EL DISCURSO
UNA TARDE de fines de agosto de 196..., Chiang Kei-Man, trece
años, el alumno más brillante en las clases de chino de
toda la primaria del Sam Men
(y de hecho, de todo el colegio chino, pues por aquella época
éste
impartía solamente educación elemental), fue llamado al
despacho del
Jefe del Departamento de Chino, luego de haber terminado las clases del
día. El Jefe del Departamento, el señor Chen, un
cincuentón calvo y
bonachón de cachetes abultados y colorados, que había
sido su profesor
el año pasado, lo esperaba sonriente detrás de su
escritorio. El chico
entró al vetusto despacho algo incómodo, sin saber
qué era exactamente
lo que le aguardaba, aunque sin mostrar tampoco temor alguno, toda vez
que era consciente de ser el pupilo favorito y una especie de protégé
del señor Chen. "Chen sín-sán
", dijo respetuosamente, apenas traspuesto el umbral de la oficina. "
Quería usted hablar conmigo?".
"Oh, sí", se apresuró a decir el Jefe de Departamento.
Señaló con un grueso dedo la silla que había
delante de su escritorio. "Siéntate, Chiang Kei-Man, porque lo
que te voy a decir requiere algo de tiempo. No tienes prisas en volver
a casa, verdad?".
"No, sín-sán
", replicó el chico, acomodándose en la silla con gran
naturalidad.
El Jefe de Departamento estudió apreciativamente la figura y el
garbo
del chico sentado calmadamente delante suyo y secretamente se
congratuló por lo acertado de su elección. Chiang Kei-Man
era un chico
de regular contextura, frente despejada e inteligente, y mejillas
sonrosadas y saludables. Llevaba unos lentes que acentuaban aún
más su
singular aire de intelectualidad.
"Muy bien", comenzó el señor Chen. "El asunto por el cual
te he hecho venir aquí es el siguiente: necesitamos un orador
que represente al Colegio en las ceremonias a celebrarse el día
diez de octubre, nuestro aniversario patrio, en la Beneficencia. No un
orador adulto, sino uno escogido entre el alumnado; y mi
elección, así como la de los demás profesores de
chino, ha sido tú. Te hemos elegido porque has demostrado tener
una excelente aptitud para memorizar largas lecciones de chino, y
porque tenemos la certeza de que tienes el aplomo requerido para
enfrentarte a un público de unas dos mil o más almas...
No tendrás miedo en hablar en público, verdad?".
El chico titubeó unas fracciones de segundo antes de contestar,
"No lo sé. Nunca lo he hecho antes. Tendré que improvisar
el discurso?".
"Si eso es lo que te preocupa, no", contestó el Jefe de
Departamento, no sin cierto orgullo. "Para este evento yo me he hecho
cargo personalmente de escribir el texto del discurso. Tú no
tienes más que memorizarlo y recitarlo, pero con el
énfasis y el sentimiento apropiados, por supuesto. Para un chico
tan inteligente como tú, eso debe ser como voltear la palma de
una mano".
El señor Chen extrajo de uno de los cajones de su escritorio
unas hojas
de papel - unas diez, por lo menos- en las que se podía
distinguir su
letra clara y cuidada, escrita en tinta china. Las puntuaciones estaban
hechas con tinta roja, en forma de grandes círculos. Algunas
líneas
estaban también subrayadas o doblemente subrayadas con el mismo
tipo de
tinta. El señor Chen dijo, para tranquilizar al muchacho, que se
había
alarmado por la extensión del discurso, "Tenemos algo como un
mes y
medio para ensayarlo, el tiempo suficiente. Comenzarás
memorizando una
página al día. Eso quiere decir que en menos de dos
semanas habrás
terminado de memorizar todo el discurso. Durante aquel lapso te
eximirás de las tareas escolares y de los pasos. De todos ellos,
sin
excepción. Ya he hablado personalmente con tus profesores al
respecto,
tanto los de chino como los de castellano. Después de tener
memorizado
el discurso comenzaremos el verdadero trabajo, que consiste en corregir
y perfeccionar tu dicción. Tendrás que quedarte una hora
más al término
de las clases; Tienes algún inconveniente que te impida
hacerlo?".
