EL OTRO EJERCITO
Como parte de una alevosa agresión, o como parte de una
contraofensiva
emprendida en respuesta a una alevosa agresión -el abismo de
tiempo que
separa los acontecimientos narrados aquí y el presente no
permite
determinar con exactitud cuál de ellos fue el verdadero motivo-,
el
ejército del País del Norte, que estaba estacionado en el
frente
occidental, atravesó sus inhóspitas tierras,
rompió con éxito las
primeras líneas de defensa del País del Sur y se
internó profundamente
en éste como una cuña. Al conocer las malas nuevas, el
estado mayor del
ejército del País del Sur se apresuró a despachar
a su encuentro un
contingente algo menor en número, pero mejor conocedor del
terreno. El
enfrentamiento entre los dos ejércitos tuvo lugar en un valle de
tierra
árida, que estaba rodeado por una cadena interminable de colinas
peladas. En los intersticios entre una y otra colina se ubicaban los
escasos poblados de la región, cuyos habitantes a duras penas
llegaban
a alimentarse con lo que les rendían sus cultivos. El
ejército del
norte tenía ochenta mil hombres, venía bien pertrechado,
tenía de
comandante en jefe a un general famoso por su ingenio. El
ejército del
sur tenía sesentiocho mil hombres, todos ellos experimentados y
fogueados en más de una lucha; una caballería más
numerosa; un
comandante no tan brillante, pero de incuestionable arrojo; y la
ventaja de estar más fresco y descansado, ya que no había
tenido que
recorrer el largo trayecto que se vio en la necesidad de recorrer su
contrincante. Tales eran las características más
saltantes de los dos
ejércitos cuando se enfrentaron uno al otro, por razones que hoy
resultan oscuras, y que son de poco interés para este relato.
Cabe
destacar, eso sí, la aridez de las tierras del valle y de sus
alrededores, y la enorme distancia entre el primero y las retaguardias
tanto del ejército del norte (que vino desde muy lejos) como del
ejército del sur (que a pesar de estar en suelos propios se
había
alejado bastante de sus principales centros de abasto), lo cual
planteó
desde el inicio mismo de la contienda un difícil problema de
logística
para los dos ejércitos en disputa. Cuando los primeros
enfrentamientos
directos, lanzados con furia y en sucesivas olas humanas, no condujeron
a la derrota inmediata de uno de los dos ejércitos ni al
rápido triunfo
del otro, los dos comandantes llegaron, casi al unísono, a una
misma
conclusión: que la guerra sería de desgaste, y que la
victoria final no
sería decidida por derroches de valentía ni por
hábiles estrategemas,
sino por la coordinación perfecta de las operaciones de
abastecimiento
y por la abundancia de reservas en la retaguardia. En palabras
más
sencillas, el resultado de la guerra sería determinado por el
estómago,
y no por las agallas. En el primer año de la contienda, los
víveres, la
ropa y las armas llegaban en forma regular hasta los combatientes de
uno y otro lado; hasta recibían cartas de sus familiares y
podían a su
vez enviarles respuesta a través de correos especiales. Mientras
este
feliz estado de cosas duró, los dos bandos lanzaron
periódicamente
ataques mutuos, realizaron audaces incursiones, probaron todo tipo de
ardides aprendidos de los anales de historia, ingeniaron y ensayaron
otros nuevos. Ninguna de estas acciones fue decisiva; fueron comas y no
puntos; pero tuvieron la virtud de mantener ocupados a los dos
ejércitos y a sus comandantes. Llegó entonces el segundo
año de las
hostilidades, y para el ejército del norte comenzaron los
primeros
problemas: los abastecimientos, principalmente los víveres,
llegaban
ahora en forma insuficiente y con demora. La razón de esta
tardanza e
insuficiencia se desconoce. Tal vez el País del Norte, cuyos
cultivos
siempre habían estado a merced de un caprichoso río,
había tenido una
mala cosecha a causa de alguna inundación o alguna
sequía, o tal vez
los suministros fueron despachados a otros frentes de batalla, donde
las operaciones no habían llegado a un estancamiento, y, por
ende, se
les concedía, con justeza o no, mayor prioridad. Existe
aún una tercera
posibilidad, no muy probable, pero diez veces más inquietante
que las
anteriores, de resultar cierta: después de no haber oído
ningún reporte
estimulante del frente occidental por más de un año, el
Estado Mayor
del ejército del País del Norte había decidido
olvidarse o dar por
inexistente tal frente. Cualquiera que fuese la explicación, el
comandante del ejército del norte tuvo razones de sobra para
temer una
interrupción total y por tiempo indefinido de los suministros; y
como
era un hombre de gran ingenio e inteligencia, amén de ser
previsor en
todas los cosas, no quiso dejar la suerte de su ejército y de la
suya
propia en manos del azar ni de los hombres de la retaguardia.
