LOS
COMPADRES
I
LOU CHOU y lou Lam eran compadres desde hacía
veinte y tantos años, pero su amistad se remontaba al mismo
día en que ambos se embarcaron en el vapor que partía
hacia El Callao, desde Hong Kong. En el barco, ambos compartieron
juntos un camarote de tercera clase y comieron en una misma mesa.
Aunque lou Chou era hakká y lou
Lam de Chung-shan, se entendían perfectamente bien entre
sí pues ambos hablaban el cantonés. Tenían
aficiones diferentes, pero no incompatibles. Lou Chou era
por entonces un tahur trasnochador, fumaba sin parar, echando humo con
mayor continuidad que las calderas del vapor y tenía una
nerviosa forma de hablar, como si tuviera siempre los nervios en punta.
Lou Lam, más bajo y más
corpulento que su compañero de viaje, era, en cambio, una de
esas personas que suelen tardar media hora para tomar una taza de
té o café, aun cuando permaneciera callado durante todo
aquel lapso de tiempo. Fumaba también, pero con
discreción, y se iba a la litera temprano, con una regularidad
castrense. Normalmente dos personas así no suelen llegar a ser
más allá de simples y casuales conocidos, pero el viaje
fue largo, tenían un destino común y el futuro de ambos
eran igualmente inciertos, de manera que si bien no intimaron
inmediatamente, las bases de sus relaciones posteriores se sentaron
firmemente durante aquella prolongada travesía por mar.
Una vez en Lima, lou Chou se instaló como
carnicero y lou Lam como cocinero de uno de los antiguos
chifas de la calle Capón. Ambos continuaron reuniéndose
asiduamente, ya fuera en el Kou Sen
, el salón de té, o en algún lugar de juegos
ilícitos. La pasión de lou Chou por el
juego había disminuido considerablemente. Lou Lam,
en cambio, se aficionaba cada vez más por el mah-jong
y el póker, con los que los cocineros y los mozos se
entretenían para pasar las largas noches, cuando escaseaba la
clientela. Su suerte no era buena entonces, y perdía la mitad de
su suelto en los juegos, de manera que cuando, unos cuatro años
más tarde, alcanzó lou Chou a reunir
suficiente dinero como para instalar una bodega y casarse con una tusan
, él seguía siendo un solterón y seguía
empleado en el chifa. Durante algunos años más lou
Lam continuó de mala racha, hasta que alguien le aconsejó
invertir lo poco de sus ahorros en un negocio de confección,
junto con otros tres asociados. El negocio de confección,
manejado hábilmente por el descendiente de un culí,
prosperó con inesperada rapidez. Lou
Lam abandonó entonces su empleo de cocinero y se encargó
personalmente
de la distribución de las camisas y de los pantalones que el
negocio
producía. Aquel mismo año se casó con la hermana
solterona del nieto
del culí. No tenía todavía ninguna fortuna, ganaba
apenas lo suficiente
como para mantener a su nueva familia, pero el viento había
comenzado a
soplar por el lado favorable de la vela. Mientras tanto, lou
Chou había tenido durante aquel lapso dos hijos varones: uno de
ellos había cumplido los cuatro años; el otro, los tres;
y ambos no habían sido aún bautizados. Ahora bien,
quién mejor que lou Lam, su "camarada de barco",
con quien incluso había compartido el mismo camarote, para ser
el padrino de los chicos?
Los hijos de lou Chou recibieron el sacramento del
bautismo en la Iglesia del Carmen de los Barrios Altos. Después
de la ceremonia del bautizo lou Chou dio un
pequeño banquete de diez mesas en el Tung Po
, derrochando los ahorros de casi un año en una sola noche. En
el transcurso del banquete, lou Chou y lou
Lam empezaron a llamarse "compadres" con verdadera unción.
Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces y muchas cosas han cambiado
en ese lapso. El nieto del culí, o sea el cuñado de lou
Lam, murió de un derrame cerebral, un día en que
asistía a las carreras en el Hipódromo; y el manejo del
negocio de confección pasó a las manos de lou
Lam. En menos de dos años éste adquirió todas las
acciones de sus
socios, falsificando hábilmente los libros de contabilidad y
reduciendo
a propósito la producción, haciéndoles creer que
la fábrica marchaba
por el camino de la quiebra. Sus socios fueron completamente
cándidos
como para dejarse engañar por esa treta de lou
Lam, que había aprendido a dejar a un lado los escrúpulos
y las consideraciones morales cuando se trataba de cuestiones de
negocios o de cualquier otra cosa que en una u otra forma pudiera
beneficiarle. En los años siguientes, lou
Lam no sólo devolvió a la fábrica su antiguo ritmo
de producción sino
que la transformó de una industria pequeña a una de
producción mayor. Y lou Lam empezó a
hacerse rico,
mientras lou Chou, su compadre, ni mejoraba ni enpeoraba:
seguía siendo un modesto tendero, que ganaba lo suficiente como
para alimentar las cuatro bocas que constituían la familia, pero
incapaz de aspirar a mayores lujos o comodidades. Mientras lou
Lam empezaba a adquirir carros de modelos del año y a edificar
una mansión en San Isidro, con amplios jardines y piscina, la
mujer de lou Chou se volvía cada día
más amargada y volcaba su frustración contra el pobre de
su marido. Lou Chou, para acortar un poco la distancia
que económicamente lo separaba de su compadre, y para no sufrir
la vergüenza de ir en taxis o en autobuses a la mansión de
éste, compró un Chevrolet de segunda mano y
aprendió a manejarlo.
Hacia fines de los años sesenta, la fábrica de lou
Lam se había expandido hasta ocupar toda la manzana de la
avenida Venezuela; y lou Lam, calvo y gordo ahora,
tenía todo el aspecto de un próspero hombre de negocios.
Cuando lou Lam decidió comprar en Ancón una
casa de verano, la frustración de lou Chou
alcanzó límites peligrosos. Por momentos, lou
Chou deseó fervorosamente no haber tenido ningún lazo de
compadrazgo con lou Lam, no haber sido "camarada de
barco" suyo ni haberse cruzado jamás con él en la vida.
De haber sido así, la vida de lou Chou
probablemente hubiera resultado más feliz o, al menos,
más apacible, sin tener que aguantar a una esposa que no cesaba
de incriminarlo por su "ineptitud en hacer tanto dinero como nuestro
compadre", y sin tener en lou Lam un modelo con quien
siempre se viera en la obligación de compararse, aun contra su
propia voluntad. No dejaría, por supuesto, de sentir envidia por
la buena suerte de lou Lam, pero eso hubiera sido
bastante normal, pues de la misma manera hubiera envidiado a cualquier
hombre de suerte, eso es, de cualquier hombre que hubiese amasado
alguna considerable fortuna.
El compadrazgo con lou Lam le significaba además
un fuerte desembolso de dinero, que por cierto no le sobraba.
Había compromisos -cumpleaños, fiestas navideñas,
etc.- a los que le era imposible eludir, y para no "perder la cara" en
tales ocasiones, lou Chou gastaba en ropas y regalos
más de lo que un simple tendero estaba en condiciones de gastar.
En cierto modo, pues, esa relación de afinidad con lou
Lam no sólo le ocasionaba una frustración traumatizante:
indirectamente, lo empobrecía aún más,
razón de más para que lou Chou maldijera el
día en que se le ocurrió pedir a lou Lam
que fuese el padrino de sus dos hijos.
A medida que transcurrían los años sin que ningún
cambio extraordinario -cifrado éste en las suertes mayores de
las loterías y en una buena mano en los juegos- llegase a
ocurrirle, lou Chou se volvía fatalista. Hay
hombres que han nacido para ser ricos, se decía, y hay otros
que, como yo, están condenados a ser pobres toda su vida. Y lou
Chou se resignaba. Curiosamente, su resignación le
devolvió la paz a su espíritu.
