LA CONVERSION DE UEI-KUONG




QUINCE días antes del Año Nuevo, Uei-Kuong, el ex dependiente del Tío Keng, llegó, como lo hiciera todos los años desde hacía una década y algo más, a la tienda del anciano, para presentarle sus respetos. Era un pai-nin adelantado -el pai-nin se hace el mismo día del Año Nuevo o en los días posteriores-, no del todo en regla con las costumbres regulares del caso, pero al Tío Keng no le importaba en absoluto esta irregularidad insustancial, menos aun sabiendo que Uei-Kuong, que vivía en Chincha, no venía todos los días desde tan lejos con el solo y exclusivo propósito de visitarlo y presentarle sus saludos. Uei-Kuong aparcó su viejo camión, polvoriento por el trayecto transitado, frente a la tienda del Tío Keng y entró en ella arrastrando un enorme saco de yute repleto de hortizas, oliendo él mismo a polvo y a chacra. Las hortalizas, escogidas de entre las más frescas y las mejores de la cosecha que le daban las tierras que labraba en Chincha, era su presente de Año Nuevo. El Tío Keng había cedido el manejo de la tienda a su yerno varios años atrás y estaba virtualmente retirado, aunque solía aún, para matar el tiempo, salir a la tienda de vez en cuando y echar alguna mano. Vivía en el segundo piso pero pasaba la mayor parte del día en la trastienda, cuando no iba al Barrio Chino a pasearse. Había visto a Uei-Kuong cuando estacionaba el camión, de manera que cuando éste entró en la tienda el Tío Keng se había adelantado ya a su encuentro.

"Pasa, Uei-Kuong, pasa", dijo con no disimulado placer, como si fuera a un hijo a quien estuviese dando la bienvenida.

"Buenas tardes, Keng tai-súk ," dijo Uei-Kuong mientras trataba de introducir el enorme saco de hortalizas a través de la puertecilla del mostrador. Llevaba el pelo bastante corto, un corte que no había variado desde que el Tío Keng lo conociera, y se había puesto su mejor camisa. Excepto por las manchas de sudor que mostraba la camisa bajo las axilas, la fina capa de polvo en el cuero de los zapatos y el rostro trasnpirado, el aspecto de Uei-Kuong no presentaba mayores huellas del largo y agotador viaje.

El Tío Keng, tratando de ayudarlo, sostuvo abierta la puertecilla con su mano derecha, " Cómo están tu señora y los niños?" preguntó solícito.

"Están muy bien", dijo Uei-Kuong, sin levantar el rostro, aún ocupado con el saco de hortalizas. Su voz era fuerte, poderosa, casi atronadora: era la voz típica, si no obligada, de un hombre del campo. "Es muy amable de su parte."

Hablaban en cantonés, en voz alta y sin mostrar inhibición alguna frente a los numerosos parroquianos que había en la tienda en aquel momento. Estos últimos se habían quedado mirando boquiabiertos a Uei-Kuong. Uei-Kuong logró introducir finalmente el saco a través de la puertecilla del mostrador. Dejó entonces el bulto sobre el piso, extendió su callosa mano derecha al viejo y estrechó la suya afectuosamente. "Keng tai-súk," dijo sonriendo, feliz de haberlo vuelto a ver. "Usted no ha cambiado en nada. Por usted parece que no pasan los años."

El Tío Keng suspiró. "Qué va a ser,"dijo filosóficamente. "Si fuera efectivamente así mis viejos huesos no estarían sufriendo ahora de reumatismo. En cambio, tú sí tienes un magnífico semblante."

El aspecto de Uei-Kuong era por cierto envidiable: era corpulento como un toro, musculoso, ancho de espalda y lucía de pies a cabeza un saludable bronceado. El Tío Keng se percató de la forma cómo los parroquianos miraban asombrados a su ex dependiente y sonrió por sus adentros. Aquélla era una expresión que había visto en no pocos rostros cada vez que Uei-Kuong se expresaba en cantonés. Por lo general, los Kueis suelen mostrarse curiosos, si no burlones, cuando oyen hablar el cantonés o cualquier otro dialecto chino, pero jamás cuando lo hacía Uei-Kuong. Entonces sus reacciones eran de pura incredulidad y asombro, como lo fueron las reacciones del Tío Keng la primera vez que oyó hablar a Uei-Kuong. Aquello ocurrió veinte o más años atrás.