"Ninguno, sín-sán
", respondió obedientemente el chico. "Siempre y cuando mi padre
me dé su aprobación".
Una sonrisa amplia y confiada apareció en el rostro colorado del
Jefe de Departamento. "No creo que tu padre vaya a negarte el permiso",
dijo. "Después de todo, ésta es una tarea
patriótica y tu padre es, a no dudarlo, un patriota como todos
nosotros, no es cierto?".
"Sin duda alguna", dijo el chico.
"Bueno", dijo satisfecho el señor Chen, dando por terminada la
conversación. "Eso es todo. Comenzaremos mañana".
El chico se levantó para despedirse, pero el Jefe de
Departamento, que
se había acordado de repente de algo importante, le hizo un
gesto para
que volviera a sentarse. "Siéntate, Chiang Kei-Man". Se
rascó la calva.
Durante unos minutos ponderó si sería oportuno hablar
ahora de la
recompensa. El chico debía cumplir con su patriótico
deber sin esperar
recompensa alguna, pero si había una de por medio, no era malo
tampoco
que se lo dijese ahora. Después de todo, podría servir de
aliciente
para que no se sintiera abrumado por las tareas arduas de los
días
siguientes. "Vamos a recompensarte por tus sacrificios", dijo en tono
afectuoso. Y explicó en qué consistía esa
recompensa, "Después del
discurso, irás como invitado especial al banquete que la
Beneficencia
dará la misma noche. Te aseguro que vas a comer esa noche como
nunca lo
has hecho antes en tu vida".
Chiang Kei-Man se puso en pie de nuevo.
"Llévate ahora el discurso y trata de echarle un vistazo", dijo
el señor Chen, alcanzándole el texto. "Quiero que me des
mañana tu opinión sobre él".
El chico puso ciudadosamente el discurso dentro de su pesada maleta de
cuero, que contenía los textos y los cuadernos de por lo menos
trece
diferentes cursos, y se despidió respectuosamente. Salió
del despacho
del Jefe del Departamento de Chino, cruzó el patio central,
ahora
vacío, silencioso y gris como el resto del local, y salió
a la calle.
Sólo cuando estuvo fuera del Colegio sintió en toda su
magnitud el peso
abrumador de la tarea que le habían encomendado. El aspecto
desolado y
lúgubre del atardecer, que le dio la bienvenida afuera, lo
deprimió aún
más. Se encaminó hacia el paradero de su carro
arrastrando
prácticamente los pies, como si aquel peso y la masa de aquellas
nubes
grisáceas que colgaban sobre su cabeza lo estuviesen aplastando
contra
el mismo pavimento.
EL SEÑOR CHEN había sido maestro por más de veinte
años. Aunque su
puesto nominal era solamente el de Jefe del Departamento de Chino, era
en realidad, por sus relaciones directas con los miembros del
Directorio, el mandamás del Colegio. La directora oficialmente
nominada, una señora de ascendencia italiana que gustaba de
teñirse el
pelo de rubio, ejercía una función puramente figurativa.
El señor Chen
era también el que organizaba, todos los años, las
actuaciones del
alumnado en las celebraciones principales de la Colonia, tales como el
Día del Doble Diez y el Día de la Juventud. En todas
aquellas
actuaciones el señor Chen incluía infaliblemente un
discurso en chino a
cargo de un alumno. Por discreción, el Jefe del Departamento
Chino no
participaba nunca personalmente en las actuaciones, sino que se
valía
del discurso para hacerlo, razón por la cual éste
tenía un significado
especialísimo para él.
El señor Chen era además un maestro, sin ser
extraordinario, muy
competente. Conocía a fondo los clásicos como muy pocos;
y hablaba
tanto el mandarín como el cantonés. Las lecciones de
chino las
impartía, con muy buen criterio práctico, en el dialecto,
sabiendo que
nadie, o casi nadie de la Colonia se interesaba por el mandarín.
