LOS
CANGREJOS CAMINAN SOBRE LA ISLA
Anatoli
Dneprov
-
¡Eh! ¡Vayan con cuidado!
- les gritó Cookling a los marineros. Estos estaban con el agua
hasta la cintura, y después de haber metido por la borda de la
barca
un pequeño cajón de madera, intentaban arrastrarlo a lo
largo
de la borda.
Era el último cajón
de los diez que había traído el ingeniero a la isla.
- ¡Vaya calor! Es un infierno
- se lamentó Cookling secándose el rollizo y rojo cuello
con un pañuelo de colores. Después se quitó la
camisa
empapada de sudor y la echó sobre la arena -. Desnúdese,
Bad, aquí no hay ninguna civilización.
Yo miré
melancólicamente
la ligera goleta, que se mecía lentamente en las olas a unos dos
kilómetros de la costa. Debería volver por nosotros al
cabo
de veinte días. - ¿Para qué demonios nos hemos
metido
con sus máquinas en este infierno solar? - le dije a Cookling
cuando
me quitaba la ropa -. Con este sol, mañana se podrá liar
tabaco con su piel.
- No importa. El
sol nos hace mucha
falta. A propósito, mire, ahora es exactamente mediodía y
lo tenemos verticalmente sobre la cabeza.
- En el ecuador
siempre es así
- mascullé sin apartar los ojos de la «Paloma» -,
según
lo describen todos los libros de geografía.
Se acercaron los
marineros y se
pararon en silencio ante el ingeniero. Este, pausadamente, metió
la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un fajo de
billetes.
- ¿Basta? -
preguntó
alargándoles unos cuantos.
Uno de ellos
asintió con
la cabeza.
- En este caso,
están libres.
Pueden regresar a la nave. Recuérdenle al capitán Gale
que
lo esperamos dentro de veinte días.
- Manos a la obra,
Bad - me dijo
Cookling -. Estoy muy impaciente por empezar.
Yo lo miré
fijamente.
- Hablando
claramente, no sé
para qué hemos venido aquí. Comprendo que allá en
el Almirantazgo usted quizá tuviese ciertos reparos en
decírmelo
todo. Ahora creo que lo puede hacer.
El rostro de
Cookling se contrajo
en una mueca y miró al suelo.
- Claro que se
puede... Y allá
se lo habría dicho, de tener tiempo.
Presentí
que mentía,
pero no dije nada. Mientras tanto Cookling, de pie, se frotaba el
cuello
rojo púrpura con la rolliza palma de la mano.
Sabía que
cuando él
iba a mentir, siempre hacía esto.
Ahora me lo
confirmaba.
- Vea usted, Bad,
se trata de un
divertido experimento para verificar la teoría de ese,
cómo
se llama... - se interrumpió y clavó sus ojos en los
míos
con mirada penetrante.
- ¿De
quién?
- De sabio
inglés... Caramba,
se me ha ido de la cabeza su apellido... ¡Ah, lo recuerdo! de
Charles
Darwin.
Me acerqué
a él hasta
tocarlo y le puse la mano en el hombro desnudo.
- Oiga, Cookling.
Usted seguramente
cree que soy un idiota de remate y que no sé quién es
Charles
Darwin. Déjese de mentiras y dígame claramente para
qué
hemos desembarcado en esta parcela de arena ardiente en medio del
océano.
Y le ruego que no me mencione más a Darwin.
Cookling
soltó una carcajada,
abriendo la boca y mostrando sus dientes postizos. Se separó
unos
cinco pasos y dijo:
- Y a pesar de
todo usted es un
estúpido, Bad. Precisamente vamos a comprobar aquí la
teoría
de Darwin. - ¿Y para ello ha traído aquí diez
cajones
llenos de hierro? - le pregunté acercándome de nuevo a
él.
Me quemaba la sangre el odio hacia este gordiflón reluciente de
sudor.
- Sí - dijo
cesando de sonreír
-. Y en lo que se refiere a sus obligaciones, antes que nada tiene que
abrir el cajón número uno y sacar la tienda de
campaña,
el agua, las conservas y los instrumentos necesarios para abrir los
demás
cajones.
Cookling me
habló como lo
hizo en el polígono cuando me presentaron a él. Entonces
iba de uniforme militar y yo también.
- Está bien
- musité
entre dientes y me acerqué al cajón número uno.
En dos horas
levantamos allí
mismo, a la orilla, la tienda de campaña. Introdujimos en ella
la
pala, la barra, el martillo, varios destornilladores, un punzón
y otros instrumentos de herrería. Allí mismo colocamos
cerca
de un centenar de latas de diferentes conservas y los recipientes con
agua
dulce.
A pesar de ser
jefe, Cookling trabajaba
como un buey. En verdad estaba impaciente por empezar. Trabajando no
advertimos
cómo la «Paloma» levó anclas y
desapareció
tras el horizonte.
Después de
cenar la emprendimos
con el cajón número dos. En él había una
carretilla
común de dos ruedas parecida a las que se usan en los andenes de
las estaciones ferroviarias para transportar el equipaje.
Me acerqué
al tercer cajón,
pero Cookling me detuvo: - Examinemos primeramente el mapa. Tendremos
que
distribuir y llevar a diferentes sitios el resto de la carga.
Yo lo miré
con asombro.
- Es necesario
para el experimento
- me explicó.
La isla era
circular, como un plato
vuelto hacia abajo, con una pequeña bahía en el norte,
precisamente
donde desembarcamos. La bordeaba una playa de arena de unos cincuenta
metros
de ancho. A continuación de la franja de arena empezaba una
meseta
de poca altura con un matorral bajo y reseco por el calor.
El diámetro
de la isla no
pasaba de tres kilómetros.
En el mapa
había unas señales
con lápiz rojo: unas a lo largo de la playa, otras en el
interior.
- Lo que vamos a
sacar ahora tenemos
que distribuirlo por estos lugares - dijo Cookling.
-
¿Qué es esto? ¿Instrumentos
de medición?
- No - dijo el
ingeniero y se echó
a reír. Tenía la exasperante costumbre de reírse
cuando
alguien ignoraba lo que él sabía.
El tercer
cajón pesaba terriblemente.
Supuse que contenía una maciza máquina. Cuando saltaron
las
primeras tablas, poco me faltó para gritar de asombro. Del mismo
se deslizaron y cayeron planchas y barras metálicas de diversas
dimensiones y formas. El cajón estaba repleto de piezas
metálicas.
