Gottschalk
en Lima
Este invalorable documento
histórico fue escrito originalmente por el pianista
y compositor americano Louis Moreau Gottschalk (1829 - 1869) y
publicado póstumamente en Notes of a Pianist
. Estoy seguro --aunque es posible que me equivoque-- que no muchos
historiadores peruanos conocen de la existencia de este documento.
© Siu Kam Wen, por la traducción.
Panamá, 10 de octubre
El cónsul francés me ha
informado que
habré de hacer el viaje a Lima en compañía de
dieciséis hermanas francesas de calidad, dos lazaristas y un
joven sacerdote peruano, quien vuelve de ordenarse en Roma. Dios quiera
que este cargo sagrado nos garantice un viaje tranquilo y feliz!
El vapor inglés está anclado a una docena de millas de
distancia de Panamá. Un pequeño bote -con nuestros
baúles apiñados sobre la cubierta y las hermanas y el
sacerdote acomodados sobre aquéllos- nos lleva hasta
allí. Qué cambio más singular! No puedo menos de
echar una mirada de pesar a este miserable pueblo en ruinas. Dejo
allí cariños a medias, sin duda alguna todavía muy
inmaduros, pero un pianista itinerante vive sin reglas, tiene poco
tiempo que perder, debe amar con rapidez, y yo he dejado detrás
de mí muchos pedazos de mi corazón colgados de los
arbustos del camino.
Había al frente de mi hotel una joven doncella india, de grandes
ojos negros y cabellos ásperos apenas contenidos por la
prisión de una gran peineta de oro. Una figura grácil,
hermosos y redondos hombros de color bronce-amarillo, que el vestido
-siendo muy ligero y abierto sobre los senos- deja ver o entrever. Ella
es una costurera de la sastrería local. Nunca he tenido la
ocasión de hablar con ella. Su mirada es a la vez salvaje y
tímida: tiene apenas dieciséis años. Un día
que, como pretexto, le llevé una cinta que había comprado
y que no quería, la encontré enseñando el alfabeto
a un indiecito -tal vez su propio hermano- sentado sobre sus rodillas.
Le pregunté con la voz más tierna que pude encontrar si
era su hermano. En vez de responderme, se echó a correr y se
escondió en la parte trasera de la tienda. Mi aventura
terminó allí mismo, y aunque a veces pasaba a su lado en
la calle, hacía desde entonces como que no la veía. Debo
confesar, sin embargo, que varias veces la espié de
detrás de las cortinas. Uvas demasiado verdes! Es la historia de
siempre: cuando no las podemos alcanzar, nos vengamos de ellas con una
mirada de desdén. Afortunadamente para mí, mis ansias de
conquista no son nunca tan grandes como mis temores de ser conquistado,
y las expectativas inciertas de una victoria no son incentivo
suficiente para que yo diera pelea si existe la menor posibilidad de
una derrota.
Las valientes hermanas se ponen a cantar cánticos, pero el
botecito ha comenzado a mecerse extrañamente. El mar está
encrespado, el bote se hunde para emerger en el minuto siguiente y
tiembla como un caballo inquieto que no está acostumbrado a su
jinete. Por cierto, el bote se agita como si quisiera deshacerse de su
carga. Nuestros baúles se desmoronan. Las pobres hermanas no
necesitan de esta nueva calamidad para interrumpir sus cánticos:
ya muchas de ellas, con la vista nublada y el rostro pálido,
están peleando una lucha inútil contra el mareo. La madre
superiora misma, quien ha sabido mantener su dignidad por un buen rato,
se levanta y desaparece en la popa. El gordo sacerdote polaco lanza
suspiros ruidosos. El cura peruano yace en el fondo de una gruta creada
por la montaña de baúles caídos, y el lazarista
italiano, loco, distraído, entorna sus ojos saltones pero sin
ver nada y murmura mecánicamente su breviario, que interrumpe
sólo para apoyarse contra la jarcia de la embarcación con
el aire de un mártir resignado. En cuanto a mí,
perdí pronto la facultad de mirar fríamente a los males
de otros, para dedicarme a mis propias sensaciones. El mareo es la
más inmisericorde, la más terrible y la más
implacable de todas las enfermedades.
. . . . .
Al frente de Paita (Perú), 15 de octubre
Alguien me ha contado recientemente cómo durante una
procesión de semana santa en Guatemala, los devotos, no
satisfechos con el enorme Cristo de madera que paseaban por las calles,
hicieron poner sobre la cruz a un tipo robusto y jovial, que se
había ofrecido a hacerlo. Con sus manos y pies pintados de rojo,
el hombre fue amarrado a la cruz para representar la crucifixión
del Señor. Una amiga suya, cuyos servicios ofreció
también, fue transformada en la Virgen María. Ambos
fueron paseados en procesión hasta la iglesia mayor, donde se
representó el drama de la Pasión in naturalibus.
La parte más chocante de todo fue que la Virgen no era otra que
la amante del actor que hacía de Cristo!
En Guatemala existe otra costumbre similar, que ocurre también
durante la semana santa, siendo ésta la diferencia: es Judas el
que aparece durante su curso. Por lo general, el rol es representado
por un indio borracho o imbécil. Lo cubren de insultos y de mal
tratos. La ira del populacho apenas conoce límites, y el indio
es objeto de su abominación. Casi sin falta, el pobre Judas es
asesinado en el curso del festival, o si no el año siguiente.
Paita
. Todo lo que los ojos pueden ver son llanos de arena. Una aridez
extraordinaria. Ni una brizna de hierba, ni un árbol. El
corazón se entristece ante tal panorama: uno siente como si
estuviese en presencia de una tierra condenada. El sol ilumina y
resalta los sombríos colores de los barrancos y de las
irregularidades del terreno. Un fenómeno que merece mencionarse
es que todos los cerros, desiguales en sus caprichosas formas, son
parejos a la altura de la cima, formando al nivel del horizonte una
perfecta línea horizontal. Aquí no llueve nunca, y el
agua viene del interior del país. No hay una sola gota en
treinta millas a la redonda. Cada carretada cuesta un dólar en
el pueblo.
Desembarcamos. Pobreza y suciedad. Cinco o seis calles que se extienden
paralelas a la costa, cubriendo poco menos que una milla. Las calles se
conectan unas con otras a través de estrechos callejones, de
unos dos pies de anchura, que surgen entre cada dos casas. Las casas
son de bambú, con techos de guacamayo. El exterior de las
paredes es cubierto con cal, que llena los resquicios entre los
bambúes. El sol nunca llega a los callejones...
. . . . .
18 de octubre de 1865
Nos acercamos a la costa que está
a nuestra
izquierda. Ya las montañas, que se confunden con las nubes en el
horizonte, son claramente visibles. La actividad de los marineros nos
dice que ya no nos demoraremos en llegar. Se han puesto a limpiar la
nave: unos pulen los remos, otros frotan las barandillas de cobre. Los
mozos redoblan su celo, tratan a los pasajeros con una solicitud que
desalma. Estos, los pasajeros, reaparecen ahora uno tras otro sobre la
cubierta, afeitados, frescos y animados.
Es a la hora de desembarco cuando la
vanidad se apodera de
los corazones. Es como si todo el mundo quiera recuperar el tiempo
perdido. En general, son las mujeres quienes más ganan con esta
transformación. La desgarbada criatura cuya presencia apenas
habías notado
excepto para maldecirla con los efectos del mareo, se ha convertido de
crisálida en mariposa. Es una mujer nueva. Avergonzadas de haber
tenido que esconder por tanto tiempo sus encantos bajo las limitaciones
del menos poético de los males, las mujeres se esmeran otra vez
para seducirnos con sus atractivos. Y cada cual compite con su
compañera por mejores resultados.
El mareo es cosa del pasado. El pequeño sacerdote ha recuperado
su vivacidad: pronto se reunirá de nuevo con su familia.
