LOS COMPADRES



I


LOU CHOU y lou Lam eran compadres desde hacía veinte y tantos años, pero su amistad se remontaba al mismo día en que ambos se embarcaron en el vapor que partía hacia El Callao, desde Hong Kong. En el barco, ambos compartieron juntos un camarote de tercera clase y comieron en una misma mesa. Aunque lou Chou era hakká y lou Lam de Chung-shan, se entendían perfectamente bien entre sí pues ambos hablaban el cantonés. Tenían aficiones diferentes, pero no incompatibles. Lou Chou era por entonces un tahur trasnochador, fumaba sin parar, echando humo con mayor continuidad que las calderas del vapor y tenía una nerviosa forma de hablar, como si tuviera siempre los nervios en punta. Lou Lam, más bajo y más corpulento que su compañero de viaje, era, en cambio, una de esas personas que suelen tardar media hora para tomar una taza de té o café, aun cuando permaneciera callado durante todo aquel lapso de tiempo. Fumaba también, pero con discreción, y se iba a la litera temprano, con una regularidad castrense. Normalmente dos personas así no suelen llegar a ser más allá de simples y casuales conocidos, pero el viaje fue largo, tenían un destino común y el futuro de ambos eran igualmente inciertos, de manera que si bien no intimaron inmediatamente, las bases de sus relaciones posteriores se sentaron firmemente durante aquella prolongada travesía por mar.

Una vez en Lima, lou Chou se instaló como carnicero y lou Lam como cocinero de uno de los antiguos chifas de la calle Capón. Ambos continuaron reuniéndose asiduamente, ya fuera en el Kou Sen , el salón de té, o en algún lugar de juegos ilícitos. La pasión de lou Chou por el juego había disminuido considerablemente. Lou Lam, en cambio, se aficionaba cada vez más por el mah-jong y el póker, con los que los cocineros y los mozos se entretenían para pasar las largas noches, cuando escaseaba la clientela. Su suerte no era buena entonces, y perdía la mitad de su suelto en los juegos, de manera que cuando, unos cuatro años más tarde, alcanzó lou Chou a reunir suficiente dinero como para instalar una bodega y casarse con una tusan , él seguía siendo un solterón y seguía empleado en el chifa. Durante algunos años más lou Lam continuó de mala racha, hasta que alguien le aconsejó invertir lo poco de sus ahorros en un negocio de confección, junto con otros tres asociados. El negocio de confección, manejado hábilmente por el descendiente de un culí, prosperó con inesperada rapidez. Lou Lam abandonó entonces su empleo de cocinero y se encargó personalmente de la distribución de las camisas y de los pantalones que el negocio producía. Aquel mismo año se casó con la hermana solterona del nieto del culí. No tenía todavía ninguna fortuna, ganaba apenas lo suficiente como para mantener a su nueva familia, pero el viento había comenzado a soplar por el lado favorable de la vela. Mientras tanto, lou Chou había tenido durante aquel lapso dos hijos varones: uno de ellos había cumplido los cuatro años; el otro, los tres; y ambos no habían sido aún bautizados. Ahora bien, quién mejor que lou Lam, su "camarada de barco", con quien incluso había compartido el mismo camarote, para ser el padrino de los chicos?

Los hijos de lou Chou recibieron el sacramento del bautismo en la Iglesia del Carmen de los Barrios Altos. Después de la ceremonia del bautizo lou Chou dio un pequeño banquete de diez mesas en el Tung Po , derrochando los ahorros de casi un año en una sola noche. En el transcurso del banquete, lou Chou y lou Lam empezaron a llamarse "compadres" con verdadera unción.

Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces y muchas cosas han cambiado en ese lapso. El nieto del culí, o sea el cuñado de lou Lam, murió de un derrame cerebral, un día en que asistía a las carreras en el Hipódromo; y el manejo del negocio de confección pasó a las manos de lou Lam. En menos de dos años éste adquirió todas las acciones de sus socios, falsificando hábilmente los libros de contabilidad y reduciendo a propósito la producción, haciéndoles creer que la fábrica marchaba por el camino de la quiebra. Sus socios fueron completamente cándidos como para dejarse engañar por esa treta de lou Lam, que había aprendido a dejar a un lado los escrúpulos y las consideraciones morales cuando se trataba de cuestiones de negocios o de cualquier otra cosa que en una u otra forma pudiera beneficiarle. En los años siguientes, lou Lam no sólo devolvió a la fábrica su antiguo ritmo de producción sino que la transformó de una industria pequeña a una de producción mayor. Y lou Lam empezó a hacerse rico, mientras lou Chou, su compadre, ni mejoraba ni enpeoraba: seguía siendo un modesto tendero, que ganaba lo suficiente como para alimentar las cuatro bocas que constituían la familia, pero incapaz de aspirar a mayores lujos o comodidades. Mientras lou Lam empezaba a adquirir carros de modelos del año y a edificar una mansión en San Isidro, con amplios jardines y piscina, la mujer de lou Chou se volvía cada día más amargada y volcaba su frustración contra el pobre de su marido. Lou Chou, para acortar un poco la distancia que económicamente lo separaba de su compadre, y para no sufrir la vergüenza de ir en taxis o en autobuses a la mansión de éste, compró un Chevrolet de segunda mano y aprendió a manejarlo.

Hacia fines de los años sesenta, la fábrica de lou Lam se había expandido hasta ocupar toda la manzana de la avenida Venezuela; y lou Lam, calvo y gordo ahora, tenía todo el aspecto de un próspero hombre de negocios. Cuando lou Lam decidió comprar en Ancón una casa de verano, la frustración de lou Chou alcanzó límites peligrosos. Por momentos, lou Chou deseó fervorosamente no haber tenido ningún lazo de compadrazgo con lou Lam, no haber sido "camarada de barco" suyo ni haberse cruzado jamás con él en la vida. De haber sido así, la vida de lou Chou probablemente hubiera resultado más feliz o, al menos, más apacible, sin tener que aguantar a una esposa que no cesaba de incriminarlo por su "ineptitud en hacer tanto dinero como nuestro compadre", y sin tener en lou Lam un modelo con quien siempre se viera en la obligación de compararse, aun contra su propia voluntad. No dejaría, por supuesto, de sentir envidia por la buena suerte de lou Lam, pero eso hubiera sido bastante normal, pues de la misma manera hubiera envidiado a cualquier hombre de suerte, eso es, de cualquier hombre que hubiese amasado alguna considerable fortuna.

El compadrazgo con lou Lam le significaba además un fuerte desembolso de dinero, que por cierto no le sobraba. Había compromisos -cumpleaños, fiestas navideñas, etc.- a los que le era imposible eludir, y para no "perder la cara" en tales ocasiones, lou Chou gastaba en ropas y regalos más de lo que un simple tendero estaba en condiciones de gastar. En cierto modo, pues, esa relación de afinidad con lou Lam no sólo le ocasionaba una frustración traumatizante: indirectamente, lo empobrecía aún más, razón de más para que lou Chou maldijera el día en que se le ocurrió pedir a lou Lam que fuese el padrino de sus dos hijos.

A medida que transcurrían los años sin que ningún cambio extraordinario -cifrado éste en las suertes mayores de las loterías y en una buena mano en los juegos- llegase a ocurrirle, lou Chou se volvía fatalista. Hay hombres que han nacido para ser ricos, se decía, y hay otros que, como yo, están condenados a ser pobres toda su vida. Y lou Chou se resignaba. Curiosamente, su resignación le devolvió la paz a su espíritu.



II



TODAS las mañanas, salvo los domingos, lou Chou abría la tienda a las siete y media en punto, poco después de que sus dos hijos se hubieran marchado a sus respectivos centros de trabajo. Invariablemente, el primero en entrar en la tienda era la señora Victoria, la canillita, una mujer entrada en años pero aún muy fornida. Entraba, saludaba a todo el mundo con su animada y recia voz y dejaba sobre el mostrador un ejemplar de El Comercio , que lou Chou compraba para mantenerse al tanto de los precios de los artículos que estaban sujetos al control oficial. Su mujer era quien leía el periódico, pero lou Chou, que entendía algunas palabras y expresiones corrientes, siempre les echaba una ojeadita a las fotografías y los titulares.

Aquella mañana de julio lou Chou había abierto la tienda como de costumbre, la señora Victoria había dejado el periódico en el mostrador como de costumbre, y como de costumbre, lou Chou había empezado a hojearlo, aprovechando que ningún parroquiano había aparecido todavía, cuando pegó un grito que sacó rápidamente a su mujer de la trastienda.

" Qué es lo que ocurre?" quiso saber su mujer, alarmada.

