LA CONVERSION DE UEI-KUONG
QUINCE días antes del Año Nuevo, Uei-Kuong, el ex
dependiente del Tío Keng, llegó, como lo hiciera todos
los años desde hacía una década y algo más,
a la tienda del anciano, para presentarle sus respetos. Era un pai-nin
adelantado -el pai-nin
se hace el mismo día del Año Nuevo o en los días
posteriores-, no del
todo en regla con las costumbres regulares del caso, pero al Tío
Keng
no le importaba en absoluto esta irregularidad insustancial, menos aun
sabiendo que Uei-Kuong, que vivía en Chincha, no venía
todos los días
desde tan lejos con el solo y exclusivo propósito de visitarlo y
presentarle sus saludos. Uei-Kuong aparcó su viejo
camión, polvoriento
por el trayecto transitado, frente a la tienda del Tío Keng y
entró en
ella arrastrando un enorme saco de yute repleto de hortizas, oliendo
él
mismo a polvo y a chacra. Las hortalizas, escogidas de entre las
más
frescas y las mejores de la cosecha que le daban las tierras que
labraba en Chincha, era su presente de Año Nuevo. El Tío
Keng había
cedido el manejo de la tienda a su yerno varios años
atrás y estaba
virtualmente retirado, aunque solía aún, para matar el
tiempo, salir a
la tienda de vez en cuando y echar alguna mano. Vivía en el
segundo
piso pero pasaba la mayor parte del día en la trastienda, cuando
no iba
al Barrio Chino a pasearse. Había visto a Uei-Kuong cuando
estacionaba
el camión, de manera que cuando éste entró en la
tienda el Tío Keng se
había adelantado ya a su encuentro.
"Pasa, Uei-Kuong, pasa", dijo con no disimulado placer, como si fuera a
un hijo a quien estuviese dando la bienvenida.
"Buenas tardes, Keng tai-súk
," dijo Uei-Kuong mientras trataba de introducir el enorme saco de
hortalizas a través de la puertecilla del mostrador. Llevaba el
pelo bastante corto, un corte que no había variado desde que el
Tío Keng lo conociera, y se había puesto su mejor camisa.
Excepto por las manchas de sudor que mostraba la camisa bajo las
axilas, la fina capa de polvo en el cuero de los zapatos y el rostro
trasnpirado, el aspecto de Uei-Kuong no presentaba mayores huellas del
largo y agotador viaje.
El Tío Keng, tratando de ayudarlo, sostuvo abierta la
puertecilla con su mano derecha, " Cómo están tu
señora y los niños?" preguntó solícito.
"Están muy bien", dijo Uei-Kuong, sin levantar el rostro,
aún ocupado con el saco de hortalizas. Su voz era fuerte,
poderosa, casi atronadora: era la voz típica, si no obligada, de
un hombre del campo. "Es muy amable de su parte."
Hablaban en cantonés, en voz alta y sin mostrar
inhibición alguna
frente a los numerosos parroquianos que había en la tienda en
aquel
momento. Estos últimos se habían quedado mirando
boquiabiertos a
Uei-Kuong. Uei-Kuong logró introducir finalmente el saco a
través de la
puertecilla del mostrador. Dejó entonces el bulto sobre el piso,
extendió su callosa mano derecha al viejo y estrechó la
suya
afectuosamente. "Keng tai-súk," dijo sonriendo, feliz de haberlo
vuelto
a ver. "Usted no ha cambiado en nada. Por usted parece que no pasan los
años."
El Tío Keng suspiró. "Qué va a ser,"dijo
filosóficamente. "Si fuera efectivamente así mis viejos
huesos no estarían sufriendo ahora de reumatismo. En cambio,
tú sí tienes un magnífico semblante."
El aspecto de Uei-Kuong era por cierto envidiable: era corpulento como
un toro, musculoso, ancho de espalda y lucía de pies a cabeza un
saludable bronceado. El Tío Keng se percató de la forma
cómo los parroquianos miraban asombrados a su ex dependiente y
sonrió por sus adentros. Aquélla era una expresión
que había visto en no pocos rostros cada vez que Uei-Kuong se
expresaba en cantonés. Por lo general, los Kueis suelen
mostrarse curiosos, si no burlones, cuando oyen hablar el
cantonés o cualquier otro dialecto chino, pero jamás
cuando lo hacía Uei-Kuong. Entonces sus reacciones eran de pura
incredulidad y asombro, como lo fueron las reacciones del Tío
Keng la primera vez que oyó hablar a Uei-Kuong. Aquello
ocurrió veinte o más años atrás.