-Ya verá usted Lima -me dice, no cabiendo en sí de
contento.- Es magnífico, maravilloso. En cuanto a las mujeres,
no hay en el mundo entero otras más bonitas que ellas.
-Vamos, mi buen amigo, qué sabe usted de mujeres?
-replicó Monsieur Fournier, el crítico francés,
quien no pierde una ocasión de lanzar dardos al pobre abate.
Este último dardo es sin duda el más agudo de todos.
Cogido entre su orgullo nacional, que lo impulsa a romper lanza por las
damas peruanas, y su sotana, que lo obliga a reconocer su ignorancia en
la materia, el sacerdote se siente contrariado. De despecho, se pone
otra vez a leer su breviario. En cuanto a las dieciséis
hermanas, éstas ríen, hacen sus planes y cantan.
La tierra aparece a nuestra derecha; entramos al puerto. Delante de
nosotros, un bosque de mástiles. El capitán imparte sus
órdenes desde la proa con voz estridente. El Callao carece de
muelles. Las naves anclan a cierta distancia de la tierra. Pasamos al
lado de la espléndida fragata española La Numanicia
, y luego al de un pequeño monitor, construido en el Perú
y con solo un cañón, cuya maquinaria se malogra cada vez
que la usan, y que alcanza apenas dos millas por hora pero que ha
costado no menos de dos millones quinientos mil francos. Unos soldados
peruanos (negros) se encuentran durmiendo o fumando sobre este
monstruoso cascarón. Visten pantalones rojos y chaquetas azules,
dando ocasión para que el abate comentara en el sentido de que
el ejército peruano es tan bien disciplinado como su equivalente
francés.
Echamos anclas. El puerto está lleno de botes que vienen por el
correo y por los pasajeros. El bote del capitán del puerto,
tripulado por tres o cuatros oficiales navales peruanos,
resplandecientes en sus uniformes dorados, pomposos y dispuestos a
darnos problemas, nos abordan.
Las hermanas están encantadas. Acaban de ver a dos bonetes
blancos en un bote que se nos acerca.
- Allí vienen! Allí vienen! -y agitan sus
pañuelos. Se tratan, sin duda, de hermanas que han conocido en
Europa. Lloran de alegría.
- Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que las vieron?
-pregunté.
-No las conocemos, señor, pero son hermanas de la caridad.
Pobre muchachas! La misma cosa les pasa a los soldados que vuelven a
ver el uniforme de su regimiento.
El correo es sacado de las bodegas con gran trabajo. Es aquí
donde deben poseer el método y el orden de los yanquis! Es
necesario esperar dos horas, y pagar a los barqueros que han invadido
ya la embarcación, para que lo saquen de las bodegas. Nos
desembarcamos. El Callao no presenta nada notable. Un gran
número de negros, chinos e indios, y mucha suciedad. Hacemos
llevar nuestros baúles hasta la estación ferroviaria: el
tren demora media hora en cubrir la distancia entre Callao y Lima.
Cuatro viejos sucios e indolentes (son los empleados de la aduana)
examinan el contenido de nuestros baúles. Al ver que tengo
cinco, vacían el primero y lo examinan minuciosamente, con el
propósito -según me cuenta una persona que está
mirando- de hacerme perder la paciencia y sacar así un poco de
dinero de mí. Se han molestado por nada, y el gobierno peruano
me debe el hecho de que tres de sus servidores hayan podido cumplir
-por una vez siquiera- su deber concienzudamente. Otro viejo se pegaba
a un negro quien aseguraba que el otro le ha cambiado su moneda de oro
por una falsa.
El tren está por partir, y todavía no consigo el ticket
para mi equipaje. Es el viejo de la moneda falsa quien debe
dármelo, pero él parece dispuesto por el momento a dormir
sobre sus laureles, habiendo ganado la discusión con el negro,
quien, cansado de la guerra, ha dejado el campo de batalla con su
moneda falsa.
Obtengo al fin la boleta para mis baúles, y abordo el tren. Los
vagones son como los de Europa, eso es, están divididos en
compartimientos de ocho asientos, como una diligencia. Hay primera,
segunda y tercera clase, y en eso los peruanos son más
avanzados. Al menos no estamos expuestos a la rudeza de los soldados
borrachos, o a la cercanía de los desastrados inmigrantes, y
deduzco de aquí que en el Perú hay una
preocupación paterna genuina por no exponer a las hijas de
familias a las expresiones profanas y a las conversaciones pedestres de
la plebe. Nos encierran, pero demoramos todavía otra media hora
antes de poder partir. Aquí el tiempo no es oro. Todo parece
casi terminado; nadie tiene nada que hacer a una determinada hora.
En la estación de Lima esperamos veinte minutos. Un negro nos
entrega los baúles, y un carretero los lleva al hotel -que
está a pasos de distancia- por la modesta suma de cuatro
dólares. Ya había pagado seis por desembarcarme (una
distancia de un cuarto de milla). El pasaje me ha costado un
dólar, el equipaje cincuenta centavos: un total de once
dólares. Y el país se maravilla de que los inmigrantes no
se precipiten hacia su costa.
Lima, la Ciudad de los Reyes, tal como lo llaman los cronistas
españoles del pasado, mal merece ahora este pomposo
título. Las calles, por lo general, siguen un trazado ordenado y
forman entre sí ángulos rectos, pero su suciedad
sobrepasa lo imaginable. Los montones de basura, los cadáveres
de los animales muertos y toda suerte de desperdicios se pudren bajo el
sol abrasador, que hace que despidan toda suerte de malos olores. Los
desagües, en vez de estar al lado de la acera, están
ubicados en medio de la pista, y son verdaderos canales, con una
profundidad de tres o cuatro pies, que llevan veneno en sus olas, eso
es, cuando sus aguas no se encuentran estancadas. Y si te digo que
echan cualquier cosa en estas acequias, ya puedes
imaginarte porqué el aire de la ciudad de los reyes no evoca en
la mente del visitante las rosas de Provenza.
Las casas, la mayoría de las cuales construidas según el
viejo estilo español -eso es, voluminosas, pesadas y
sombrías- son precedidas por lo general por esa parte del
edificio que da a la calle y que es destinada al uso de la servidumbre.
Sigue entonces un patio, que recuerda vagamente -aunque sin su
elegancia- los patios de Andalucía. Las habitaciones principales
están situadas al fondo del patio. El conjunto entero luce
polvoriento, dilapidado y sucio. Es ociosidad, apatía y miseria
como las que estamos viendo lo que invariablemente encontraremos en
todas las antiguas colonias españolas.
La plaza mayor está rodeada por arcadas o pórticos,
debajo de los cuales pulula una muchedumbre de mercaderes, cuyos
kioskos están llenos de baratijas de toda suerte. Uno de los
lados de la plaza es ocupado por la catedral, cuya arquitectura
-resultado de una mezcla de estilos del siglo diecisiete- es bastante
buena. Cuando entro en ella por primera vez, en la mañana, unas
cuantas fieles del sexo femenino se encuentran allí cumpliendo
con su deber religioso. Vestidas la mayoría de ellas con el velo
tradicional, que llevan sobre sus cabezas como si fuera un chal, me
recuerdan, por su inmovilidad, a esas figuras de rodillas que
encontramos sobre las tumbas del medievo. La mayoría de ellas
han hecho un voto, algunas para vestirse de blanco por un año,
otras para vestirse como las carmelitas, y todavía otras,
habiéndose consagrado a la adoración de la Virgen, para
vestirse de azul. El efecto es pintoresco.
Para desgracia de toda decencia religiosa y de las reglas más
básicas de la música, el órgano suena desafinado.
Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos de su verdugo, no logra
romper el hechizo que se ha apoderado de mí. Las capillas
todavía desiertas, las grandes imágenes de madera pintada
de los santos de pie en la penumbra, contorneándose para asumir
las posturas de su martirio o de las acciones que representan los
milagros, las prístinas doraduras cubiertas por el polvo, los
halos de piedras preciosas, contribuyen todos a producir un
extraordinario efecto que, aunque no llega a inducir al viajero a la
meditación religiosa, lo predispone sin embargo a
ensueños.
He leído en mi guía de Lima que la catedral posee un
enorme cuadro de Murillo, y he pedido al sacristán que me lo
señalara.
- Murillo! -me dice él, mirándome asombrado-. No
sé nada de eso.
Y entonces me ha referido a un sacerdote quien al menos parece tener
una vaga idea de que lo que es un Murillo, pero el sacerdote ignora
dónde pueda encontrarse. Deduzco por esto último que el
Murillo ha sido vendido probablemente por algún sacerdote rapaz
que, conociendo el valor de la obra, se ha apropiado de ella, o que tal
vez ha sido cambiada por una pintura nueva, muy lustrosa y brillante,
uno de esos abominables, toscos pintarrajos que tanto le gustan al
clero de Sud América ( y porqué habría de
limitarse a Sud América?).
La ciudad de Lima, asiento del virreinato del Perú, fue fundada
por Francisco Pizarro en 1535, cuarenta y dos años
después del descubrimiento de América.
[ Sigue una transcripción de la Carta de Fundación de
Lima.]
Lima
Las calles de Lima son pavimentadas (?) con pequeñas piedras
esféricas sobre las que los pies descansan incómodamente:
pierdes constantemente tu equilibrio y tus pies se traban entre las
hendiduras de las piedras, que además no se encuentran a la
misma altura. El suelo es agrietado, y hay verdaderos cráteres:
sientes repentinamente cómo el pavimento se desliza bajo tus
pies y te salvas con un shock por la "gracia de Dios" (sic). Dos pasos
más adelante tropiezas y golpeas la punta de tus pies contra un
obstáculo duro: es una montaña. Además de eso el
desagüe corre en medio de las calles y es tan profundo que a
intervalos lo cruzan angostos puentes de piedra. Lima no tiene
barrenderos: la basura es depositada en medio de las calles, pero como
aquí nunca llueve y el aire es seco, la miasma, que el clima
húmedo de nuestros países habría producido en
circunstancias similares, simplemente no existe. Además,
miríadas de buitres, grandes e impávidos, van y vienen
por las calles -confiados sin duda en las severas leyes que prohiben su
matanza- y se encargan de la limpieza de la ciudad, cosa que cumplen
con gran eficacia.
Voy a sugerir respetuosamente a las autoridades municipales de Nueva
York que importe unos miles de estos barrenderos alados, quienes tienen
sobre los otros la ventaja de que hacen el mismo trabajo pero que no
cuestan al contribuyente ni un centavo.
Las casas, debido a los terremotos, son de dos plantas, rara vez de
tres. El estilo arquitectónico es español, eso es,
pesado, sólido y tosco; las paredes tienen un grosor de cuatro
pies. Al amplio zaguán le sigue un patio interior que casi
siempre tiene una fuente en su centro y al fondo las habitaciones. Con
frecuencia estas últimas son de estilo morisco, elegante e
imaginativo, con arabescos pintados en colores llamativos. Escondidas
tras las pesadas y altas paredes, ellas son como una joya en su estuche.
El hotel Maurin está lleno. Los refugiados de Ecuador, que se
halla en estos momentos convulsionado por la revolución (
qué lugar no lo está?), y de Chile (que acaba de declarar
la guerra a España, que ha bloqueado todos sus puertos), llenan
todos los hoteles. No queda un solo cuarto desocupado.
Parto otra vez con la carreta que lleva mis baúles -César
y su fortuna- en busca de otro hotel. Obtengo a fuerza de mucha
súplica un estudio en el corredor para pasar la noche.
Decididamente, no he podido escoger un momento más inoportuno
para dar mis conciertos.
Los rebeldes están a apenas veinte millas de la ciudad. El
país entero se ha unido a ellos. Sólo el capital ha
permanecido fiel a su presidente constitucional. Hago mal en decir
"fiel": más apropiado es decir que el presidente todavía
lo ocupa con las tropas que ha concentrado en la ciudad para resistir a
sus enemigos. Para un americano, es extraño que toda una
nación se haya colocado bajo la bandera rebelde, y que no
obstante a eso una sola ciudad todavía en poder del gobierno
baste para prevenir el triunfo de la rebelión. Una sola batalla,
en que los rebeldes son vencidos, sería suficiente para
restablecer el orden, al menos por un cierto tiempo, siendo la guerra
civil el estado normal del Perú.
He hecho un esfuerzo por desenmarañar el complicado embrollo
político actual. Así es como lo entiendo: El gobierno
español exigió del Perú el pago de tres millones
de indemnización por daños ocasionados a ciertos
súbditos suyos. El presidente constitucional aceptó, con
el consentimiento de las cámaras, a las demandas de
España. El vice presidente, el señor [Pedro Diez] Canseco
(sic), usó este pretexto para acusar al gobierno del Perú
de cobardía y alzar la bandera de la rebelión. Fue
arrestado. Al ver fracasarse su intento, prometió al gobierno
que dejaría el país si le pagaba sus pagos atrasados. "De
acuerdo", aceptó [Juan Antonio] Pezet, quien, ante todo,
quería deshacerse de un peligroso rival. Una vez que hubo
embolsado el dinero, el señor Canseco pretendió exilarse,
se desembarcó en la costa del sur y reclutó un
ejército.
Reclutar un ejército contra el gobierno es, en Perú como
en otras ex colonias españolas, una cosa sencilla. Estar en
poder significa ser capaz de saquear impunemente el tesoro nacional.
Triunfa un partido; la solución es inmediata: "Yo presidente",
"tú general", pero como no todos los soldados pueden ser
generales, y no todos los generales presidentes, los amigos de ayer se
convierten en los enemigos de mañana. " Sal de allí!" es
el lema de todos los políticos en general, pero de los peruanos
en particular.
La corrupción reina en toda parte. El gobierno es una vaca
lechera: todo el mundo le saca la leche. Un oficial me aseguró
recientemente que la proporción de oficiales superiores y
generales en el Perú corresponde a la de un ejército de
ochocientos mil hombres, y ellos tienen apenas veinte mil soldados
rasos en tiempo de guerra! Una revolución exitosa se parece a un
movimiento de columpio. Medio país se eleva al poder, mientras
que la otra mitad se cae de encima. Ocurre una revolución, y
medio país se queda sin trabajo. Esto da lugar a conspiraciones,
y el primer ambicioso en llegar encuentra todos elementos listos a su
favor. Todos los empleados roban; el gobierno, al embolsarse lo que es
del tesoro público, roba a sus acreedores porque siempre gasta
más de lo que gana. Los coroneles reciben trescientos sesenta
dólares al mes y gastan mil. Además de las
gratificaciones que reciben del general a quien han ayudado a
encaramarse al poder, ganan considerable ingreso de la siguiente
manera: sus batallones consisten de seiscientos hombres; cuentan en
realidad con sólo cuatrocientos cincuenta y recibe la paga de
seiscientos. En la caballería, debido a los caballos, esto es
todavía más lucrativo. Un coronel de caballería
puede ganarse aquí una pequeña fortuna vendiendo los
caballos de su regimiento. El fraude pasa inadvertido gracias a esta
peculiaridad: que, en tiempo de paz, los caballos son puestos a pastar
en las proximidades de la ciudad. El coronel se embolsa no sólo
el valor de los caballos, sino también el del forraje, que el
gobierno le permite asignar a caballos imaginarios. Que llega el
general? Que se va a llevar a cabo una inspección? El coronel
pide prestadas unas bestias de carga de los mercaderes de caballos, y
en el día señalado presenta su regimiento en su
integridad y recibe los cumplidos de su general quien lo felicita por
las excelentes condiciones de las tropas, y continúa con su
pequeño comercio impúnemente. En la infantería,
como no es tan fácil prestar hombres como prestar caballos, los
coroneles reclutan a la fuerza los hombres que necesitan. Y éste
es el modo cómo lo hacen: dos o tres soldados de confianza van y
vienen por las calles; ven un indio; se le acercan; uno de ellos lo
agarra por atrás mientras que el otro le tira encima un capote
militar y le coloca una gorra en la cabeza. Les dicen a otros que es un
desertor y lo llevan a los cuarteles, amarrado como una salchicha. El
propio ejército recurre al mismo método para reclutar:
envían al campo destacamentos de soldados, y éstos se
apoderan a la fuerza de los pobres indios, los arrancan del seno de sus
familias y los traen a los cuarteles, atados, como las cuentas de un
rosario, a una larga cuerda cuyos extremos son sostenidos por dos
soldados.
