lo que creo, puedo asegurarte que nada de eso
pasó... En los días de la batalla de San Juan, cuando
pasaron por nuestra hacienda y la incendiaron, yo me encontraba en la
casa de ... ", vaciló brevemente, "... en la casa donde vives
ahora... Estaba a salvo de los chilenos al menos en la misma medida que
otros residentes de la capital..."
Un escalofrío recorrió de repente el cuerpo de Horacio de
pies a cabeza. Algo no marchaba nada bien. Había esperado lo
peor, pero al parecer, lo que él consideraba como lo peor no era
realmente lo bastante malo; había más allá un
horror de mayor proporción.
Por la expresión de franca repulsa que mostró ella al
reconocerlo, había llegado a la convicción de que su
padre no pudo haber sido algún amante que hubiese tenido. Y
ahora su segunda hipótesis se venía abajo como un
castillo de naipes. Quién era entonces su padre? Su madre
había dicho, al referirse a la finca de don Nicolás, "la
casa donde vives ahora", por qué rehuyó mencionar el
nombre del viejo, cuando era mucho más simple? Rosamunda hizo un
intento de desasirse de su mano, pero Horacio la
sujetó aún con mayor fuerza. Estaba ahora completamente
fuera de sí mismo. Gritó que la mataría sino le
revelaba la identidad de su padre. Lo que en realidad pedía, sin
embargo, no era exactamente una revelación, sino la
confirmación de algo que con cada segundo que transcurría
iba cobrando las características de una horrenda certeza.
"Eres como él", dijo Rosamunda tristemente, sabiendo que no le
revelaba nada que él no hubiera intuido ya. "Tienes su mismo
temperamento".
"Cuando me refugié en la finca donde vives ahora
-continuó- el
mayordomo y el jardinero se habían unido a la reserva... La casa
estaba
prácticamente desierta de hombres... El único que
había en ella no se
había repuesto aún de la muerte de su esposa y
bebía mucho tratando de
ahogar su dolor... Has pasado toda tu vida a su lado. Debes saber mejor
que nadie que cuando está ebrio no es él mismo: es una
bestia..."
Entre el momento en que acabaron de ser pronunciadas estas palabras y
el momento en que Horacio volvió a su casa, hubo un vacío
de cinco
horas. Posteriormente los gendarmes dedujeron, por la gruesa
película
de polvo que cubría los zapatos del muchacho y el estado de las
suelas,
que aquel había empleado esas últimas cinco horas de su
vida vagando
por los arrabales de la ciudad. A las diez aproximadamente, Horacio
volvió a la finca, entró en su cuarto, extrajo del
cajón de su
escritorio una Browning que había traído consigo desde el
Viejo
Continente y cargó de balas su tambor. No se sentó, como
otros
suicidas, a escribir una nota, por lo que nunca se explicó el
motivo
del doble crimen. Antes de introducir el cañón del
revólver en la boca
y dispararse el tiro mortal, Horacio entró en la biblioteca,
donde don
Nicolás, su abuelo materno, estaba leyendo un libro a la luz de
una
lámpara. Don Nicolás levantó el rostro del libro
un poco extrañado por
la interrupción mientras el muchacho se acercaba a su
escritorio.
Cuando estuvo a la distancia apropiada, Horacio levantó el
revólver,
apuntó su cañón contra la pequeña pero
famosa cicatriz y, en rápida
sucesión, tiró dos veces consecutivas del gatillo.
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