Es preciso señalar que las acciones de este relato discurren en
una parte del mundo donde la carne de perro gozaba -y aún goza-
de cierta aceptación, que si bien no era amplia, por lo menos
era considerada como cosa perfectamente normal. Entre la tropa -y aun
entre los oficiales de rangos altos- del ejército del norte no
faltaban, naturalmente quienes eran muy adictos a esa afición,
afición que el rancho pobre y escasamente variado que se
servía en los campamentos no hacía más que
fortalecer día tras día. Estos exigentes
gastrónomos solían, a riesgo de un severo castigo,
escabullirse de los campamentos entre uno y otro combate. Iban a los
pueblos dispersos en las laderas de las colinas, y adquirían o
tomaban a la fuerza los perros de los aldeanos. El olor a carne de
perro, cocida furtivamente -pero no lo suficiente- alcanzaba a veces la
tienda del comandante en horas bien avanzadas.
Pequeñas patrullas fueron enviadas a cuantos villorrios pudieron
alcanzar para reunir los cerdos, los granos y todo lo que era
comestible para la tropa y para los caballos. Entre esta última
categoría de cosas el comandante había incluido,
obviamente inspirado
por aquellos olores peculiares que de noche llegaban hasta su tienda de
campaña, a los perros, que había de todos los colores,
aunque
predominaban los de pelaje amarillo. Los razonamientos del comandante
del ejército del norte eran bastante simples: si el
abastecimiento de
los suministros llegara a interrumpirse en forma completa, y lo que sus
hombres lograban quitar a los aldeanos no bastaba, se comerían a
los
perros. El mantenimiento de los perros no significaba en absoluto que
fuera necesario compartir con ellos la ya exigua ración:
éstos siempre
podían arreglárselas con cualquier cosa, y en esta
categoría entraba la
carroña de los combatientes muertos, diseminada en el campo de
batalla
y, muy lamentablemente, no rescatada para ningún uso de
provecho. La
carroña había sido hasta ese momento el alimento de las
aves de rapiña,
y fuente de fétidos olores que el viento ocasionalmente llevaba
hasta
los campamentos.
Se asignó un soldado a cada uno de los perros, cuyo
número al principio fue relativamente modesto. Los soldados
debían mimar a los perros que estaban a su cargo, hacerlos
acostumbrarse a ellos y depender de ellos como los hijos de sus padres.
A tal punto cumplieron aquéllos con las órdenes, que en
las heladas noches los perros dormían acurrucados o pegados a
sus cuerpos. Al finalizar cada combate, los soldados responsables de
los perros los dejaban libres, hambrientos a pesar de otros buenos
cuidados, y los animales se esparcían por todo el campo de
batalla, en el que el clamor de las luchas apenas había apagado
su eco. En aquel sombrío escenario de muerte se abatían
los perros como langostas, no por su número, sino por su
voracidad. Los muertos eran despedazados, dejados limpios hasta sus
huesos; y aquellos desdichados que no tuvieron la suerte de morir del
todo, acababan ahora muertos a ávidas dentelladas. El
festín duraba mientras el hambre de los perros no era saciada
completamente. Hartos finalmente, volvían a los campamentos,
donde al calor de las fogatas acababan de hacer la digestión.