Lou Chou estaba en un estado de visible agitación. Señaló el periódico abierto con un dedo que le temblaba en el aire. "Mira esto", dijo. " No es ésta la fábrica de nuestro compadre?".

" Qué ocurre con la fábrica de lou Lam?" preguntó su esposa. Hablaba una curiosa mezcla de cantonés y castellano, con la que, sin embargo, se entendía perfectamente con su marido.

"Parece que se ha quemado", dijo lou Chou; y fue todo lo que, durante un considerable tiempo, le dejó articular la emoción que lo embargaba completamente. Quiso mostrarse apesadumbrado, pero el tono de su voz, con gran desconsuelo de su parte, sonó casi jovial. Para entonces su mujer ya se había apoderado del periódico y leía rápidamente las dos columnas insertadas en la página local, debajo de la fotografía que mostraba la fábrica damnificada. El incendio, decía el periódico, se había iniciado a las once de la noche, probablemente a causa de un corto circuito, y había afectado todo el almacén y parte de las instalaciones principales. El fuego duró cuatro horas enteras. Al momento del cierre de la edición, los escombros aún echaban pesadas y altas columnas de humo negro. Los daños ocasionados, en una primera estimación, se calculaban alrededor de los cuarenta millones de soles.

La mujer de lou Chou tradujo toda esa información para su esposo, quien la escuchaba con avidez. Cuando su mujer terminó de hablar, lou Chou echó de nuevo un vistazo a la fotografía y trató infructuosamente de leer la noticia por su propia cuenta. " Qué desgracia!" suspiró cuando levantó al fin el rostro del periódico. Movió la cabeza de un lado al otro en señal de pesar. "No es justo", comentó, "que lo que uno ha tardado veinte años en edificar el fuego se lo consume en una sola noche, en pocas horas".

Pobre lou Lam, se dijo lou Chou, aliviado de repente de un enorme peso que por años había tenido sobre sus espaldas, y al mismo tiempo sintiéndose algo culpable de ser capaz de un sentimiento tan poco loable.

Y a medida que oía la versión de su mujer, repetidas por enésima vez, y comprobaba reiteradamente la magnitud del siniestro por lo mostrado en la fotografía, lou Chou se sentía de nuevo reconciliado con el Destino, al que había repudiado desde hacía mucho tiempo. Por fin se hizo justicia, se dijo lou Chou; la suerte no puede ni debe durar a alguien toda la vida; lou Lam no podía acapararla para sí siempre. Pero al poco rato de cruzar este pensamiento por su cabeza lou Chou se arrepintió. Es malo alegrarse de una desgracia ajena, se reprochó a sí mismo, más aún si este alguien es el padrino de sus propios hijos. Lou Chou escudriñó el rostro flácido de su mujer, tratando de averiguar si sentía lo mismo que él. Por la expresión incómoda del rostro de ésta y por su mirada esquiva, el tendero comprendió que él no era el único por cuya cabeza habían pasado pensamientos tan pocos encomiables.

"Será mejor que llamemos a lou Lam para decirle cuánto sentimos por todo lo que le acaba de pasar", dijo lou Chou a su mujer. " Crees que estará ahora en casa?".

"Lo dudo mucho", contestó ella juiciosamente, "Pero haré el intento de todas maneras".

La sirvienta de la mansión de lou Lam contestó la llamada. El señor Lam, dijo, se había marchado a la fábrica apenas se enteró de lo del incendio y no había regresado en toda la noche. La señora Lam? Pues acababa también de irse a la fábrica en el carro de su hijo. La mujer de lou Chou, quien fue la que hizo la llamada, colgó inmediatamente la bocina y marcó el número de la fábrica. Esperó en vano unos quince minutos: la línea sonaba a ocupado.

"No hay caso que lo llamemos ahora", dijo cuando volvió a colgar la bocina. "Va a estar muy ocupado toda la mañana y tal vez todo el día".



Durante el almuerzo lou Chou comió con inusitado apetito. A pesar de todos sus esfuerzos por reprimir su jovialidad, ésta persistía terca y desvergonzadamente, como una erección. Lou Chou prendió el televisor para ver si en el noticiero del mediodía pasaba más información acerca del incendio. Al encender el aparato y esperar la aparición del rostro del locutor en la pantalla, se sintió embargado de emoción, como si fuera un chiquillo que aguardaba la aparición de la caballería salvadora, que siempre lo hace tan oportunamente en los westerns. Pero le esperaba una decepción: el noticiero no sólo se limitó a repetir las pocas informaciones que ya habían sido proporcianadas por los periódicos, y que lou Chou se las sabía de memoria, sino que redujo considerablemente el monto de las pérdidas de los cuarenta millones originales a apenas unos quince. Al término del noticiero, que no pasó tampoco filmación alguna del siniestro, lou Chou se halló a sí mismo muy confundido e intranquilo. En fin,  las pérdidas eran de cuarenta millones o solamente de quince?