EL CAMBIO de avión fue en el aeropuerto de San Francisco y se
llevó a
cabo muy a despecho del Tío Keng, que volvía a Lima luego
de un viaje
de dos meses a Hong Kong y al continente. Había regresado
allá para ver
por última vez a su septuagenaria madre, en
compañía de Ah-lang, su
hija, que tenía entonces ocho años. El avión era
un DC de modelo nuevo
y tan confortable y seguro como el anterior, en el que había
cubierto
el trayecto de Hong Kong a San Francisco. el único inconveniente
consistía en que el Tío Keng y Ah-lang eran los
únicos pasajeros chinos
que había en él. Este detalle era desconsolador, sobre
todo teniendo
como perspectiva el hecho de que aún les faltaban dos
continentes
enteros por cruzar. En cambio, en la nave anterior hubo al menos cuatro
compatriotas suyos en el compartimiento de turismo. Aunque uno de estos
pasajeros, una señora delgada que pasó todo el trayecto
sujetando
debajo de su mentón una bolsa de plástico para los
vómitos, no tuvo
siquiera la urbanidad - o tal vez el tiempo- de responder a un simple
saludo suyo, el Tío Keng pudo disfrutar sin embargo de la
oportunidad
de alternar con los demás. Con ello el viaje se hizo menos
aburrido y
las paradas, pasadas en cordial camaradería, mucho más
gratas. Ahora,
rodeado por Kueis por todos los lados, el Tío Keng
no tenía con quién conversar salvo atender y responder a
las preguntas sosas que le hacía su hija. El Tío Keng
había comprado en San Francisco un ejemplar de The Young
China
, un periódico editado en chino y trató de distraerse
leyéndolo, pero
abandonó la idea casi inmediatamente: nunca le había sido
posible leer
nada dentro de un medio de transporte en movimiento, menos aún
tratándose de uno al que no estaba acostumbrado, como era un
avión.
Guardó de nuevo el periódico, cerró resignado los
ojos y trató de
dormitar; no esperaba obtener resultados muy halagüeños,
sin embargo.
El pasajero que se sentaba a su derecha, cerca al pasillo, se
movió en
su asiento y carraspeó algo. Al Tío Keng le
pareció distinguir algunas
palabras en cantonés dichas en una voz masculina. Desechó
inmediata e
instintivamente semejante idea descabellada y siguió con los
ojos
cerrados. Su hijita le tiró de la manga de su terno y
dijo,"Ah-pá, el
señor quiere hablar contigo." El Tío Keng abrió
por fin los ojos y se
irguió en su asiento. El pasajero de al lado lo estaba mirando y
sonreía tímidamente. "Usted disculpe," dijo en perfecto y
fluido
cantonés, "pero, me podría prestar su periódico
por un momento?" Por
unos segundos el Tío Keng tuvo la sensación de que su
oído le estaba
jugando una mala pasada. " Pero si éste es un kuei
!" se dijo asombrado, mirando sin pestañear el rostro oscuro de
su interlocutor.
Y no había la menor duda al respecto: el desconocido no
tenía ni un
solo rasgo físico que recordara a un chino; ni los ojos, que
eran
hundidos; ni la piel, que era cobriza; ni la nariz, que era muy
pronunciada. Era corpulento, de estatura probablemente mediana, y a
pesar de estar metido en un traje nuevo y de moda tenía el aire
franco,
rudo, casi inconfundible de un hombre que no está acostumbrado a
la
vida de las ciudades.
La hijita del Tío Keng fue la que se recobró más
rápidamente de la sorpresa inicial. " Usted habla
cantonés?" preguntó con gran interés.
"No sólo lo hablo," dijo en respuesta el desconocido. "Yo mismo
soy de Kuangtung."
" Es usted de Kuangtung?" dijo la hijita del Tío Keng, abriendo
incrédula los ojos.
"Me llamo Lau Uei-Kuong," dijo el desconocido, introduciéndose.
Seguía sonriendo tímidamente, algo incómodo por
haber resultado ser objeto de tanto asombro.
Para entonces el Tío Keng había recuperado ya su
ecuanimidad. Estrechó la mano que Uei-Kuong le ofrecía y
se introdujo a su vez. "Usted no se parece en absoluto a un
cantonés ni a ningún otro nativo chino,"
señaló luego. " Es usted tal vez un tusan
?"
Aun en el caso de que Uei-Kuong fuera un tusan
, su total falta de rasgos orientales era realmente notable, ya que por
regla general los tusans suelen heredar alguna que otra
caraterística racial de su progenitor chino, cuando no lo son
los dos de ellos.
Uei-Kuong movió la cabeza en señal negativo. "No soy un tusan
, ni soy propiamente dicho un chino," respondió sin abandonar su
tímida sonrisa. "Para ser exacto, soy lo que se llama un kuei
, pero fui criado en el continente como un chino desde que tuviera
memoria, y no sé hablar otra lengua ni comportarme de manera
diferente
a las de ustedes y de otros chinos."
Y lentamente, mientras el cuatrimotor atravesaba los bancos de nubes
con aparente indolencia, sobrevolando el estado de California o tal vez
los territorios de México, el Tío Keng fue
enterándose de la vida poco
usual de su compañero de al lado. Uei-Kuong se llamaba en
realidad
Manuel Lau Manrique, y era el sobrino de un inmigrante chino que estuvo
casado con la hermana mayor de su madre, ambas nativas. Uei-Kuong
jamás
supo nada de su propio padre. Jamás le hablaron acerca de
él, ni
siquiera cuando tuvo la edad y la madurez suficiente como para escuchar
y aceptar la revelación más dura y desagradable. Su madre
murió a poco
tiempo de su nacimiento y Uei-Kuong vivió, prácticamente
desde el
momento en que nació, bajo la tutela de su tío, quien le
dio el
apellido. El viejo Lau, su tío, un conmerciante que ya
había amasado
cierta pequeña fortuna y añoraba volver a su
terruño para acabar allí
apaciblemente los años que le restaban, vivía en una
ciudad lejos de la
capital. Un buen día el viejo Lau tomó a su sobrino de
apenas dos años
de edad en los brazos, cogió a sus dos hijos propios y se
escabulló de
la casa sin despedirse de su mujer. Se dirigió a la capital y
ahí se
embarcó en un vapor con rumbo a Japón. Luego de varios
cambios de
barcos y de trenes, el viejo Lau, acompañado por sus hijos
menores y
por su sobrino, volvió finalmente a Pun-yi, donde había
visto por vez
primera la luz de este mundo. En Pun-yi se reunió con su primera
mujer,
a la que siempre había considerado como la legítima, se
hizo edificar
una espaciosa casa y compró tierras para arrendárselas a
los campesinos
pobres. En algún momento de esta cobarde fuga, el viejo Lau puso
a su
sobrino el nombre de Uei-Kuong, y su verdadero nombre fue relegado al
olvido.