La misma operación era repetida todos los atardeceres, no porque
hubiera batallas todos los días, sino porque la carroña
era abundante y el número de los perros era aún
pequeño. La carroña tardaba entonces días en ser
consumida totalmente.
En un inicio, tanto los soldados del ejército del sur como su
comandante en jefe presenciaron el dantesco festín diario de los
perros
con curiosidad, desdén y aun indignación. No tardaron en
cambiar de
parecer, cuando sus propios suministros comenzaron a llegar con
irregularidad; la capital del País del Sur sufría un
asedio, y los
suministros eran despachados con carácter prioritario a las
tropas que
luchaban por romper desde el exterior el bloqueo. La opinión que
el
comandante del ejército del sur tenía de su similar
varió grandemente:
por vez primera sintió por un enemigo algo parecido a la
admiración.
Los perros no eran de ningún modo una solución a los
problemas de
logística que ahora enfrentaba, pero podrían significar
un paliativo en
algún momento futuro especialmente crítico, que
temía venir. El mismo
hubiera dado la orden de imitar el proceder de su contrincante, de no
ser porque su amor propio se lo impedía. Afortunadamente, sus
subordinados eran menos susceptibles en ese sentido, y no les faltaba
iniciativa propia. Y los ladridos de perros, que reclutaron de los
pequeños caseríos a espaldas de las posiciones, no
tardaron en ser
oídos también en los campamentos del ejército del
sur.
Los muertos y los agonizantes regados en el campo de batalla no eran
más presas exclusivas de los perros del ejército del
norte. La carroña
duraba ahora menos días. Los buitres y otras aves de
rapiña, al
hallarse en clara desventaja en su lucha diaria por el alimento,
decidieron irse a otra parte, tal vez a algún otro frente de
batalla
donde los comandantes resolvían sus problemas de falta de
suministros
en forma más convencional.
La conservación de los perros sólo cedía en
importancia a la de los caballos y de los animales de carga: nadie
podía tocarles un pelo sin el consentimiento de los comandantes,
que prefirieron sacrificar a las aves de corral confiscadas, a las que
tenían mayores problemas en alimentar, antes que a ellos.
La situación de los abastecimientos empeoraba día tras
día, mes tras
mes, tanto para el ejército del norte como para el del sur. Los
suministros que llegaban desde la retaguardia ya no bastaban. Acabaron
de sacrificar los cerdos y las aves, botín de guerra para un
bando,
"contribución" para el otro. Nuevas incursiones a las escasas
aldeas de
la región no reportaron ningún resultado positivo: donde
otrora hubo
gente, animales, sembríos, sólo había hoy casas y
parcelas de cultivo
abandonadas; los campesinos habían huido hacía
algún buen tiempo. Entre
los sembríos que no alcanzaron a producir la cosecha, sobre las
callejas barridas por el viento llegado desde los desiertos,
señoreaban
las ratas. Los comandantes decidieron finalmente que era tiempo de
sacrificar parte de los perros, celosamente cuidados y cebados durante
la primavera, el verano y el otoño pasados. El número de
los perros se
había cuadruplicado durante ese lapso, al aparearse y
multiplicarse, y
había creado el problema adicional de proporcionar a todos ellos
la
alimentación necesaria. El problema se resolvió, sin
embargo, con
admirable simplicidad, al ser duplicado, triplicado y finalmente
cuadruplicado el número de los enfrentamientos. Aunque la idea
original
pudo haber venido de cualquiera de los comandantes, o haber ocurrido
simultáneamente a los dos, se cree -tal vez muy injustamente-
que
provino del comandante del ejército del norte, pues la
simplicidad que
caracteriza a tal idea, sólo es dable en la ideas que nacen de
chispazos de verdadera inspiración o genialidad. Los choques
entre los
dos ejércitos, que hasta entonces no trascendían el
carácter de una
cuasi-formalidad, necesaria sólo para justificar la presencia de
las
dos huestes en aquel valle de tierra árida, se convirtieron de
pronto
en fuentes de suministro de aquella carne tan apetecida por los perros.
