LA DONCELLA ROJA




" Es éste el lugar?" preguntó la tía mayor, asomándose por la ventanilla abierta, cuando el pequeño taxi, un Volkswagen, se detuvo frente a uno de los edificios de departamentos de la cuadra nueve de Paruro, a un costado de la Beneficencia China. La tía mayor era una mujer de apariencia distinguida, que acababa de franquear el umbral de los cincuenta y empezaba a padecer los primeros síntomas y molestias de la menopausia, cuyos estragos supo sin embargo disimular muy hábilmente. Llevaba el cabello teñido de gris plateado, a la manera de muchas de las mujeres maduras de las urbes de los Estados Unidos, que consideran el teñido más bien como un fino toque de distinción que un mero artificio para ocultar las primeras canas. La tía mayor había pasado más de treinta años viviendo en un elegante suburbio de San Francisco; pero más que por esta larga residencia, es por su innato don de adaptación que había asimilado tan perfectamente las costumbres y los hábitos de la clase media del país del norte.

" Es éste el lugar?" preguntó por segunda vez la tía mayor. Su sobrino asintió en silencio con la cabeza. El chofer del taxi abrió la portezuela y la tía mayor trató de salir del pequeño Volkswagen. No le fue fácil: tuvo que forcejear con el asiento plegable de la parte delantera. Cuando logró al fin ponerse en pie firme afuera, sobre la acera, Ying-Chun pagó al taxista y salió también del automóvil.

"El departamento de los Pun está en el segundo piso," dijo indicando con una mano la entrada del edificio, y mientras ofrecía el otro brazo a su tía. La entrada conducía a un pasadizo embaldosado que, por lo largo que era, daba la falsa impresión de que fuera muy estrecho. El terminal del corredor se perdía en la penumbra del ambiente cerrado, hermético; y de una tarde gris, sin sol. A pesar de que eran las cinco de la tarde, normalmente una hora de mucho movimiento en el Barrio, no había una sola alma en el corredor, y el edificio entero permanecía bastante silencioso.

Había por lo menos seis escaleras a lo largo del pasadizo, repartidas a ambos lados en igual número. Mientras Ying-Chun la conducía con gran soltura hacia una de las escaleras, la tía mayor señaló suspicazmente, "Pareces conocer bastante bien a los Pun."

"En el Barrio Chino todo el mundo conoce al otro," replicó el sobrino con cierta inquietud, que no pasó inadvertida para la tía mayor. La escalera escogida por Ying-Chun resultó ser la más acertada, pues los condujo directamente al departamento 203 del edificio. Es demasiada coincidencia, razonó la tía mayor cuando estuvieron delante de la puerta: nadie puede escoger tan acertadamente una de tantas escaleras sin haber estado aquí con anterioridad. Como para confirmar sus sospechas, Ying-Chun encontró el timbre eléctrico y lo tocó tres veces en forma sucesiva y breve, con solo un intervalo de fracciones infinitesimales de segundo entre uno y otro apretón; y la naturalidad y ligereza de alguien que jugueteara con el teclado de un piano de posesión familiar. Nadie que no fuera muy allegado a los Pun, como trataba Ying-Chun de hacerle creer a la hermana mayor de su madre, se hubiera atrevido a tocar el timbre de un modo como ése. Sin embargo, en lugar de enfadarse con su sobrino por no haber sido completamente sincero con ella, la tía mayor se alegró más bien de saber que Ying-Chun era más allegado a los Pun de lo que ella había creído al principio, pues no cabe la duda que ello contribuiría a hacer más fácil su "trabajo", y a aumentar la probabilidad de éxito del mismo.