En Pun-yi Uei-Kuong vivió y creció como cualquier
niño chino del campo. A los cinco años fue puesto en una
escuelita particular donde le hicieron aprender el Sam Chi Ken
, un libro de palabras elementales agrupados en "versos" de tres
idiogramas cada uno, y le enseñaron a escribir con pinceles. En
otoño
se iba a los cerros a volar cometas y en verano a nadar en los
riachuelos. Se subía a los árboles para robarles los
huevecillos a los
pajaritos, cazaba a los grillos para enfrentarlos en duelos contra los
de otros chicos, y de noche iba a los arrozales a atrapar
luciérnagas.
El viejo Lau había reservado una pequeña -pero la mejor-
parte de sus
tierras para labrarla él mismo; y Uei-Kuong, acompañando
a sus primos,
ayudaba de vez en cuando a plantar brotes y a acarrear el agua.
Uei-Kuong hallaba en estas labores mayor placer y satisfacción
que
asistir a la escuela, y a medida que crecía iba más a
menudo a los
arrozales que a ella, hasta que finalmente dejó de ir por
completo. El
viejo Lau no sólo no riñó a su sobrino por eso,
sino que aceptó su
decisión casi con complacencia. "La época de oro de los
letrados ha
terminado hace tiempo," solía decir. "Ahora es la era de los
militares
y de los terratenientes. Y puesto que jamás aceptarían a
Uei-Kuong en
la Academia Militar de Wang-pu, lo mejor es que trate de ser un
terrateniente rico. Cuando me muera le dejaré un pedazo de mis
tierras," prometió.
Pero el viejo Lau jamás llegó a cumplir esa promesa:
calunmiado por sus arrendatarios de terrateniente explotador y de haber
cometido otras supuestas atrocidades, fue fusilado a comienzos del
Primer Plan Quinquenal, luego de un proceso sumario. Sus tierras fueron
confiscadas, sus hijos se desbandaron. Uei-Kuong logró escaparse
a la colonia inglesa de Hong Kong. Tenía entonces veintidos
años de edad y durante el tiempo que permaneció en la
isla, vivió en las llamadas "tierras nuevas". Siete años
más tarde, recurriendo a su nombre y a su nacionalidad
originales, se embarcó en una nave de la Panagra rumbo a su
país originario, para iniciar una vida nueva, pero a la vez
llena de incertidumbre.
Cuando Uei-Kuong terminó su relato, el Tío Keng quiso
saber a dónde se dirigía.
"Me voy al Perú," declaró Uei-Kuong. Y temiendo que su
interlocutor no supiera de qué lugar se trataba, agregó a
modo de explicación, "Es un país de Sudamérica."
" Qué feliz coincidencia!" exclamó el Tío Keng.
"Es allá adonde nos vamos de regreso ahora. He estado viviendo
en ese país desde hace más de veinte años."
Uei-Kuong lo miró gratamente sorprendido. Y su sorpresa, o
más bien dicha, fue tan grande que sólo después de
varios minutos logró articular algunas palabras para expresar la
satisfacción que sentía por el hecho de que tuvieran el
mismo punto de destino.
DESPUES de estrecharles la mano al yerno y a la hija del Tío
Keng,
Uei-Kuong siguió al viejo a la trastienda, dejando el saco de
hortalizas afuera.
La trastienda tenía más bien el aspecto de un
almacén. Excepto un espacio de tres metros de largo y dos de
ancho, donde se habían colocado una sencilla mesa cubierta con
un mantel a cuadros y algunas sillas, la trastienda había sido
adaptada para servir de depósito para las mercancías de
un negocio en creciente prosperidad. Sobre el mantel a cuadros azules
había un termo, varias tacitas de porcelana para el té y
una grabadora portátil que contenía grabaciones de
algunas de las óperas cantonesas que tanto gustaban al anciano.
"Siéntate," le dijo el Tío Keng a Uei-Kuong, indicando
una de las sillas. "Recuerda que ésta es como tu propia casa."
"Lo sé," dijo Uei-Kuong, sentándose con familiaridad
sobre la silla, que estaba arrimada contra la pared. "Gracias."
El Tío Keng se sentó enfrente suyo. Tomó dos de
las tacitas de porcelana, colocó una delante de Uei-Kuong y otra
delante de sí mismo y extendió su mano derecha hacia el
termo. " Una taza de té?" dijo.
"Gracias," volvió a decir Uei-Kuong. La necesitaba muy de veras:
desde hacía más de tres horas no había tomado agua
ni ningún otro líquido.
"Tengo té de jazmín arriba," señaló el
Tío Keng mientras le servía el té, "pero
creó que preferirás éste, que es más fuerte.