II
TODAS las mañanas, salvo los domingos, lou Chou
abría la tienda a las siete y media en punto, poco
después de que sus dos hijos se hubieran marchado a sus
respectivos centros de trabajo. Invariablemente, el primero en entrar
en la tienda era la señora Victoria, la canillita, una mujer
entrada en años pero aún muy fornida. Entraba, saludaba a
todo el mundo con su animada y recia voz y dejaba sobre el mostrador un
ejemplar de El Comercio
, que lou Chou compraba para mantenerse al tanto de los
precios de los artículos que estaban sujetos al control oficial.
Su mujer era quien leía el periódico, pero lou
Chou, que entendía algunas palabras y expresiones corrientes,
siempre les echaba una ojeadita a las fotografías y los
titulares.
Aquella mañana de julio lou Chou había
abierto la tienda como de costumbre, la señora Victoria
había dejado el periódico en el mostrador como de
costumbre, y como de costumbre, lou Chou había
empezado a hojearlo, aprovechando que ningún parroquiano
había aparecido todavía, cuando pegó un grito que
sacó rápidamente a su mujer de la trastienda.
" Qué es lo que ocurre?" quiso saber su mujer, alarmada.
Lou Chou estaba en un estado de visible
agitación. Señaló el periódico abierto con
un dedo que le temblaba en el aire. "Mira esto", dijo. " No es
ésta la fábrica de nuestro compadre?".
" Qué ocurre con la fábrica de lou Lam?"
preguntó su esposa. Hablaba una curiosa mezcla de
cantonés y castellano, con la que, sin embargo, se
entendía perfectamente con su marido.
"Parece que se ha quemado", dijo lou Chou; y fue
todo lo que, durante un considerable tiempo, le dejó articular
la
emoción que lo embargaba completamente. Quiso mostrarse
apesadumbrado,
pero el tono de su voz, con gran desconsuelo de su parte, sonó
casi
jovial. Para entonces su mujer ya se había apoderado del
periódico y
leía rápidamente las dos columnas insertadas en la
página local, debajo
de la fotografía que mostraba la fábrica damnificada. El
incendio,
decía el periódico, se había iniciado a las once
de la noche,
probablemente a causa de un corto circuito, y había afectado
todo el
almacén y parte de las instalaciones principales. El fuego
duró cuatro
horas enteras. Al momento del cierre de la edición, los
escombros aún
echaban pesadas y altas columnas de humo negro. Los daños
ocasionados,
en una primera estimación, se calculaban alrededor de los
cuarenta
millones de soles.
La mujer de lou Chou tradujo toda esa información
para su esposo, quien la escuchaba con avidez. Cuando su mujer
terminó de hablar, lou Chou echó de nuevo
un vistazo a la fotografía y trató infructuosamente de
leer la noticia por su propia cuenta. " Qué desgracia!"
suspiró cuando levantó al fin el rostro del
periódico. Movió la cabeza de un lado al otro en
señal de pesar. "No es justo", comentó, "que lo que uno
ha tardado veinte años en edificar el fuego se lo consume en una
sola noche, en pocas horas".
Pobre lou Lam, se dijo lou Chou, aliviado
de repente de un enorme peso que por años había tenido
sobre sus espaldas, y al mismo tiempo sintiéndose algo culpable
de ser capaz de un sentimiento tan poco loable.
Y a medida que oía la versión de su mujer, repetidas por
enésima vez, y comprobaba reiteradamente la magnitud del
siniestro por lo mostrado en la fotografía, lou
Chou se sentía de nuevo reconciliado con el Destino, al que
había repudiado desde hacía mucho tiempo. Por fin se hizo
justicia, se dijo lou Chou; la suerte no puede ni debe
durar a alguien toda la vida; lou Lam no podía
acapararla para sí siempre. Pero al poco rato de cruzar este
pensamiento por su cabeza lou Chou se arrepintió.
