EL DETERIORO
I
DON "AUGUSTO" Lau, el enjuto tendero de la encomendería situada
en la esquina entre el jirón Ramsey y la calle Gamarra,
empezó a abrigar sospechas de que su hijo, un muchacho de
catorce años, le robaba en la tienda, cuando notó que los
volúmenes de libros que éste guardaba en su cuarto,
apilados cuidadosamente encima de una pequeña y vieja mesa que
le servía de escritorio, habían aumentado en forma
alarmante de número. "Hace cuatro meses, lo juro, tenía
menos de la mitad de estos libros", se dijo el viejo tendero. " De
dónde pudo haber sacado la plata para comprarlos, sino de mis
bolsillos? Porque acuñador de monedas él no es". Y
dándose cuenta por primera vez que no había forma de
saber con certeza cuánta plata le había sacado de la
tienda, porque, en primer lugar, no tenía ni jamás tuvo
una caja registradora -aunque algunos años atrás
había pensado comprar una de ocasión, cuando se remataron
todos los enseres del japonés Mishima- y, en segundo lugar,
porque nunca contaba los billetes sino hasta pocos minutos antes de
bajar la puerta metálica, generalmente a eso de las diez de la
noche, el corazón le dio un terrible vuelco. " Dios sabe
cuánta plata me habrá robado, este mal hijo!" se dijo
dolorido, y en seguida corrió hacia el cuarto del delincuente,
para hacer, ya no una somera inspección, como hiciera antes,
sino un cuidadoso registro policíaco.
El cuarto de Héctor, que así se llamaba el único
retoño del tendero, era una combinación de almacén
y dormitorio, donde un visitante difícilmente podía
discernir cuáles de los muebles y de las cajas o fardos
acumulados adentro servían estrictamente para propósitos
domésticos y cuáles otros tenían un
carácter puramente mercantil.
Encima de una de las desnudas paredes de la estancia, como para
aligerar en algo el opresivo aire de alhóndiga del ambiente,
Héctor había colgado un retrato de Shelley, recortado de
alguna revista, y unas acuarelas pintadas por él mismo.
Para tranquilidad del viejo tendero -si es que puede hablarse de
tranquilidad, sabiendo que a uno se le acaba de robar-, el registro no
le deparó descubrimientos más desagradables: no hubo
otros signos de
derroche hecho a expensas de sus bolsillos, no hubo más libros,
no hubo
tampoco dinero escondido, aunque de esto no podía estar cien por
cien
seguro, ya que un billete de quinientos soles podía estar
escondido lo
mismo en la gaveta de una mesa como entre las páginas de un
libro o de
una revista. Y, ciertamente, no iba a revisar cada libro y cada revista
que encontraba en el cuarto del chico.
Aquella noche, el tendero, que normalmente dormía bastante bien,
salvo las ocasiones en que regresaba de algún banquete, cuando
había comido platos demasiado sazonados o demasiado picantes, no
pudo pegar los ojos hasta muy de tarde.
Echado al lado de su esposa, una mujer anémica y propensa a la
histeria, a quien no le había dicho todavía una sola
palabra acerca de
lo que le preocupaba, rememoró con gran inquietud ciertos casos
ingratos de descendientes de chinos que habían hecho "perder la
cara" a
sus padres: tusans que, como el hijo menor del doctor
Pun, el herbolario, habían vaciado la caja fuerte de sus padres
por la noche, para dedicarse luego a una vida de disipación; o
como los hermanos Li, que se dedicaron por un buen tiempo a extorsionar
a los comerciantes del Barrio Chino. Si bien el caso de Héctor
era diferente, simplemente porque no era tusan -don
Augusto tenía serios prejuicios contra los hijos de chinos
nacidos en el Perú, a quienes consideraba más propensos a
las costumbres "libertinas", a los vicios y otros hábitos
indeseables que aquéllos nacidos en el continente
asiático-, estos recuerdos no dejaban de pesar sobre su
ánimo como un mal presagio de que algo peor pudiera aún
estar en acecho. Por otro lado, en cambio, se sorprendió al
advertir que no se hallaba realmente furioso -no en la medida que
debiera- con aquel mal hijo suyo.
Poco antes de que el sueño lo venciera finalmente, el tendero
decidió que debía sostener una conversación con su
hijo a la mañana siguiente, tempranito.