Alguien abrió la puerta del departamento por unos centímetros, una abertura lo suficientemente ancha como para poder echar una prudente mirada hacia fuera y lo bastante estrecha como para impedir que mirasen dentro de la pieza. Ying-Chun se colocó delante de la abertura para que quien quiera que fuese ese alguien pudiera verlo mejor o reconocerlo. La puerta se abrió enteramente casi en seguida; y una mujer madura, de estatura baja y nariz ligeramente aguileña, apareció con una expresión entre sorprendida y encantada, en el umbral. Era una mujer kuei . La tía mayor dedujó rápidamente que era la madre de Rosa, o "Rose", como la llamaban Chang Po-Shan, de quien venía en representación. La mujer lanzó en dirección de la tía mayor varias miradas de curiosidad.

Hubo luego una breve conversación entre la mujer y Ying-Chun; y la tía mayor aparentó escuchar atentamente mientras ambos hablaban en español. Por supuesto, no entendía nada de lo que decía ninguno de ellos, pero mostrarse atenta, aun cuando no comprendía en realidad nada, era una forma de manifestar cortesía y solicitud; y en su "trabajo" la cortesía y la solicitud eran casos tan importantes como la elocuencia.

La madre de Rose hizo un gesto elocuente hacia la tía mayor.

"La señora Pun la invita a entrar," dijo Ying-Chun, traduciendo la invitación de la dueña de casa al cantonés.

La tía mayor expresó su agradecimiento contestando sin proponérselo con un cumplido en inglés; y entró al departamento seguida por su sobrino.

El departamento era pequeño y de poca altura. La sala y el comedor constituían una sola pieza indivisible. Un estrecho corredor conducía a los dormitorios y otros cuartos. En una palabra, era un hogar, aunque limpio, ordenado y bien cuidado, muy modesto.

La tía mayor fue invitada a tomar asiento en uno de los sofás de la sala, mientras la madre de Rose se dirigía a la cocina para traer algún refresco. La tía mayor no hizo caso a la invitación. Se acercó a una cómoda colocada al lado del corredor y se puso a examinar, dejando momentáneamente a un lado su habitual comedimiento, los retratos que habían encima. Uno de ellos, encuadrado dentro de un sencillo marco de metal niquelado, mostraba a una simpatiquísima chica de unos diecinueve años de edad, vestida de una blusa azul y sonriendo risueñamente al fotógrafo ocasional. Era una sonrisa esbozada con cautivadora timidez e indescriptible gracia. La tía mayor no recordaba haber visto nunca antes una sonrisa tan encantadora.

"Esa es Rose," explicó. Ying-Chun se había acercado también a la cómoda, colocándose a su lado. " Verdad que es muy simpática?"

Su sobrino, por toda contestación, sonrió ladinamente, encendió un cigarrillo, se alejó y se dedicó a pasearse alrededor de la sala-comedor. En retrato no pareció haberle impresionado.

La señora Pun volvió trayendo una bandeja con tres vasos de limonada.

"No debió molestarse por nosotros," dijo la tía mayor, mientras tomaba asiento en un sofá. Como Ying-Chun seguía revoloteando alrededor de la sala distraídamente, la tía mayor le dijo en tono molesto que se sentara a su lado y que tradujera lo que ella acababa de decir. " Cómo crees que voy a entenderme con la señora si tú no traduces por mí?"

Ying-Chun se sentó sumisamente a su lado, y por segunda vez volvió a sonreír con un brillo particular en los ojos. " Qué quiere que le dija a la señora?" dijo en un tono que le pareció burlón a la tía mayor.

"Pues," dijo la tía mayor después de una breve reflexión, "dile en primer término que he venido de San Francisco para visitar a mis parientes acá y que traigo conmigo un recado del señor Chang Po-Shan, que su encantadora hija conoció brevemente cuando estuvo de paso en San Francisco el año pasado."

Ying-Chun tradujo sus palabras de corrida, con sorprendente habilidad, mientras la madre de Rose, para asegurarle a la tía mayor que su sobrino estaba cumpliendo su cometido en forma apropiada, asentía en intervalos regulares con un movimiento de cabeza.

"Dile ahora," continuó la tía mayor, en un tono más firme con el fin de imponer su ascendiente sobre el hijo de su hermana menor, "que deseo hablar personalmente con su señor esposo."