Ejercía una disciplina casi espartana dentro de los
límites del
Colegio. Los castigos, cuando necesarios, eran severos pero siempre
justos; y jamás se olvidaba de premiar a los alumnos más
destacados y
ejemplares al término de cada año escolar. En resumidas
cuentas, el
señor Chen era una persona de gran simpatía y un
respetado mentor. Sólo
una cosa venía a empañar ( o a acrecentar?) su
reputación: el señor
Chen era un anticomunista intransigente. El señor no
podía referirse a
los gobernantes de Pekín por otros nombres que no fueran
"bandidos
comunistas" o "usurpadores"; y cuando se refería al comunismo en
general utilizaba invariablemente el término "azote rojo". Los
discursos que escribía estaban plagados de tales expresiones, y
de una
u otra forma eran siempre ataques virulentos contra el comunismo,
contra las naciones que habían escogido esa alternativa
ideológica, y
contra sus seguidores y simpatizantes. Y de esa índole eran
precisamente todos los discursos que se pronunciaban en las
celebraciones del Día del Doble Diez, por intermedio de los
alumnos
escogidos por él. Venidos de los labios de un adolescente
-muchas veces
ni siquiera un adolescente, sino un niño-, esos discursos
solían
producir un efecto extravagante. Tal efecto era acrecentado aún
más por
los gestos y ademanes grandilocuentes que el alumno encargado de hacer
el discurso imprimía a sus palabras, y que el mismo señor
Chen se había
encargado de enseñárselos.
Durante todo el mes de setiembre y la primera semana de octubre, Chiang
Kei-Man se quedaba todas las tardes, después de terminadas las
clases, para recibir instrucciones de dicción del Jefe del
Departamento de Chino y para practicar otros recursos de oratoria que
éste le impartía pacientemente. Chiang Kei-Man
demostró que por algo era el alumno más brillante de todo
el Sam Men: logró memorizar el extenso texto del discurso en
menos de dos semanas. Al principio, recitaba el discurso por partes,
mientras el señor Chen le indicaba en qué palabra o frase
debía poner más énfasis y en qué otra
debía bajar la voz hasta adquirir el tono apropiado. Pero ya a
fines de setiembre el chico podía recitar el discurso entero de
un solo tirón, con la entonación adecuada y
acompañando las palabras con sus correspondientes gestos o
movimientos de manos. Para principios de octubre, el señor Chen
pudo ya dedicarse por completo a los detalles menores, de
carácter complementario. Días antes del gran
acontecimiento, el señor Chen era el hombre más
orgulloso, si no de toda Lima, al menos de toda la Colonia China de
Lima: acababa de hacer un ensayo final en el local de la misma
Beneficencia, y el chico se había comportado con asombrosa
perfección y soltura. Al concluir el ensayo, dándose
cuenta de que el chico se había quedado un poco ronco, el
señor Chen le dio con la palma unos suaves golpes en la espalda
y le aconsejó tomar diariamente un huevo crudo. "Eso te
mantendrá la garganta fresca y fuerte", dijo en tono
cariñoso y jovial.
EL DIA del doble Diez -el día diez de octubre-, el Barrio Chino
amaneció con banderas chinas y peruanas ondeando en las astas de
los negocios. Las banderas chinas eran de color rojo, con un recuadro
azul en la esquina de la parte izquierda superior. Dentro del recuadro
había un sol blanco de doce puntas: el escudo oficial del
Kuomintang.
Las celebraciones en la Beneficencia había sido programadas para
las
tres y media de la tarde. A las dos y media, sin embargo, en el local
del Colegio, los alumnos que tenían alguna participación
en ellas
habían empezado ya a ultimar febrilmente los detalles. Las
chicas que
debían integrar la Danza de los Abanícos estaban ya
correctamente
maquilladas y peinadas. Sólo les faltaba ponerse los largos
trajes de
colores llamativos, confeccionados hacía muchos años, y
que habían
servido antes a varias promociones para la interpretación del
mismo
número. En el patio del Colegio, que era a la vez el de la
imprenta y
redacción del Man Shing Po
, el periódico chino, el profesor de música daba las
últimas
indicaciones al Coro, compuesto en su mayoría por
párvulos de los
primeros grados. Y en medio de este remolino de alumnos y profesores se
paseaba el jefe del Departamento de Chino, apremiando a unos y otros.