La arrogancia de los militares es insoportable. Su insolencia y
engreimiento es comparable sólo a su estupidez. Abrumados por
las deudas, no obtendrían crédito en ningún lado
si de vez en cuando no tomasen el cuidado de pagar algo a cuenta a sus
acreedores. Este es el modo cómo la cosa funciona (es un
francés, un proveedor de equipos militares, quien me lo cuenta):
un coronel -asumamos- te debe ochenta dólares por un par de
charreteras. Te paga veinte dólares a cuenta y se compra un
bicornio de treinta dólares, el mismo que añade a su
cuenta. La cuenta crece continuamente, pero el mercader no se atreve a
negarle crédito a su cliente por miedo a perder no sólo
la cuenta sino también el capital.
Un pobre sastre francés que había dado crédito a
los oficiales de Pezet, a la caída de éste se
encontró con que lo habían dejado con unas malas deudas
de unos seiscientos mil francos y tuvo que declararse en bancarrota.
Un coronel fue donde un francés para comprarse a cuenta unos
muebles por el valor de cien mil francos. El francés se
negó a hacerlo. El coronel le dijo con altivez:
- Ajá! Me toma acaso por uno de esos mendigos franceses o
aventureros extranjeros? Una miserable suma de cien mil francos! La
gasto en bombones!
-Mayor razón entonces -replicó el pobre hombre
humildemente-, para no darle a usted crédito.
Un coronel boliviano tenía una cuenta con el administrador de un
café francés. La cuenta había llegado a ser tan
abultada que el administrador decidió no darle más
crédito. El coronel le dio su espada y, como la espada
valía más que la suma adeudada, el administrador del
café le dio el saldo en especies. Por un año la espada se
quedó en casa del administrador del café, y como el
coronel no tenía otra iba a las revistas sin una, lo cual no le
impidió, sin embargo, seguir siendo tan orgulloso como
Artabazus.
Si las cosas van mal en el Perú, qué puedo decir de
Bolivia? Cuando el libertador Bolívar separó del mapa los
territorios de las naciones que había logrado arrebatar de las
manos de los capitanes generales de la América Española,
él asignó a Bolivia, es cierto, una extensión
inmensa, pero se olvidó en cambio de darle una costa. Encerrado,
asfixiado entre Perú por el oeste y la República
Argentina por el este, Bolivia se sintió incómodo. La
única salida al mar que contaba era el pequeño puerto de
Cobija. Bolivia anhela por la lengua de tierra (la costa peruana) que
desemboca en su territorio y que le roba de su costa. Esta es la causa
de la guerra entre Bolivia y el Perú. El presidente, Melgarejo,
un cholo, es una bestia feroz, un borracho que cuelga, fusila, mata,
masacra, etc. El es un soldado de fortuna; su educación es la de
los cuarteles. Hace poco ha amputado de un hachazo el brazo de su
edecán favorito.
[ Gottschalk se hospedó en la casa-tienda de un
farmacéutico francés llamado Ernest Dupeyron, quien
vivía en el número 159 del Jirón de la
Unión, a dos cuadras de la Plaza de Armas. ]
Medianoche, 3 de noviembre
La batalla de Lima.
No obstante, qué felices momentos pasados en Lima! De todas las
personas a quienes les debo esos momentos, es, sin duda, mi amigo
Dupeyron quien debe encabezar la lista.
Esta tarde nos reunimos algunos de nosotros. Toqué el
eternamente hermoso "Bénédiction des poignards
". La tremenda descarga de electricidad lírica, como lo
llamó Berlioz alguna vez, emocionó a todos mis buenos
amigos franceses, quienes se pusieron de un salto de sus sillas tanto a
causa de la música como de los recuerdos de su país que
la música les trajo a su memoria.
Monsieur Dupeyron recibe una carta.
- Hay algo acerca de la revolución? -le pregunté riendo.
-Sí. Léala.
La carta es de un oficial del campamento (del presidente), quien afirma
que los dos ejércitos se encuentran a sólo una milla de
distancia uno del otro. La lucha tendrá lugar esta noche o
mañana en la mañana. La carta terminó con una nota
que era más bien piadosa que heroica:
"Encomiendo mi alma a Dios", decía el oficial. Monsieur Dupeyron
me asegura que este bravo hombre es uno de los hombres menos bravos que
conoce.
6 de noviembre, cuatro de la mañana
Comenzó siéndome despertado por un ruido. Fermín,
mi factótum, me llama. "Se están peleando, señor",
me grita. En efecto, puedo oír disparos viniendo
rápidamente de direcciones opuestas. Se aproximan. Toda la casa
se ha levantado. La batalla, si ocurre, se dará debajo de
nuestras ventanas, ya que en la esquina de nuestra calle, es decir, a
una distancia de apenas veinte yardas, está la plaza, con el
palacio de gobierno y la municipalidad ocupando dos de sus lados. La
descarga de los mosquetes aumenta. Un disparo de cañón.
Son éstas las tropas revolucionarias? Es el pueblo que se ha
levantado y trata de resistirse? O es sólo alguna
división revolucionaria que se ha sublevado para coger a Pezet
entre dos fuegos? No lo sabemos. Las trompetas a lo lejos están
sonando la carga. Se trata de una división que está
entrando a la ciudad a trotes. Los tambores y las trompetas suenan la
carga y los soldados pasan como una avalancha ante nuestras ventanas.
Dupeyron los ha visto, y por sus sombreros blancos los ha reconocido
como las tropas revolucionarias.
La noche luce magnífica, y el silencio es profundo. No se oye
una sola campana, todas las iglesias se encuentran guarecidas por un
piquete de soldados, y en cada torre de reloj se han apostado hombres
de probada lealtad.
Sonoras descargas de mosquetes. Se están peleando en la plaza.
Las tropas gubernamentales han rechazado a la columna que vemos ahora
pasando por delante de donde estamos. Una batería de
artillería ha sido colocado debajo de nuestras ventanas. Ya no
puedo seguir resistiendo a la tentación de asomarme. Escondido
detrás de las cortinas, miro hacia abajo, a la calle.
Está ocupada por una muchedumbre compacta de soldados de la
revolución, jinetes cubiertos por enormes ponchos rojos y
grandes sombreros redondos de color blanco, e inmóviles como las
estatuas. De súbito una descarga de artillería; gritos,
juramentos, una furiosa tempestad. En la oscuridad veo un mundo de
fantasmas, afanándose en medio de un tumulto ensordecedor que se
alza de rato en rato por encima del gran ruido del cañón
mezclado con las rápidas descargas de los mosquetes.
Un escuadrón de caballería se desemboca en la plaza. Es
recibido por una descarga de mosquetes. Por unos momentos escucho
silbidos muy cerca de mí, como los restallidos de un
látigo en el aire.