VARIAS semanas después de su regreso a Lima, el Tío Keng
recibió una llamada de Uei-Kuong, a quien había dado su
dirección y su número de teléfono antes de
despedirse ambos en el aeropuerto. Uei-Kuong se había ido a
vivir momentáneamente en la casa de la hermana de su madre, la
ex mujer del viejo Lau, quien había vuelto a casarse y
vivía ahora en Lima. Su tía, ya anciana, había ido
a recibirlo en el aeropuerto acompañada de su hija, fruto de su
segundo matrimonio, y allí se produjo una escena a la vez
enternecedora y embarazosa: el embarazo se debía a que ninguno
de los dos, es decir, ni Uei-Kuong ni la anciana, entendía al
otro. El Tío Keng, no obstante su castellano nada envidiable,
tuvo que improvisarse de intérprete. La anciana, que
después de cerca de treinta años volvía a ver a su
sobrino, a qien consideraba más bien un hijo suyo por haberlo
tomado personalmente a su cuidado desde muy tierna edad, no pudo
contener sus emociones y prácticamente se abalanzó sobre
Uei-Kuong, cubriéndolo de besos. Uei-Kuong no estaba
acostumbrado a tan efusivas formas de exteriorizar los sentimientos,
propias de temperamentos más apasionados que los de los chinos,
y se quedó tieso como un trozo de leña dentro de aquellos
brazos maternales, incómodo y colorado. La anciana
sollozó durante un buen rato, sin que él pudiera
consolarla, dada su ignorancia del idioma, y cuando ella lo
llamó "Manuel", Uei-Kuong tardó varios segundos antes de
reconocer que se trataba de su nombre legítimo.
Uei-Kuong había llamado al Tío Keng para preguntarle si
podía conseguir
un trabajo para él, entre sus conocidos o entre otros mienbros
de la
Colonia China. Su tía, dijo Uei-Kuong, había hecho lo
imposible
tratando de conseguirle algún empleo; no tuvo ningún
éxito, pues el
hecho de que Uei-Kuong no hablaba ni una sola palabra del castellano lo
colocaba en clara desventaja en relación a otros candidatos. El
Tío
Keng vaciló unos minutos antes de responderle que lo
llamaría días más
tarde, y que entretanto iría haciendo las indagaciones.
Uei-Kuong le
dio las gracias, se despidió y colgó.
Aquella misma noche el Tío Keng libró una encarnizada
lucha entre sus
prejuicios y la simpatía que sentía por su nuevo
conocido. El socio del
Tío Keng había decidido venderle la parte que le
correspondía e
instalar su propio negocio de encomendería. De muy poco en
adelante, el
Tío Keng iba a necesitar otro par de manos, un ayudante que,
aparte de
trabajador y de competente, debía de ser además -o mejor
dicho, debía
de ser por encima de todo- de origen chino. Y es que el Tío Keng
tenía
enraizados prejuicios contra los empleados que no fueran de su misma
nacionalidad; en otras palabras, empleados de origen kuei
. El Tío Keng había empleado a varios de ellos tiempo
atrás, y tarde o
temprano siempre los había sorprendido robando el dinero o
escamoteando
las mercancías de la tienda. En cambio, ningún empleado
compatriota
suyo le había robado nunca, ni recordaba haber oído
muchos casos de esa
índole dentro de su círculo. Era de esperar, pues, que el
Tío Keng
arribara a una conclusión como ésta: los kueis
no son de fiar. El Tío Keng jamás se había puesto
a pensar por qué los empleados de su propia nacionalidad eran
aparentemente diferentes: de haberlo hecho se habría dado cuenta
de que no eran menos proclives al dinero ajeno o realmente más
honrado que los empleados kueis
. Los empleados chinos, en su mayoría reducidos a moverse dentro
del
círculo cerrado y estrecho que era la Colonia, a causa de sus
limitaciones idiomáticas, eran conscientes de lo que un acto
como el
hurto pudiera significarles: no sólo su despido inmediato, sino
la
imposibilidad de hallar en el futuro cualquier otro trabajo dentro del
restringido perímetro de la Colonia, su única fuente de
empleos. Perder
el buen nombre entre sus propios compatriotas no sólo era
ignominioso:
era suicida. Desgraciadamente, estas ideas jamás pasaron por la
cabeza
del Tío Keng. Creía firmemente que las pasadas
experiencias con los
empleados kueis le habían dado más que
suficientes motivos como para desconfiar, indistintamente, de todos los
kueis
. Y ahora el Tío Keng debía enfrentarse a un
difícil dilema. Pasó la noche en desvelo y en debate
consigo mismo. A la mañana siguiente, cuando marcó el
número del teléfono de Uei-Kuong, aún no estaba
del todo decidido.
Una voz de mujer le contestó al otro lado de la línea. El
Tío Keng pidió hablar con Uei-Kuong. Al cabo de un rato
se dejó escuchar la voz potente, viril, de aquél. "Buenos
días, quién habla?" dijo en correcto cantonés,
incluso más fluido y natural que el del Tío Keng, que no
supo hablar el dialecto sino a partir de los dieciocho años,
cuando se fue a vivir a la capital de la provincia. Apenas oyó
la voz de Uei-Kuong todas sus dudas anteriores se disiparon como por
arte de magia.
