HISTORIA DE DOS VIEJOS
DESPUES de la muerte de Umeo Tsuruda, a raíz de una embolia
pulmonar,
la pequeña tienda de abarrotes permaneció cerrada por
espacio de cuatro
meses, y la devota y asidua clientela del japonés tuvo que hacer
sus
compras, con cierta renuencia, en la tienda de la arequipeña del
costado de la panadería. Durante aquellos cuatro meses poco se
supo de
la viuda y de los hijos de Tsuruda, que no se dejaron ver, y nada se
sabía de la suerte que correría la tienda. Muchos
creyeron firmemente,
sin embargo, que la viuda, ayudada por sus dos hijos mayores,
tomaría a
su cargo las riendas de la tienda y continuaría en el negocio
dejado
por su difunto esposo. Después de todo, tenía dos hijos
fuertes y
saludables que, si no deseosos de trabajar, al menos habían
demostrado
siempre cierta buena disposición para ello. La tienda
volvió a abrir
sus puertas a mediados de noviembre, pero en lugar de dos
jóvenes
corpulentos y rebosantes de energía atendiendo a los
parroquianos,
aparecieron detrás de los mostradores dos chinos canosos y
decrépitos,
cuyas edades, una vez sumadas, excederían sin la menor duda la
cifra de
ciento treinta.
Pocas semanas después del entierro de su marido, la viuda de
Tsuruda
había colocado un anuncio de traspaso en El Comercio, y los dos
chinos
acudieron prestamente, al tercer día de la aparición del
anuncio. El
traspaso se efectuó en contados días, pero los nuevos
dueños del
negocio no lo reabrieron sino en noviembre, probablemente con la
finalidad de hacer algunos arreglos y modificaciones dentro de la
tienda. Si tales modificaciones y arreglos se llevaron realmente a
cabo, el resultado no se hizo notar: para los antiguos clientes de
Tsuruda, la tienda permaneció inmutable; sólo los que
atendían detrás
de los mostradores eran otros. No tardaron en conocer los nombres de
los nuevos tenderos: el más alto y también el más
decrépito de los dos
se llamaba don Pancho; y el otro, don Manuel. Estos no eran, desde
luego, sus nombres verdaderos, sino de conveniencia. Don Pancho era un
viejo de maneras suaves y pausadas; llevaba lentes para la presbicia,
que colgaban casi sobre el extremo del puente de su nariz y amenazaban
-pero se sostenían milagrosamente en esa incómoda
posición- con
caérsele al suelo; era delgado, sin ser enjuto, y a causa de su
estatura y de los años se encorvaba ligeramente. Don Manuel era
menos
alto, más corpulento y menos decrépito, pero su edad era
probablemente,
si no la misma, muy próxima a la de su socio. Llevaba el cabello
cortado casi a pelo, por lo que, a pesar de tenerlo completamente cano,
aparentaba ser más joven, si cabe la expresión. Don
Manuel tenía
maneras y temperamento opuestos a los de don Pancho: era más
impaciente, tenía un impresionante vozarrón, revelador de
una mejor
condición de salud, y le gustaba beber de vez en cuando. Los dos
ancianos formaban, al menos en apariencia, una pareja ideal de
tenderos; y la tienda, siendo pequeña y no excesivamente
concurrida,
pero con una clientela regular y leal, parecía hecha a las
medidas de
ellos, sin demandarles demasiada energía y demasiados esfuerzos
de los
que no disponían. Los viejos tenderos no tenían familias:
al menos, ésa
fue la impresión de los vecinos. Vivían solos en la
trastienda y
tomaban sus días libres turnándose: don Pancho
salía los martes por la
tarde; y su socio, los jueves. Don Manuel era el que se encargaba de
hacer las compras de mercancías en el Cercado e ir al mercado
todas las
mañanas. Fuera de sus días libres, don Pancho rara vez
dejaba la
tienda: su salud no era buena; procuraba en lo posible no cansarse en
demasía.