Pareciendo un poco a un avestruz, atrincherado detrás de mis
cortinas, permanezco impasible en medio de la refriega. Paf! Un ruido
sordo muy cerca de mí me vuelve a la realidad, y propensiones
guerreras desvanecen ante el instinto de conservación. Es una
bala que se ha ido a parar en el balcón. Un momento más
tarde me arriesgo otra vez a mirar para afuera. Los heridos son
numerosos y cubren el pavimento.
Quién ha ganado? Quién ha perdido? Nadie entenderá
nuestra ansiedad. Una campana! Están tocando a rebato. La
iglesia ha caído en manos de los rebeldes, quienes tal vez ya no
lo son en estos momentos, siendo como son las cosas en este desdichado
país.
El griterío y el alboroto debajo de nuestras ventanas son
horribles. Es una lucha cuerpo a cuerpo. Puedo oír el batir de
las espadas y los gritos de los caídos: " Jesús,
María, Dios!" Dupeyron prepara abajo en la botica literas,
colchones, etc., ya que es probable que tratarán de abrir o
forzar la puerta dentro de poco. Lo único que tememos en estos
momentos, fuera de los accidentes, las balas o las bombas perdidas, es
que Pezet esté en problemas, y no pueda volver a Lima a
desalojar a los atacantes. Las tropas del palacio se comportan con
bravura. No han cedido una sola pulgada. Se necesita en verdad gran
heroísmo para luchar sin una bandera, sin una orden superior,
ciegamente; ya que, al igual que nosotros, no saben si Pezet ha
perdido, o si están peleando contra seis mil hombres o contra
una columna.
Las seis
La batalla continúa. Las balas vuelan y se incrustan en la parte
sobresaliente del muro de la casa. Los niños han sido evacuados
de los cuartos que dan a la calle, y toda la familia -incluyendo a los
negros, a los mulatos y a los cholos- busca refugio en la sala de
recibo, que está en la parte trasera de la casa. Los gritos de
triunfo se aproximan; cesan las descargas de los mosquetes. Me ubico
otra vez en el balcón, otra vez, como un avestruz, detrás
de las cortinas, y presencio un extraño, encantador e
indescriptible espectáculo. Es a la vez un sueño
mágico y una pesadilla. Una banda de músicos
indígenas soplando con sus cuernos una suerte de floreo salvaje,
compuesto por cuatro notas bajas que siguen siempre el mismo orden,
avanza corriendo; detrás suyo una larga fila de soldados indios
con pantalones rojos y sombreros redondos como turbantes. Son los cholos
(sic) de Canseco. Pasan como una avalancha sin encontrar resistencia,
en medio de frenéticas aclamaciones provenientes de una
muchedumbre de jinetes cholos
, que bloquean las aceras y parecen querer darles una mano.
Diez minutos de silencio, perturbado a largos intervalos por uno o dos
disparos de mosquetes.
Las seis y media
Pum! Un cañonazo. Pum, pum. La
batalla se ha
reanudado en la forma más interesante.
Las bravas tropas gubernamentales han comenzado a pelear de nuevo. El
cañoneo se redobla. Nuestra calle es un campo de batalla. Las
campanas tocan a rebato. El sol se alza. Vuelvo a tomar mi
posición detrás de las cortinas. Dos cañones,
colocados delante de nuestra puerta, son apuntados hacia el palacio.
Las bravas tropas no se rinden. Qué espectáculo
más triste! Un pobre cholo permanece de pie en el umbral,
apoyándose sobre su rifle; un mar de sangre lo rodea; debe ser
muy seria su herida, pues la sangre continúa brotando y la
charca agrandándose. "O charité chrétienne!
où êtes vous et ose t'on bien invoquer Dieu en faisant la
guerre?
"
Puedo ver la mitad de la plaza a través de la bocacalle, que
desemboca en medio de ella, ante el portón del palacio. Hay un
montón de muertos. Los revolucionarios se parapetan
detrás, y están disparando. Se han subido al techo del
hotel Maurin. Un soldado, que ha agotado todos sus cartuchos,
espía el cadáver en la acera opuesta; lo rebusca
después de haber llenado su cartuchera. Un pilluelo, que viene
de la escena de la acción, anda alrededor del cadáver y
contempla cómo el otro lo desvalija. Después, seguro de
que nadie lo ve, se acerca al cadáver y, so pretexto de examinar
la herida -una herida de mosquete en la frente- le quita la gorra, y lo
veo ponerlo en su bolsillo tranquilamente, al tiempo que lanza un "
Viva la revolución!" y se escabulla.
Se está disparando al palacio; han logrado abrir una brecha. Los
otros, sin embargo, siguen resistiendo. Vemos tropas avanzando a cierta
distancia. Se trata de una división revolucionaria que ha estado
marchando por once horas y ha logrado flanquear la derecha de Pezet. A
la cabeza marchan los clarines y los tambores; casi todos visten
uniformes; pero la mayoría de ellos carecen de zapatos. Todos
llevan un pedazo de tela blanca sobre la gorra, para no ser confundidos
con las tropas de gobierno, cuyo uniforme es el mismo. Todos son
indios, bien plantados pero cortos de estatura, del tipo físico
de los egipcios. Muchos de ellos montan burros, y acompañan los
tambores con una suerte de címbalos. Entran en la plaza pero,
como el cañón del palacio amenaza toda la calle, se han
dividido en dos columnas de dos en fondo, que ocupan la vereda. Tan
pronto como las tropas frescas se desembocan en la plaza, el combate
comienza otra vez con mayor fiereza que nunca. De repente un general,
acompañado por una escolta de coraceros negros -doblemente
negros, pues los hombres son morenos y sus corazas de acero negro-
anuncia que la revolución ha triunfado.
Entonces, como por ensalmo, todas las ventanas, los balcones, las
buhardillas, los techos y las puertas se llenan de curiosos. No
obstante todavía luchan en el palacio. El cañón
ruge todo el tiempo. Una bala acaba de incrustarse por encima de mi
cabeza. Lo conservo como una reliquia.
Comienzan a llevarse a los heridos. Un desafortunado soldado, cuyo pie
ha sido herido por una bala, se arrastra a gatas penosamente para
alejarse de la refriega. Deja una estela de sangre detrás suyo.
Hasta ahora los heridos han sido llevados a los hospitales militares de
campo, pero en este momento alguien toca a la puerta y,
asomándome fuera del balcón, veo a tres soldados indios
seriamente heridos, a quienes cargan en sábanas de lana
sostenidas por las puntas por cuatro ayudantes. El patio interior es
rectangular, y desde la galería, que lo rodea a la altura del
segundo piso, presenciamos una escena conmovedora. De los tres indios,
uno ha sido herido en las dos piernas. Se recuperará de ello. El
segundo, un indio muy joven, ha recibido dos heridas de mosquetes en el
abdomen; sufre horriblemente y gime. Un amigo nuestro, un
fotógrafo y bromista parisino, uno de esos bellacos
impíos que no creen en nada, no ha dejado un momento de
alardearse de cuidar y confortar a los heridos, especialmente a este
pobre moribundo; lo amonesta tiernamente y le dice, " Soldado peruano
valiente!", las únicas palabras castellanas que el cholo
entiende. "Sí, sí", dice éste, tratando
orgullosamente de ponerse de pie. "Soldado valiente", y, entornando
vagamente los ojos, ya debilitados por la proximidad de la muerte, ve
por un momento su dolor aliviado.
El tercero tiene una pierna rota. Todos ellos están echado sobre
la paja que ha sido puesta allí en el patio en
anticipación de los heridos.
Dupeyron, un alma brava y respetable, su ayudante, la familia entera y
las mujeres ( necesito decir que la caridad es femenina?) están
por doquier. Las pobres criaturas a quienes les están extrayendo
las balas sufren con un estoicismo que es característico de los
indios. Siguen con sus ojos los movimientos de los doctores y tratan de
saber por la expresión en sus rostros la gravedad de sus
heridas. De rato en rato lanzan un suspiro y murmuran estas
patéticas palabras: "Tay-tay mira te quiero" (sic). El indio
herido en el abdomen está muerto. El patio está tan lleno
que se ven forzado a usar su cuerpo como una almohada para los
recién llegados.