Es malo alegrarse de una desgracia ajena, se reprochó a
sí mismo, más aún si este alguien es el padrino de
sus propios hijos. Lou Chou escudriñó el
rostro flácido de su mujer, tratando de averiguar si
sentía lo mismo que él. Por la expresión
incómoda del rostro de ésta y por su mirada esquiva, el
tendero comprendió que él no era el único por cuya
cabeza habían pasado pensamientos tan pocos encomiables.
"Será mejor que llamemos a lou Lam para decirle
cuánto sentimos por todo lo que le acaba de pasar", dijo lou
Chou a su mujer. " Crees que estará ahora en casa?".
"Lo dudo mucho", contestó ella juiciosamente, "Pero haré
el intento de todas maneras".
La sirvienta de la mansión de lou Lam
contestó la llamada. El señor Lam, dijo, se había
marchado a la fábrica apenas se enteró de lo del incendio
y no había regresado en toda la noche. La señora Lam?
Pues acababa también de irse a la fábrica en el carro de
su hijo. La mujer de lou Chou, quien fue la que hizo la
llamada, colgó inmediatamente la bocina y marcó el
número de la fábrica. Esperó en vano unos quince
minutos: la línea sonaba a ocupado.
"No hay caso que lo llamemos ahora", dijo cuando volvió a colgar
la bocina. "Va a estar muy ocupado toda la mañana y tal vez todo
el día".
Durante el almuerzo lou Chou comió con inusitado
apetito. A pesar de todos sus esfuerzos por reprimir su jovialidad,
ésta persistía terca y desvergonzadamente, como una
erección. Lou Chou prendió el televisor
para ver si en el noticiero del mediodía pasaba más
información acerca del incendio. Al encender el aparato y
esperar la aparición del rostro del locutor en la pantalla, se
sintió embargado de emoción, como si fuera un chiquillo
que aguardaba la aparición de la caballería salvadora,
que siempre lo hace tan oportunamente en los westerns. Pero le esperaba
una decepción: el noticiero no sólo se limitó a
repetir las pocas informaciones que ya habían sido
proporcianadas por los periódicos, y que lou Chou
se las sabía de memoria, sino que redujo considerablemente el
monto de las pérdidas de los cuarenta millones originales a
apenas unos quince. Al término del noticiero, que no pasó
tampoco filmación alguna del siniestro, lou Chou
se halló a sí mismo muy confundido e intranquilo. En
fin, las pérdidas eran de cuarenta millones o solamente de
quince?
Con esta interrogante en la mente lou Chou ya no
podía echar su siesta como de costumbre. Después de estar
acostado un ratito en la cama se levantó, subió a su
viejo Chevrolet y enrumbó hacia la avenida Venezuela. No se
había decidido aún si entraría a la fábrica
y hablaría con su compadre o simplemente pasaría cerca de
ella, pero de una cosa sí estaba completamente seguro: no
podía quedar un segundo más en casa, sin hacer nada por
despejar aquella terrible duda.
Al llegar al cruce de la avenida Venezuela con la avenida Tingo
María, lou Chou, en vez de seguir adelante, se
desvió por la avenida Arica, para ir a situarse justo en la
parte posterior de la fábrica, donde estaba seguro de poder
observar los efectos del incendio sin tener que toparse con su
compadre. La parte posterior de la fábrica daba a un terreno
baldío que estaba ahora medio cubierto por el agua de las
bombas. En algunas partes del terreno la tierra había absorbido
el agua, saturando el lugar de numerosos charcos de barro. A pesar de
que el incendio se había extinguido hacía horas,
había allí todavía una buena cantidad de curiosos,
la mayoría de ellos palomillas. Lou Chou se
acercó prudentemente, tratando de mirar más allá
del muro que rodeaba toda la fábrica.