EL CAMBIO de avión fue en el aeropuerto de San Francisco y se llevó a cabo muy a despecho del Tío Keng, que volvía a Lima luego de un viaje de dos meses a Hong Kong y al continente. Había regresado allá para ver por última vez a su septuagenaria madre, en compañía de Ah-lang, su hija, que tenía entonces ocho años. El avión era un DC de modelo nuevo y tan confortable y seguro como el anterior, en el que había cubierto el trayecto de Hong Kong a San Francisco. el único inconveniente consistía en que el Tío Keng y Ah-lang eran los únicos pasajeros chinos que había en él. Este detalle era desconsolador, sobre todo teniendo como perspectiva el hecho de que aún les faltaban dos continentes enteros por cruzar. En cambio, en la nave anterior hubo al menos cuatro compatriotas suyos en el compartimiento de turismo. Aunque uno de estos pasajeros, una señora delgada que pasó todo el trayecto sujetando debajo de su mentón una bolsa de plástico para los vómitos, no tuvo siquiera la urbanidad - o tal vez el tiempo- de responder a un simple saludo suyo, el Tío Keng pudo disfrutar sin embargo de la oportunidad de alternar con los demás. Con ello el viaje se hizo menos aburrido y las paradas, pasadas en cordial camaradería, mucho más gratas. Ahora, rodeado por Kueis por todos los lados, el Tío Keng no tenía con quién conversar salvo atender y responder a las preguntas sosas que le hacía su hija. El Tío Keng había comprado en San Francisco un ejemplar de The Young China , un periódico editado en chino y trató de distraerse leyéndolo, pero abandonó la idea casi inmediatamente: nunca le había sido posible leer nada dentro de un medio de transporte en movimiento, menos aún tratándose de uno al que no estaba acostumbrado, como era un avión. Guardó de nuevo el periódico, cerró resignado los ojos y trató de dormitar; no esperaba obtener resultados muy halagüeños, sin embargo. El pasajero que se sentaba a su derecha, cerca al pasillo, se movió en su asiento y carraspeó algo. Al Tío Keng le pareció distinguir algunas palabras en cantonés dichas en una voz masculina. Desechó inmediata e instintivamente semejante idea descabellada y siguió con los ojos cerrados. Su hijita le tiró de la manga de su terno y dijo,"Ah-pá, el señor quiere hablar contigo." El Tío Keng abrió por fin los ojos y se irguió en su asiento. El pasajero de al lado lo estaba mirando y sonreía tímidamente. "Usted disculpe," dijo en perfecto y fluido cantonés, "pero, me podría prestar su periódico por un momento?" Por unos segundos el Tío Keng tuvo la sensación de que su oído le estaba jugando una mala pasada. " Pero si éste es un kuei !" se dijo asombrado, mirando sin pestañear el rostro oscuro de su interlocutor.

Y no había la menor duda al respecto: el desconocido no tenía ni un solo rasgo físico que recordara a un chino; ni los ojos, que eran hundidos; ni la piel, que era cobriza; ni la nariz, que era muy pronunciada. Era corpulento, de estatura probablemente mediana, y a pesar de estar metido en un traje nuevo y de moda tenía el aire franco, rudo, casi inconfundible de un hombre que no está acostumbrado a la vida de las ciudades.

La hijita del Tío Keng fue la que se recobró más rápidamente de la sorpresa inicial. " Usted habla cantonés?" preguntó con gran interés.

"No sólo lo hablo," dijo en respuesta el desconocido. "Yo mismo soy de Kuangtung."

" Es usted de Kuangtung?" dijo la hijita del Tío Keng, abriendo incrédula los ojos.

"Me llamo Lau Uei-Kuong," dijo el desconocido, introduciéndose. Seguía sonriendo tímidamente, algo incómodo por haber resultado ser objeto de tanto asombro.

Para entonces el Tío Keng había recuperado ya su ecuanimidad. Estrechó la mano que Uei-Kuong le ofrecía y se introdujo a su vez. "Usted no se parece en absoluto a un cantonés ni a ningún otro nativo chino," señaló luego. " Es usted tal vez un tusan ?"

Aun en el caso de que Uei-Kuong fuera un tusan , su total falta de rasgos orientales era realmente notable, ya que por regla general los tusans suelen heredar alguna que otra caraterística racial de su progenitor chino, cuando no lo son los dos de ellos.

Uei-Kuong movió la cabeza en señal negativo. "No soy un tusan , ni soy propiamente dicho un chino," respondió sin abandonar su tímida sonrisa. "Para ser exacto, soy lo que se llama un kuei , pero fui criado en el continente como un chino desde que tuviera memoria, y no sé hablar otra lengua ni comportarme de manera diferente a las de ustedes y de otros chinos."

Y lentamente, mientras el cuatrimotor atravesaba los bancos de nubes con aparente indolencia, sobrevolando el estado de California o tal vez los territorios de México, el Tío Keng fue enterándose de la vida poco usual de su compañero de al lado. Uei-Kuong se llamaba en realidad Manuel Lau Manrique, y era el sobrino de un inmigrante chino que estuvo casado con la hermana mayor de su madre, ambas nativas. Uei-Kuong jamás supo nada de su propio padre. Jamás le hablaron acerca de él, ni siquiera cuando tuvo la edad y la madurez suficiente como para escuchar y aceptar la revelación más dura y desagradable. Su madre murió a poco tiempo de su nacimiento y Uei-Kuong vivió, prácticamente desde el momento en que nació, bajo la tutela de su tío, quien le dio el apellido. El viejo Lau, su tío, un conmerciante que ya había amasado cierta pequeña fortuna y añoraba volver a su terruño para acabar allí apaciblemente los años que le restaban, vivía en una ciudad lejos de la capital. Un buen día el viejo Lau tomó a su sobrino de apenas dos años de edad en los brazos, cogió a sus dos hijos propios y se escabulló de la casa sin despedirse de su mujer. Se dirigió a la capital y ahí se embarcó en un vapor con rumbo a Japón. Luego de varios cambios de barcos y de trenes, el viejo Lau, acompañado por sus hijos menores y por su sobrino, volvió finalmente a Pun-yi, donde había visto por vez primera la luz de este mundo. En Pun-yi se reunió con su primera mujer, a la que siempre había considerado como la legítima, se hizo edificar una espaciosa casa y compró tierras para arrendárselas a los campesinos pobres. En algún momento de esta cobarde fuga, el viejo Lau puso a su sobrino el nombre de Uei-Kuong, y su verdadero nombre fue relegado al olvido.