-
¡Como si
tuviéramos
que jugar al rompecabezas de cubos! - exclamé sacando los
pesados
lingotes: paralelepipédicos, cúbicos, circulares y
esféricos.
-
¡Quiá! - contestó
Cookling y la emprendió con el siguiente cajón.
El
cajón
número cuatro
y todos los siguientes, hasta el noveno inclusive, estaban llenos de lo
mismo: piezas metálicas.
Estas
piezas eran
de tres clases:
grises, rojas y plateadas. Sin dificultad determiné que eran de
hierro, cobre y zinc.
Cuando
iba a
emprenderla con el
décimo y último cajón Cookling dijo:
- Este lo
abriremos cuando hayamos
distribuido las piezas por la isla.
Los
tres
días siguientes
los invertimos en distribuir el metal por la isla. Las piezas las
poníamos
en pequeños montones. Unos, sobre la arena, otros, por
indicación
del ingeniero, los enterrábamos. En unos montones había
barras
metálicas de todas clases, en otros, sólo de una clase.
Cuando
terminamos
con todo esto,
volvimos a la tienda de campaña y nos acercamos al cajón
número diez.
-
Ábralo,
pero con cuidado
- ordenó Cookling.
Este
cajón
era mucho más
ligero que los otros y de menor dimensión.
En
él
había serrín
bien apisonado y, en medio, un paquete envuelto en fieltro y en papel
encerado.
Desenvolvimos el paquete.
Lo
que
apareció ante nosotros
era un aparato de forma rara.
A
primera vista
parecía un
gran juguete metálico para niños, semejante a un cangrejo
de mar. Sin embargo esto no era un cangrejo común y corriente.
Además
de las seis patas articuladas, llevaba delante dos pares más de
finos brazos-tentáculos, cuyos extremos estaban escondidos en el
entreabierto «hocico» del horroroso animal. En una
concavidad
del dorso del cangrejo brillaba un pequeño espejo
parabólico
de metal pulido con un cristal rojo oscuro en el centro. A diferencia
de
los cangrejos, éste tenía dos pares de ojos, uno delante
y otro detrás.
Durante
largo rato
estuve mirando
perplejo este bicho.
-
¿Le
gusta? - me preguntó
Cookling después de un largo silencio.
Yo
me
encogí de hombros.
-
Parece que en
realidad no hemos
venido aquí más que a jugar con rompecabezas de cubos y
juguetes
de niños.
-
Esto es un
juguete peligroso -
pronunció con presunción Cookling -. Ahora lo va a ver.
Levántelo
y póngalo en la arena.
El
cangrejo
resultó ligero,
de no más de tres kilogramos.
En
la arena se
mantuvo con bastante
estabilidad.
-
Bueno, ¿y
qué más?
- le pregunté irónicamente al ingeniero.
-
Esperemos un
poco, que se caliente.
Nos
sentamos en la
arena y nos pusimos
a observar el monstruo metálico. Al cabo de unos dos minutos
observé
que el espejito de la espalda giraba lentamente hacia el sol.
-
¡Oh,
parece que se anima!
- exclamé y me levanté. Cuando me puse de pie, mi sombra
cayó casualmente en el mecanismo y el cangrejo, de
súbito,
empezó a caminar con sus patas y salió otra vez al sol.
De
lo inesperado que fue, di un enorme brinco echándome a un lado.
-
¡Vaya con
el juguete! -
rió a carcajadas Cookling -. ¿Qué, se ha asustado?
Yo
me sequé
el sudor de la
frente.
-
Dígame,
por favor, Cookling,
¿qué vamos a hacer aquí? ¿Para qué
hemos
venido?
Cookling
también se levantó
y acercándoseme dijo ya seriamente:
- A
comprobar la
teoría de
Darwin.
-
Pero, si eso es
una teoría
biológica, teoría de la selección natural, de la
evolución,
etc... - musité.
-
Precisamente. A
propósito,
mire, nuestro héroe va a beber agua.
Yo estaba
anonadado. El juguete
se acercó a la orilla y dejando caer una pequeña trampa
absorbía
agua. Una vez saciado, volvió otra vez al sol y se quedó
inmóvil.
Miré
esta
pequeña
máquina y sentí una mezcla de repugnancia y miedo hacia
ella.
Por un instante me pareció que el torpe cangrejo recordaba en
algo
al mismo Cookling.
Después de
cierta pausa le
pregunté al ingeniero: - ¿Esto lo ha inventado usted?
- Ajá -
casi mugió
asintiendo, y se echó en la arena.
Yo también
me eché
y, callado, clavé la mirada en el extraño aparato, que
parecía
inanimado.
Me arrastré
de bruces hacia
el aparato y empecé a observarlo.
El dorso del
cangrejo era la superficie
de un semicilindro de bases planas, por delante y por detrás. En
cada una de estas había dos agujeros de lejano parecido con los
ojos. Esta impresión la acentuaba el brillo de unos cristales
que
había en el interior del cuerpo. Debajo del cuerpo se
veía
una plataforma plana: la panza. Un poco más arriba del nivel de
la plataforma, y del interior del cuerpo, salían tres pares
grandes
y dos pares pequeños de tentáculos con pinzas.
El interior del
cangrejo no se podía
ver.
Mirando este
juguete, yo intentaba
comprender por qué el Almirantazgo le concedía tanta
importancia,
hasta el extremo de equipar una nave especial para su traslado a la
isla.
Cookling y yo
seguimos echados en
la arena hasta que el sol hubo bajado tanto en el horizonte que la
sombra
de los arbustos que crecían a lo lejos llegó a cubrir un
poco el cangrejo metálico. En cuanto esto sucedió,
éste
empezó a moverse ligeramente y de nuevo se puso al sol. Pero la
sombra lo alcanzó allí también. Entonces el
cangrejo
se arrastró a lo largo de la costa, acercándose cada vez
más agua, que aún seguía iluminada por el sol.
Parecía
que el calor de los rayos solares le era Imprescindible.
Nosotros nos
levantamos y lentamente
fuimos tras la máquina.
Así, poco a
poco, fuimos
dando la vuelta a la isla hasta que aparecimos en la parte occidental
de
la misma.
Aquí, junto
a la orilla,
había uno de los montones de barras metálicas. Cuando el
cangrejo se halló a unos diez metros del montón, de
súbito,
y olvidándose del sol, se lanzó precipitadamente hacia
aquél
y se quedó inmóvil junto a una de las barras de cobre.
Cookling me dio en
el brazo y dijo:
- Ahora vamos a la
tienda de campaña.
Lo interesante será mañana por la mañana.