Con esta interrogante en la mente lou Chou ya no podía echar su siesta como de costumbre. Después de estar acostado un ratito en la cama se levantó, subió a su viejo Chevrolet y enrumbó hacia la avenida Venezuela. No se había decidido aún si entraría a la fábrica y hablaría con su compadre o simplemente pasaría cerca de ella, pero de una cosa sí estaba completamente seguro: no podía quedar un segundo más en casa, sin hacer nada por despejar aquella terrible duda.

Al llegar al cruce de la avenida Venezuela con la avenida Tingo María, lou Chou, en vez de seguir adelante, se desvió por la avenida Arica, para ir a situarse justo en la parte posterior de la fábrica, donde estaba seguro de poder observar los efectos del incendio sin tener que toparse con su compadre. La parte posterior de la fábrica daba a un terreno baldío que estaba ahora medio cubierto por el agua de las bombas. En algunas partes del terreno la tierra había absorbido el agua, saturando el lugar de numerosos charcos de barro. A pesar de que el incendio se había extinguido hacía horas, había allí todavía una buena cantidad de curiosos, la mayoría de ellos palomillas. Lou Chou se acercó prudentemente, tratando de mirar más allá del muro que rodeaba toda la fábrica.

Pese al muro, que por cierto no era muy alto, los daños de las instalaciones eran visibles desde afuera. Tres de las construcciones habían sido quemadas hasta su techo de calamina, y estaban ennegrecidas por completo. En unas de ellas la intensidad de fuego había abierto un enorme hueco, torciendo la calamina como si fuera un rollo. Lou Chou, que había visitado la fábrica en muchas ocasiones, se dio cuenta de que el almacén había sido reducido prácticamente a escombros, y que dos de los talleres por lo menos, estaban en una situación muy similar.

Lou Chou permaneció parado en medio de un charco de barro por más de una hora, evaluando mentalmente los daños en términos monetarios. Cuando se dio finalmente por satisfecho, subió de nuevo a su Chevrolet y se alejó dando un complicado rodeo por los alrededores, para no tener que pasar por delante de la fábrica.



Dos días más tarde logró ver a su compadre. Lou Lam se veía cansado y soñoliento. Sin duda alguna no había pegado los ojos en días y, ciertamente, no le faltaban motivos. Estaba echado sobre un sillón de mimbre, cerca de la piscina, tomando un vaso de vodka. "Hola, compadre", dijo levantando el vaso, al verlo entrar. " Quieres una copa?".

Lou Chou dijo que no. Había preparado de antemano un breve discurso de pésame y se lo largó de inmediato. Mientras hablaba, lou Chou notó que su compadre lo miraba con una manera muy peculiar, como si quisiera escudriñar dentro de él, y aquello lo incomodó. Durante el trayecto de regreso, lou Chou se preguntó intranquilo si la expresión de su rostro o el tono de su voz no le habría traicionado en algún momento de aquella conversación.



A partir de aquel día del incendio, lou Chou se transformó prácticamente en otro hombre. Dejó de sentirse frustrado y amargado, y su humor fue mejorándose de día en día. Una mañana incluso bromeó brevemente con la más roñosa de sus parroquianas, a quien antes odiaba casi a muerte. Lou Chou mismo estaba asombrado por esta transformación suya. No ignoraba, sin embargo, a qué obedecía esta sorprendente trasnformación; y por ello a veces se reprochaba a sí mismo. Es que necesitaba ver a alguien en desgracia para poder sentirse feliz?





III


A MEDIADOS de setiembre lou Lam envió a su compadre una invitación para que fuera, con toda la familia, a una cena privada en su mansión. Desde el incendio, ambos habían dejado de verse por diferentes razones: lou Lam estaba entonces muy ocupado con las compañias de seguro y con las reparaciones; y lou Chou, siendo un hombre de tacto, no quiso ser inoportuno. Las cenas privadas las preparaba lou Lam mismo, que de vez en cuando gustaba de rememorar sus lejanos días de cocinero y ejercitar sus conocimientos culinarios. Lou Chou tuvo la sensación de que su compadre lo había invitado para anunciarle algo importante y digno de ser motivo de una pequeña celebración. De no ser así, lou Lam no se habría encargado personalmente de preparar los platos. La cena fue deliciosa. Uno de los platos resultó ser páuyui , que lou Chou no había probado en años. Lou Lam lo había mandado traer de contrabando desde Ecuador y lo reservaba para las grandes ocasiones.