HECTOR, el hijo de don Augusto, no se llamaba en realidad así.
Habiendo
nacido en el extremo sur de China Continental, en una pequeña
aldea de
campesinos, tenía uno de esos nombres que, traducidos al
castellano por
algún funcionario menor de la Gobernación de Hong Kong,
con seguridad
un cantonés, suenan horriblemente a golpes de metal. Era un
chico
pálido, tan delgado como su padre, que hablaba poco y
comía todavía
menos. Durante cuatro años, luego de su arribo a Lima, el
muchacho, que
no hablaba entonces una sola palabra de castellano, había
asistido al
antiguo colegio chino que funcionaba en el jirón Junín.
El colegio
compartía entonces el local con la imprenta y la
redacción de uno de
los diarios de la Colonia, y estaba literalmente rodeado por casas
funerarias y de marmolería. Héctor fue colocado en una
sección
especial, junto con otros chinos también recién llegados,
que luego
fueron retirándose paulatinamente a medida que aprendían
algunas
expresiones elementales de la lengua que se habla en esta nueva tierra.
El profesor de la Special Sectión, un recién graduado de
la Facultad de
Idiomas Extranjeras de la Universidad de Taipei, que no se sabe
cómo
vino a parar a esta vieja casona que era el colegio, fue el que tuvo la
idea huachafa de bautizar a todos los chicos con un nombre
español. Al
hijo del tendero le tocó, por desgracia, el nombre de
"Héctor", que ni
don Augusto ni su mujer llegaron a pronunciar decentemente.
El colegio se mudó de su tétrico local cuando
Héctor iba por el quinto año de primaria. Al año
siguiente, el tendero, que acababa de despedir al único
dependiente de la tienda, un chico alto que había tenido dos
ataques de paresia como secuela de una vieja sífilis,
decidió que el muchacho había recibido toda la
educación que necesitaba. "Sabe mil veces más
español que yo", explicó el tendero a su mujer, que en un
principio se opuso; "y yo no he necesitado sino conocer tres o cuatro
palabras para llegar a poner este tienda". Don Augusto había
desembarcado una mañana de agosto en El Callao, hacía
unos treinta años, sin más equipaje que una vieja maleta
de cuero y veinte dólares en los bolsillos, estos últimos
el producto de la venta de un pedazo de tierra de cultivo y el ahorro
de varios años de duro trabajo en una tabaquería de
Cantón. Durante los catorce años que siguieron don
Augusto comió y vivió frugalmente, recibió callado
todas las humillaciones que sus empleadores le dispensaban y se abstuvo
de jugar mah-jong
, su principal vicio, hasta que el viejo Chou le traspasó la
tienda.
Dos años más tarde el nuevo tendero volvió a su
tierra natal, buscó a
la casamentera más hábil de los alrededores y contrajo
matrimonio sin
perder tiempo. La luna de miel duró escasos meses. Preocupado
por la
marcha del negocio, que había dejado entonces en las manos de un
asociado suyo, don Augusto regresó el mismo año a Lima a
toda prisa,
pero tomando la precaución de embarazar previamente a su joven
mujer.
No la volvería a ver, ni a su vástago, sino nueve
años más tarde.
* * * * * * *
Héctor, que cumplió trece años poco antes de que
el dependiente tuviera su segundo ataque de paresia, y que por entonces
ya era un lector ávido, no volvió al colegio el
otoño siguiente.
EL VIEJO tendero había planeado dar una reprimenda severa y
ejemplar al descarriado de su hijo. Sus primeras reacciones al
descubrimiento de la sustracción del dinero habían sido
de dolor y desconsuelo, más que de enfado. No entraba, en
consecuencia, en sus planes el armar una pelotera en torno al asunto.
Cuál no fue su sorpresa entonces cuando, a la mañana
siguiente, se halló a sí mismo vociferando y gesticulando
con una ira incontrolable, que lo hacía temblar convulsamente de
pies a cabeza.
" Jaum-cá-chang
! Cháo-cán
!" repetía una y otra vez don Augusto, su voz in crescendo y la
expresión de su rostro cada vez más amenazante, mientras
el chico, de
pie delante suyo e incapaz de sostenerle la mirada, era presa del
pánico. La cobardía del chico no hizo más que
espolear aún más la furia
desatada de su padre, que empezó a ofuscarse y amenazaba
seriamente con
pasar de las palabras a los hechos.