En Pun-yi Uei-Kuong vivió y creció como cualquier niño chino del campo. A los cinco años fue puesto en una escuelita particular donde le hicieron aprender el Sam Chi Ken , un libro de palabras elementales agrupados en "versos" de tres idiogramas cada uno, y le enseñaron a escribir con pinceles. En otoño se iba a los cerros a volar cometas y en verano a nadar en los riachuelos. Se subía a los árboles para robarles los huevecillos a los pajaritos, cazaba a los grillos para enfrentarlos en duelos contra los de otros chicos, y de noche iba a los arrozales a atrapar luciérnagas. El viejo Lau había reservado una pequeña -pero la mejor- parte de sus tierras para labrarla él mismo; y Uei-Kuong, acompañando a sus primos, ayudaba de vez en cuando a plantar brotes y a acarrear el agua. Uei-Kuong hallaba en estas labores mayor placer y satisfacción que asistir a la escuela, y a medida que crecía iba más a menudo a los arrozales que a ella, hasta que finalmente dejó de ir por completo. El viejo Lau no sólo no riñó a su sobrino por eso, sino que aceptó su decisión casi con complacencia. "La época de oro de los letrados ha terminado hace tiempo," solía decir. "Ahora es la era de los militares y de los terratenientes. Y puesto que jamás aceptarían a Uei-Kuong en la Academia Militar de Wang-pu, lo mejor es que trate de ser un terrateniente rico. Cuando me muera le dejaré un pedazo de mis tierras," prometió.

Pero el viejo Lau jamás llegó a cumplir esa promesa: calunmiado por sus arrendatarios de terrateniente explotador y de haber cometido otras supuestas atrocidades, fue fusilado a comienzos del Primer Plan Quinquenal, luego de un proceso sumario. Sus tierras fueron confiscadas, sus hijos se desbandaron. Uei-Kuong logró escaparse a la colonia inglesa de Hong Kong. Tenía entonces veintidos años de edad y durante el tiempo que permaneció en la isla, vivió en las llamadas "tierras nuevas". Siete años más tarde, recurriendo a su nombre y a su nacionalidad originales, se embarcó en una nave de la Panagra rumbo a su país originario, para iniciar una vida nueva, pero a la vez llena de incertidumbre.

Cuando Uei-Kuong terminó su relato, el Tío Keng quiso saber a dónde se dirigía.

"Me voy al Perú," declaró Uei-Kuong. Y temiendo que su interlocutor no supiera de qué lugar se trataba, agregó a modo de explicación, "Es un país de Sudamérica."

" Qué feliz coincidencia!" exclamó el Tío Keng. "Es allá adonde nos vamos de regreso ahora. He estado viviendo en ese país desde hace más de veinte años."

Uei-Kuong lo miró gratamente sorprendido. Y su sorpresa, o más bien dicha, fue tan grande que sólo después de varios minutos logró articular algunas palabras para expresar la satisfacción que sentía por el hecho de que tuvieran el mismo punto de destino.



DESPUES de estrecharles la mano al yerno y a la hija del Tío Keng, Uei-Kuong siguió al viejo a la trastienda, dejando el saco de hortalizas afuera.

La trastienda tenía más bien el aspecto de un almacén. Excepto un espacio de tres metros de largo y dos de ancho, donde se habían colocado una sencilla mesa cubierta con un mantel a cuadros y algunas sillas, la trastienda había sido adaptada para servir de depósito para las mercancías de un negocio en creciente prosperidad. Sobre el mantel a cuadros azules había un termo, varias tacitas de porcelana para el té y una grabadora portátil que contenía grabaciones de algunas de las óperas cantonesas que tanto gustaban al anciano.

"Siéntate," le dijo el Tío Keng a Uei-Kuong, indicando una de las sillas. "Recuerda que ésta es como tu propia casa."

"Lo sé," dijo Uei-Kuong, sentándose con familiaridad sobre la silla, que estaba arrimada contra la pared. "Gracias."

El Tío Keng se sentó enfrente suyo. Tomó dos de las tacitas de porcelana, colocó una delante de Uei-Kuong y otra delante de sí mismo y extendió su mano derecha hacia el termo. " Una taza de té?" dijo.

"Gracias," volvió a decir Uei-Kuong. La necesitaba muy de veras: desde hacía más de tres horas no había tomado agua ni ningún otro líquido.

"Tengo té de jazmín arriba," señaló el Tío Keng mientras le servía el té, "pero creó que preferirás éste, que es más fuerte.