ANTES de asociarse con don Manuel, lou Chiong -tal era el
nombre verdadero de don Pancho- era dueño de una tiendita en la
avenida La Marina, a pocos metros del Hospital Militar. Vivía
entonces con su esposa y su hija, que lo ayudaban en las labores del
negocio. En los años setenta, cuando se produjo el éxodo
masivo de los residentes chinos hacia afuera del país, la mujer
de lou Chiong, presa del mismo pánico colectivo
que se había apoderado de sus coterráneos, decidió
marcharse a San Francisco. Lou Chiong se opuso
terminantemente, afirmando que no había razón alguna para
temer la implantación de un régimen comunista en el
Perú y, por lo mismo, eran completamente injustificados el
pánico y el éxodo. Hubo acaloradas discusiones entre lou
Chiong y su mujer, y la relación conyugal se deterioró en
forma irreversible. La mujer de lou Chiong empacó
sus cosas y viajó a San Francisco acompañada de su hija,
que se había puesto del lado suyo. Lou Chiong se
quedó solo, jurando que no las volvería a ver nunca en lo
que le restaba de vida, y durante los años siguientes mantuvo a
flote el negocio sin más ayuda que la de un empleado kuei
. Este estado de cosas duró unos seis o siete años. Lou
Chiong envejecía rápidamente; lo acosaban los malestares;
en su soledad lamentaba no haber tenido un hijo que pudiera sucederle
en el negocio y que fuera más jau-suen que su
primogénita. Aunque había ahorrado lo suficiente como
para retirarse, no quiso nunca hacerlo porque temía no tener
luego en qué ocuparse y, en parte, porque temía
también que pudiera vivir más años de lo que
suponía pudiese vivir, que sus ahorros pudieran acabarse antes
de que el fin lo alcanzase.
Año y medio atrás, lou Chiong
recibió una notificación del propietario del local donde
estaba ubicada su tienda, invitándolo a desocuparlo dentro del
lapso de tres meses. Lou Chiong entabló juicio
contra el propietario del local, lo perdió, como era de
esperarse, y fue desahuciado. Lou Chiong se mudó a
vivir en un pequeño departamento situado en el Barrio Chino, y
allí permaneció en retiro forzado hasta que lou
Lo, una tarde, mientras tomaban té en el Kou Sen
, le propuso instalar un negocio en participación. Lou
Lo -o don Manuel- se había retirado de los negocios tiempo
atrás, cuando su mujer murió de cáncer. Lou
Lo era un buen comerciante pero lego en cuestiones de finanzas: en
lugar de invertir sus ahorros en propiedades y terrenos los
colocó simple y despreocupadamente en los bancos. Pensaba vivir
de los intereses que generaban sus depósitos, pero la galopante
inflación de los últimos años acabó por
mermar el valor real de su pequeña "fortuna". Cuando lou
Lo se dio cuenta al fin de que corría el peligro de quedarse sin
un solo centavo dentro de pocos años, buscó
frenéticamente invertir lo poco que le quedaba de sus ahorros en
un nuevo negocio. No quería volver a trabajar, deseaba pasar sus
últimos años de vida en ocio, que bien merecía
después de cuarenta años de bregar sin descanso, pero no
tenía otra alternativa.
De haber sido mejor su salud y de ser menos decrépito, lou
Chiong hubiera preferido instalar solo una tienda y ser su único
dueño, en lugar de asociarse con alguien, aun cuando este
alguien fuera un viejo y buen amigo suyo. Los negocios en
participación siempre terminan mal, solía decirse. La
experiencia le había enseñado que los socios de cualquier
negocio, aun cuando fueran entre sí parientes tan cercanos como
hermanos carnales o padre e hijo, casi invariablemente acababan por
pelearse hasta el punto de ser irreconciliables, y muchas de las veces
por motivos realmente triviales. Lou Chiong dudó
mucho antes de decidirse a asociarse con lou Lo, pero
comprendió que él solo ya no era capaz de manejar un
negocio que, a pesar de su insignificante magnitud, requería de
él una dedicación que ciertamente no podía
demandar de sus cada vez más disminuidas energías.