Las bajas que resultaban de los cada vez más frecuentes choques
no sólo
cumplían la función antes mencionada, sino otra
quizá más importante:
al reducirse el número de bocas que era necesario alimentar, se
reducía
al mismo tiempo la continua y creciente presión sobre la
necesidad
-imposible de satisfacer- de mayor cantidad de suministros. Los dos
comandantes, conscientes de estas ventajas, y obrando en tácito
acuerdo, cuidaron siempre de que las bajas que su tropa infligía
al
enemigo fuesen en número equitativo a las bajas que a cambio
sufría.
Ninguno de ellos tenía el menor interés en deshacer, tan
sólo por una
victoria relativa y una satisfacción pasajera, un estado de
cosas que
convenía a ambos.
Después de concluir cada combate, que llegaron a ser diarios,
sobre los
restos de los hombres y las bestias muertos, y sobre los cuerpos de
aquellos que no pudieron volver a sus campamentos por sus propios
medios, se abalanzaban ocho, nueve, diez, y progresivamente mayor
número de veces la misma cantidad de perros. La carne no duraba
ya
hasta la mañana siguiente ni llegaba a ser carroña, la
disputa entre
los perros era cada día más generalizada. Las continuas
disputas por la
comida, el consumo de sangre muchas veces fresca y de carne cruda, el
control insuficiente de los soldados sobre ellos, hicieron aflorar
paulatinamente en muchos de los perros sus instintos ancestrales. Se
negaron a reconocer la autoridad de los hombres sobre ellos, no
volvieron más a los campamentos. Sin embargo, el número
de los perros
que aún permanecían fieles a sus amos era todavía
bastante considerable
cuando los comandantes decidieron incluir en el rancho de sus tropas un
ingrediente que, si bien resulta ser pintoresco e inaceptable para
mucha gente, no lo era de ningún modo para aquellos nativos de
los
Países del Norte y del Sur, máxime si se trataba de
hombres que no
habían probado carne de ninguna clase por semanas.
Durante el crudo invierno y la primavera siguiente los dos
ejércitos se
arreglaron sacrificando discretamente sus perros. Decimos
"discretamente", pues aparte de prever tiempos aún más
difíciles por
venir, la deserción de los perros había ido en
súbito aumento. Parecía
que los animales supieran adivinar la finalidad para la cual
habían
sido cebados. Es difícil suponer que hubieran podido reconocer
los
huesos que los soldados les arrojaban como los restos de algunos de su
especie, pero, por otro lado, nadie se atrevería tampoco a
asegurar que
no fuese posible. En todo caso, los perros comenzaron a mostrar hacia
sus amos un recelo que difícilmente era concebible en los meses
inmediatamente posteriores a su reclutamiento, rehusaban a ser atados
de nuevo cuando volvían del campo de los combatientes
caídos. Dejados
libres en los campamentos, los perros vagaban inquietamente entre las
tiendas de campaña, donde el lastimero y postrer aullido de
alguno de
sus compañeros se escapaba a veces, cuando era sacrificado. A la
mañana
siguiente, algunos de ellos no eran vueltos a ver. Sin embargo, si sus
ex-amos se hubieran interesado más en su paradero, y siempre y
cuando
hubiesen tenido el valor de acercarse lo bastante al campo de batalla
al atardecer, los habrían podido ver entre la enorme manada de
perros
salvajes que descendían de las colinas para disputar la carne de
los
muertos a sus congéneres aún domesticados. Al principiar
el verano con
la interrupción total de los abastecimientos, estos perros
aún
domesticados habían acabado inevitablemente en el
estómago de los
soldados o habían optado sensatamente por desertar. Los ladridos
de
perros, que en otros tiempos llegaron a alborotar el sueño de
los
dioses, se hicieron extrañar en los campamentos de ambos bandos.