VARIAS semanas después de su regreso a Lima, el Tío Keng recibió una llamada de Uei-Kuong, a quien había dado su dirección y su número de teléfono antes de despedirse ambos en el aeropuerto. Uei-Kuong se había ido a vivir momentáneamente en la casa de la hermana de su madre, la ex mujer del viejo Lau, quien había vuelto a casarse y vivía ahora en Lima. Su tía, ya anciana, había ido a recibirlo en el aeropuerto acompañada de su hija, fruto de su segundo matrimonio, y allí se produjo una escena a la vez enternecedora y embarazosa: el embarazo se debía a que ninguno de los dos, es decir, ni Uei-Kuong ni la anciana, entendía al otro. El Tío Keng, no obstante su castellano nada envidiable, tuvo que improvisarse de intérprete. La anciana, que después de cerca de treinta años volvía a ver a su sobrino, a qien consideraba más bien un hijo suyo por haberlo tomado personalmente a su cuidado desde muy tierna edad, no pudo contener sus emociones y prácticamente se abalanzó sobre Uei-Kuong, cubriéndolo de besos. Uei-Kuong no estaba acostumbrado a tan efusivas formas de exteriorizar los sentimientos, propias de temperamentos más apasionados que los de los chinos, y se quedó tieso como un trozo de leña dentro de aquellos brazos maternales, incómodo y colorado. La anciana sollozó durante un buen rato, sin que él pudiera consolarla, dada su ignorancia del idioma, y cuando ella lo llamó "Manuel", Uei-Kuong tardó varios segundos antes de reconocer que se trataba de su nombre legítimo.

Uei-Kuong había llamado al Tío Keng para preguntarle si podía conseguir un trabajo para él, entre sus conocidos o entre otros mienbros de la Colonia China. Su tía, dijo Uei-Kuong, había hecho lo imposible tratando de conseguirle algún empleo; no tuvo ningún éxito, pues el hecho de que Uei-Kuong no hablaba ni una sola palabra del castellano lo colocaba en clara desventaja en relación a otros candidatos. El Tío Keng vaciló unos minutos antes de responderle que lo llamaría días más tarde, y que entretanto iría haciendo las indagaciones. Uei-Kuong le dio las gracias, se despidió y colgó.

Aquella misma noche el Tío Keng libró una encarnizada lucha entre sus prejuicios y la simpatía que sentía por su nuevo conocido. El socio del Tío Keng había decidido venderle la parte que le correspondía e instalar su propio negocio de encomendería. De muy poco en adelante, el Tío Keng iba a necesitar otro par de manos, un ayudante que, aparte de trabajador y de competente, debía de ser además -o mejor dicho, debía de ser por encima de todo- de origen chino. Y es que el Tío Keng tenía enraizados prejuicios contra los empleados que no fueran de su misma nacionalidad; en otras palabras, empleados de origen kuei . El Tío Keng había empleado a varios de ellos tiempo atrás, y tarde o temprano siempre los había sorprendido robando el dinero o escamoteando las mercancías de la tienda. En cambio, ningún empleado compatriota suyo le había robado nunca, ni recordaba haber oído muchos casos de esa índole dentro de su círculo. Era de esperar, pues, que el Tío Keng arribara a una conclusión como ésta: los kueis no son de fiar. El Tío Keng jamás se había puesto a pensar por qué los empleados de su propia nacionalidad eran aparentemente diferentes: de haberlo hecho se habría dado cuenta de que no eran menos proclives al dinero ajeno o realmente más honrado que los empleados kueis . Los empleados chinos, en su mayoría reducidos a moverse dentro del círculo cerrado y estrecho que era la Colonia, a causa de sus limitaciones idiomáticas, eran conscientes de lo que un acto como el hurto pudiera significarles: no sólo su despido inmediato, sino la imposibilidad de hallar en el futuro cualquier otro trabajo dentro del restringido perímetro de la Colonia, su única fuente de empleos. Perder el buen nombre entre sus propios compatriotas no sólo era ignominioso: era suicida. Desgraciadamente, estas ideas jamás pasaron por la cabeza del Tío Keng. Creía firmemente que las pasadas experiencias con los empleados kueis le habían dado más que suficientes motivos como para desconfiar, indistintamente, de todos los kueis . Y ahora el Tío Keng debía enfrentarse a un difícil dilema. Pasó la noche en desvelo y en debate consigo mismo. A la mañana siguiente, cuando marcó el número del teléfono de Uei-Kuong, aún no estaba del todo decidido.

Una voz de mujer le contestó al otro lado de la línea. El Tío Keng pidió hablar con Uei-Kuong. Al cabo de un rato se dejó escuchar la voz potente, viril, de aquél. "Buenos días, quién habla?" dijo en correcto cantonés, incluso más fluido y natural que el del Tío Keng, que no supo hablar el dialecto sino a partir de los dieciocho años, cuando se fue a vivir a la capital de la provincia. Apenas oyó la voz de Uei-Kuong todas sus dudas anteriores se disiparon como por arte de magia.

"Tengo un empleo para usted, señor Lau," dijo el Tío Keng. " Le gustaría trabajar para mí?"