DESDE el principio, una división de trabajo fue
tácitamente establecida entre los dos tenderos. Lou
Lo se encargaría de las compras que tuvieran que hacerse en el
Cercado y en el mercado y, siendo él el que habría que mai-sung
, era por lógica el que tendría que encargarse
también de preparar las comidas. Lou Chiong, en
tanto, se limitaría a todas las demás labores relativas a
la tienda.
Lou Lo no era un mal cocinero, aunque
tampoco podía clasificarse de bueno. De todas maneras, lou
Chiong había perdido desde hacía un buen tiempo la
costumbre y la habilidad de cocinar, de modo que poco podía
reprochar a su socio en ese aspecto, salvo por la cuestión de la
sal. Lou Lo padecía de hipertensión, aunque
fuera de eso, su salud era relativamente buena. Par mantener su
presión sanguínea en condiciones de normalidad, lou
Lo seguía cuidadosa y concienzudamente una dieta escasa de sal.
Al principio, lou Chiong soportó la
insípida comida con estoicismo, para no ofender a su socio, pero
esta situación de cosas no podía continuar por tiempo
indefinido. Luego de tres semanas de gustar comidas que no
sabían a nada, lou Chiong decidió hablar
claro a lou Lo.
"Si no te importa," dijo titubeante, "me gustaría que el sung
fuera servido en platos diferentes."
Lou Lo tardó varios segundos en
captar el significado de aquellas palabras: nunca se le había
ocurrido con anterioridad que lo que él consideraba como normal
pudiera no serlo para otros; había seguido tal dieta por tantos
años que ella se había convertido en algo natural para
él.
Lou Lo no se sintió molesto ni
contrariado: se mostró más bien muy conprensivo. "Lo
siento mucho," dijo disculpándose. "Debí haber pensado en
ello antes." Y en adelante siempre sirvió el sung
en platos separados, uno de ellos más salado y sazonado que el
otro.
Los dos tenderos vivieron en gran armonía por varios meses. La
conversación entre ambos fue disminuyendo en forma paulatina,
pero eso era natural: después de dos o tres semanas juntos, poco
tenía el uno que contar al otro que no fuera una
reiteración de algo ya dicho antes. En sus salidas al Cercado lou
Lo solía traer de vuelta un ejemplar del Man Shing Po
, que leía en el trayecto de regreso y volvía a leer en
la tarde, después de que hubiera pasado por las manos de lou
Chiong. Sobre las escasas noticias contenidas en las cuatro
páginas del tabloide versaban sus conversaciones ocasionales. Lou
Chiong no era partidario de los nacionalistas pero tampoco simpatizaba
con los comunistas, pero su socio sí era un derechista radical.
En todo caso, no existían hondas discrepancias en cuestiones
políticas entre ambos ni mucho menos se suscitaban entre los dos
discusiones por tales motivos. Lou Chiong no se
molestó siquiera cuando lou Lo, en un gesto de
fervor partidario, luego de recibir en la División Local del
Kuomintang un retrato a todo color del Generalísimo Chiang
Kai-Shek, lo colgó encima de la mesa de la cocina, que
también servía de comedor.
EL VERANO toca ya a su fin; los días de sol se alternaban ahora
con días nublados y húmedos. En las tardes, el viento
formaba remolinos de polvo y desperdicios a ras del suelo. Los huesos
reumáticos de los viejos tenderos empezaron a resentirse, aunque
-a decir verdad- ambos lo preferían al calor agobiante de los
meses anteriores. Con algo de retraso, el otoño llegaba.
Una tarde, cuando la clientela escaseaba, lou Lo
tomó un lapicero y se puso a garabatear versos chinos sobre unos
cartones que utilizaban para sacar cuentas. Per la atención de
lou Lo se desvió casi inmediatamente de los versos hacia unas
sumas que aparecían en uno de los cartones. Las sumas las
había hecho lou Chiong, pues aquellos trazos
temblorosos no eran suyos, que todavía podía escribir con
bastante firmeza. Lou Lo volvió a sumar las cifras
una y otra vez, hasta que al fin no le quedó ninguna duda: las
sumas arrojadan un error por trescientos soles. Lou Lo
llevó el cartón a lou Chiong, quien en
aquel momento se encontraba tomando té en la trastienda, y le
hizo ver su error. Lou Chiong miró las sumas, sin
mostrarse aparentemente muy contrariado, se encogió de hombros y
respondió con cierta ligereza, " Qué son trescientos
soles ahora?"