Después de la cena, las esposas y los hijos de ambos se retiraron a la sala y los dejaron solos en el comedor, tomando vodka. Lou Lam estaba muy formalmente vestido, con terno, corbata y todo. Había tomado una buena cantidad de licor y tenía el rostro encendido. La sirvienta se retiró después de que lou Lam le ordenara traer otra botella de vodka.

Lou Lam encendió un cigarrillo y fumó en silencio durante un buen rato. Finalmente rompió el silencio. "Las compañías de seguros acaban de pagarme ", dijo, satisfecho.

Conque ése es el motivo de esta pequeña celebración, se dijo lou Chou, sorprendido de su compadre pudiera hallar en ello una razón para festejarse. Las indemnizaciones pagadas por las compañias de seguros nunca alcanzan a cubrir el monto total de las pérdidas, por la sencilla razón de que las instalaciones y otros activos fijos nunca son aseguradas en forma adecuada. Y lou Chou lo sabía perfectamente. Contestó sin mucho entusiasmo, " De veras?"

"Muy de veras", dijo lou Lam; la poca entusiasta reacción de lou Chou no hizo que su buen humor sufriera ningún desmedro. Tiró la colilla al piso, que no estaba alfombrado en esta parte del comedor, la pisó enérgicamente con el pie y encendió otro Marlboro.

Lou Chou se sirvió para sí otro trago.

"Dime, compadre", dijo lou Lam, después de dar unas largas chupadas a su cigarrillo y, al parecer, apartándose del tema anterior, " crées tú que soy un hombre de suerte?".

Lou Chou no esperaba ni en sueños que le hicieran una pregunta semejante. Podía un hombre, que acababa de perder nada menos que treinticinco millones de soles, considerarse a sí mismo un hombre de suerte? Aun cuando las indemnizaciones de las compañías de seguros pudieran reducir esa pérdida a menos de la mitad, el asunto no era de ningún modo un golpe de buena fortuna. Por unos segundos lou Chou miró a lou Lam desconcertado, sin saber exactamente si éste le estaba tomando o no el pelo.

"Siempre lo has sido", optó finalmente por una cautelosa respuesta. " Por qué?" agregó con curiosidad.

Lou Lam sacó el cigarrillo de la boca, tomándolo con el dedo pulgar y el índice, de una forma poco elegante. Aquel gesto era lo único que discrepaba con su aspecto externo, pulcro y sofisticado, y hacía recordar a lou Chou de aquel hombre callado y pobre que tuvo de compañero de camarote varias décadas atrás. Lou Lam se rió con aire de misterio, y obviamente muy complacido de sí mismo por haber dejado a lou Chou totalmente despistado.

"Siempre he sido un hombre de suerte, como acabas de decir", dijo luego, ya completamente en serio, "pero no sabes realmente en qué medida soy afortunado. Sabes, por casualidad, que no he perdido plata con el incendio sino todo la contrario, que he salido ganando?"

Lou Lam era sin duda alguna un hombre dotado de un talento histriónico natural, que sabía perfectamente bien cómo crear un clímax y cómo obtener el mejor efecto de ello. Inmediatamente después de haber dicho esas últimas palabras volvió a insertar el cigarrillo entre sus labios, sin prestar atención a su compadre. Todo su interés parecía concentrarse en el cigarrillo. Lou Chou, por su parte, no daba crédito a lo que había oído.

" Lo dices en serio?" dijo al cabo de un largo silencio.

Lou Lam levantó finalmente el rostro. "Desde luego", dijo con aparente candidez, como si se sorprendiese de que fueran capaces de dudar de sus palabras.

La perplejidad de lou Chou llegó al colmo. " Y cómo?".

"Si te lo digo", dijo lou Lam socarronamente, " me prometes no decírselo a nadie más?"

Estaba demás exigir una promesa como ésa a lou Chou y él lo sabía perfectamente, pero se divertía sacándolo de quicio. Lou Chou replicó molesto, como él esperaba. "Nunca ha sido un chismoso. Tú lo sabes mejor que nadie".