"Tengo un empleo para usted, señor Lau," dijo el Tío
Keng. " Le gustaría trabajar para mí?"
Hubo una breve pausa.
"Nada me gustaría más", contestó Uei-Kuong al
término de la pausa, con
genuina sinceridad y aún no completamente repuesto de la
sorpresa,
"pero debo advertirle que no conozco otra cosa fuera de arar la tierra
y plantar brotes de arroz." Y agregó tímidamente, a modo
de disculpa,
"Usted tendrá que perder mucho de su tiempo enseñandome
el oficio, el
idioma y quién sabe cuántas otras cosas más..."
La última observación le hizo bastante gracia al
Tío Keng: enseñarle él el castellano a un kuei
! Cuándo se ha oído una ocurrencia como ésa? Pero
Uei-Kuong no había querido de ningún modo ser gracioso,
ni lo que dijo era ocurrencia alguna. Por muy increíble que
pudiera parecer, eso iba a ser efectivamente parte de las futuras
ocupaciones del Tío Keng.
Uei-Kuong se mudó a vivir en la trastienda, que entonces no
tenía aún el aspecto de un almacén, aunque una
buena parte de ella servía ya como tal. Compartía un
cuarto con el otro dependiente del Tío Keng, un hombre marchito
que habla muy poco y cuyo único interés parecía
ser las carreras de caballo. Uei-Kuong jamás logró
intimar con él. Cuando el hombre no estaba ensimismado en los
pronósticos de las carreras, se quedaba sentado sobre su cama
fumando un cigarrillo tras otro, la mente absorta en algo que se
hallaba más allá de su propia persona y de todo lo que le
rodeaba. El Tío Keng solía burlarse a espaldas de
él diciendo que le recordaba a ratos a un viejo monje del Templo
de las Nubes Blancas de Cantón, que se decía estaba
próximo a alcanzar el estado del Nirvana.
Como era natural, la presencia de Uei-Kuong en la tienda
constituía
motivo de no poca extrañeza para los parroquianos del Tío
Keng: no
alcanzaban a comprender por qué no hablaba el castellano pero en
cambio
sí una lengua tan exótica como el cantonés.
Uei-Kuong aprendía el
castellano con gran lentitud y dificultad, pero, por otro lado, era
fuerte, infatigable, empeñoso, de trato fácil y agradable.
Los sentimientos que el Tío Keng sentía con respecto a su
nuevo dependiente eran complejos y muchas veces contradictorios. En
tanto Uei-Kuong no dejara de hablar en cantonés, el Tío
Keng era capaz de olvidarse completamente de su origen kuei
y lo trataba con la misma confianza y la misma fe que a un compatriota
suyo. Pero Uei-Kuong no podía quedarse hablando en
cantonés todo el tiempo. Cuando permanecía en silencio,
inexcrutable la expresión de su rostro, o cuando se expresaba
con lo poco que sabía del castellano, al Tío Keng le
asaltaban temores y recelos repentinos. Toda la desconfianza hacia los
empleados de origen kuei renacía de nuevo en
aquellos momentos, al observar el rostro oscuro de Uei-Kuong, sus ojos
profundamente hundidos y su nariz pronunciada. La ilusión de que
Uei-Kuong fuera un chino se desvanecía, y el Tío Keng se
veía obligado a aceptar la ingrata realidad de que por las venas
de su empleado no corría ni une gota de sangre del Emperador
Amarillo, el ancestro mitológico de los chinos. Sin embargo,
cuando Uei-Kuong volvía a dirigirse en cantonés a
él, a su mujer, que de vez en cuando bajaba a la tienda a hacer
alguna labor, o al otro dependiente, la ilusión se
repetía de nuevo; la actitud del Tío Keng volvía a
cambiar, y en ocasiones, llegaba incluso a recriminarse por haber
abrigado tales recelos. Esto cambios de humor y de actitud se
sucedían cíclicamente, y hubieran sido interminables de
no ser por ciertos acontecimientos acaecidos más adelante, que
vinieron a acabar de una vez para siempre todas las reservas que el
Tío Keng sentía por su empleado kuei
.
UEI-KUONG saboreaba su té con verdadera fruición. En su
chacra no se permitía el lujo de tomar té directamente
importado de Hong Kong muy a menudo. Normalmente no tomaba sino
té nacional, de calidad infinitamente inferior, o simplemente
agua hervida. Sólo en las grande ocasiones, tales como el
Año Nuevo o su propio cumpleaños, el té importado
era sacado de su lata y puesto a cocer.
Uei-Kuong miró detenidamente al Tío Keng, mientras
éste se iba al
segundo piso a traer algún bocadillo. El anciano tenía
veintitantos
años más que él y había perdido a su mujer
no hacía mucho, pero se
conservaba admirablemente bien. A pesar de sus setenta años bien
ganados, sus cabellos eran todavía más negros que grises.
Sus ojos
tampoco habían perdido el brillo, como suele ocurrir a las
personas de
cierta edad, cuyas miradas se apagan a medida que envejecen.
Viéndolo,
Uei-Kuong tuvo la confortante certeza de que el Tío Keng le
quedaba aún
muchos años por vivir.