En la tienda de
campaña cenamos
callados y nos envolvimos cada uno en una ligera manta de franela. Me
pareció
que Cookling estaba satisfecho de que yo no le hiciera preguntas. Antes
de dormirme oí que se volvía de un costado a otro, y a
veces
se reía. El sabía algo que nadie conocía.
Al día
siguiente, por la
mañana temprano, fui a bañarme. El agua estaba templada y
nadé largo rato en el mar, contemplando cómo en el
oriente,
sobre la llanura de agua apenas alterada por las olas, se
encendía
la purpúrea aurora. Cuando volví a nuestro refugio y
entré
en la tienda, el ingeniero militar ya no estaba allí.
«Se
habrá marchado
a contemplar a su monstruo mecánico», pensé y
abrí
una lata de piña.
No
bien me hube
comido tres trocitos,
cuando se oyó a lo lejos, débilmente al principio, y
después
cada vez más potente, la voz del ingeniero:
- ¡Teniente,
venga corriendo!
¡De prisa! ¡Ha empezado! ¡Corra aquí!
Salí de la
tienda y vi a
Cookling que, de pie, entre las matas, agitaba la mano.
- ¡Vamos! -
me dijo resollando
como una locomotora -. Vamos de prisa.
-
¿Adónde, ingeniero?
- Adonde dejamos
ayer a nuestro
buen mozo.
El sol ya estaba
bastante alto cuando
llegamos al montón de las barras metálicas. Estas
resplandecían
vivamente y al principio no pude percibir nada.
Sólo cuando
no faltaban más
de dos pasos para llegar junto al montón, percibí hilitos
finos de humo azulado que se elevaban, Y después... Me detuve
corno
paralizado. Me restregué los ojos, pero la visión no
desapareció.
Junto al
montón de metal
había dos cangrejos exactamente iguales al que sacamos el
día
anterior del cajón.
-
¿Será posible que
uno de ellos estuviese enterrado en la chatarra metálica? -
exclamé.
Cookling se puso
varias veces en
cuclillas y se rió frotándose las manos.
- ¡Deje ya
de una vez de hacerse
el idiota! - le grité -. ¿De dónde ha surgido el
segundo
cangrejo?
- ¡Ha
nacido! ¡Ha nacido
esta noche!
Yo me mordí
el labio y sin
decir palabra me acerqué a los cangrejos de cuyos dorsos se
elevaban
finos hilos de humo. Al Principio me pareció que tenía
alucinaciones:
¡los dos cangrejos trabajaban con celo!
Sí,
trabajaban, así
como se dice, eligiendo el material con movimientos rápidos de
sus
finos tentáculos anteriores. Los tentáculos anteriores
tocaban
las barras metálicas Y, creando en sus superficies un arco
voltaico,
como en la soldadura eléctrica, fundían trozos de metal.
Los cangrejos se metían el metal en sus anchas bocas. En el
interior
de estos bichos metálicos ronroneaba algo. A veces salía
crepitando de las fauces un haz de chispas, después, el segundo
par de tentáculos sacaba del interior las piezas elaboradas.
Estas piezas, en
determinado orden,
se montaban en la pequeña plataforma que iba saliendo poco a
poco
por debajo del cangrejo.
En la plataforma
de uno de los cangrejos
ya estaba casi montada la copia acabada del tercer cangrejo, mientras
que
en la del segundo cangrejo apenas empezaban a perfilarse los contornos
del mecanismo. Estaba terriblemente asombrado ante lo que veía.
- ¡Pero si
estos bichos construyen
otros semejantes a sí mismos! - exclamé.
- Exactamente. El
único objetivo
de esta máquina es construir otras semejantes - dijo Cookling.
- Pero, ¿es
posible eso?
- pregunté sin poder comprender ya nada.
- ¿Por
qué no? Cualquier
máquina, por ejemplo el torno, puede elaborar piezas para otro
torno
igual que él. Y se me ha ocurrido hacer una
máquina-autómata
que pueda reconstruirse desde el principio hasta el fin. El modelo de
esta
máquina es mi cangrejo.
Yo me quedé
pensativo, procurando
comprender lo que me había dicho el ingeniero. En este momento,
las fauces del primer cangrejo se abrieron y de allí se
deslizó
una cinta metálica ancha. Esta cinta envolvió todo el
mecanismo
montado en la plataforma, formando de tal manera el dorso del tercer
autómata.
Cuando el dorso estuvo montado, las rápidas patas anteriores
soldaron
las paredes anterior y posterior con los orificios y el nuevo cangrejo
ya estaba listo. Como en sus hermanos, en una oquedad de la espalda
brillaba
el espejo metálico con el cristal rojo en el centro.
El cangrejo
productor retiró
la plataforma bajo la panza y su «hijo» se plantó
con
sus patas en la arena. Yo noté que el espejo del dorso
empezó
a girar lentamente en busca del sol. Un poco después, el
cangrejo
se fue a la orilla y sació su sed. Luego se puso al sol,
inmóvil,
a calentarse.
Pensé que
todo era un sueño.
Estaba yo
observando al recién
nacido cuando Cookling dijo:
- Ya está
listo el cuarto.
Torné la
cabeza y vi que
«había nacido» el cuarto cangrejo.
Mientras tanto,
los dos primeros
seguían como si tal cosa en el montón de metal,
cortándolo
y tragándoselo, repitiendo lo que ya habían hecho antes.
El cuarto cangrejo
también
fue a beber agua.
- ¿Para
qué demonios
beben agua? - pregunté.
- Para cargar de
electrólitos
el acumulador. Mientras alumbra el sol, su energía se transforma
en electricidad mediante el espejo del dorso y la batería de
silicio.
Con esta energía basta para el trabajo del día y para
recargar
el acumulador. De noche el autómata se alimenta de la
energía
almacenada en el acumulador durante el día.
- Entonces,
¿estos bichos
trabajan día y noche?
- Sí,
día y noche,
sin descansar.
El tercer cangrejo
empezó
a agitarse y también se arrastró al montón de
metal.
Trabajaban ya tres autómatas, mientras el cuarto se cargaba de
energía
solar.
- Pero si no hay
material para las
baterías de silicio en estos montones de metal... - le
objeté
procurando llegar a comprender la tecnología de esta monstruosa
autoproducción de mecanismos.
- Ni falta que
hace. Aquí
hay cuanto se quiera - Cookling lanzó torpemente con el pie un
poco
de arena -. La arena es un óxido de silicio. En el interior del
cangrejo, debido a la acción del arco eléctrico, se
consigue
obtener silicio puro.