Mientras tanto, por la puerta que comunicaba la tienda con la
trastienda, donde tenía lugar la escena, la madre había
hecho su
aparición con el guardapolvo blanco ya puesto y en una de las
manos la
vara metálica que servía para levantar la puerta de
malla. Miró a ambos
con ojos de vaca, embotados y a la vez asustados.
En cuanto se percató de su presencia don Augusto se
volvió hacia ella. " Vaya un buen hijo el que me has dado
tú!" le gritó desde lejos." Un buen haragán y
ladronzuelo ha resultado ser el pillo! Dios sabe cuánta plata me
habrá sacado de los bolsillos durante el tiempo que hemos estado
tú y yo pudriéndonos en esta tienducha! Sólo Dios
sabe!... Y vaya a ver en qué ha gastado ese dinero! Pues en
libros!... Vaya uno a creer: en libros! Con libros quiere llegar a ser
millonario este jaum-cá-chang
! Con libros piensa hacerse fortuna! Has oído alguna vez algo
más
absurdo?", y añadió a todo pulmón,
refiriéndose a los antiguos tiempos
en que los más altos puestos oficiales y los más altos
honores en China
eran alcanzados a través de un sistema de exámenes sobre
los Libros
Clásicos; y mientras el chico, aprovechando su momentánea
distracción,
se escapaba: "Pues bien, por si no lo sabe aún: la época
de oro de los
letrados terminó hace dos siglos!.
A PARTIR de aquella memorable mañana el tendero empezó a
vigilar mejor su dinero. Se cuidó en adelante de contar y
guardar los billetes de mayor denominación a cada cierto tiempo,
y no esperar a contarlos recién al término de la jornada
de trabajo. Una rutina fue establecida entre él y su mujer, de
tal forma que Héctor no podía permanecer en ningún
momento solo en la tienda, sin que alguno de ellos tuviese siempre un
ojo vigilante encima de él.
Una o dos veces a la semana don Augusto entraba al cuarto del muchacho
y efectuaba una concienzuda inspección: echaba un vistazo
alrededor, metía las narices entre las cosas del chico, se
cercioraba de que nada estuviera fuera de su lugar.
Héctor continuó recibiendo su mezquina propina el
último domingo de cada mes. Gastaba el dinero casi
íntegramente yendo al cine, los jueves por la tarde, que era su
día libre solitario como un perro sin dueño.
II
DON AUGUSTO, a pesar de su edad -había cumplido cincuenta y
cinco años-
y de su esmirriada constitución, gozaba de una relativa buena
salud.
Entre los chinos existe la creencia general de que la delgadez, no
obstante sus desventajas inherentes como la poca prestancia
física y la
escasa fuerza muscular, es más bien un signo de salud y un
augurio de
longevidad. Lo primero era bastante cierto en el caso particular de don
Augusto, quien rara vez se enfermaba, aun cuando tenía el mal
hábito de
fumar cajetilla tras cajetilla de cigarrillos negros. Mietras la
mayoría de las personas que alcanzan su edad padecen de
presión alta y
de problemas al corazón, el tendero vivía sin someterse a
ningún
régimen especial de sal o de comida. Don Augusto era consciente
de su
buena salud y solía jactarse de ella ante su esposa, quien
sufría
anemia crónica, y ante su hijo, que parecía haber
heredado la
constitución enfermiza de la madre. Confiado así de la
fortaleza de su
estado físico, don Augusto no prestó la adecuada
atención a los
primeros síntomas de una hepatitis aguda que se presentó
en los
primeros días de noviembre. Cuando al fin se dio cuenta de que
estaba
seriamente enfermo, ya le era inposible levantarse de la cama sin que
el hígado le doliera en forma insorportable. Tuvo que guardar
cama con
renuencia, soportar una dieta de carne sancochada y exenta de aceite, y
dejar que "Rosa", su mujer, se hiciera cargo de la tienda.
La enfermedad mantuvo en cama al tendero por más de dos meses.