HABIA pasado Uei-Kuong cuatro años en forma ininterrumpida en la
tienda
del Tío Keng cuando, una noche, luego de cerrar el negocio,
pidió
hablar a solas con su empleador. Casi inmediatamente, el Tío
Keng
comprendió de qué se trataba, pues no era la primera vez
que algún
pariente, amigo o incluso empleado suyo se le acercara para pedirle un
préstamo. Entre los chinos - excepto, por supuesto, a
aquéllos que
viven de una u otra forma de la usura- es práctica común
dar dinero en
préstamo sin exigir a cambio garantías, ni hacerse firmar
letras u
otros engorrosos documentos de respaldo. El prestador obra en esos
casos únicamente en base a la confianza que le tiene a la
persona que
ha pedido el préstamo; y por ello corre un riesgo potencial.
Dadas las
características tan especiales de este tipo de préstamos,
el
favorecido, por general, es siempre algún familiar muy cercano o
algún
amigo muy íntimo del prestador. No teniendo ningún nexo
familiar con el
Tío Keng y siendo su mutuo conocimiento relativamente reciente,
Uei-Kuong, íntimamente, no creía tener el derecho a hacer
una petición
semejante, por eso se mostró bastante cohibido e indeciso antes
de
abordar el tema; y de no ser por la mirada de aliento que el Tío
Keng
le dirigió, seguramente hubiera optado por dar marcha
atrás.
"Vengo a pedirle en préstamo cierta suma de dinero," dijo
Uei-Kuong,
yendo directamente al asunto. "Un amigo mío y yo hemos pensado
en poner
una tiendecita en La Victoria, pero nos hace falta capital." Y
agregó
refiriéndose a su amigo y futuro socio, "Tal vez usted lo
conozca: es
el hijo menor del viejo Chao, el de Miraflores."
Uei-Kuong tuvo de repente la impresión de que el viejo
sabía ya todo lo referente a sus planes, incluyendo la identidad
de su compañero en la aventura empresarial. Esperó que le
hiciera un riguroso interrogatorio, pero el Tío Keng dijo
simplemente, " Cuánto necesitas?"
Uei-Kuong carraspeó. "Ciento veinte mil soles," dijo casi en un
susurro: en aquella época ciento veinte mil soles eran una
fuerte suma. Era la cantidad exacta que necesitaba para cubrir la parte
faltante del capital, pero Uei-Kuong se hubiera contentado con obtener
del Tío Keng la mitad de esa suma.
El Tío Keng se reclinó contra el respaldo de la silla en
que estaba sentado, mirando con el ceño fruncido algún
punto imaginario en la parte superior de la pared opuesta. Uei-Kuong se
sintió abatido repentinamente. No habrá préstamos,
se dijo. Pero el viejo volvió a posar la mirada en él
después de unos segundos. "No tengo tanta plata en efectivo,"
dijo tranquilamente. "Te daré ochenta mil ahora. El resto lo
tendrás de ahora a tres meses, después de que capitalicen
los intereses de mi cuenta de ahorro."
El Tío Keng conocía los planes de Uei-Kuong de antemano.
Sabía que sólo era cuestión de tiempo que viniera
a pedirle plata. Tuvo, pues, suficiente tiempo para meditar y tomar una
decisión. Y decidió tomar todo el asunto como una apuesta
y el préstamo como una inversión (no de orden
económico, sino afectivo). Era consciente de los riesgos que
entrañaba esta extraña apuesta, pero los cuatro
años que Uei-Kuong había pasado con él
habían borrado muchos de los prejuicios que sentía contra
los kueis (De no ser esto cierto, por lo menos sus
sentimientos hacia este kuei en particular era diferente
a los que sentía hacia los demás). A sus ojos, su
empleado se parecía cada día más a un chino nativo
que a un kuei
. Al igual que un chino, Uei-Kuong no podía hablar decentemente
ni siquiera el castellano más elemental, pese a los cuatro
años trancurridos. Su vocabulario se reducía a los
nombres de los artículos que se vendían en la tienda y a
unas cuantas expresiones de uso común, y su pronunciación
era tan deplorable como la del Tío Keng o incluso peor. El
Tío Keng siempre había creído que los chinos eran
las personas con menos aptitud natural para aprender lenguajes,
después de conocer a Uei-Kuong, se dio cuenta de que no era en
realidad una simple cuestión de aptitud o don natural. La
proverbial incapacidad de los chinos en aprender el español o
cualquier otro idioma occidental se debe a la diferencia abismal
existente entre éstos y su lengua materna: una diferencia no
sólo de orden gramatical y fonético, sino
fundamentalmente sintáctico. Uei-Kuong, para quien el
cantonés era su lengua materna y no el español,
padecía de esa ineptitud de la misma forma que cualquier chino.
El préstamo permitió a Uei-Kuong instalar su propio
negocio e
independizarse económicamente. Con ello el Tío Keng
perdía a un
empleado modelo, que cada día era más difícil de
hallar, pero el viejo
se consolaba diciendo a sí mismo que a cambio ganaba la gratitud
y la
amistad de un buen hombre. Y el Tío Keng no se equivocó.
Uei-Kuong solía hacer frecuentes visitas a su ex empleador, pero
había una en cada año que tenía para él un
significado especial. Esa visita la hacía varios días
antes de cada Año Nuevo; era el día en que Uei-Kuong
venía a pai-nin
. Era, asimismo, el día en que venía a devolver al
Tío Keng parte del dinero que le adeudaba. Como el Tío
Keng se había rehusado a cobrarle intereses por el
préstamo, la única forma para Uei-Kuong de testimoniar su
gratitud era atiborrando al viejo y a su familia de obsequios,
aprovechando la ocasión de la fiesta. Cuando, años
más tarde, terminó finalmente de devolver al Tío
Keng los ciento veinte mil soles, Uei-Kuong continuó trayendo
regalos año tras año, al término de cada uno de
ellos.