Regresamos por la
tarde a la tienda
de campaña, cuando en el montón del metal ya estaban
trabajando
seis autómatas y dos se calentaban al sol.
- ¿Para
qué todo esto?
- le pregunté a Cookling durante la cena.
- Para la guerra.
Estos cangrejos
son una horrible arma de sabotaje - me dijo sinceramente.
- No comprendo,
ingeniero.
Cookling
terminó de masticar
el estofado y, sin prisa explicó:
- Figúrese
usted qué
ocurriría si estos aparatos se dejasen subrepticiamente en
territorio
enemigo.
- Bueno, ¿y
qué? -
pregunté dejando de comer.
- ¿Sabe
usted lo que es progresión?
- Supongamos que
lo sé.
- Nosotros
empezamos ayer con un
cangrejo, ahora ya hay ocho. Mañana habrá sesenta y
cuatro,
pasado mañana, quinientos doce, y así sucesivamente.
Dentro
de diez días habrá más de diez millones. Para ello
hacen falta treinta mil toneladas de metal.
Al oír
estas cifras quedé
mudo de asombro
- Sí,
pero...
- Estos cangrejos
en un corto espacio
de tiempo pueden comerse todo el metal del enemigo, todos sus carros
blindados,
cañones, aviones, etc. Todas las máquinas, mecanismos,
instalaciones.
Todo el metal de su territorio. Al cabo de un mes no queda ni un gramo
de metal en toda la esfera terrestre. Todo el metal se invierte en la
producción
de estos cangrejos. Tenga en cuenta que, durante la guerra, el metal es
el material estratégico más importante.
- ¡Ahora
comprendo por qué
el Almirantazgo está tan interesado en su juguete!... -
murmuré.
- Exactamente.
Pero éste
es solamente el primer modelo. Quiero simplificarlo considerablemente y
con ello acelerar el proceso de reproducción de
autómatas.
Acelerarlo, digamos, en dos o tres veces. Hacer una construcción
más estable y rígida. Hacerlos más móviles.
Elevar la sensibilidad de los localizadores del metal. Entonces,
durante
la guerra, mis autómatas serán peor que la peste. Quiero
que el enemigo pierda todo el potencial metálico en dos o tres
días.
- Bien, pero
cuando estos autómatas
se traguen todo el metal del territorio enemigo, ¡se
arrastrarán
hacia nuestro propio territorio! - exclamé.
- Esto ya es otra
cuestión.
El trabajo de los autómatas se puede codificar y, sabiendo la
clave,
interrumpirlo en cuanto aparezcan en nuestro territorio. A
propósito,
de esta manera se pueden traer a nuestro territorio todas las reservas
de metal del enemigo.
...Esa noche yo
tuve unos sueños
horribles. Avanzaban arrastrándose hacia mí legiones de
cangrejos
metálicos, haciendo ruido con sus tentáculos y con finas
columnas de humo azul elevándose de sus cuerpos.
Los
autómatas del ingeniero
Cookling, al cabo de cuatro días, poblaron toda la isla.
De creer en sus
cálculos,
había más de cuatro mil.
Sus cuerpos
relucientes al sol se
veían por doquier. Cuando se terminaba el metal de un
montón,
empezaban a buscar por la isla y encontraban nuevos montones.
Al quinto
día, ante la puesta
del sol, fui testigo de una horrorosa escena: dos cangrejos
riñeron
por un trozo de cinc.
Esto fue en la
parte sur de la isla,
donde habíamos enterrado unas cuantas barras de cinc. Los
cangrejos,
que trabajaban en distintos lugares, iban periódicamente
allí
para elaborar la pieza de cinc correspondiente. Y ocurrió que
acudieron
al hoyo de cinc al mismo tiempo unas dos docenas de cangrejos y
empezó
un verdadero tumulto. Los mecanismos se arremetían mutuamente.
Sobre
todos se destacó un cangrejo más ágil que los
otros
y, según me pareció, más agresivo y fuerte.
Empujando
a sus
hermanos y arrastrándose
por encima de ellos, intentaba coger del fondo del hoyo un trozo de
metal.
Cuando ya había alcanzado la meta, otro cangrejo se
agarró
del mismo trozo con sus pinzas. Ambos mecanismos tiraban para su lado.
El que, según me pareció, era más ágil, le
arrancó por fin el trozo a su adversario; sin embargo
éste
no se avino a ceder su trofeo y, corriendo detrás del otro, se
sentó
encima y le metió sus finos tentáculos en la boca.
Los
tentáculos del primero
y del segundo autómatas se enredaron y con descomunal fuerza
empezaron
a destrozarse.
Ningún
mecanismo de alrededor
prestó atención a aquello. Sin embargo, entre estos dos
se
libró una lucha a muerte. Vi que el cangrejo que estaba encima
de
repente cayó de espaldas y la plataforma de hierro se
deslizó
hacia abajo dejando al descubierto las entrañas. En este momento
su enemigo empezó a cortarle el cuerpo con el arco
eléctrico.
Cuando el cuerpo de la víctima se deshizo en partes, el vencedor
empezó a arrancarle las palancas, piñones, conductores y
a metérselos rápidamente en la boca.
A medida que las
piezas conseguidas
de esta manera iban a parar al interior del rapiñador, su
plataforma
empezó a desplazarse rápidamente hacia adelante,
realizándose
en ella un febril montaje de un nuevo mecanismo.
Unos minutos
después se deslizó
de la plataforma a la arena el nuevo cangrejo.
Cuando le
relaté a Cookling
todo lo que había visto. éste se limitó a soltar
su
risita.
- Esto es
precisamente lo que hace
falta - dijo.
- ¿Para
qué?
- Ya le he dicho
que quiero perfeccionar
mis autómatas.
- Bueno, ¿y
qué? Coja
los planos y piense cómo rehacerlos. ¿Para qué
esta
guerra civil? Así, van a comerse unos a otros.
- ¡Eso es! Y
sobrevivirán
los más perfectos.
Después de
pensarlo objeté:
-
¿Qué quiere decir
con los más perfectos? Si todos son iguales. Según tengo
entendido, se reproducen a sí mismos.
-
¿Qué piensa usted?
¿Que se puede elaborar una copia absolutamente igual al
original?
Usted, seguramente debe saber que incluso en la producción de
bolas
para los cojinetes no se pueden hacer dos bolas exactamente iguales.
Sin
embargo, allí es más fácil de conseguirlo.
Aquí
el autómata productor tiene un sistema comparador, el cual
compara
la copia a hacer con su propia construcción. ¿Usted se
figura
qué va a resultar si cada copia siguiente se elabora
según
la copia anterior y no según el original? Al fin y al cabo puede
resultar un mecanismo distinto del original.
