EN ALTA MAR




EL BARCO, una fragata de novecientas toneladas, se llamaba Luisa Canevaro y se dirigía al otro lado del océano, a nueve mil millas de distancia de Macao, de donde había partido. La travesía había durado ya más de dos meses y medio. Inicialmente se habían embarcado setecientos treinta y nueve culíes; para ahora ciento ochenta de ellos habían muerto. La disentería era el señor absoluto y déspota dentro de las atiborradas bodegas. Arriba, en la cubierta, lo era el capitán extranjero de tupidos bigotes negros y largas patillas, el mismo que, cuando se produjo a bordo el primer brote de rebelión, había hecho arrojar a uno de los culíes por la borda nada más para demostrar a aquellos hombres de tez amarilla y ridículas coletas quién era el que mandaba en el barco. En las tres ringleras de plataformas dispuestas dentro de las bodegas los culíes se hacinaban como puercos, el aire era irrespirable por el hedor que esa multitud infrahumana despedía, y los piojos y las ratas se multiplicaban por doquier a medida que se agravaban el abandono y la suciedad. A partir del décimosexto día de travesía hubo tempestades y vientos huracanados que duraron por espacio de más de un mes. Las escotillas fueron cerradas. Semanas antes, ya se había prohibido a los culíes subir a la cubierta para tomar aire fresco: cuando la nave entró en el puerto de Yokohama, uno de los culíes que se encontraban en cubierta se había arrojado al mar y había tratado de nadar hacia uno de los barcos fondeados allí, pero se ahogó antes de poder alcanzarlo. A partir de aquel desagradable incidente el capitán dispuso la prohibición. La prohibición no sólo regía durante el tiempo en que el Luisa Canevaro tocaba algún puerto, sino también cuando la fragata se hallaba en alta mar. Esta parte de la medida tenía por finalidad evitar que los culíes se matasen en las agitadas aguas del océano, como escapatoria a mayores y más padecimientos, aumentando de ese modo el índice de mortalidad que de por sí ya era excesivo. Echados, sentados o acurrucados sobre los tarimones, apretujados unos contra otros, los culíes habían perdido desde tiempo atrás cualquier ilusión que alguna vez hubiesen abrigado respecto a lo que les aguardaba al otro lado de las aguas. Muchos de ellos, los que fueron raptados y embarcados a la fuerza, ni siquiera habían tenido el placer de disfrutar, al menos brevemente, de esa ilusión falaz. Entre estos cientos de infelices uno se retorcía ahora sobre su tarima de madera sin que nadie le prestase la menor atención. El hombre había comenzado a desvariar la noche anterior o quizá antes. En su delirio hablaba, gritaba y se quejaba en un dialecto tan extraño (seguramente no era nativo, como los demás, de la provincia de Kuangtung o de Fukien, sino de alguna otra) que ninguno de sus compañeros de infortunio pudo entenderlo. Desde hacía cuatro días se había rehusado a tomar su ración, que era de arroz, cecina y verduras. Nadie sabía con exactitud si el hombre se rehusaba a comer porque su debilidado estómago no podía soportar la comida, o si se había enfermado porque se había negado deliberadamente a probar alimentos.



PARA PODER subir al junco había tenido qur pagar a los guardias de seguridad quince onzas de oro, que eran todo lo que había podido salvar del otroro próspero negocio que tuvo en Cholon. Antes de abordar el junco, que no tenía nombre alguno, los doscientos y tantos pasajeros fueron agrupos en un área cercada por alambres de púas. En ese lugar llenaron unos formularios de color amarillo, se pesaron las láminas y los objetos de oro, y a cambio de éstos recibieron, en una irónica muestra de eficiencia y corrección burocráticas, un comprobante que acreditaba su recibo. El junco partió con el mar en calma, pero casi al anochecer fue sorprendido por un terrible huracán, que por poco no lo volcó. Los refugiados que viajaban en la cubierta se mojaron de pies a cabeza y muchos de ellos cayeron enfermos. El dueño del junco hizo subir a los que viajaban en la bodega y mandó bajar de la cubierta a los que tenían calenturas. A él lo colocaron en una dura litera de madera. Alguien, sin duda un alma calitativa, le trajo y le hizo tomar una aspirina; pero la fiebre no bajó, sino que prosiguió su espiral ascendente. El vaivén de la nave era incesante, intenso. El olor nauseabundo de los vómitos llenaba todo el cerrado ambiente de la bodega, que hasta hacía poco había servido para almacenar pescados. Una Torre de Babel de miniatura bullía en torno suyo: a pesar del sopor febril en que se iba sumiendo pudo reconocer el cantonés, el amoy, el hakká, el swatow y algunos otros dialectos chinos. También oyó hablar el anamita y el francés, sobre todo entre los pasajeros más jóvenes. Los niños y las mujeres chillaban cada vez que el junco se inclinaba demasiado: cada vaivén entrañaba el peligro de una volcadura.