Hubo una breve pausa.

"Nada me gustaría más", contestó Uei-Kuong al término de la pausa, con genuina sinceridad y aún no completamente repuesto de la sorpresa, "pero debo advertirle que no conozco otra cosa fuera de arar la tierra y plantar brotes de arroz." Y agregó tímidamente, a modo de disculpa, "Usted tendrá que perder mucho de su tiempo enseñandome el oficio, el idioma y quién sabe cuántas otras cosas más..."

La última observación le hizo bastante gracia al Tío Keng: enseñarle él el castellano a un kuei ! Cuándo se ha oído una ocurrencia como ésa? Pero Uei-Kuong no había querido de ningún modo ser gracioso, ni lo que dijo era ocurrencia alguna. Por muy increíble que pudiera parecer, eso iba a ser efectivamente parte de las futuras ocupaciones del Tío Keng.

Uei-Kuong se mudó a vivir en la trastienda, que entonces no tenía aún el aspecto de un almacén, aunque una buena parte de ella servía ya como tal. Compartía un cuarto con el otro dependiente del Tío Keng, un hombre marchito que habla muy poco y cuyo único interés parecía ser las carreras de caballo. Uei-Kuong jamás logró intimar con él. Cuando el hombre no estaba ensimismado en los pronósticos de las carreras, se quedaba sentado sobre su cama fumando un cigarrillo tras otro, la mente absorta en algo que se hallaba más allá de su propia persona y de todo lo que le rodeaba. El Tío Keng solía burlarse a espaldas de él diciendo que le recordaba a ratos a un viejo monje del Templo de las Nubes Blancas de Cantón, que se decía estaba próximo a alcanzar el estado del Nirvana.

Como era natural, la presencia de Uei-Kuong en la tienda constituía motivo de no poca extrañeza para los parroquianos del Tío Keng: no alcanzaban a comprender por qué no hablaba el castellano pero en cambio sí una lengua tan exótica como el cantonés. Uei-Kuong aprendía el castellano con gran lentitud y dificultad, pero, por otro lado, era fuerte, infatigable, empeñoso, de trato fácil y agradable.

Los sentimientos que el Tío Keng sentía con respecto a su nuevo dependiente eran complejos y muchas veces contradictorios. En tanto Uei-Kuong no dejara de hablar en cantonés, el Tío Keng era capaz de olvidarse completamente de su origen kuei y lo trataba con la misma confianza y la misma fe que a un compatriota suyo. Pero Uei-Kuong no podía quedarse hablando en cantonés todo el tiempo. Cuando permanecía en silencio, inexcrutable la expresión de su rostro, o cuando se expresaba con lo poco que sabía del castellano, al Tío Keng le asaltaban temores y recelos repentinos. Toda la desconfianza hacia los empleados de origen kuei renacía de nuevo en aquellos momentos, al observar el rostro oscuro de Uei-Kuong, sus ojos profundamente hundidos y su nariz pronunciada. La ilusión de que Uei-Kuong fuera un chino se desvanecía, y el Tío Keng se veía obligado a aceptar la ingrata realidad de que por las venas de su empleado no corría ni une gota de sangre del Emperador Amarillo, el ancestro mitológico de los chinos. Sin embargo, cuando Uei-Kuong volvía a dirigirse en cantonés a él, a su mujer, que de vez en cuando bajaba a la tienda a hacer alguna labor, o al otro dependiente, la ilusión se repetía de nuevo; la actitud del Tío Keng volvía a cambiar, y en ocasiones, llegaba incluso a recriminarse por haber abrigado tales recelos. Esto cambios de humor y de actitud se sucedían cíclicamente, y hubieran sido interminables de no ser por ciertos acontecimientos acaecidos más adelante, que vinieron a acabar de una vez para siempre todas las reservas que el Tío Keng sentía por su empleado kuei .



UEI-KUONG saboreaba su té con verdadera fruición. En su chacra no se permitía el lujo de tomar té directamente importado de Hong Kong muy a menudo. Normalmente no tomaba sino té nacional, de calidad infinitamente inferior, o simplemente agua hervida. Sólo en las grande ocasiones, tales como el Año Nuevo o su propio cumpleaños, el té importado era sacado de su lata y puesto a cocer.

Uei-Kuong miró detenidamente al Tío Keng, mientras éste se iba al segundo piso a traer algún bocadillo. El anciano tenía veintitantos años más que él y había perdido a su mujer no hacía mucho, pero se conservaba admirablemente bien. A pesar de sus setenta años bien ganados, sus cabellos eran todavía más negros que grises. Sus ojos tampoco habían perdido el brillo, como suele ocurrir a las personas de cierta edad, cuyas miradas se apagan a medida que envejecen. Viéndolo, Uei-Kuong tuvo la confortante certeza de que el Tío Keng le quedaba aún muchos años por vivir.