Ying-Chun se volvió hacia la tía mayor."Su marido no se encuentra en casa, como es fácil de ver," señaló juiciosamente.

"De todas maneras," ordenó la tía mayor, "traduce lo que he dicho. Pregúntale cuándo puedo encontrarlo en casa. Si es cosa de unas cuantas horas, estoy dispuesta a esperar."

La madre de Rose escuchó atentamente a Ying-Chun y luego replicó algo en español.

"Dice que su esposo no estará en casa hasta pasado mañana," dijo Ying-Chun en cantonés, "pero que puede darle el recado a ella."

Para pasado mañana ya no estaré acá, se dijo descorazonada la tía mayor. Sabía perfectamente, por sus amplias experiencias en la materia, que nunca era lo mismo tratar con la cónyuge kuei de un padre chino que con éste mismo. La contrariedad hizo vacilar a la tía mayor por unos buenos segundos. Casi nunca había fallado en una comisión de ese tipo, y la posibilidad de sufrir un revés, aun cuando fuera por algo que no estaba en sus manos, le pareció un injusto corolario a su largo viaje, como si su viaje no tuviera otra razón de ser que aquella.

" Qué remedio!" se dijo disgustada, pero al mismo tiempo resignándose a su mala suerte.

Ying-Chun había apagado el cigarrillo y estaba tomando su limonada, esperando. Dijo alegremente, " Qué otra cosa quiere que le diga?"

"Pues," dijo la tía mayor lentamente, después de otro momento de vacilación. "Di a la señora que he venido por encargo del señor Chang Po-Shan, para hacerle saber que se ha quedado muy impresionado por la gracia y las cualidades de su hija, a pesar del poco tiempo que ha tenido el placer de tratarla; y que desea pedirle en matrimonio. Dile también que el señor Chang tiene el total consentimiento y la aprobación de sus señores padres. El señor Chang es una persona de lo más decente, de intachable conducta y probada solvencia económica, cualidades que su hija ha podido comprobar por ella misma."

Ying-Chun tomó esta vez algún tiempo para traducir al español el parlamento de su tía. Parecía indeciso, y al mismo tiempo era evidente que disfrutaba de su mediación en el asunto. Era comprensible que Ying-Chun, siendo joven y haber crecido en el seno de una sociedad liberal y moderna, se riera de las arcaicas prácticas de las casamenteras, que debieron, en teoría, haber desaparecido luego de la extinción del sistema feudal que significaba el Imperio Manchú. Pero, por qué titubeaba Ying-Chun? O solamente era la imaginación de la tía mayor?

"Vamos," dijo la tía mayor, apremiante. " Qué esperas?"

La tía mayor no quitaba los ojos del rostro de su anfitriona: quería verificar sus reacciones. Mientras Ying-Chun traducía, las fracciones de la madre de Rose adquirieron -cosa curiosa- una expresión que era más de incredulidad que de asombro. Esta reacción no estaba entre los cálculos de la tía mayor. La mujer interrumpió varias veces a Ying-Chun, y al final de lo que a la tía mayor le parecía ser la versión íntegra de su pequeño discurso, se suscitó entre su sobrino y la madre de Rose una curiosa discusión, sostenida en voz baja. La discusión -si era efectivamente una discusión- terminó con una jovial risotada de Ying-Chun, que acabó por dejar completamente perpleja a la tía mayor.

Cuando Ying-Chun contuvo al fin su hilaridad, se volvió hacia ella, que lo miraba ya algo exasperada.

"La señora Pun desea expresarle," dijo asumiendo un semblante más serio, "que éste es un asunto en el que ni a ella ni a su esposo les compete tomar la decisión final; que sólo su hija y nadie más puede decir el sí o el no definitivo. Dice que los tiempos han cambiado, y que los padres ya no pueden tomar decisiones por cuenta de sus hijos."

La contestación era en cierto modo esperada por la tía mayor: después de todo, los tusans nunca son lo mismo que los vendedores chinos (eso es, los nativos), más aún si uno de los padres es un kuei .