-Ve y trae a algunos de los padres dominicanos -le dice Dupeyron al
oído de un cholo que está consolando a su amigo herido,
que es lo mismo que decir que hay muchos moribundos.
Diez a.m.
Un joven indio que recibió una bala en el lado izquierdo de su
pecho se está muriendo. Paro a un sacerdote ante la puerta y lo
hago venir. Poniéndose en cuclillas sobre la paja, confiesa al
moribundo en el dialecto indígena. Un oficial ha recibido una
bala que le ha perforado la cabeza. Muere en pocos minutos.
El palacio es tomado, después de que los sitiadores le han
prendido fuego. La desafortunada guardia palaciega se ha rendido.
Está demás decir que, una vez adentro, los vencedores se
han dado a masacrar a los vencidos, y luego a saquear el edificio. La
biblioteca, los espejos, los muebles, todo ha sido destrozado y
quemado. Un soldado comentó tímidamente que todas estas
cosas no pertenecían a los vencidos sino a la nación, y
que era por lo menos innecesario destruirlas. Pagó caro por su
honestidad en medio de esta embriaguez brutal, pues su superior le
cortó la mano de un solo espadazo.
Las gradas del palacio están cubiertas de muertos. Desde nuestro
edificio podemos distinguir los uniformes de los cadáveres. El
coronel Pamarra fue muerto después de haberse rendido,
así como el comandante de los guardias del palacio, el
intendente y muchos otros oficiales superiores.
No sólo una división, sino todo el ejército de
Canseco, ha entrado a Lima. Han burlado la vigilancia de Pezet, han
flanqueado su derecha y han entrado, dejándolo atrás,
cuando pensaba que los tenía delante suyo. Gómez
Sánchez se ha salvado a sí mismo; su energía es
tal que se ha reincorporado a las fuerzas de Pezet, y volverá
tal vez para atacar y desalojar a los revolucionarios. El combate de
esta noche es apenas el preludio de la tragedia. Pezet cuenta con diez
mil tropas frescas y cuarenta y seis cañones de gran calibre.
Tan pronto como se dé cuenta de que Lima se ha rendido y que los
revolucionarios están detrás suyo, atacará la
ciudad. Los generales Balta y Pardo han enviado numerosas partidas de
caballería a reconocer las calles. Estas están compuestas
por indios, oficiales y negros vestidos de ponchos blancos con anchas
bandas de color rojo, morado, negro, azul y verde; banderas de todos
los colores, armas de toda clase, desde lanzas hasta pistolas de
chispa. Los montoneros llevan mosquetes y lucen bastante bien,
cubiertos hasta las caderas con ponchos, llevando grandes sombreros con
bandas blancas y una suerte de pistolas de boca abultada sobre las
caderas.
Han colocado pelotones de caballería en todas las avenidas
principales, a veinte pasos uno del otro. Todas las iglesias tocan a
rebato. Claramente, las tropas victoriosas esperan -y no se trata de
una falsa alarma- ser atacados por el ejército de Pezet. Unos
mil jinetes pasan a galope como un torbellino. El espectáculo es
fantástico, maravilloso, poco común, salvaje. Son los
coraceros negros con sus rostros sucios, sus uniformes grises cubiertos
de polvo y un enorme trabuco sobre sus monturas. Vienen después
los lanceros con sus gallardetes morados, los cazadores montados, y
entonces los montoneros de ponchos rojos, verde manzana, azul celeste;
todo esto acompañado por griteríos, corridas, el blandir
de las espadas, el galope de los caballos, etc.
Los gritos de nuestros pobres heridos se vuelven ensordecedores;
numeran ya veintinueve, y están trayendo continuamente
más. Los cadáveres no pueden quedarse aquí toda la
noche. Las heridas son gangrenosas y, estando el patio cubierto de
vidrio, las emanaciones a falta de aire llegan hasta nuestros cuartos.
Ya el olor de la sangre ha alcanzado proporciones nauseabundas.
El ejército de Canseco se está retirando. Tras la
caballería regular van los tres escuadrones de montoneros. Una
multitud de grandes banderas verdes, amarillas y azules; entonces un
regimiento de indios in bail cloth
, produciendo un efecto singular. Viejas gorras polacas del imperio, de
lona gris blanco. La música de este regimiento consiste en
pequeñas flautas de latón, que tocan una cadencia
bastante rápida en un tono menor, acompañadas a ritmo
ligero por los bombos. Otro regimiento de indios, instrumentos
musicales de cobre: bárbaros, fantásticos uniformes, las
mismas armas. Un escuadrón de indios armados irregularmente de
lanzas, largos mosquetes de chispa, blandiendo algunas enormes hachas.
Su apariencia hace estremecerse a uno. Nada es más salvaje que
estos desgraciados en harapos de colores. Detrás suyo viene un
escuadrón de rabonas armadas, esposas de los
soldados indios, que siguen a sus maridos por doquier y cabalgan a
horcajadas; una de ellas trae un loro sobre el hombro. Ninguno de los
soldados tienen zapatos, sólo sandalias.
Nos gustaría poder enviar a nuestros heridos al hospital, pero
cómo transportarlos? Dupeyron está desesperado. Algunas
de las heridas, a menos que las balas fueran extraídas, pueden
causar la muerte, y casi todas se volverán inevitablemente
gangrenosas. Por fin un francés (ya que ningún peruano se
ha ofrecido a ayudarnos) ha aceptado ir a buscar una mula, la cual es
enganchada a una carreta, y colocamos los tres heridos encima sobre un
lecho de paja. En vano tratamos de encontrar de entre la gran multitud
de espectadores, de mirones, de heroicos soldados que se pavonean por
las calles rodeados de un séquito de amigos, cuatro hombres que
nos quieran ayudar a llevar a los heridos hasta la carreta!
Bueno, señores, qué enseñan en sus conventos y
predican a sus hermanos? Han de ser los preceptos del evangelio que
practican ustedes diferentes de aquéllos que hacen
mención de una virtud muy modesta que parecen desconocer
ustedes: la caridad.
Algunos infieles franceses, que se encontraban afortunadamente
allí, nos asisten con una devoción que simula la caridad
cristiana olvidada aquí. Uno de ellos, un transeúnte
preguntón, se ofreció incluso a ir al patio de la
farmacia para examinar la pila de cadáveres.
-Entre -le dije yo-, pero a condición de que ayude a llevar los
cadáveres afuera.
- Acaso me toma por un negro? -contestó él,
fulminándome con una mirada de dignidad herida.
Ajá! Entonces es cierto aquello de que el contacto frecuente,
las manipulaciones constantes, el comercio diario con las cosas
más bellas acaban inevitablemente por volver a uno insensible a
la grandeza y la belleza de esas cosas. Estos buenos hombres comulgan
cincuenta y dos veces al año, van a misa quinientas o
seiscientas veces, sigue todas las procesiones, y no obstante no
entienden en absoluto el evangelio.
Las seis y media de la tarde
Gómez Sánchez, el ministro, ha logrado burlar -nadie sabe
cómo- las tropas que han tomado el palacio, donde
resistió hasta el último momento. Se ha atrincherado con
unos cuantos batallones en la pequeña fortaleza de Santa
Catalina, cerca a los perímetros de la ciudad, y ha resistido
todos los ataques del ejército de Pezet desde esta
mañana. Se le ha hecho un llamado para deponer las armas;
él ha respondido diciendo que preferiría morir antes que
rendirse. El portador de la bandera de parlamento ha vuelto para decir
de parte de los sitiadores que no le darían cuartel si no se
rindiera antes de anochecer. Se ha negado de nuevo.