Cada
movimiento que hacía, incluso el bajar los dos peldaños
que separaban
la parte delantera de la trastienda de la parte posterior, donde estaba
ubicado el baño, le producía invariablemente un dolor
punzante al
hígado, que se había hinchado a tal punto que
parecía ocupar todo el
espacio interior del abdomen. Por primera vez en su vida don Augusto
tuvo miedo de morir y, aunque el médico que lo atendió
durante aquel
lapso jamás habló de la seriedad de la infección,
sus indicaciones
fueron obedecidas al pie de la letra por el viejo tendero, que no
tardó
luego en acostumbrarse al ritmo lento y monótono de la
convalecencia.
Permanecía prácticamente recluido en su cuarto, en parte
porque no
podía dar demasiados pasos, y en parte porque temía ser
visto con el
terrible aspecto que tenía, consumido como un trozo de
leña y
amarillento hasta el blanco de los ojos a causa de la ictericia.
Cuando el tendero pudo por fin levantarse de la cama y salir a echar un
vistazo al negocio, habían pasado ya las fiestas de la Navidad y
del Año Nuevo, y se aproximaban las de los Carnavales. La tienda
parecía haber cambiado durante su reclusión. Un elemento
nuevo parecía haberse introducido en el ambiente de
abigarramiento y mezquindad tan familiar y al mismo tiempo tan querido
por él. Era a mediados de enero y el calor se hacía
sentir en forma agobiante. El nuevo dependiente, que su mujer se
había visto en la necesidad de contratar, cuando se hizo
evidente que la convalecencia de don Augusto no iba a ser cosa de una
semana sino de meses, era un joven chino que había llegado a
Lima hacía poco tiempo, un sén-hak
. A los sén-haks se les pagaba con poco menos que
el sueldo mínimo fijado por la ley, cosa que los mismos sén-háks
no prestaban demasiada importancia, ya que a la mayoría de ellos
les interesaban más aprender el oficio, el vocabulario necesario
en la atención al público, que chapuceaban como mejor
podían, y experimentar lo que es ser dependiente de alguien
fuera del círculo familiar. Al cabo de un año o dos de
este tipo de aprendizaje, los sén-háks
renunciaban a su trabajo, conseguían algún
préstamo de sus familiares y empezaban un negocio por su propia
cuenta o en asociación con otros sén-háks
, cuando el préstamo por sí sólo no alcanzaba a
cubrir todo el capital.
El nuevo dependiente, un hombre de unos treinta años, que
hacía vanos
esfuerzos por esconder una calva prematura mediante una peculiar forma
de peinar el cabello y pegarlo con gomina en los lugares donde
escaseaba, estaba acodado sobre uno de los mostradores, mientras
charlaba ociosamente con Héctor. Este se hallaba al lado suyo,
muy
erguido y con las manos en las espaldas.
Don Augusto no había visto a su hijo durante el tiempo de su
forzada reclusión sino en cinco o seis ocasiones, y aun durante
aquellas cinco o seis ocasiones, absorto como estaba en su propia
dolencia y preocupado ante la perspectiva de morirse, lo veía
sin verlo realmente. Ahora lo veía con la perspicacia agudizada
de un pintor que, luego de permanecer demasiado tiempo a corta
distancia del cuadro que ha estado pintando, da algunos pasos
atrás y contempla de nuevo su obra. Y le sorprendió
grandemente el cambio que se había operado en el chico.
El rostro de Héctor solía tener una flaccidez y una
lechosidad que eran
obviamente el calco de las facciones pasivas e insulsas de su madre.
Cuando el muchacho asumía una actitud melancólica y
autocompasiva,
aquella flaccidez y aquella lechosidad se tornaban casi repulsivas, y
en lugar de despertar la compasión o la indulgencia de su padre
causaban en éste más bien un efecto contrario. Le
irritaban y lo
impulsaban a comportarse casi con crueldad, de la misma forma que los
perros que esconden mucho la cola entre las patas suelen invitarnos a
tratarlos en forma poco menos que despiadada. Los ojos eran la parte
más hermosa de aquel rostro. Reflejaban sensibilidad y capacidad
a una
ternura profunda, pero eran sombríos y no vivaces. Ahora todo
esto
había cambiado: el rostro, los ojos. De haberlo visto con mayor
continuidad, el tendero probablemente no hubiera advertido jamás
el
cambio operado, que debió haberse producido gradualmente, pero
ahora,
el haberse recluido por más de dos meses le había dado
una perspectiva
de visión más amplia y más objetiva.