"Bueno, bueno," dijo lou Lam en tono un poco condescendiente, tratando de aplacarlo. Permaneció un rato callado, tomando su tiempo, mientras su compadre lo miraba con indisimulable expectación. " Sabías que desde hace unos cinco años la fábrica no marchaba bien?" dijo al fin. " Sabías que me estaba yendo derechito a la bancarrota?" Al parecer, el recuerdo de aquello todavía lo inquietaba, pues dejó de repente su socarronería y sus afectaciones a un lado.

"No", respondió lou Chou con franqueza. La idea de que el negocio de lou Lam, siempre tan próspero al parecer, pudiera haberse ido a la quiebra tal como lo afirmara el mismo lou Lam, no sólo no había pasado jamás por su cabeza, sino que hubiera sido la última cosa que sería él capaz de imaginarse.

"No, por supuesto", dijo lou Lam, suspirando. "Después de todo, tú jamás has podido entender el funcionamiento de una fábrica. Pero lo cierto es que la fábrica marchaba mal: producíamos mucho y no vendíamos bien. El stock se iba acumulando en los almacenes y yo no podía parar la producción ni despedir a los obreros. Has visto mis almacenes? Estaban repletos hasta el techo. Qué iba yo a hacer con tantas camisas y tantos pantalones que no podían venderse? Las planillas y los gastos me tenían prácticamente asfixiado. Me endeudé y me desesperé. Un buen día -debí haber estado loco o cerca de estarlo- le dije al contador que comprara más pólizas contra incendio. Aseguré la fábrica en cuatro compañías de seguros por una suma exorbitante. Sabes qué fue lo que había cruzado entonces por mi cabeza?".

La expresión del rostro de lou Chou, que lo miraba incrédulo, era de sobresalto. " No querrás decir que tú mismo has quemado la fábrica?" dijo.

Lou Lam volvió a reírse alegremente. "Pues eso fue lo que me pasó entonces por la cabeza", dijo. Pero, naturalmente, no hice nada de eso. A pocos días de haber comprado las nuevas pólizas ya me encontraba reprochándome por la tontería que acababa de cometer. Yo no he nacido para incendiario: me falta valor para serlo. Si lo hubiera hecho, de seguro me habrían descubierto y me habrían mandado a la cárcel. No, yo no hice nada de eso". Lou Lam tiró la colilla al suelo y extendió la mano derecha hacia su vaso de vodka, que no había tocado casi. "Ahora bien", continuó su relato después de haber remojado sus labios en el licor, "imagínate ahora que una noche, mientras todavía seguía lamentándome por mi estupidez, el guardián nocturno de la fábrica me telefonea y me dice que el almacén acaba de incendiarse y que el fuego se va propagando hacia los talleres. Alguien le ha prendido fuego? le pregunté asustadísimo al guardián, porque si alguien lo hubiera hecho la sospecha recaería inmediatamente sobre mí, por lo de las pólizas extras. Cómo iba a ser, me contestó el guardián: seguro que ha sido un corto circuito. Y así fue: unos cables que se fundieron enhorabuena, mucho viento y mucho material inflamable acumulado en un solo lugar... No es eso un verdadero golpe de suerte? El incendio me quemó todo el stock y tres talleres quedaron dañados, pero me salvó nada menos que de una quiebra inminente". Lou Lam se detuvo de nuevo para apurar un largo sorbo de vodka, miró sonriente a su compadre y dijo en un tono más bajo, más pausado y al mismo tiempo más confiado, "No cabe la menor duda de que soy un hombre de lo más afortunado".

"No cabe la menor duda", repitió lou Chou mecánicamente, con una voz apenas audible. Muy dentro de él, en la parte más íntima de su ser, algo había comenzado a desmoronarse, lenta pero inexorablemente, como un castillo de arenas abandonado por los chicos que lo han levantado, mientras las olas del mar se rompen muy lejos de él y no pueden alcanzarlo.

Lou Chou se despidió a las dos de la madrugada. Regresó a casa en su viejo Chevrolet con su mujer y se metió de inmediato a la cama. A la mañana siguiente, lou Chou se despertó indispuesto y, por vez primera en más de diez años, no pudo salir a la tienda atender a sus parroquianos. Quizá la culpa la tuvo la gran cantidad de licor que había ingerido, o quizá fue porque el páu-yui no estaba del todo fresco.

Quizá.