Pese al muro, que por cierto no era muy alto, los daños de las
instalaciones eran visibles desde afuera. Tres de las construcciones
habían sido quemadas hasta su techo de calamina, y estaban
ennegrecidas por completo. En unas de ellas la intensidad de fuego
había abierto un enorme hueco, torciendo la calamina como si
fuera un rollo. Lou Chou, que había visitado la
fábrica en muchas ocasiones, se dio cuenta de que el
almacén había sido reducido prácticamente a
escombros, y que dos de los talleres por lo menos, estaban en una
situación muy similar.
Lou Chou permaneció parado en
medio de un charco de barro
por más de una hora, evaluando mentalmente los daños en
términos
monetarios. Cuando se dio finalmente por satisfecho, subió de
nuevo a
su Chevrolet y se alejó dando un complicado rodeo por los
alrededores,
para no tener que pasar por delante de la fábrica.
Dos días más tarde logró ver a su compadre. Lou
Lam se veía cansado y soñoliento. Sin duda alguna no
había pegado los ojos en días y, ciertamente, no le
faltaban motivos. Estaba echado sobre un sillón de mimbre, cerca
de la piscina, tomando un vaso de vodka. "Hola, compadre", dijo
levantando el vaso, al verlo entrar. " Quieres una copa?".
Lou Chou dijo que no. Había
preparado de antemano un breve discurso de pésame y se lo
largó de inmediato. Mientras hablaba, lou Chou
notó que su compadre lo miraba con una manera muy peculiar, como
si quisiera escudriñar dentro de él, y aquello lo
incomodó. Durante el trayecto de regreso, lou Chou
se preguntó intranquilo si la expresión de su rostro o el
tono de su voz no le habría traicionado en algún momento
de aquella conversación.
A partir de aquel día del incendio, lou Chou se
transformó prácticamente en otro hombre. Dejó de
sentirse frustrado y amargado, y su humor fue mejorándose de
día en día. Una mañana incluso bromeó
brevemente con la más roñosa de sus parroquianas, a quien
antes odiaba casi a muerte. Lou Chou mismo estaba
asombrado por esta transformación suya. No ignoraba, sin
embargo, a qué obedecía esta sorprendente
trasnformación; y por ello a veces se reprochaba a sí
mismo. Es que necesitaba ver a alguien en desgracia para poder sentirse
feliz?
III
A MEDIADOS de setiembre lou Lam envió a su
compadre una invitación para que fuera, con toda la familia, a
una cena privada en su mansión. Desde el incendio, ambos
habían dejado de verse por diferentes razones: lou Lam estaba
entonces muy ocupado con las compañias de seguro y con las
reparaciones; y lou Chou, siendo un hombre de tacto, no
quiso ser inoportuno. Las cenas privadas las preparaba lou
Lam mismo, que de vez en cuando gustaba de rememorar sus lejanos
días de cocinero y ejercitar sus conocimientos culinarios. Lou
Chou tuvo la sensación de que su compadre lo había
invitado para anunciarle algo importante y digno de ser motivo de una
pequeña celebración. De no ser así, lou
Lam no se habría encargado personalmente de preparar los platos.
La cena fue deliciosa. Uno de los platos resultó ser páuyui
, que lou Chou no había probado en años. Lou
Lam lo había mandado traer de contrabando desde Ecuador y lo
reservaba para las grandes ocasiones.
Después de la cena, las esposas y los hijos de ambos se
retiraron a la sala y los dejaron solos en el comedor, tomando vodka. Lou
Lam estaba muy formalmente vestido, con terno, corbata y todo.
Había tomado una buena cantidad de licor y tenía el
rostro encendido. La sirvienta se retiró después de que lou
Lam le ordenara traer otra botella de vodka.
Lou Lam encendió un cigarrillo y
fumó en silencio durante
un buen rato. Finalmente rompió el silencio. "Las
compañías de seguros
acaban de pagarme ", dijo, satisfecho.
Conque ése es el motivo de esta pequeña
celebración, se dijo lou Chou, sorprendido de su
compadre pudiera hallar en ello una razón para festejarse. Las
indemnizaciones pagadas por las compañias de seguros nunca
alcanzan a cubrir el monto total de las pérdidas, por la
sencilla razón de que las instalaciones y otros activos fijos
nunca son aseguradas en forma adecuada. Y lou Chou lo
sabía perfectamente. Contestó sin mucho entusiasmo, " De
veras?"