HABIA pasado Uei-Kuong cuatro años en forma ininterrumpida en la tienda del Tío Keng cuando, una noche, luego de cerrar el negocio, pidió hablar a solas con su empleador. Casi inmediatamente, el Tío Keng comprendió de qué se trataba, pues no era la primera vez que algún pariente, amigo o incluso empleado suyo se le acercara para pedirle un préstamo. Entre los chinos - excepto, por supuesto, a aquéllos que viven de una u otra forma de la usura- es práctica común dar dinero en préstamo sin exigir a cambio garantías, ni hacerse firmar letras u otros engorrosos documentos de respaldo. El prestador obra en esos casos únicamente en base a la confianza que le tiene a la persona que ha pedido el préstamo; y por ello corre un riesgo potencial. Dadas las características tan especiales de este tipo de préstamos, el favorecido, por general, es siempre algún familiar muy cercano o algún amigo muy íntimo del prestador. No teniendo ningún nexo familiar con el Tío Keng y siendo su mutuo conocimiento relativamente reciente, Uei-Kuong, íntimamente, no creía tener el derecho a hacer una petición semejante, por eso se mostró bastante cohibido e indeciso antes de abordar el tema; y de no ser por la mirada de aliento que el Tío Keng le dirigió, seguramente hubiera optado por dar marcha atrás.

"Vengo a pedirle en préstamo cierta suma de dinero," dijo Uei-Kuong, yendo directamente al asunto. "Un amigo mío y yo hemos pensado en poner una tiendecita en La Victoria, pero nos hace falta capital." Y agregó refiriéndose a su amigo y futuro socio, "Tal vez usted lo conozca: es el hijo menor del viejo Chao, el de Miraflores."

Uei-Kuong tuvo de repente la impresión de que el viejo sabía ya todo lo referente a sus planes, incluyendo la identidad de su compañero en la aventura empresarial. Esperó que le hiciera un riguroso interrogatorio, pero el Tío Keng dijo simplemente, " Cuánto necesitas?"

Uei-Kuong carraspeó. "Ciento veinte mil soles," dijo casi en un susurro: en aquella época ciento veinte mil soles eran una fuerte suma. Era la cantidad exacta que necesitaba para cubrir la parte faltante del capital, pero Uei-Kuong se hubiera contentado con obtener del Tío Keng la mitad de esa suma.

El Tío Keng se reclinó contra el respaldo de la silla en que estaba sentado, mirando con el ceño fruncido algún punto imaginario en la parte superior de la pared opuesta. Uei-Kuong se sintió abatido repentinamente. No habrá préstamos, se dijo. Pero el viejo volvió a posar la mirada en él después de unos segundos. "No tengo tanta plata en efectivo," dijo tranquilamente. "Te daré ochenta mil ahora. El resto lo tendrás de ahora a tres meses, después de que capitalicen los intereses de mi cuenta de ahorro."

El Tío Keng conocía los planes de Uei-Kuong de antemano. Sabía que sólo era cuestión de tiempo que viniera a pedirle plata. Tuvo, pues, suficiente tiempo para meditar y tomar una decisión. Y decidió tomar todo el asunto como una apuesta y el préstamo como una inversión (no de orden económico, sino afectivo). Era consciente de los riesgos que entrañaba esta extraña apuesta, pero los cuatro años que Uei-Kuong había pasado con él habían borrado muchos de los prejuicios que sentía contra los kueis (De no ser esto cierto, por lo menos sus sentimientos hacia este kuei en particular era diferente a los que sentía hacia los demás). A sus ojos, su empleado se parecía cada día más a un chino nativo que a un kuei . Al igual que un chino, Uei-Kuong no podía hablar decentemente ni siquiera el castellano más elemental, pese a los cuatro años trancurridos. Su vocabulario se reducía a los nombres de los artículos que se vendían en la tienda y a unas cuantas expresiones de uso común, y su pronunciación era tan deplorable como la del Tío Keng o incluso peor. El Tío Keng siempre había creído que los chinos eran las personas con menos aptitud natural para aprender lenguajes, después de conocer a Uei-Kuong, se dio cuenta de que no era en realidad una simple cuestión de aptitud o don natural. La proverbial incapacidad de los chinos en aprender el español o cualquier otro idioma occidental se debe a la diferencia abismal existente entre éstos y su lengua materna: una diferencia no sólo de orden gramatical y fonético, sino fundamentalmente sintáctico. Uei-Kuong, para quien el cantonés era su lengua materna y no el español, padecía de esa ineptitud de la misma forma que cualquier chino.

El préstamo permitió a Uei-Kuong instalar su propio negocio e independizarse económicamente. Con ello el Tío Keng perdía a un empleado modelo, que cada día era más difícil de hallar, pero el viejo se consolaba diciendo a sí mismo que a cambio ganaba la gratitud y la amistad de un buen hombre. Y el Tío Keng no se equivocó.

Uei-Kuong solía hacer frecuentes visitas a su ex empleador, pero había una en cada año que tenía para él un significado especial. Esa visita la hacía varios días antes de cada Año Nuevo; era el día en que Uei-Kuong venía a pai-nin . Era, asimismo, el día en que venía a devolver al Tío Keng parte del dinero que le adeudaba. Como el Tío Keng se había rehusado a cobrarle intereses por el préstamo, la única forma para Uei-Kuong de testimoniar su gratitud era atiborrando al viejo y a su familia de obsequios, aprovechando la ocasión de la fiesta. Cuando, años más tarde, terminó finalmente de devolver al Tío Keng los ciento veinte mil soles, Uei-Kuong continuó trayendo regalos año tras año, al término de cada uno de ellos.