Continúan trayendo a los heridos. El carretero ha hecho seis
viajes, y el último de nuestros heridos acaba de irse. A los
muertos los llevan en una especie de ataúd abierto. El suelo
está empapado de sangre; después de airearlo como pudimos
le hemos echado salvado encima, pero el olor de la sangre sigue siendo
fuerte, y todavía más el del sudor frío de los
muertos.
Una dama limeña, vecina nuestra, llegó a la farmacia a
las seis de esta mañana para cuidar a los enfermos. Por doce
horas seguidas no ha comido ni descansado; sus manos blancas
están manchadas de la sangre de todas esas horribles heridas. No
ha podido ser más atenta y compasiva con los heridos, y doquier
se ha comportado como un ángel de la caridad. (Los sacerdotes
brillan por su ausencia esta mañana.) Muchas de las
desafortunadas criaturas se hallan al borde de la muerte. Ella se
arrodilla a su lado y les dice cualquier cosa que pueda consolar y
mitigar sus tormentos.
-Ay tayta, tayta
, (sic) es que me estoy muriendo?
-Sí, hijo mío -replicó la joven-, pero como eres
un soldado bravo, el buen Dios, su Hijo y la Santísima Virgen te
están esperando.
-!Ay, tayta! Para poder verlos, no necesito confesarme
antes a un sacerdote?
-No, cholo,
los verás si repites lo que te digo y si sostienes este
crucifijo en tus manos.
Y la querida "tayta", inclinándose sobre el moribundo, le dice
lentamente al oído palabras de arrepentimiento que el pobre
soldado repite, palabra por palabra; la valiente joven entonces le hace
besar el crucifijo, y, haciendo todavía la señal de la
cruz, lo deja para correr hacia el siguiente y llevarle sus consuelos.
Ah, querida pequeña tayta
, tienes todo el derecho a aferrarte a tus medallas, a tus
escapularios, a tus novenas y a quemar inciensos durante la
procesión. Pienso que -y no seré yo quien habría
de decir lo contrario-, sin ser un Doctor de Teología como los
Messrs. Dominicos, sabes más de religión que lo que la
ciencia de aquéllos pueda jamás enseñarles.
7 de noviembre de 1865
La fortaleza de Santa Catalina todavía no se ha rendido, y
Pezet, siendo el imbécil que es, no atacó la ciudad
durante la noche anterior.
Ha enviado una bandera de parlamento a Canseco. Se ignora el resultado
de sus demandas. Callao ha sido saqueado por las tropas revolucionarias
después de que se rindió. Se apoderaron de los almacenes
de la aduana y abrieron todas las cajas, quemaron todas las
mercancías, forzaron las cajas fuertes de un buen número
de comerciantes, etc.
Mi piano escapó con las justas. Se encontraba dentro de la
aduana, y si mi amigo Dupeyron no lo había hecho sacar, con toda
seguridad no existiría ahora.
El gentío que hay en las calles hoy es inmenso. En la plaza
pública se ocupan de borrar todas los vestigios de la batalla.
Los caballos muertos siguen todavía allí. Sobre los muros
de la catedral yacen cientos de cadáveres, que durante el
combate habían sido reunidos dentro de la iglesia. Es un triste
espectáculo, al que el llanto de las mujeres que vienen a buscar
a sus seres queridos, que no han vuelto a su hogar y que ahora
reconocen de entre las pilas de muertos, añade una fresca
dimensión de horror.
Se estima que el número de muertos en el área del palacio
alcanza los doscientos. Una de nuestras vecinas, una encantadora joven
de veintidós años de edad y de notable belleza,
murió ayer de una bala de mosquete que recibió en el
pecho cuando, al igual que nosotros, movida por la curiosidad,
trató de asomarse a la calle de detrás de las cortinas de
su balcón. Uno de los propietarios del hotel Maurin ha perdido
las dos piernas.
Los montoneros siguen pasando en escuadrones, sus mosquetes o hachas en
la mano. Algunos de ellos portan una lanza, con una gran bandera verde
atada a ella, la cual, vista de lejos y agitándose en el viento,
produce un efecto fascinante en medio de todos esos brillantes colores
de los ponchos.
Seis de la tarde
Es probable que nos espere pronto otra batalla. El general Pezet
está a sólo tres millas de la ciudad. A pesar de la
deserción de un escuadrón de caballería, que se ha
pasado al enemigo, su ejército se encuentra todavía en
condiciones de disputar la victoria con ellos. Santa Catalina sigue sin
rendirse. El populacho se ha agolpado a las cercanías de la
fortaleza. El comandante de Santa Catalina -y él está en
lo cierto- teme que su guarnición y él mismo
serían masacrados si él se rindiera. El arsenal contiene
suficiente pólvora como para hacer volar a toda la ciudad si le
prendieran fuego. Nuestra situación es horrible.
Hemos conseguido, con gran dificultad, obtener un poco de pan. Forgues
se ha instalado en la cocina, y nos prepara deliciosas papas fritas,
que nos recuerdan a aquéllas de la barrière de
Clichy
, cuando en el internado obsequié a mis compañeros de
clases con mis ahorros (yo era entonces el millonario en virtud de ser
el pequeño americano).
Uno de nuestros vecinos, que se encontraba en Chorrillos sin poder
volver a Lima, hizo el viaje entero a pie, tropezándose en el
camino con una división de Pezet que avanzaba hacia Callao.
Las cosas están tomando decididamente un mal cariz. Gómez
Sánchez ha conseguido reagruparse con Pezet y le ha contagiado
un poco de su ardor guerrero. Al parecer tan pronto como vio que la
caída de la ciudad era inminente, se escabulló a caballo
disfrazado y llegó antes del mediodía a los cuarteles
generales del presidente. Dejó el mando en manos del general
Gutiérrez, un hombre valeroso, quien hizo que la
guarnición jurara que antes moriría que aceptar rendirse.
Todos los hombres dieron su palabra, y ya se sabe que no la han
quebrantado. Del batallón de defensores se han quedado apenas
quince hombres. La cosa más horrible que tengo que decir es que
todos los heridos que hemos visto, y todos aquéllos cuyas
heridas hemos curado, son revolucionarios. Ninguno es del gobierno. Dos
doctores con quienes he venido conversando hace poco me aseguraron que
no hay uno solo en los hospitales, lo cual corrobora lo que acabo de
decir, "que los vencedores matan a los heridos y no les dan cuartel".
Santa Catalina sigue todavía en pie. Desde el torreón de
la casa la vista abarca toda la ciudad, y puedo ver perfectamente la
torre de la fortaleza por unos ratos. La balaustrada y las gradas del
torreón están llenas de agujeros de balas; me
permití a mí mismo sólo dos o tres minutos para
asomarme y disfrutar desde este elevado y peligroso sitio el
magnífico panorama que se extiende allende.
El número de heridos excede ya los quinientos. Muchos
cadáveres siguen donde han caído, sobre las terrazas de
las casas vecinas, donde se habían apostado como
francotiradores. Las torres de la catedral están llenas de
ellos. Los bajan para llevarlos a los cementerios. Un episodio de nota
es el de un general de brigada, hermano del comandante en jefe de los
revolucionarios. Cuando el palacio fue tomado por asalto, él fue
capturado por los vencedores y conducido hasta la presencia del general
presidente. Los dos hermanos se echaron uno en los brazos del otro
durante la reunión. Tristes peculiaridades de la guerra civil!
Diez de la noche
Nos acaban de informar que las fuerzas de Pezet están avanzando
hacia el suburbio de Santa Catalina para atacarlo. Nos hemos parapetado
dentro de la casa. Ya no hay policías, y, siendo los montoneros
dueños de las calles durante la noche, es probable que intenten
saquear algunas de las casas. Ya han robado una joyería anoche.
Saquearán la ciudad si la lucha se reanuda esta noche.