La tía mayor hizo todavía un último esfuerzo: quiso saber si existía la posibilidad de que Rose aceptara que Chang Po-Shan le escribiese en el futuro, y que a la vez le correspondiera de igual modo.

La madre de Rose respondió, mientras miraba fijamente a Ying-Chun por alguna razón que la tía mayor no alcanzó a entender, que todo dependía de su hija, y que ella no podía hacer otra cosa fuera de hacerle saber del interés y de la propuesta del señor Chang.

Se despidieron. Cuando tía y sobrino salieron del edificio, la calle había oscurecido, el cielo presentaba un azul violáceo impresionante, pocas veces visto, y Júpiter era visible en él. Tuvieron que ir a pie hasta la avenida Abancay para conseguir un taxi. Pasaron por debajo del arco chino construido poco tiempo antes, con donativos de la Colonia, y ahora, más que cualquier lugar menos característico del Barrio Chino, señorío de los desperdicios y de los malos olores. Al pasar al lado de las columnas, la tía mayor tuvo que taparse la nariz con un Kleenex que extrajo apuradamente de su bolso.



La tarde del día siguiente, Ying-Chun esperó pacientemente fuera de la Agencia de Viajes donde Rosa trabajaba, hasta que ella salió, y la llevó al cine. Rosa era por cierto una muchacha muy simpática, tal como la había calificado la tía mayor, aunque tenía veintidos años y no diecinueve. Era alta y espingada, de la misma estatura que Ying-Chun; tenía la piel algo oscura y la nariz pronunciada, características que había heredado sin duda alguna de su madre. En lo demás, sin embargo, se parecía a su padre, un natural de Pun-Yi de escasa fortuna, que trabajaba de cajero en el chifa Yut Kung . A pesar de su edad, Rosa era singularmente tímida e introvertida. Tal vez sea precisamente por su timidez que su sonrisa, reflejo del más genuino candor, fuera tan encantadora e irresistible. Aquella sonrisa era la de una jovencita recién abierta al amor y a la vida, cuya alma emerge como el primer loto de un estanque, pura y aún no contaminada. En la mayoría de las chicas, este tipo de sonrisa o bien nunca ha existido, o bien sólo existió en forma brevísima, perdiéndose al alcanzar su dueña la madurez o incluso mucho antes. En el caso particular de Rosa, sin embargo, ella se había conservado inmutable como por obra de un milagro. Ying-Chun había conocido a Rosa tres años atrás, en una excursión a Huampaní organizada por el Club de Tenis de Mesa de cierta Sociedad de la Colonia, cuyo nombre ya no recordaba. Durante el viaje de ida Rosa estuvo sentada directamente enfrente suyo, aunque a cierta distancia, y en todo el trayecto Ying-Chun no fue capaz de quitar su mirada de aquellos labios finos, graciosamente curvados de la muchacha. De los demás rasgos físicos de Rosa, Ying-Chun apenas si se fijó. Si alguien puede enamorarse de una sonrisa, Ying-Chun lo hizo.

El año pasado Rosa había aprovechado uno de los pasajes que las aerolíneas suelen obsequiar a las Agencias de Viajes e hizo un tour por las ciudades principales de los Estados Unidos, entre ellas San Francisco. Estuvo en ella menos de una semana. Rosa jamás contó a Ying-Chun de su encuentro con el mentado señor Chang, y Ying-Chun no lo supo hasta el día en que la tía mayor llegó a Lima para pasar algunos días con su hermana menor, y pidió a su sobrino que la llevara a la casa de los Pun. Ying-Chun era un hombre que, contrario a la mayoría de los chinos, que suelen tomar todas las cosas con enojosa seriedad, poseía un agudo sentido del humor. Aceptó jovialmente el papel de la Doncella Roja, y lo hizo tan bien que la tía mayor, si bien había sospechado algo, jamás llegó a tener la certidumbre de que su sobrino le estaba tomando el pelo. Ying-Chun pasó la noche anterior festejando su propia broma, con un desusado y poco oportuno despliegue de jovialidad y de animación en el aeropuerto, a donde había ido a despedir a la tía mayor.