Miraba de rato en rato la entrada del local, esperando que Chiang
Kei-Man, quien debía ser el primero, de entre todos los alumnos,
en
intervenir en los actos, hiciera su aparición por ella. A medida
que
transcurría el tiempo empezó a inquietarse y, al llegar
la hora en que
los alumnos debían partir hacia la Beneficencia y no
aparecía por
ningún lado el chico, decidió llamar por teléfono
a su casa. Buscó al
señor Yep, el profesor de Chiang Kei-Man, y le preguntó
si conocía el
número de teléfono de su pupilo. El profesor Yep
buscó en su libreta de
direcciones y números telefónicos, pero no
encontró el número que le
interesaba. "Me parece que los Chiang viven en La Punta y no tienen
teléfono". Añadió inmediatamente, "Pero Chiang
Kei-Man siempre ha sido
un alumno responsable. No creo que vaya a faltar en una ocasión
tan
importante como ésta".
"No lo creo tampoco", replicó el señor Chen, "salvo,
desde luego, que le haya ocurrido algún accidente. Probablemente
se ha ido de frente a la Beneficencia". Pero el tono de voz del
señor Chen carecía de convicción.
La delegación del colegio partió hacia la Beneficencia,
que estaba a
escasos metros de aquel, unos quince minutos antes de que el presidente
de la Beneficencia diera por inauguradas las celebraciones. Luego de
entonados los Himnos Nacionales, el presidente, un hombre corpulento
que había permanecido en el puesto por más de diez
años, empezó a leer
un largo discurso ante un público que llenaba todo el
salón principal,
charlando todavía en voz audible y saludándose
mutuamente, sin
prestarle mayor atención.
Chiang Kei-Man seguía sin aparecer.
Cuando le tocó el turno al Embajador de dirigirse a los
asistentes, el
señor Chen se hallaba en un estado de franca
desesperación, ya que el
siguiente en hablar sería Chiang Kei-Man; y a juzgar por la
expresión
indulgente pero aburrida del público, que no entendía ni
una palabra de
lo que decía el representante de su Gobierno, quien hablaba en
mandarín, el señor Chen se dio cuenta de que su discurso
no tardaría en
terminar. Fue entonces cuando oyó a alguien llamarlo por su
nombre, "
El señor Chen Hua?" Se volvió prestamente, esperanzado,
hacía el lugar
de donde provenía la voz. Un hombre maduro y delgado se iba
acercando
hacia él, abriendo pasos dificultosamente entre la muchedumbre
que
estaba de pie en los pasillos. "Soy el padre de Chiang Kei-Man", dijo
el hombre, transpirando, en cuanto estuvo enfrente suyo. "Mi hijo no
podrá venir ahora: le ha dado diarrea y vómitos". Los
invitados
especiales que estaban sentados en la primera fila, al lado del Jefe
del Departamento de Chino, tuvieron por unos instantes la
impresión de
que éste se desmayaba. Por lo menos, vieron con claridad
diáfana cómo
la sangre desaparecía por completo de sus mejillas. Su cabeza
calva se
inclinó pesadamente hacia atrás y casi se dio contra la
colilla aún
encendida de alguien que fumaba en el asiento inmediatamente
detrás
suyo. El señor Chen tardó una eternidad en recuperar el
aliento, y
cuando finalmente lo hizo, tuvo el acierto de acercarse al maestro de
ceremonias y pedirle que cancelase el discurso a cargo del
representante del Colegio Chino.
LA MAÑANA de aquel mismo día, muy temprano, la madre de
Chiang Kei-Man
se despertó sobresaltada: desde la sala llegaba a sus
oídos los ruidos
producidos por alguien que buscaba frenéticamente algo entre los
cajones de la cómoda. La buena mujer se vistió y
salió a la sala para
averiguar la causa del escándalo. Encontró a su hijo
único, aún en
pijama, apilando uno por uno los frascos de medicamentos sobre el
mueble. " Qué es lo que quieres?" quiso saber la madre. El chico
ni
siquiera se volteó.