Cuando logró tener la marcha del negocio asegurada y ahorrar cierta buena suma de dinero, decidió por fin casarse. Tenía entonces cerca de cuarenta años. Hacía tiempo que debió haberlo hecho. Su anciana tía, que por años había tratado de convencerlo para que dejase la soltería, se había cansado ya de que sus palabras cayeran siempre en oídos sordos. Pero Uei-Kuong sostenía obcecadamente que no debía casarse mientras su situación económica no fuera estable y no estuviera en condiciones de dar a su futura esposa y a sus futuros retoños una vida más o menos asegurada. Uei-Kuong no quería vivir, como muchos de sus primos, con la carga de una familia pendiendo sobre su cabeza como una espada de Damocles, en constantes zozobras a causa de apuros pecuniarios.

Con la finalidad de que hiciera amistad con las chicas, la tía lo llevaba en lo posible a todas las reuniones familiares y sociales; pero Uei-Kuong, que iba siempre muy renuente, se mostraba tan inepto en el galanteo como en el manejo del español. Uei-Kuong no bebía cerveza; no sabía ningún baile ni le gustaba bailar; parecía torpe porque se conducía con una simplicidad desusada en el medio; y era increíblemente tímido para un hombre de su edad. Se sentía fuera de lugar en aquellas reuniones y aprovechaba cualquier oportunidad que se le ofrecía para escurrirse. No llegó jamás a intimar con ninguna de las chicas que le eran presentadas. La barrera idiomática, si bien existió en alguna forma, no jugó un rol importante en ello. Si había algo que se interponía entre las chicas y él, y que él no era capaz de franquear, aquel algo era de índole psicológica. Aunque Uei-Kuong podía comunicarse con las chicas, con gran esfuerzo por cierto pero más o menos inteligiblemente, esa comunicación era meramente superficial: carecía siempre de profundidad e intimidad. Las chicas le parecían Uei-Kuong como pertenecientes a otra raza, otro pueblo u otro mundo, muy distinto al suyo. Y fue por eso que un día, durante una de sus visitas regulares a la tienda-casa del Tío Keng, y después de un breve preámbulo en la trastienda con el viejo, Uei-Kuong subió al segundo piso y por más de una hora se encerró con la mujer de aquél: la Tía Keng tenía cierta fama de casamentera.

No fue difícil para la Tía Keng encontrar una chica apropiada para Uei-Kuong, aun cuando no fuera casamentera profesional sino amateur, pero convencer a los padres de la chica de que Uei-Kuong era el marido idóneo que esperaban para su hija ya es harina de otro costal. Cuántos padres chinos, que tengan algo de buen criterio y sensatez, permitirían que sus hijos se casen con un kuei ? No muchos, por cierto. Por otro lado, qué muchacha de origen chino, salvo que fuera una tusan , preferiría a un kuei de marido? Tal vez ninguna.

Después de dos tentativas frustradas en que en vano trató de demostrar que Uei-Kuong era un kuei muy diferente a los otros y a quien no debían mirar con los mismos cristales del prejuicio, la Tía Keng no tuvo más remedio que cambiar de modus operandi. Por qué mencionar la verdadera nacionalidad de Uei-Kuong? Por qué no dejar que piensen que es un tusan ? Después de todo, Uei-Kuong llevaba el apellido del viejo Lau y por ello bien podía hacerse pasar por un tusan . No era por cierto un tusan muy convincente, por su falta total de rasgos chinos; pero, a fin de cuentas, un tusan poco convincente era mucho más preferible que un kuei confeso. Sin embargo, pese a esta concesión Uei-Kuong fue considerado aún con recelo: bien puede ser que un tusan no haya heredado ninguna de las tantas cualidades y virtudes de su progenitor chino, y en cambio sí todos los defectos indeseables de su otra estirpe! Cuando lou Koc, de Jesús María, aceptó finalmente dar a Uei-Kuong su hija de veintisiete años en matrimonio, no fue sino después de haberlo convidado a comer, en su casa, en más de cuatro oportunidades. Aquellas cenas fueron en realidad lo que lo envalentó a tomar una decisión tan temeraria. Escuchar hablar a Uei-Kuong en cantonés fluido y verlo comportarse con timidez -cualidad o defecto que difícilmente puede esperarse de un kuei- y la sencillez de un hombre que había crecido en el campo y cuyo corazón aún le pertenecía, fueron argumentos más efectivos que todas las alabanzas y encomios de la Tía Keng.

La boda de Uei-Kuong se realizó con una ceremonia sencilla. Hubo un pequeño banquete, y a él asistieron los pocos de sus parientes, los familiares más cercanos de la novia y la familia del Tío Keng. En cambio no hubo viajes de luna de miel, pues las limitaciones de Uei-Kuong no le permitían mayores gastos; y porque, para ser fiel a la verdad, la idea de una "luna de miel" jamás pasó por la cabeza de Uei-Kuong, que no era precisamente un espíritu romántico.