Mientras se encaminaban hacia el cine Tacna , el brazo derecho de Ying-Chun rodeando el suave y delicado talle de su enamorada, el primero, burlonamente, quiso saber si Rosa había recibido, de boca de su madre, el recado que la tía mayor había traído desde San Francisco. Por toda respuesta, Rosa le dio un fuerte pellizco en el otro brazo, mientras se ponía toda colorada. Ying-Chun, espoleado por la curiosidad, quiso saber acerca de su encuentro con Chang Po-Shan y la acometió de preguntas. Era Chang Po-Shan un hombre joven o de edad? Era simpático? Tenía mucho dinero? De qué manera la había conocido? Las insistentes preguntas de Ying-Chun obedecían netamente a su curiosidad por conocer la personalidad de un hombre que, en pleno siglo veinte, recurría aún al recurso de las casamenteras -ya fuera profesionales o solamente amateurs, como lo era la tía mayor- para conseguirse una esposa. No estaba en modo alguno celoso que hubiera cortejado a su enamorada, sino más bien orgulloso de que ella fuera capaz de encender tan absurda pasión en un lapso de tiempo tan breve, pues era obvio que Chang Po-Shan no pudo haber conocido a Rosa por más de una semana. En la imaginación de Ying-Chun, Chang Po-Shan era, en el mejor de los casos, un hombre de negocios cuarentón, de ideas anticuadas, uno de esos hombres que aún creen que son capaces de arreglar cualquier cosa con dinero, hasta un matrimonio. Las respuestas de Rosa dejaron a Ying-Chun menos entusiasmado de su broma anterior. Chang Po-Shan no sólo no era un cuarentón chapado a la antigua, sino un joven médico recién graduado del Harvard Medical School, un hombre que tenía todo un porvenir por delante; era, además, el hijo del dueño de dos prósperos viñeros en California. En otras palabras, era y tenía todo lo que Ying-Chun no era ni tenía.

Durante la función entera Ying-Chun estuvo bastante distraído y no vio ni oyó la mitad de la película. Empezaba a lamentarse de haber llevado a la tía mayor a la casa de los Pun el día anterior. Cómo no se le ocurrió averiguar más acerca del pretendiente de su enamorada antes de hacer el papel de la Doncella Roja por él? De haber sabido entonces cómo era Chang Po-Shan habría procurado disuadir a su tía mayor de no ir en busca de los Pun, o habría ingeniado cualquier otro recurso con tal de no llevarla hasta la puerta de donde vivía Rosa. Aquella misma noche Ying-Chun no pudo conciliar el sueño, y durante el día siguiente permaneció todo el tiempo a la vez distraído y huraño en la tienda de importaciones donde trabajaba como empleado. Después del trabajo Ying-Chun aguardó a Rosa fuera de la Agencia de Viajes y luego la acompañó a su casa. Permaneció silencioso durante casi todo el trayecto. Rosa lo miraba de reojo, inquieta, pero no se atrevió a preguntar por el motivo de su mutismo. En la entrada al edificio de departamentos Ying-Chun tomó a la chica por los hombros, casi estrujándola, y le dijo en un rapto casi de locura, "Si aceptas la propuesta de ese bastardo te mato."

Rosa no intentó siquiera zafarse de sus brazos, a pesar de que lastimaban sus hombros. Permaneció sumisa, pero por primera vez desde que ambos se conocieron lo miró directa y largamente a los ojos, y no había en su mirada la timidez o la turbación acostumbrada. " Por qué crees que voy a aceptar la propuesta matrimonial de un hombre a quien apenas conozco?" replicó con desusada serenidad y dominio de sí misma. Ying-Chun, arrepentido de su brusquedad y avergonzado de tan patente muestra de celos, aflojó el apretón, dejó que el cuerpo de Rosa se deslizara hasta pegarse suavemente contra el suyo, y besó tiernamente sus tibias mejillas. La llevó hasta su departamento y se quedó a cenar, pretendiendo con cierto esfuerzo que nada había pasado entre ellos.