- Pero si no se
parece al original,
no cumplirá su función fundamental de reproducirse - le
repuse.
- Bueno, ¿y
qué? de
su cadáver otro autómata hará copias más
acertadas.
Las copias acertadas serán precisamente aquellas en que, de
manera
estrictamente casual, se acumulen las particularidades constructivas
que
las hagan más vitales. Así deben surgir las copias
más
fuertes, más rápidas y más simples. He aquí
por qué no pienso romperme la cabeza con los planos. Sólo
me queda esperar a que los autómatas se traguen todo el metal y
empiecen la guerra entre ellos, tragándose mutuamente y
reproduciéndose.
Así surgirán los autómatas que me hacen falta.
Esa noche estuve
largo rato sentado
en la arena ante la tienda, mirando al mar y fumando.
¿Será
posible que Cookling realmente haya acometido una empresa de graves
consecuencias
para la humanidad? ¿Será posible que en esta
pequeña
isla perdida en el océano hayamos cultivado una terrible peste
capaz
de tragarse todo el metal de la esfera terrestre?
Mientras yo estaba
sentado pensando
en todo este pasaron junto a mí varios bichos metálicos.
Caminaban sin cesar de trabajar incansablemente con el chirriar de los
mecanismos. Uno de los cangrejos tropezó conmigo, y yo, con
repugnancia
le di un puntapié. El cangrejo volcó y quedó
impotente
panza arriba. Casi instantáneamente se lanzaron sobre él
otros dos cangrejos, y en la oscuridad relucieron cegadoras chispas
eléctricas.
¡Al infeliz
lo cortaban en
trozos eléctricamente! Para mí aquello era el colmo. Me
dirigí
rápidamente a la tienda de campaña y saqué una
barra
del cajón. Cookling ya estaba roncando. Me acerqué
cautelosamente
al grupo de cangrejos y con todas mis fuerzas le di con la barra a uno
de ellos. No sé por qué me había figurado que esto
espantaría a los demás pero no ocurrió nada
parecido.
Sobre el cangrejo que yo había destrozado se lanzaron otros, y
de
nuevo refulgieron las chispas.
Yo repartí
unos cuantos golpes
más, pero eso sólo aumentó la cantidad de chispas
eléctricas. Del interior de la isla acudieron unos cuantos
bichos
más.
En la oscuridad
sólo veía
los contornos de los mecanismos y en este tumulto me pareció que
uno de ellos era de dimensiones particularmente grandes.
Lo hice mi blanco.
Sin embargo,
cuando mi barra tocó su espalda, di un grito y salté a un
lado: ¡había recibido una descarga eléctrica a
través
de la barra! El cuerpo de este bicho no sé de qué manera
tenía un potencial eléctrico. «Protección
originada
por la evolución», cruzó por mi mente.
Con el cuerpo
temblando me acerqué
al ruidoso grupo de mecanismos para recobrar mi barra. ¡Eso era
lo
que yo pensaba! En la oscuridad, a la luz irregular de muchos arcos
eléctricos,
vi como cortaban en partes mi barra. El que con más
porfía
lo hacía era el autómata más grande, el que yo
quería
destruir.
Regresé a
la tienda de campana
y me eché en la cama.
Durante cierto
tiempo logré
caer en un pesado sueño. Esto, al parecer, no duró mucho.
El despertar fue repentino: sentía que por mi cuerpo se
arrastraba
algo frío y pesado. Me levanté de un salto. El cangrejo
(en
el primer momento no había caído en ello)
desapareció
en el interior de la tienda. Al cabo de unos segundos vi una
deslumbrante
chispa eléctrica. El maldito cangrejo había venido adonde
estábamos nosotros en busca de metal. Su electrodo estaba
cortando
la lata de agua dulce.
Sacudiendo
rápidamente a
Cookling lo desperté, y le expliqué desconcertadamente el
caso.
- ¡Todas las
latas al mar!
¡Las provisiones y el agua al mar!- ordenó.
Empezamos a
transportar las latas
al mar y a colocarlas en el fondo arenoso donde el agua nos llegaba a
la
cintura. Allá llevamos también todos nuestros
instrumentos.
Empapados y sin
fuerzas, permanecimos
sentados a la orilla, sin dormir hasta el amanecer. Cookling resollaba
con dificultad, y yo, para mis adentros, me alegré de que a
él
le hubiese tocado sufrir las consecuencias de su empresa. En aquel
momento
yo lo odiaba y le deseaba con ansia un castigo mayor.
No recuerdo
cuánto tiempo
había pasado desde que llegamos a la isla, sólo sé
que un magnífico día Cookling declaró solemnemente:
- Lo más
interesante empieza
ahora. Todo el metal se ha consumido.
Efectivamente,
recorrimos todos
los sitios donde antes estaba el material metálico y allí
no quedaba nada. A lo largo de la costa y entre los matorrales se
veían
los hoyos vacíos.
Los cubos,
lingotes y barras metálicas
se habían convertido en mecanismos que en gran cantidad
corrían
de un lado a otro de la isla. Sus movimientos ya eran rápidos e
impetuosos; los acumuladores estaban cargados a más no poder, y
ya no gastaban energía en el trabajo. Estúpidamente
corrían
buscando por la costa, se arrastraban entre los matorrales de la
meseta,
chocaban unos con otros y, frecuentemente, con nosotros.
Observándolos
me convencí
de que Cookling tenía razón. Los cangrejos efectivamente
eran diferentes. Se diferenciaban por sus dimensiones, por la magnitud
de las pinzas, por el volumen de su boca-taller. Unos eran más
ágiles,
otros menos. Por lo visto había grandes diferencias en el
mecanismo
interno.
- Bueno, pues -
dijo Cookling -
ya es hora de que empiecen a luchar.
- ¿Lo dice
en serio? - le
pregunté.
- Claro. Para ello
es suficiente
darles a probar un trozo de cobalto. El mecanismo está
construido
de tal manera que si se introduce en él aunque sea una cantidad
insignificante de este metal, aplasta, si se puede decir así, el
respeto mutuo.
A la mañana
siguiente Cookling
y yo nos dirigimos a nuestro «almacén marino». Del
fondo
sacamos la correspondiente porción de conservas, agua y cuatro
barras
grises y pesadas de cobalto, reservadas especialmente por el ingeniero
para la etapa decisiva del experimento.