En los cuatro años siguientes, la mujer de Uei-Kuong le dio dos varones y una niña. Uei-Kuong habló con el Tío Keng sobre su deseo de poner al primogénito en el Sam Men , cuando éste cumpliera los seis años; pero el plan nunca llegó a materializarse. En el quinto año de su matrimonio, Uei-Kuong vendió a su socio la parte de la tienda que le correspondía, se mudó a Chincha, compró allí una chacra y se puso a trabajarla. Más pudo su vocación innata de hombre del campo que todas las ventajas y promesas que ofrecen las grandes ciudades.



" COMO va tu chacra?" preguntó el Tío Keng, mientras partía un pastelillo chino en dos mitades. "Oí decir que ha habido sequía en la región del sur."

"Por suerte ha sido sólo por unos pocos meses," dijo Uei-Kuong, sonriendo, "aunque nos tuvo preocupados a todos. Si duraba más se habría malogrado la cosecha de las hortalizas."

"Ah, las hortalizas," dijo el viejo. " Has tratado alguna vez de plantar wo-si en tus tierras? Se está vendiendo muy bien el wo-si en el Barrio. Parece que lo cultiva alguien de Sen-ui en Cañete."

El Tío Keng metió una de las mitades del pastelillo en la boca y prácticamente la tragó sin masticarla con su dentadura postiza, que le había costado una buen suma de dinero y que no había resultado del todo satisfactoria. "Come", instó a Uei-Kuong, indicando el plato que contenía los pastelillos.

Uei-Kuong prefirió servirse otra taza de té. Se dijo para sí que después de despedirse del Tío Keng aprovecharía la ocasión para ir a dar unas vueltas por Paruro y por Capón, y que antes de marcharse de regreso iría al Sen Chun Wa a comprar una lata de té y una botella de salsa de marisco. No me debo olvidar sobre todo de la salsa de marisco, se dijo. Trató de recordar qué otras cosas debía de comprar además, pero la voz del Tío Keng lo sacó de su involuntaria distracción. El viejo quería saber en qué año estaba su hijo mayor.

"Está en el cuarto de primaria," dijo Uei-Kuong.

"Es un chico inteligente," aseveró el Tío Keng. No pretendía halagar a su ex dependiente; simplemente reafirmaba algo que era un hecho ya reconocido. "Lástima que no puedas ponerlo en el Sam Men y que en Chincha no haya un colegio chino," agregó un poco decepcionado.

"Lo sé," contestó Uei-Kuong con resignación. El único inconveniente en vivir lejos de Lima siempre había sido para él el no poder colocar a sus hijos en el colegio chino. Los chicos fueron puestos en una escuela pública, y ni Uei-Kuong ni su mujer estaban contentos con este hecho. La mujer de Uei-Kuong sostenía que, estudiando al lado de chicos kueis , sus propios hijos corrían el riesgo de ser "estropeados" por aquéllos. Uei-Kuong mismo no estaba lejos de sentir lo mismo.

"Tal vez debieras mandarlos a vivir en Lima, con tus primas, para que pueda estudiar en el Sam Men ," prosiguió el Tío Keng. "De lo contrario no tardará en convertirse completamente en un kuei ."

"De hecho ya es todo un kuei ," contestó Uei-Kuong, suspirando, sintiéndose más que nunca impotente. Solía sentir lo mismo cuando algunas veces, ya fuera en Pun-yi o en Chincha, no había lluvia por meses y las tierras labradas se secaban y se cuarteaban ante sus ojos, sin que él pudiera hacer nada para remediar la situación. "Por más que le pego no quiere hablar cantonés en casa," dijo;" y no nos tiene respeto ni a mí ni a su madre."

"Deberías tratarlo con mayor severidad," dijo el Tío Keng gravemente. "Todos los chicos aprenden si les dan suficientes palizas en los lugares apropiados." Y añadió a modo de ilustración, remontando su memoria unos sesenta o más años atrás, "Mi padre solía darme de latigazos con una vara de mimbre en las pantorillas cada vez que me portaba mal. Hay que ver cómo dolían y también cómo me enderezaron aquellos varazos!"

Uei-Kuong tomó uno de los pastelillos chinos y empezó a pelar su capa exterior en silencio. Sus ojos hundidos se concentraron en el pastelillo y en lo que hacían sus ásperas manos. Era difícil adivinar lo que pasaba en ese instante por su cabeza, pues su rostro oscuro, como siempre que se hallaba serio, no mostraba expresión alguna. El Tío Keng lo miró atentamente y la vista no le gustó: cuando Uei-Kuong se callaba y se ponía adusto, daba la impresión de que fuera un kuei . Para romper esta ilusión tan poca grata el viejo extendió de nuevo la mano hacia el termo y se apresuró a decir, solícito, " Un poco más de té?"

El hombre de nariz pronunciada que se hallaba enfrente suyo levantó su rostro del pastelillo, contestó en suave y cálido cantonés, "Gracias, Keng tai-súk ," y adelantó su taza media vacía para que se la llenara nuevamente.