Las hostilidades cesaron al fin, pues era imposible luchar con el
estómago vacío. Por otra parte, con la deserción y
el exterminio de los perros, los enfrentamientos habían perdido
su razón de ser. A los dos ejércitos, cuyos efectivos se
habían reducido a menos de un décimo de su número
inicial, no les quedaba más que aguardar la reanudación
de los abastecimientos -cosa improbable-, o una lenta muerte.
Empezaron a sacrificar los caballos y las bestias de carga.
El campo de batalla, otrora cubierto de cadáveres, se vio
desierto de los mismos. Los miles de miles de perros salvajes vagaban
ahora en él inútilmente.
Otro mes transcurrió y no llegaban los suministros.
Los perros desaparecieron sin que nadie supiera cuándo ni a
dónde, aunque probablemente se habían retirado a las
aldeas abandonadas de las colinas, para cazar y vivir de ratas.
La calma reinaba ahora sobre el valle, como si nunca hubiera habido
combate alguno. Los soldados se dedicaban en el día a escarbar
raíces y hierbas. De noche dormían un sueño
pesado, que era como el preludio de aquel que es final. Sólo el
comandante del ejército del norte tenía ocasionalmente
sueños agitados o no podía pegar los ojos. Una noche,
convencido de lo inútil que era tratar de dormir, se
vistió y salió a caminar.
No tenía ningún propósito definido al dirigirse
hacia el puesto de los
centinelas. Había visto la fogata y quiso simplemente estar un
momento
cerca de aquel fuego. Al aproximarse al puesto, no vio al principio a
los centinelas, pero cuando los vio al fin, tendidos en el polvo del
suelo con la garganta abierta, no pudo evitar que un estremecimiento
recorriera su cuerpo de la cabeza a los pies: sobre los cuerpos
aún
tibios de los centinelas, las fauces abiertas, los ojos inyectados de
sangre, había cinco bestias que una vez fueron perros.
Tenía la piel
sucia, seca y pegada a los huesos; y aunque debió haber sido una
ilusión óptica, al comandante del ejército del
norte le pareció que
tenían los colmillos más desarrollados, más
afilados. Arquearon el
espinazo y gruñeron casi imperceptiblemente, pero no por ello
menos
amenazantes. El comandante desenvainó su espada y con ella en la
mano
empezó a retroceder en dirección a su tienda, donde
pensó que estaría
más seguro. Mientras tanto, sus ojos habían captado otras
figuras de
perfil lobuna que se movían por todo el campamento, discernibles
a
pesar de la oscuridad. Eran cientos de miles, o miles de miles, y se
desplazaban con el sigilo de un disciplinado ejército que se
escabullía
dentro del campo enemigo, dejando oír apenas algún
gruñido ocasional.
Desde las tiendas algún soldado dijo algo en su sueño,
casi en voz
alta. Pronto despertaría, al igual que todos los demás, y
habría de
sostener el último de sus combates, el cual no podría
ganar. Es más, ni
siquiera podría sobrevivir a tal combate. En los campamentos del
ejército del sur, según pudo constatar el comandante del
ejército del
norte por los gritos ahogados y los gruñidos ahora audibles a
pesar de
la distancia, aquel combate acababa de iniciarse. Con el
propósito de
alertar a sus soldados, el comandante apresuró sus pasos. Sus
pies, que
retrocedían, chocaron contra unos cuerpos peludos y unas fauces
de
acerados colmillos. Rodó por el suelo, y antes de que pudiera
cubrir
con sus manos la garganta, un enorme perro se había abalanzado
sobre su
cuerpo y se la había destrozado de una feroz dentellada.
No oyó la barahúnda descomunal que siguió.
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