Cuando Cookling
salió a la
playa, llevando en alto las barras de cobalto, lo rodearon
inmediatamente
varios cangrejos. Estos no pasaban el límite de la sombra del
ingeniero,
pero se notaba que la aparición del nuevo metal los había
intranquilizado. Yo estaba a unos pasos del ingeniero y observaba con
asombro
cómo algunos mecanismos intentaban torpemente saltar.
- ¡Vea usted
qué variedad
de movimientos! Cómo no se parecen unos a otros. Y en esta
guerra
civil a que los vamos a obligar, van a sobrevivir los más
fuertes
y aptos. Estos darán una generación más perfecta.
Con estas
palabras, Cookling lanzó
uno tras otro los trozos de cobalto hacia los arbustos.
Lo que
siguió a ello es difícil
de describir.
Sobre el metal
cayeron al mismo
tiempo varios mecanismos y, empujándose mutuamente, empezaron a
cortarlos eléctricamente. Otros se agolpaban inútilmente
detrás, intentando atrapar un trozo de metal. Varios se
encaramaron
sobre las espaldas de sus compañeros y se arrastraron intentando
llegar al centro.
- ¡Mire,
ahí tiene
la primera batalla! - exclamó alegremente el ingeniero militar,
aplaudiendo.
Al cabo de unos
minutos, el lugar
adonde había echado Cookling las barras metálicas se
convirtió
en arena de una horrible batalla, hacia la cual acudían
corriendo
nuevos y nuevos autómatas.
A medida que las
partes cortadas
de los mecanismos y el cobalto iban a parar a las tragaderas de nuevas
y nuevas máquinas, éstas se iban transformando en
salvajes
e intrépidas fieras e inmediatamente se arrojaban sobre sus
«parientes».
En la primera fase
de esta batalla,
los atacantes fueron los que habían probado el cobalto. Estos
cortaban
en partes a los autómatas que acudieron de todas partes con la
esperanza
de adquirir el metal necesario. Sin embargo, a medida que el cobalto lo
probaban más y más cangrejos, la batalla se hacía
más feroz. En este momento empezaron a tomar parte en el juego
los
recién «nacidos», creados en esta reyerta.
¡Era una
generación
de autómatas asombrosa! Eran de menor tamaño y
poseían
una velocidad colosal. Me asombró que no necesitasen cargar el
acumulador.
Les era suficiente
la energía
solar captada por los espejos del dorso, mucho mayores que los
corrientes.
Su acometividad era sorprendente. Atacaban al mismo tiempo a varios
cangrejos
y cortaban a dos o tres a la vez.
Cookling estaba de
pie en el agua
y su fisonomía expresaba una satisfacción sin
límites.
Se frotaba las manos y profería:
- ¡Bien, muy
bien! ¡Me
figuro lo que viene detrás!
En lo que se
refiere a mí,
miraba esta lucha de mecanismos con gran repugnancia y horror.
¿Qué
va surgir como resultado de esta lucha?
Hacia el
mediodía, la zona
de la playa junto a nuestra tienda de campaña se había
convertido
en un enorme campo de batalla. Aquí habían acudido los
autómatas
de toda la isla. La guerra transcurría en silencio, sin gritos
ni
gemidos, sin estruendos ni estampidos de cañones. El
chisporroteo
de los numerosos electrodos, zumbido y chirrido de los cuerpos
metálicos
de las máquinas acompañaban a esta matanza descomunal.
La mayor parte de
la generación
que había surgido entonces era de poca estatura y muy
ágil,
pero ya empezaban a surgir nuevas especies de autómatas. Estos
superaban
considerablemente a los demás, por sus dimensiones. Sus
movimientos
eran lentos, pero se percibía una gran fuerza en ellos, y se
defendían
con éxito de los autómatas enanos.
Cuando el sol
empezó a declinar,
en los movimientos de los mecanismos pequeños se inició
de
repente un brusco cambio: todos se agruparon en la parte occidental y
empezaron
a moverse con más lentitud.
- ¡Caramba,
toda esta compañía
está sentenciada! - dijo Cookling con voz ronca -. ¡Pero
si
no tienen acumuladores! En cuanto se ponga el sol, sucumbirán.
Efectivamente, en
cuanto la sombra
de los arbustos se alargó lo suficiente para cubrir la gran
multitud
de los pequeños autómatas, se quedaron inmóviles
en
el acto. Ya no era un ejército de pequeños
rapiñadores
agresivos, sino un enorme almacén de trastos metálicos.
Sin apresurarse se
acercaron a ellos
los enormes cangrejos, de más de medio metro de altura, y
empezaron
a tragárselos uno tras otro. En las plataformas de los gigantes
se vislumbraban los contemos de una generación de dimensiones
todavía
mayores.
Cookling
frunció el ceño.
Estaba claro que esa evolución no le sentaba bien. Lentos
cangrejos
autómatas de gran tamaño eran un instrumento muy
deficiente
para el sabotaje en la retaguardia enemiga.
Mientras los
cangrejos gigantes
deshacían a la pequeña generación, en la playa se
restableció temporalmente la tranquilidad.
Salí del
agua y me siguió,
callado, el ingeniero. Fuimos a la parte oriental de la isla para
descansar
un poco.
Yo estaba muy
cansado y me dormí
casi inmediatamente de echarme cuan largo era en la calentita y blanda
arena.
A media noche me
despertó
un grito escalofriante. Cuando me puse en pie de un salto, no vi nada
más
que la franja gris de la playa arenosa y el mar que se unía al
cielo
negro sembrado de estrellas.
El grito se
repitió por el
lado de los matorrales, pero más débil. Sólo
entonces
me di cuenta de que Cookling no estaba a mi lado. Eché a correr
hacia donde me parecía haber oído su voz.
El mar, como
siempre, estaba muy
tranquilo, y las pequeñas olas solamente de tarde en tarde, con
un chapoteo apenas perceptible, se deslizaban por la arena. Sin embargo
me pareció que la superficie del mar en donde habíamos
dejado
en el fondo las reservas de víveres y los recipientes de agua
dulce,
se agitaba. Algo se chapuzaba y chapoteaba allí.
Decidí que
allí estaba
Cookling ocupado en algo.
- Señor
ingeniero, ¿qué
hace ahí? - grité, acercándome a nuestro
almacén
submarino.
- ¡Yo estoy
aquí! -
oí inesperadamente que la voz venía de la derecha.
- ¡Dios
mío!, ¿dónde
está usted?
- Aquí -
oí de nuevo
la voz del ingeniero -. Estoy en el agua hasta el cuello, venga
aquí.