El rostro de Héctor, tan pálido como siempre,
parecía ahora más enjuto y atenazado, como si la piel
hubiera sido estirada en una operación de cirugía
estética para borrar arrugas. Las comisuras de los labios
habían adquirido una nueva configuración, de
líneas firmes, y una expresión que el tendero no
alcanzó a definir. Era una expresión impropia de un chico
de la edad de Héctor. Era la expresión de alguien que
había pasado por una serie interminable de experiencias amargas,
y a quien ya no le importaba en lo mínimo pasar de nuevo por
más de ellas. Pero el cambio más notorio se había
operado sin duda alguna en aquellos ojos otrara lánguidos.
Mientras escuchaba distraídamente al sén-hák
, Héctor había posado sus ojos sobre los de su
interlocutor, y en ningún momento parpadeó. Su mirar era
intenso y fijo, de alguien que conoce sus propias debilidades y sus
propias fuerzas, y está determinado a superarlas o a hacer buen
uso de ellas.
DON AUGUSTO se recuperaba lentamente y, a medida que se integraba
gradualmente a las rutinas de la tienda, empezó a acariciar la
idea de despedir al sén-hák
. La tienda no necesitaba de más de tres pares de manos, se dijo
don Augusto, y esas tres pares de mano eran Héctor, la madre de
éste y él mismo. Un par de manos extras no sólo
significan para él un desembolso adicional de dinero:
podrían tener otro efecto mucho más negativo, como el
alentar -en forma indirecta, claro está- el hábito de la
ociosidad en el muchacho. Y ya el comportamiento actual de
Héctor había empezado a disgustar y perturbarle
enormemente. En las últimas semanas, el chico se había
vuelto irritable e insolente. Durante el almuerzo, cierto día,
el tendero dio casualmente un puntapié al chico, que estaba
sentado enfrente suyo, comiendo en silencio. Héctor
levantó inmediatamente el rostro, rojo de ira, y lo
fulminó con una mirada tan intensa que por una fracción
de segundo el padre pensó que le iba a devolver el
puntapié. Aunque esto no llegó a concretarse, pues el
chico se dominó de inmediato y volvió a su actitud
anterior, la reacción primero y luego la extraordinaria muestra
de control sobre sí mismo de la que hizo gala Héctor
pertubaron profundamente a don Augusto.
El sén-hák se quedó, a pesar de todo, luego de que
el tendero tuviera dos ligeras y breves recaídas, que no
revistieron gravedad, pero que en cambio hicieron ver a don Augusto que
ya no volvería a ser jamás el mismo hombre saludable que
era antes. Con la incorporación definitiva del nuevo dependiente
a las rutinas diarias de la tienda, la vida de don Augusto
empezó a tornarse más holgada. Empezó a salir
más a menudo, a frecuentar con mayor asiduidad el Kou Sen
, el mejor salón de té de la Colonia, y a jugar mah-jong
más seguidamente con sus amigos y sus viejos "compañeros
de barco", con quienes había desembarcado al mismo tiempo en los
muelles del Callao, allá por la época del dictador
Leguía.
Pero esta vida más ociosa no le era enteramente grata a don
Augusto. Ahora que disponía de más tiempo, podía
fijarse en cosas y detalles que de otro modo hubieran pasado
inadvertidos para él, ya que entonces estaría demasiado
sumido en las preocupaciones y los trajines propios del negocio. Las
cosas que empezó a advertir y comprender con una visión
más cabal ahora eran de una índole desagradable, si bien
el tendero no se dio cuenta de su naturaleza exacta sino hasta la noche
en que tuvo aquella horrible pesadilla.