"Muy de veras", dijo lou Lam; la poca entusiasta
reacción de lou Chou no hizo que su buen humor
sufriera ningún desmedro. Tiró la colilla al piso, que no
estaba alfombrado en esta parte del comedor, la pisó
enérgicamente con el pie y encendió otro Marlboro.
Lou Chou se sirvió para sí
otro trago.
"Dime, compadre", dijo lou Lam, después de dar
unas largas chupadas a su cigarrillo y, al parecer, apartándose
del tema anterior, " crées tú que soy un hombre de
suerte?".
Lou Chou no esperaba ni en sueños
que le hicieran una pregunta semejante. Podía un hombre, que
acababa de perder nada menos que treinticinco millones de soles,
considerarse a sí mismo un hombre de suerte? Aun cuando las
indemnizaciones de las compañías de seguros pudieran
reducir esa pérdida a menos de la mitad, el asunto no era de
ningún modo un golpe de buena fortuna. Por unos segundos lou
Chou miró a lou Lam desconcertado, sin saber
exactamente si éste le estaba tomando o no el pelo.
"Siempre lo has sido", optó finalmente por una cautelosa
respuesta. " Por qué?" agregó con curiosidad.
Lou Lam sacó el cigarrillo de la
boca, tomándolo con el dedo pulgar y el índice, de una
forma poco elegante. Aquel gesto era lo único que discrepaba con
su aspecto externo, pulcro y sofisticado, y hacía recordar a lou
Chou de aquel hombre callado y pobre que tuvo de compañero de
camarote varias décadas atrás. Lou Lam se
rió con aire de misterio, y obviamente muy complacido de
sí mismo por haber dejado a lou Chou totalmente
despistado.
"Siempre he sido un hombre de suerte, como acabas de decir", dijo
luego, ya completamente en serio, "pero no sabes realmente en
qué medida soy afortunado. Sabes, por casualidad, que no he
perdido plata con el incendio sino todo la contrario, que he salido
ganando?"
Lou Lam era sin duda alguna un hombre
dotado de un talento
histriónico natural, que sabía perfectamente bien
cómo crear un clímax
y cómo obtener el mejor efecto de ello. Inmediatamente
después de haber
dicho esas últimas palabras volvió a insertar el
cigarrillo entre sus
labios, sin prestar atención a su compadre. Todo su
interés parecía
concentrarse en el cigarrillo. Lou Chou, por su parte, no
daba crédito a lo que había oído.
" Lo dices en serio?" dijo al cabo de un largo silencio.
Lou Lam levantó finalmente el
rostro. "Desde luego", dijo con aparente candidez, como si se
sorprendiese de que fueran capaces de dudar de sus palabras.
La perplejidad de lou Chou llegó al colmo. " Y
cómo?".
"Si te lo digo", dijo lou Lam socarronamente, " me
prometes no decírselo a nadie más?"
Estaba demás exigir una promesa como ésa a lou
Chou y él lo sabía perfectamente, pero se divertía
sacándolo de quicio. Lou Chou replicó
molesto, como él esperaba. "Nunca ha sido un chismoso. Tú
lo sabes mejor que nadie".
"Bueno, bueno," dijo lou Lam en tono un poco
condescendiente, tratando de aplacarlo. Permaneció un rato
callado, tomando su tiempo, mientras su compadre lo miraba con
indisimulable expectación. " Sabías que desde hace unos
cinco años la fábrica no marchaba bien?" dijo al fin. "
Sabías que me estaba yendo derechito a la bancarrota?" Al
parecer, el recuerdo de aquello todavía lo inquietaba, pues
dejó de repente su socarronería y sus afectaciones a un
lado.