Me metí en
el agua y tropecé
con algo duro. Era un enorme cangrejo que se había adentrado
bastante
en el agua y estaba de pie en sus largas patas.
- ¿Por
qué se ha metido
tan adentro? ¿Qué hace ahí? - le pregunté.
- Me
perseguían y me han
obligado a meterme aquí - chilló lastimosamente el
gordiflón.
- ¿Lo
perseguían?
¿Quiénes?
- Los cangrejos.
- ¡No puede
ser! Pero si a
mí no me persiguen.
De nuevo
tropecé en el agua
con un autómata, di un pequeño rodeo evitándolo y
por fin me puse junto al ingeniero. Efectivamente estaba con el agua al
cuello.
- Dígame
qué ha pasado.
- Ni yo mismo lo
entiendo - pronunció
con voz temblorosa -. Cuando estaba durmiendo, uno de los
autómatas,
inesperadamente, me atacó. Yo creía que había sido
una casualidad, y me aparté, pero de nuevo empezó a
acercarse
y me tocó la cara con su pinza... Entonces me levanté y
aparté
a un lado. El detrás... Eché a correr... El cangrejo,
detrás.
Se le unió otro... después otro... Un pelotón... Y
me han acorralado aquí...
- Es raro. Hasta
ahora no ha habido
nada parecido - dije -. En todo caso, si como resultado de la
evolución
se les ha elaborado el instinto antihumano, no me perdonarían a
mí.
- No sé -
gimió Cookling
-. Pero temo salir a la orilla...
- Tonterías
- le dije cogiéndolo
de la mano -. Vamos hacia oriente paralelamente a la costa. Yo lo
defenderé.
-
¿Cómo?
- Ahora nos
acercamos al almacén
y yo cojo cualquier objeto pesado, por ejemplo, un martillo...
-
¡Guárdese de que
sea metálico! - gimió el ingeniero -. Es mejor que coja
una
tabla de un cajón o algo de madera.
Nos deslizamos
lentamente a lo largo
de la costa. Cuando llegamos al almacén, dejé al
ingeniero
solo y me acerqué a la orilla.
Se oía un
gran chapoteo en
el agua y el conocido chirriar de los mecanismos.
Los bichos
metálicos habían
despachurrado las latas de conserva. Habían alcanzado nuestro
almacén
submarino.
- ¡Cookling,
estamos perdidos!
- grité -. Se han tragado todas nuestras latas de conserva.
-
¿Sí? - pronunció
lastimosamente -. ¿Qué vamos a hacer ahora?
- Eso corre de su
cuenta. Toda la
culpa la tiene su necia empresa. Usted ha sacado el tipo de arma de
sabotaje
que le gusta. Ahora deshaga el entuerto.
Yo di la vuelta
rodeando a los autómatas
y salí a la playa.
Allí, en la
oscuridad, arrastrándome
entre los cangrejos, recogí, palpando por la arena, trozos de
carne,
piñas en conserva, manzanas y algunos otros manjares, y los
trasladé
a la meseta arenosa. A juzgar por la cantidad que había
desparramada
por la playa, estos bichos habían trabajado de lo lindo mientras
dormíamos. No encontré ni una lata entera.
Mientras estaba
ocupado en recoger
los restos de nuestras provisiones, Cookling estaba a unos veinte pasos
de la orilla, metido en el agua hasta el cuello.
Estaba tan ocupado
en recoger los
restos, y tan disgustado, que me olvidé de su existencia. Sin
embargo,
pronto me lo recordó con un agudo grito.
- ¡Dios
mío, Bad, ayúdeme,
se me acercan!
Me eché al
agua y, tropezando
con los monstruos metálicos, me dirigí hacia donde estaba
Cookling. Y allí, a unos cinco pasos de él,
tropecé
con un cangrejo.
El cangrejo no me
hizo el más
mínimo caso.
- ¡Vaya
diablos!, ¿por
qué lo odian tanto a usted? ¡Si usted, como quien dice, es
su progenitor!
- No sé -
con estertores
y medio ahogándose, gimió el ingeniero -. Haga algo, Bad,
para ahuyentarlos. Si sale un cangrejo más alto que éste,
estoy perdido...
- Vaya, hombre,
con la evolución.
A propósito, ¿qué lugar de estos cangrejos es el
más
vulnerable? ¿Cómo se les puede estropear el mecanismo?
- Antes
había que romperles
el espejo parabólico o sacarles el acumulador del interior.
Ahora
no sé... Aquí hace falta una investigación
especial...
- ¡Maldito
sea usted con sus
investigaciones! - dije entre dientes y agarré el delgado brazo
anterior del cangrejo extendido hacia la cara del ingeniero.
El autómata
reculó.
Le cogí el segundo brazo y también se lo doblé.
Estos
tentáculos se doblaron fácilmente, como un hilo de cobre.
Claramente se
notó que al
bicho metálico no le gustó esta operación y
empezó
lentamente a salir del agua. El ingeniero y yo nos fuimos a lo largo de
la costa.
Cuando
salió el sol, todos
los autómatas salieron del agua y durante cierto tiempo se
calentaron.
Durante este tiempo pude romper a pedradas los espejos
parabólicos
del dorso de lo menos cincuenta monstruos. Todos dejaron de moverse.
Pero, por
desgracia, esto no mejoró
la situación: fueron víctimas de los otros con asombrosa
velocidad, y empezaron a salir nuevos autómatas. Romper las
baterías
de silicio del dorso de todas las máquinas era superior a mis
fuerzas.
Varias veces tropecé con autómatas bajo potencial
eléctrico,
lo cual debilitó mi decisión de luchar contra ellos.
Todo este tiempo
Cookling seguía
en el mar.
Muy pronto se
enardeció de
nuevo la lucha entre los monstruos y parecía que se
habían
olvidado por completo del ingeniero.
Dejamos el campo
de batalla y nos
trasladamos al lado opuesto de la isla. El ingeniero estaba tan aterido
de frío de las largas horas de baño de mar que, dando
diente
con diente, se echó de bruces y me pidió que le cubriese
de arena caliente.
Después
regresé a
nuestro primitivo refugio para coger la ropa y lo que quedaba de
nuestros
víveres. Sólo entonces observé que la tienda de
campaña
estaba destrozada: habían desaparecido las estacas de hierro
clavadas
en la arena y los anillos metálicos con que se fijaba la tienda
a las cuerdas.
Debajo de la lona
encontré
la ropa de Cookling y la mía. Allí también se
podían
observar huellas del trabajo de los cangrejos buscando metal.
Habían
desaparecido los ganchos, botones y hebillas de metal. En su lugar se
veían
huellas de tela quemada.