Afortunadamente, no está lejos la legación americana, y
al primer signo de alarma iré a refugiarme allí. Dupeyron
se ha armado con dos revólveres. Forgues tiene un rifle que
puede disparar seis veces, y otro de nuestros invitados una pistola de
bolsillo. No son mucho, pero son suficientes como para tener a raya a
los malhechores mientras las mujeres y los niños se escapen por
los techos, los cuales, como he dicho antes, son planos y separados uno
del otro por una pequeña pared que puede ser sorteada
fácilmente. Mientras tanto voy a poner la barra de fierro en la
puerta y tratar de dormir.
8 de noviembre, las diez de la mañana
Santa Catalina se ha rendido anoche, pero Pezet ha retomado Callao y
marcha sobre Lima; sólo tres millas de distancia separa a
ésta de él. Han fusilado a cincuenta de los saqueadores
de Callao.
Las dos y media
Desde el torreón se puede ver a la vanguardia de Pezet avanzar
hacia la ciudad. La artillería y la caballería van
delante. El resto es oculto en el horizonte por una polvareda.
La torre de reloj de la catedral, detrás de nuestra casa,
está llena de soldados apostados allí como
francotiradores. Al final de nuestra calle, que termina en el puente de
Rímac, a través del cual planea Pezet entrar a la ciudad,
están colocando las baterías.
Qué nos pasará?
Los revolucionarios han armado además al populacho, que
está a su lado. No hay nada que yo pueda hacer, si puedo dejar
la casa, excepto ir y pedir protección en la legación
americana. Desgraciadamente el cañón enemigo está
apuntado en nuestra dirección, y es poco probable que podamos
llegar hasta allí sin ser disparados.
Me he enterado de ciertos detalles del escape de Gómez
Sánchez. A las ocho y media de la mañana, cuando se dio
cuenta de que el palacio no podía seguir resistiendo,
escapó por los techos con diez de sus seguidores más
fieles ( fieles?, como si hay tal cosa en un país donde la
traición es el medio más acreditado para hacer fortuna!).
Alcanzaron a bajar hasta la calle donde hallaron unos caballos, pero
fueron descubiertos por algunos soldados revolucionarios, y treinta
jinetes se lanzaron a perseguirlos. Gómez Sánchez y su
séquito tomaron los caminos de la montaña; fue una
carrera por salvarse la vida, una carrera loca. Los revolucionarios,
mejores montados, lentamente los fueron alcanzando, acortando
visiblemente la distancia. Uno de los caballos de los fugitivos no pudo
más, matando a su jinete. La persecución continuó.
Las balas pasaban silbando alrededor del ministro. "Ríndase", le
gritó uno de los perseguidores, y él a modo de respuesta
hincó todavía más profundamente sus espuelas en
las ijadas del animal. Una bala derribó al oficial que galopaba
al lado suyo. El desgraciado cayó al suelo. Los soldados
comenzaron a quejarse. "Ríndanse", les dijo Sánchez, "si
no tienen el coraje de seguir peleando por su libertad. Me
reuniré con mi presidente o me matarán".
Seis soldados se detuvieron y, atando sus pañuelos a los
extremos de sus espadas, hicieron la señal de rendición.
Mientras tanto, Gómez tomó la delantera y, después
de una carrera sin parar de dos horas, llegó hasta donde una
unidad de avanzada de la caballería de Pezet. Sin detenerse a
descansar los dividió en dos compañías y
volvió con una de ellas sobre sus pasos, mientras que la otra,
dando un rodeo, descendió sobre la retaguardia de los
perseguidores. Se reunió con su cuadrilla; una lucha tuvo lugar.
Cogidos entre los quince lanceros del ministro y los otros quince, que
les cortaron la retirada, fueron obligados a rendirse, así como
los seis desertores que una hora antes habían abandonado al
ministro.
Decididamente este abogacillo tiene el alma de un héroe y la
constitución de un diablo... (inconcluso).
[ Gottschalk dio su primer recital público en Lima el 17 de
noviembre de 1865, en el viejo Teatro Municipal. La reacción del
público limeño fue "indescriptible", como reportó
Moreau a sus hermanas. Tan pronto como hizo su aparición fue
recibido con gritos y aplausos que duraron unos cinco largos minutos.
Entre las piezas que figuraron en este primer recital estaban The
Battle Cry of Freedom y The Union
. En los días siguientes, Gottschalk dio otros dos conciertos en
el puerto de Callao para un público compuesto en su
mayoría por residentes ingleses. Un terremoto dañó
el local del Teatro Municipal y Gottschalk se vería forzado a
buscar otras salas para terminar su serie de conciertos.]
13 de diciembre de 1865
Mis temores se han confirmado con respecto al local que el derrumbe
parcial del teatro me había obligado a escoger a fin de poder
continuar con mi serie de conciertos, que había sido
interrumpido. En efecto es dudoso que no le asustara a la sociedad de
Lima la idea de entrar al salón y a los jardines de Otaiza, el
Mabille peruano, donde todos los domingos las tapadas y
sus "amigos" se citaban para entregarse a las tempestuosas zamacuecas
y otras danzas típicas que, aunque de
gran colorido, no
son precisamente las que una madre prudente aprobaría para sus
recatadas hijas.
En vista de esta dificultad había sólo una cosa por
hacer: hacer que el precio de los boletos fuera tan alto que
sólo unos pocos privilegiados pudieran pagarlo. Lo fijé
en dos dólares. El resto fue "poner el cascabel al gato". Las
damas temían comprometerse, nadie quería ser la primera,
aunque todas se morían de curiosidad por ingresar al santuario
prohibido del que todas las lenguas, buenas o malas por igual,
habían estado hablando por un largo tiempo. Las densas alamedas,
los pasajes oscuros, los kioskos, todos ejercían una influencia
poderosa sobre la imaginación... pero, entonces, qué
diría la gente?
Uno de mis amigos convenció a sus hermanas a sacrificarse.
Pronto se divulgó el rumor de que el general * y su familia
había reservado veinte asientos. En cuatro horas el salón
se llenó. El primer concierto no había concluido
todavía cuando ya todos los boletos para el segundo
habían sido vendidos.
Fuera de eso Otaiza, el propietario, quien ha estado en París,
donde por dos años había visitado asiduamente los
Jardines Mabille, había hecho las cosas como un señor.
Los jardines fueron iluminados á giorno
. El piso y los pasajes fueron regados con agua de colonia, y cada una
de las damas recibió a su ingreso al salón un enorme ramo
de rosas y de magnolias.
En cada uno de mis conciertos Banjo
, Murmures éoliens
, Charmes du foyer
, Ojos criollos fueron repetidos (el último de los
mencionados por tres veces seguidas).
Di el séptimo concierto esta tarde. Toqué por primera vez
un importante arreglo que he hecho sobre Un Ballo in Maschera
.
Estamos literalmente en vísperas de una guerra con
España, pues la declaración, según me dicen,
saldrá publicada mañana. El conflicto entre España
y Chile hace que la participación activa del Perú fuera
inevitable, estando las repúblicas hispanoamericanas tan
estrechamente ligadas una a la otra en virtud de su origen común
y de sus instituciones políticas.
Lima, 13 de enero de 1866
He terminado de dar mis conciertos. Han sido lucrativos, y mi
éxito ha sobrepasado en mucho mis expectativas. Hace ocho
días recibí una magnífica decoración; la
cinta que venía con ella es de color rojo y blanco. Estoy
pensando en tomar un descanso en Chorrillos, y bañarme en el mar
allí, ya que aunque es enero, la estación sigue siendo
verano. Chorrillos se encuentra a diez millas de Lima, y me va a ser
posible venir a la ciudad todos los días. Pienso irme a Chile,
que está a ocho días de distancia de aquí si voy
en vapor; la travesía es tranquila como navegar por un lago.
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