"No", respondió lou Chou con franqueza. La idea de
que el negocio de lou Lam, siempre tan próspero al
parecer, pudiera haberse ido a la quiebra tal como lo afirmara el mismo
lou Lam, no sólo no había
pasado jamás por su cabeza, sino que hubiera sido la
última cosa que sería él capaz de imaginarse.
"No, por supuesto", dijo lou Lam, suspirando.
"Después de todo, tú jamás has podido entender el
funcionamiento de una
fábrica. Pero lo cierto es que la fábrica marchaba mal:
producíamos
mucho y no vendíamos bien. El stock se iba acumulando en los
almacenes
y yo no podía parar la producción ni despedir a los
obreros. Has visto
mis almacenes? Estaban repletos hasta el techo. Qué iba yo a
hacer con
tantas camisas y tantos pantalones que no podían venderse? Las
planillas y los gastos me tenían prácticamente asfixiado.
Me endeudé y
me desesperé. Un buen día -debí haber estado loco
o cerca de estarlo-
le dije al contador que comprara más pólizas contra
incendio. Aseguré
la fábrica en cuatro compañías de seguros por una
suma exorbitante.
Sabes qué fue lo que había cruzado entonces por mi
cabeza?".
La expresión del rostro de lou Chou, que lo miraba
incrédulo, era de sobresalto. " No querrás decir que
tú mismo has quemado la fábrica?" dijo.
Lou Lam volvió a reírse
alegremente. "Pues eso fue lo que
me pasó entonces por la cabeza", dijo. Pero, naturalmente, no
hice nada
de eso. A pocos días de haber comprado las nuevas pólizas
ya me
encontraba reprochándome por la tontería que acababa de
cometer. Yo no
he nacido para incendiario: me falta valor para serlo. Si lo hubiera
hecho, de seguro me habrían descubierto y me habrían
mandado a la
cárcel. No, yo no hice nada de eso". Lou Lam tiró la
colilla al suelo y
extendió la mano derecha hacia su vaso de vodka, que no
había tocado
casi. "Ahora bien", continuó su relato después de haber
remojado sus
labios en el licor, "imagínate ahora que una noche, mientras
todavía
seguía lamentándome por mi estupidez, el guardián
nocturno de la
fábrica me telefonea y me dice que el almacén acaba de
incendiarse y
que el fuego se va propagando hacia los talleres. Alguien le ha
prendido fuego? le pregunté asustadísimo al
guardián, porque si alguien
lo hubiera hecho la sospecha recaería inmediatamente sobre
mí, por lo
de las pólizas extras. Cómo iba a ser, me contestó
el guardián: seguro
que ha sido un corto circuito. Y así fue: unos cables que se
fundieron
enhorabuena, mucho viento y mucho material inflamable acumulado en un
solo lugar... No es eso un verdadero golpe de suerte? El incendio me
quemó todo el stock y tres talleres quedaron dañados,
pero me salvó
nada menos que de una quiebra inminente". Lou Lam se
detuvo de nuevo para apurar un largo sorbo de vodka, miró
sonriente a su compadre y dijo en un tono más bajo, más
pausado y al mismo tiempo más confiado, "No cabe la menor duda
de que soy un hombre de lo más afortunado".
"No cabe la menor duda", repitió lou Chou
mecánicamente, con una voz apenas audible. Muy dentro de
él, en la parte más íntima de su ser, algo
había comenzado a desmoronarse, lenta pero inexorablemente, como
un castillo de arenas abandonado por los chicos que lo han levantado,
mientras las olas del mar se rompen muy lejos de él y no pueden
alcanzarlo.
Lou Chou se despidió a las dos de
la madrugada. Regresó a casa en su viejo Chevrolet con su mujer
y se metió de inmediato a la cama. A la mañana siguiente,
lou Chou se despertó indispuesto
y, por vez primera en más de diez años, no pudo salir a
la tienda atender a sus parroquianos. Quizá la culpa la tuvo la
gran cantidad de licor que había ingerido, o quizá fue
porque el páu-yui no estaba del todo fresco.
Quizá.