Mientras tanto, la
batalla de los
autómatas se había trasladado de la orilla al interior de
la isla. Cuando subí a la meseta, vi que casi en el centro de la
isla, entre los arbustos, se elevaban unos cuantos monstruos, casi de
la
altura de un hombre: patas con pinzas. Por parejas se separaban a
diferentes
lados y después se embestían a gran velocidad.
Al chocar, se
oían sonoros
golpes metálicos. En los lentos movimientos de estos gigantes se
sentía una enorme fuerza y gran peso.
Ante mis ojos se
derribaron varios
mecanismos, algunos de ellos fueron destrozados inmediatamente.
Pero ya estaba
hasta la coronilla
de estos cuadros de batalla entre las locas máquinas; por ello,
cargando con todo lo que había conseguido recoger de nuestro
antiguo
refugio, me marché lentamente adonde estaba Cookling.
El sol quemaba sin
compasión
y antes de llegar al lugar donde había enterrado en la arena al
ingeniero, me metí varias veces en el agua.
Ya me acercaba al
montículo
de arena bajo el cual estaba Cookling durmiendo sin fuerzas,
después
de los baños nocturnos, cuando del lado de la meseta
apareció
de entre los arbustos un enorme cangrejo.
Era de mayor
estatura que yo, y
sus patas eran altas y macizas. Se desplazaba a saltos irregulares,
encorvando
de manera extraña su cuerpo. Los tentáculos anteriores,
de
trabajo, eran enormemente largos y se arrastraban por la arena. La
boca-taller
estaba hipertrofiada de manera excepcional, la cual representaba casi
la
mitad del cuerpo.
El
«ictosauro», así
lo bauticé, descendía torpemente hacia la orilla y
volvía
el cuerpo hacia todos lados, como si reconociese el terreno.
Maquinalmente
agité en su dirección la lona de la tienda, como se hace
cuando se quiere espantar a un animal que se haya interpuesto en el
camino.
No me hizo ni el menor caso, y de manera extraña,
desplazándose
de lado y describiendo un gran arco, empezó a acercarse al
montículo
de arena donde dormía Cookling.
Si yo hubiese
supuesto que el monstruo
se dirigía contra el ingeniero, habría acudido enseguida
en su ayuda. Pero la trayectoria que seguía el mecanismo era tan
indeterminada que al principio creía que se dirigía hacia
el mar: y solamente cuando tocó el agua con los
tentáculos
y de repente se volvió y se fue rápidamente hacia el
ingeniero,
tiré la carga a un lado y corrí hacia allí.
El
«ictiosauro» se paró
junto a Cookling y se agachó un poco.
Observé que
los extremos
de los largos tentáculos se movieron en la arena frente a la
cara
del ingeniero.
A renglón
seguido, donde
había habido un montículo se elevó una nube de
arena.
Era Cookling que, como picado por una avispa, se había puesto en
pie de un salto y lleno de pánico intentaba huir del monstruo.
Pero era ya
tarde...
Los finos
tentáculos rodearon
fuertemente el gordo cuello del ingeniero y tirando hacia arriba se lo
llevaron a la boca del mecanismo. Cookling quedó impotente en el
aire, agitando los brazos y las piernas.
Aunque yo odiaba
al ingeniero con
toda mi alma, no podía permitir que muriese en lucha con un
bicho
metálico cualquiera.
Sin pensarlo un
segundo me cogí
a las altas patas del cangrejo y tiré de ellas con todas mis
fuerzas:
pero esto era lo mismo que derribar un tubo de acero profundamente
clavado
en el suelo. El «ictiosauro» ni se movió.
Me subí a
pulso a su espalda.
Por un momento mi cara estuvo a la altura de la desfigurada faz de
Cookling.
«los dientes», me cruzó por la mente ¡Cookling
tenía dientes de acero!...
Con todas las
fuerzas de mi puño
le di al espejo parabólico que brillaba al sol.
El cangrejo
giró sobre el
mismo lugar. La cara azulada de Cookling con los ojos
saltándosela
de las órbitas estaba a la altura de la boca-taller. En ese
momento
ocurrió algo horroroso. Una chispa eléctrica saltó
a la frente del ingeniero, a su sien. Después los
tentáculos
del cangrejo aflojaron y el pesado cuerpo del creador de la peste de
hierro
cayó a la arena sin sentido.
Cuando enterraba a
Cookling, por
la isla corrían, persiguiéndose, varios cangrejos
enormes,
sin prestamos la menor atención.
Envolví a
Cookling en la
lona de la tienda y lo enterré en el centro de la isla en un
profundo
hoyo. Lo enterré sin sentir la menor compasión. En mi
boca
reseca crujía la arena y mentalmente maldecía al muerto
por
su ruin empresa. Según la moral cristiana, yo cometía un
gran pecado.
Después, me
pasé varios
días seguidos acostado en la playa, mirando al horizonte hacia
el
lado de donde debía aparecer la «Paloma». El tiempo
transcurría terriblemente despacio y el implacable sol
parecía
que se había parado encima de mi cabeza. A veces me arrastraba
hasta
el agua y sumergía en ella mi tostada cara.
Para olvidar el
hambre y la ardiente
sed, procuraba pensar en algo abstracto. Pensaba en que en nuestros
tiempos,
multitud de personas inteligentes malgastaban sus energías
intelectuales
en causar perjuicios a otras personas. Por ejemplo, el invento de
Cookling,
yo estaba seguro de que se podía utilizar para fines nobles, por
ejemplo, para extraer metal. Se podía haber dirigido la
evolución
de estos bichos de tal manera que cumplieran esta tarea con el mayor
rendimiento.
Llegué a la conclusión de que con el correspondiente
perfeccionamiento
del mecanismo, éste no se transformaría en una torpe y
gigantesca
mole.
Una vez
cayó sobre mí
una enorme sombra circular. Con dificultad levanté la cabeza y
miré
lo que me tapaba el sol. Resultó que estaba acostado entre las
patas
de un cangrejo de dimensiones monstruosas. Se acercó a la orilla
y parecía que miraba el horizonte y esperaba algo.
Después
empecé a ver
alucinaciones. En mi excitado cerebro, el cangrejo gigante se
transformó
en un depósito de agua dulce, elevado a gran altura, al cual yo
no podía llegar...
Me desperté
a bordo de la
goleta, y cuando el capitán Gale, me preguntó si
había
que cargar en el buque el enorme y extraño mecanismo que
había
en la playa, yo le dije que por el momento ninguna falta hacía.
FIN
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