"Había ahí un frasco de aceite expelente de gas", dijo
sin dejar de manipular los frascos. " Dónde está?".
"Está en mi dormitorio. Para qué lo quieres?"
El chico se volvió hacia su madre e hizo una elocuente mueca.
"Me duele el estómago", dijo. "Debe ser por los huevos crudos
que tomé anoche. Me tomé dos porque quería tener
la voz en buenas condiciones para esta tarde".
El dolor de estómago del chico resultó ser algo
más que un simple
molestar pasajero. En toda la mañana Chiang Kei-Man no
cesó de entrar y
salir del baño, donde se encerraba cada vez por más
tiempo. Durante el
almuerzo apenas si comió, pues, según sostuvo, la comida
le daba
náuseas. Se le notaba preocupado por la posibilidad de no
cumplir con
su compromiso. "No sé qué haré", dijo visiblemente
afligido, "si
después del almuerzo no se me para la diarrea".
Y la diarrea no paró. Después del almuerzo, la
condición del muchacho, en lugar de mejorar parecía
todavía peor que antes. A las tres de la tarde el padre
decidió ir a la Beneficencia en busca del Jefe del Departamento
de Chino. El estado de salud del chico no permitía otra
elección.
LAS SEIS de la tarde. Chiang Kei-Man está acostado en su cama,
cubierto
de pies a cabeza por una pesada frazada. Su madre acaba de obligarle a
tomar un tazón lleno de un líquido oscuro. El brebaje era
amargo como
la misma hiel o incluso peor, pero ha conseguido lo que no pudieron los
medicamentos de la medicina occidental: detener la diarrea que lo ha
estado afectando. En efecto, el chico ha dejado de ir al baño
desde
hace una hora; ahora descansa tranquilo en su cama. Está algo
agotado,
no precisamente por las molestias que ha sufrido durante el día,
pues
en realidad no sufrió ninguna, sino por el enorme trabajo
histriónico
realizado, tan perfectamente llevado a cabo que en algunos momentos el
chico sintió verdaderos remordimientos, al ver cuán
realmente
preocupados estaban sus padres. Ahora que ha dejado de actuar, se
siente más aliviado. El dormitorio está en penumbra, pues
las cortinas
han sido corridas y el chico no se arriesga a encender la luz. Chiang
Kei-Man ha cerrado los ojos, tratando de imaginar cómo el
señor Chen
habría reaccionado al enterarse de su "indisposición" y
cómo se
comportaría con él en los días por venir. Revisa
por enésima vez su
coartada y se complace de no encontrar en ella ninguna falla,
ningún
punto inconsistente. Su padre mismo había ido a hablar con el
Jefe del
Departamento de Chino: nada pudo ser más convincente ni
más perfecto.
Siente algo de remordimiento al pensar en el señor Chen, que
siempre lo
ha tratado con aprecio y afecto. Pero la culpa no ha sido mía,
se dice
a sí mismo; después de todo, nunca me ha dado la
oportunidad de rehusar.
Nadie discute que el señor Chen sea una persona de amplios
conocimientos y gran inteligencia, pero en algunas cosas suele ser
bastante negligente. Al señor Chen, anticomunista recalcitrante,
jamás
se le ha ocurrido -siquiera remotamente- averiguar las inclinaciones
políticas de su alumno favorito. Tal vez lo consideraba
innecesario,
pues difícilmente puede concebir que otro miembro de la Colonia
pueda
tener ideas políticas distintas a las suyas, menos aún si
éste es
apenas un chiquillo. Si le hubieran dicho que Chiang Kei-Man era un
extremista precoz, un admirador incondicional de Mao Tse-Tung, y que
hubiera hecho cualquier cosa con tal de no hacerles un favor a los
Nacionalistas, como el pronunciar un virulento ataque a la
Revolución
China en el salón de actos de la Beneficencia, el señor
Chen
simplemente se habría negado a creerlo. Le hubiera parecido
absurdo.
Chiang Kei-Man se ha dormido. En sus sueños ve gigantescas
banderas rojas ondearse en el aire, agitadas por el gélido
viento que desde el norte de la Muralla llega hasta la Plaza Tien An
Men.
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