Soñó que estaba tirado, inerte, en el suelo de una calle,
plaza o algún
otro lugar público, porque a su derredor se había reunido
un montón de
curiosos, que lo miraban desde arriba, sus cabezas formando varios
círculos concéntricos que prácticamente
impedían ver el espacio abierto
que estaba encima suyo. Los rostros, cuyos contornos era difícil
de
discernir, no mostraban expresión alguna, y era una multitud
extrañamente silenciosa y sombría, "Debo haber sufrido un
ataque al
corazón o algo por el estilo", se dijo en sueño el
tendero, mientras lo
enbargaba una creciente angustia. Nunca antes había sufrido un
ataque
al corazón, ignoraba incluso cómo era, pero había
oído hablar de lo
inesperado y súbito que suele producirse y siempre le
había tenido
cierta aprensión. El cáncer es mucho más temible
que un ataque
cardíaco, pero el primero siempre da a su víctima un
lapso de tiempo
para que se acostumbre a la idea de morirse, mientras que un ataque al
corazón coloca al infortunado en el umbral mismo de la muerte
sin el
menor aviso, sin la mínima preparación. Cuando se
reflexiona sobre ello
con el pleno uso de nuestras facultades mentales, o inclusive
sólo en
un estado de semi-conciencia -que es en que se hallaba don Augusto en
estos precisos instantes-, la perspectiva de sufrir un ataque
cardíaco,
o la idea de estar sufriéndole precisamente en ese momente,
puede
resultar indescriptiblemente aterradora. "Voy a morirme", se
decía con
desesperación el tendero, en sueños. " Es que no hay
nadie que pueda
llamar a un doctor?". Los contornos de los rostros que formaban
círculos concéntricos encima suyo habían empezado
a definirse, como si
se hubiera descorrido alguna cortina de niebla que había estado
interpuesta entre ellos y su visión; y entre aquellos rostros el
tendero reconoció las facciones atenazadas y enjutas de
Héctor, quien
lo miraba inpávido. Por unas fracciones de segundo una llamita
de
esperanza se avivó en el corazón de don Augusto, pero la
llamita se
apagó casi en seguida: la mirada del muchacho era fija e
intensa, y en
lo hondo de aquella mirada no había otra cosa sino rencor y
odio, por
largo tiempo acumulados, pero cuidadosamente disimulados hasta este
momento. " Ha estado todo el tiempo ahí, sin moverse", se dijo
don
Augusto, ahora francamente sobrecogido de pánico; "está
viéndome morir
y se alegra de ello". Trató de incorporarse de donde
yacía por sus
propios medios, quiso levantar su brazo derecho y golpear con la fuerza
que aún le quedaba el rostro de su hijo, que estaba inclinado
sobre su
cabeza, pero la visión onírica se desvaneció antes
de que su crispado
puño pudiera llegar a su destino.
En medio de la oscuridad, el tendero se halló de repente sentado
en su lecho, la camiseta empapada de sudor y un sabor amargo en la
boca, como aquel que suele dejar la lima. Un motor zumbaba ruidosamente
afuera, en la calle, transmitiendo sus vibraciones a las paredes del
cuarto. Probablemente era uno de esos pesados camiones de carga que
viajan entre Lima y las provincias, y que se había detenido
demasiado pegado a la acera, para permitir que alguno de sus ocupantes
pudiera bajarse a achicar.
"Debo haberme dormido con las manos puestas sobre el corazón",
se dijo el tendero, cuando los últimos vestigios de la pesadilla
se habían desvanecido, desplazados por la conciencia que
nuevamente tomaba plaza de la razón. "Cada vez que duermo con
las manos sobre el pecho me dan pesadillas... La última vez
también soñé que estaba muerto... que me
habían puesto dentro de un ataúd, inclusive". Pero
aquella vez era diferente: aquella vez la pesadilla no lo
aterró; sólo le dio un disgusto, sólo lo
incomodó.
Se acostó de nuevo , tendiéndose al lado de su mujer, y
trató de
dormir. Pero, o bien porque había dormido demasiado durante la
siesta
que siempre echaba después del almuerzo o bien porque
temía tener otra
pesadilla de ese tipo, su mente se resistió tercamente a
acogerse al
sueño. En lugar de ello, las imágenes de la pesadilla
volvieron a pasar
por su memoria, ahora despojadas de todo su simbolismo. Y a medida que
estas imágenes volvían a pasar como espectros por su
mente, resucitando
a su paso otros recuerdos, que había enterrado deliberadamente y
en
otros casos subconscientemente, una profunda melancolía
empezó a trepar
y enroscarse en lo más hondo de su ser, como una gigantesca boa,
expandiéndose a cada rato. Al cabo de unos pocos minutos la boa
había
crecido terriblemente, llenando todo, ocupando cada rincón, y en
el
corazón del viejo tendero no quedaron nada más que una
espantosa
congoja y una inmensa sensación de desamparo.
Rosa se despertó a medias poco después de la medianoche y
le pareció oír que su marido sollozaba en la oscuridad.
Probablemente tenía toda la razón de estar tan aflijido:
acababa de comprender que había perdido a su único hijo.
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