En los meses siguientes, nada de relevancia ocurrió. Ying-Chun continuó con la rutina de esperar a Rosa fuera de la Agencia de Viajes y llevarla luego ya fuera al cine o a algún restaurante. Algunas veces se quedaba a cenar en el departamento de los Pun y no se retiraba sino hasta pasadas las once de la noche. Nada parecía haberse alterado, todo parecía estar en su cauce normal, salvo el hecho de que Rosa se iba volviendo cada día más hermosa y al mismo tiempo más llena de vitalidad, como una flor que alcanzaba su pleno florecimiento. Pero uno no puede calificar a aquello como algo irregular. Qué cosa más natural que un capullo que se abre hasta mostrarse en todo el esplendor de su belleza? Cada día Ying-Chun descubría en Rosa más perfecciones, más cualidades nuevas e insospechadas, pero, inexplicablemente, aquellos descubrimientos sólo alimentaban en Ying-Chun una cada vez más creciente sensación de pérdida, cuya razón él mismo no atinaba a elucidar. Cuando contemplaba el rostro animado y radiante de belleza y juventud de Rosa, Ying-Chun, en lugar del orgullo natural y de la satisfacción que debiera sentir como el virtual dueño de tan hermosa criatura, sólo sentía inquietud. Ying-Chun no pudo explicar las causas de su desazón hasta el día en que se le ocurrió comparar unas fotos de Rosa tomadas en el pasado y otras recientes. Sólo entonces notó que la tímida sonrisa que tanto lo había cautivado desde el comienzo de su idilio había sido reemplazada por otra, igual de encantadora por cierto, pero ya sin el asomo de candor que la había caracterizado. Era una sonrisa deslumbrante, propia de una mujer hecha y derecha, y no de una muchachita.

En noviembre Rosa le dijo que planeaba hacer un viaje a Canadá, en uso de un pasaje que la Canadian Pacific le había regalado.

"Te traeré de regalo un oso polar cuando regrese," dijo gozosamente,para confortar a Ying-Chun. Su enamorado la miró sin mostrarse demasiado entusiasmado: Iba a replicar preguntando si en su recorrido pasaría por San Francisco, pero prefirió al final no hacerlo. Para qué si con seguridad iba a obtener una mentira de respuesta?

La noche en que Rosa partió en el avión de la Canadian Pacific Ying-Chun se quedó en el espigón del aeropuerto luego de que el avión había despegado y desaparecido en el firmamento. El viento soplaba fuerte y el espigón, excepto por él, estaba completamente desierto. Ying-Chun tenía la mirada puesta en el lugar donde el avión había desaparecido, convertido primero en un minúsculo punto y luego dejado de verse por completo. Ahí va, señor Chang, se dijo Ying-Chun, la linda novia que gracias a mis buenos oficios se ha conseguido. Curiosamente, aunque una sensación de pérdida le oprimía el pecho, Ying-Chun no se sentía tan desmoralizado como esperaba. Lamentaba que el romance se terminara al cabo de tantos años, pero se dio cuenta súbitamente de que ya no se hallaba tan enamorado de Rosa como había estado hasta meses atrás. Acaso no estaba enamorado siquiera del todo. Más que por otras razones, había amado a Rosa por su candor, que la hacía diferente de todas las demás muchachas. Pero el candor sólo es perdurable en los niños y en los tontos, y en escasos meses Rosa había madurado hasta comvertise en una mujer juiciosa y práctica, siguiendo el curso ineludible de toda chica normal.

En los cuatro años pasados, Ying-Chun había estado viviendo simplemente una ilusión.

Y Rosa no volvió. Era una mujer hecha y derecha, y las mujeres hechas y derechas saben escoger lo que más les conviene.