El tercer día de la travesía el junco fue abordado por piratas a plena luz del día. Desde la litera donde se hallaba tendido, oyó primero los gritos y luego los sollozos de las mujeres a través de las hendiduras que había en la cubierta de madera. Oyó también una especie de tumulto que no tardó en acallarse. Cuando los tailandeses terminaron de quitarles sus posesiones a los que viajaban arriba, y después de saciar largamente sus bajas pasiones en las niñas y las mujeres, bajaron a la bodega a saquear. A él le palparon el cuerpo y la ropa. El primer pirata que lo registró, ya fuera porque llevaba prisa o porque carecía de suficiente experiencia, pasó por alto la sortija de oro que había pegado cuidadosamente, con esparadrapos, en la parte inferior de su pierna izquierda. Pero luego vino otro, y éste en cambio no vio la menor inconveniente en meter su mano entre sus piernas. El pirata le arrancó la sortija de un tirón inmisericordioso. El hombre enfermo pegó un lastimero grito y su frente, empapada ya a causa de la alta fiebre, se cubrió aún más de sudor. Oyó a alguien a su lado suplicar en amoy para que no tocasen a su mujer. No la tocaron: quién iba a interesarse en mujeres afiebradas, con toda probabilidad enfermas de pulmonía? Cuando los piratas se marcharon al fin el hombre dio rienda a las lágrimas, mientras palpaba el lugar donde había estado su sortija, su última posesión de valor, y mientras los demás lloraban también sus pérdidas, su impotencia o el cruel vejamen del que fueron víctimas. Y aquella misma noche su respiración se hizo más difícil y empezó a sufrir ahogos.



EN SU DESVARIO se vio a sí mismo muerto y su cadáver devuelto a la pequeña aldea de campesinos en donde había nacido y de donde había partido en busca de mejores horizontes. Lo velaron en el viejo templo de la aldea y su mujer, vestida de riguroso luto, en un traje de lino grueso de color blanco, pagó a los bonzos para que rezaran los vedas por el descanso de su alma. Cuando el ritual concluyó, aseguraron el rojo ataúd de tablones con clavos de madera y lo llevaron en varas de bambú colina arriba. En el camino hacia el cementerio ancestral donde sería sepultado al lado de sus antepasados, alguien iba dejando caer al paso de la raleada procesión hojitas rectangulares de papel impreso. Su mujer había cuidado hasta el menor de los detalles, pensó, y no había escatimado gastos con tal de darle un funeral decente, pues los "papeles moneda" cubrían casi cada tramo del descuidado sendero. Hizo mentalmente un rápido cálculo del monto al que ascendería esa cantidad de "dinero", y no pudo evitar sentirse complacido ante el resultado: era poco menos que una fortuna, una suma que de sobra le permitiría llevar una vida holgada en el mundo de los mertos.

El Luisa Canevaro se dirigía a todo vapor hacia su puerto de destino, donde los dueños de las grandes haciendas, los administradores de las islas guaneras y los constructores de los ferrocarriles aguardaban con impaciencia la llegada de las nuevas manos de obra. El hombre que deliraba esperaba poder morir a tiempo, antes de que el barco atracase.



AHORA sentía dolores en los costados de su pecho y en la espalda; dolores que hasta entonces no había sentido, dolores penetrantes, como si le hubiesen apuñalado en esos lugares. A la respiración entrecortada se le sumaron lacerantes accesos de tos, tan violentos que le hicieron temer que acabarían por desalojar el corazón de su lugar, por la boca. Los vómitos, los esputos, las heces y la orina cubrían el fondo del junco, y a su derredor otros tosían también dolorosamente. Notó que la gente hablaban ahora menos o en susurros; en momentos incluso dejaban de hacerlo por completo. Era como si ellos también estuviesen en agonía. Una mujer de edad le trajo arroz aguado en un tazón y el hombre hizo un gran esfuerzo para incorporarse sobre sus codos. Unos días más y llegaremos, se dijo el hombre, para darse ánimo. Como todos los demás, no tenía la menor idea de adónde llegarían, de cuál sería su destino final, pero mientras hubiese la esperanza de poder llegar a alguna parte, seguiría ávidamente aferrado a la vida, que por el momento era todo lo que contaba. Ya después pensaría en la forma de rehacer su vida y de reconstruir su familia.

En el preciso instante en que el hombre tuvo entre sus debilitadas manos la taza de arroz aguado, el junco fue arrojado por las olas al aire y el arroz aguado se volcó sobre su regazo. Durante un largo rato no supo qué hacer y se limitó a mirar su ropa mojada y la comida volcada. Después, sin hacer el menor caso del pegajoso líquido que se adhería a su piel penetrando a través de la tela de su pantalón, empezó a recoger febrilmente el arroz desparramado.



EL LUISA CANEVARO llegó al callao finalmente y el junco tocó también puerto seguro.

Uno de los dos hombres enfermos murió y el otro sobrevivió.

Dejo a criterio del lector decidir cuál de los dos, el culí o el refugiado, fue el feliz sobreviviente.