Cuando logró tener la marcha del negocio asegurada y ahorrar
cierta buena suma de dinero, decidió por fin casarse.
Tenía entonces cerca de cuarenta años. Hacía
tiempo que debió haberlo hecho. Su anciana tía, que por
años había tratado de convencerlo para que dejase la
soltería, se había cansado ya de que sus palabras cayeran
siempre en oídos sordos. Pero Uei-Kuong sostenía
obcecadamente que no debía casarse mientras su situación
económica no fuera estable y no estuviera en condiciones de dar
a su futura esposa y a sus futuros retoños una vida más o
menos asegurada. Uei-Kuong no quería vivir, como muchos de sus
primos, con la carga de una familia pendiendo sobre su cabeza como una
espada de Damocles, en constantes zozobras a causa de apuros
pecuniarios.
Con la finalidad de que hiciera amistad con las chicas, la tía
lo
llevaba en lo posible a todas las reuniones familiares y sociales; pero
Uei-Kuong, que iba siempre muy renuente, se mostraba tan inepto en el
galanteo como en el manejo del español. Uei-Kuong no
bebía cerveza; no
sabía ningún baile ni le gustaba bailar; parecía
torpe porque se
conducía con una simplicidad desusada en el medio; y era
increíblemente
tímido para un hombre de su edad. Se sentía fuera de
lugar en aquellas
reuniones y aprovechaba cualquier oportunidad que se le ofrecía
para
escurrirse. No llegó jamás a intimar con ninguna de las
chicas que le
eran presentadas. La barrera idiomática, si bien existió
en alguna
forma, no jugó un rol importante en ello. Si había algo
que se
interponía entre las chicas y él, y que él no era
capaz de franquear,
aquel algo era de índole psicológica. Aunque Uei-Kuong
podía
comunicarse con las chicas, con gran esfuerzo por cierto pero
más o
menos inteligiblemente, esa comunicación era meramente
superficial:
carecía siempre de profundidad e intimidad. Las chicas le
parecían
Uei-Kuong como pertenecientes a otra raza, otro pueblo u otro mundo,
muy distinto al suyo. Y fue por eso que un día, durante una de
sus
visitas regulares a la tienda-casa del Tío Keng, y
después de un breve
preámbulo en la trastienda con el viejo, Uei-Kuong subió
al segundo
piso y por más de una hora se encerró con la mujer de
aquél: la Tía
Keng tenía cierta fama de casamentera.
No fue difícil para la Tía Keng encontrar una chica
apropiada para Uei-Kuong, aun cuando no fuera casamentera profesional
sino amateur, pero convencer a los padres de la chica de que Uei-Kuong
era el marido idóneo que esperaban para su hija ya es harina de
otro costal. Cuántos padres chinos, que tengan algo de buen
criterio y sensatez, permitirían que sus hijos se casen con un kuei
? No muchos, por cierto. Por otro lado, qué muchacha de origen
chino, salvo que fuera una tusan
, preferiría a un kuei de marido? Tal vez ninguna.
Después de dos tentativas frustradas en que en vano trató
de demostrar que Uei-Kuong era un kuei
muy diferente a los otros y a quien no debían mirar con los
mismos
cristales del prejuicio, la Tía Keng no tuvo más remedio
que cambiar de
modus operandi. Por qué mencionar la verdadera nacionalidad de
Uei-Kuong? Por qué no dejar que piensen que es un tusan
? Después de todo, Uei-Kuong llevaba el apellido del viejo Lau y
por ello bien podía hacerse pasar por un tusan
. No era por cierto un tusan muy convincente, por su
falta total de rasgos chinos; pero, a fin de cuentas, un tusan
poco convincente era mucho más preferible que un kuei
confeso. Sin embargo, pese a esta concesión Uei-Kuong fue
considerado aún con recelo: bien puede ser que un tusan no haya
heredado ninguna de las tantas cualidades y virtudes de su progenitor
chino, y en cambio sí todos los defectos indeseables de su otra
estirpe! Cuando lou Koc, de Jesús María,
aceptó finalmente dar a Uei-Kuong su hija de veintisiete
años en matrimonio, no fue sino después de haberlo
convidado a comer, en su casa, en más de cuatro oportunidades.
Aquellas cenas fueron en realidad lo que lo envalentó a tomar
una decisión tan temeraria. Escuchar hablar a Uei-Kuong en
cantonés fluido y verlo comportarse con timidez -cualidad o
defecto que difícilmente puede esperarse de un kuei- y la
sencillez de un hombre que había crecido en el campo y cuyo
corazón aún le pertenecía, fueron argumentos
más efectivos que todas las alabanzas y encomios de la
Tía Keng.
La boda de Uei-Kuong se realizó con una ceremonia sencilla. Hubo
un
pequeño banquete, y a él asistieron los pocos de sus
parientes, los
familiares más cercanos de la novia y la familia del Tío
Keng. En
cambio no hubo viajes de luna de miel, pues las limitaciones de
Uei-Kuong no le permitían mayores gastos; y porque, para ser
fiel a la
verdad, la idea de una "luna de miel" jamás pasó por la
cabeza de
Uei-Kuong, que no era precisamente un espíritu romántico.
En los cuatro años siguientes, la mujer de Uei-Kuong le dio dos
varones y una niña. Uei-Kuong habló con el Tío
Keng sobre su deseo de poner al primogénito en el Sam Men
, cuando éste cumpliera los seis años; pero el plan nunca
llegó a materializarse. En el quinto año de su
matrimonio, Uei-Kuong vendió a su socio la parte de la tienda
que le correspondía, se mudó a Chincha, compró
allí una chacra y se puso a trabajarla. Más pudo su
vocación innata de hombre del campo que todas las ventajas y
promesas que ofrecen las grandes ciudades.
" COMO va tu chacra?" preguntó el Tío Keng, mientras
partía un pastelillo chino en dos mitades. "Oí decir que
ha habido sequía en la región del sur."
"Por suerte ha sido sólo por unos pocos meses," dijo Uei-Kuong,
sonriendo, "aunque nos tuvo preocupados a todos. Si duraba más
se habría malogrado la cosecha de las hortalizas."
"Ah, las hortalizas," dijo el viejo. " Has tratado alguna vez de
plantar wo-si en tus tierras? Se está vendiendo muy bien el wo-si
en el Barrio. Parece que lo cultiva alguien de Sen-ui en Cañete."
El Tío Keng metió una de las mitades del pastelillo en la
boca y prácticamente la tragó sin masticarla con su
dentadura postiza, que le había costado una buen suma de dinero
y que no había resultado del todo satisfactoria. "Come",
instó a Uei-Kuong, indicando el plato que contenía los
pastelillos.
Uei-Kuong prefirió servirse otra taza de té. Se dijo para
sí que después de despedirse del Tío Keng
aprovecharía la ocasión para ir a dar unas vueltas por
Paruro y por Capón, y que antes de marcharse de regreso
iría al Sen Chun Wa a comprar una lata de
té y una botella de salsa de marisco. No me debo olvidar sobre
todo de la salsa de marisco, se dijo. Trató de recordar
qué otras cosas debía de comprar además, pero la
voz del Tío Keng lo sacó de su involuntaria
distracción. El viejo quería saber en qué
año estaba su hijo mayor.
"Está en el cuarto de primaria," dijo Uei-Kuong.
"Es un chico inteligente," aseveró el Tío Keng. No
pretendía halagar a su ex dependiente; simplemente reafirmaba
algo que era un hecho ya reconocido. "Lástima que no puedas
ponerlo en el Sam Men y que en Chincha no haya un colegio
chino," agregó un poco decepcionado.
"Lo sé," contestó Uei-Kuong con resignación. El
único inconveniente en vivir lejos de Lima siempre había
sido para él el no poder colocar a sus hijos en el colegio
chino. Los chicos fueron puestos en una escuela pública, y ni
Uei-Kuong ni su mujer estaban contentos con este hecho. La mujer de
Uei-Kuong sostenía que, estudiando al lado de chicos kueis
, sus propios hijos corrían el riesgo de ser "estropeados" por
aquéllos. Uei-Kuong mismo no estaba lejos de sentir lo mismo.
"Tal vez debieras mandarlos a vivir en Lima, con tus primas, para que
pueda estudiar en el Sam Men
," prosiguió el Tío Keng. "De lo contrario no
tardará en convertirse completamente en un kuei
."
"De hecho ya es todo un kuei
," contestó Uei-Kuong, suspirando, sintiéndose más
que nunca impotente. Solía sentir lo mismo cuando algunas veces,
ya fuera en Pun-yi o en Chincha, no había lluvia por meses y las
tierras labradas se secaban y se cuarteaban ante sus ojos, sin que
él pudiera hacer nada para remediar la situación. "Por
más que le pego no quiere hablar cantonés en casa,"
dijo;" y no nos tiene respeto ni a mí ni a su madre."
"Deberías tratarlo con mayor severidad," dijo el Tío Keng
gravemente.
"Todos los chicos aprenden si les dan suficientes palizas en los
lugares apropiados." Y añadió a modo de
ilustración, remontando su
memoria unos sesenta o más años atrás, "Mi padre
solía darme de
latigazos con una vara de mimbre en las pantorillas cada vez que me
portaba mal. Hay que ver cómo dolían y también
cómo me enderezaron
aquellos varazos!"
Uei-Kuong tomó uno de los pastelillos chinos y empezó a
pelar su capa exterior en silencio. Sus ojos hundidos se concentraron
en el pastelillo y en lo que hacían sus ásperas manos.
Era difícil adivinar lo que pasaba en ese instante por su
cabeza, pues su rostro oscuro, como siempre que se hallaba serio, no
mostraba expresión alguna. El Tío Keng lo miró
atentamente y la vista no le gustó: cuando Uei-Kuong se callaba
y se ponía adusto, daba la impresión de que fuera un kuei
. Para romper esta ilusión tan poca grata el viejo
extendió de nuevo la mano hacia el termo y se apresuró a
decir, solícito, " Un poco más de té?"
El hombre de nariz pronunciada que se hallaba enfrente suyo
levantó su rostro del pastelillo, contestó en suave y
cálido cantonés, "Gracias, Keng tai-súk
," y adelantó su taza media vacía para que se la llenara
nuevamente.
|
|
|