Lou Lo frunció el ceño con
disgusto pero no replicó. Aquella noche se preguntó a
sí mismo cuántos errores de ese tipo habría
cometido su socio en los cinco meses pasados. La plata que se pierde
por culpa de esos errores de cálculo es también mi plata,
se dijo para sus adentros. Y este pensamiento acrecentó
aún más el desagrado que había sentido ante la
actitud poco responsable de lou Chiong. Trescientos soles
de pérdida no eran ninguna cifra de poca importancia en un
negocio tan pequeño como el que tenían; y al pesar que
pudieran no ser el único error que había cometido su
socio a lo largo de los cinco meses, a su disgusto inicial se le
agregó una seria preocupación.
A la mañana siguiente lou Lo volvió a
insistir sobre el asunto y pidió a lou Chiong
tener en adelante más cuidado con las cuentas. Lou
Chiong, avergonzado en realidad de la declinación de sus propias
facultades mentales, trató de disimular su vergüenza
asumiendo una
actitud de terquedad. "Si tanto te importan esos trescientos soles,"
replicó aparentemente enojado, "puedes deducirlos de las
utilidades que
me corresponden al fin del año." Y en el resto de aquel
día no volvió a
dirigir palabras a su socio. Ni éste a él tampoco.
Aquel fue el primero de los incidentes que empezaron a deteriorar las
buenas relaciones de los dos socios. Aunque muchos de esos incidentes
se habían producido casi enteramente por culpa suya, lou
Chiong veía sombríamente cómo se cumplía el
curso de los acontecimientos que había presentido desde mucho
antes de su asociación con lou Lo, sin poder
él hacer nada para remediarlo.
Los dos tenderos se habían conocido unos cuarenta o más
años atrás,
cuando ambos trabajaban para un mismo empleador en una de las tiendas
más antiguas de la calle Capón. Como eran casi de la
misma edad, la
relación existente de ellos era más íntima con
respecto a otros
compañeros de trabajo. Solían salir juntos en busca de
diversión, y
juntos iban de trasnochada en trasnochada. Cuando cada uno de ellos se
estableció independientemente y se casó, dejaron a un
lado las alegres
juergas, pero no por ello dejaron de reunirse regularmente, ya fuera en
los salones de té u otros lugares frecuentados por ambos. Tanto lou
Chiong como lou Lo ansiaban tener un hijo varón
que pudiera perpetuar su linaje, pero desafortunadamente, ninguna de
las mujeres de ambos alcanzaron a darles esa satifacción. La
mujer de lou Lo resultó ser estéril, la de lou
Chiong, por su parte, sólo pudo dar a su marido una hija
única, luego de dos sucesivos partos prematuros. Esta fatalidad
de destino unió aún más a ambos. Si no llegaron
jamás de ser compadres, fue sólo porque lou
Chiong, que era un ateo recalcitrante, se había negado
rotundamente a que su hijita recibiese el bautizo católico. Lou
Chiong era de Lung-tú y lou Lo, de
Si-chuíng: en otras palabras, los dos pertenecían a la
misma Sociedad Chung-shan y eran en cierto modo paisanos. Durante su
juventud los dos fueron miembros activos de la Agrupación de la
Danza del Dragón de la Sociedad. Lou Chiong, alto
y ágil, fue la "cabeza" del Dragón durante varios
años, mientras lou Lo lo acompañaba en
todas sus actuaciones tocando el tambor. De aquella feliz época
quedaba ahora sólo un lejano recuerdo: ni lou
Chiong era ahora capaz de sostener la "cabeza" del Dragón y
hacer las cabriolas y los brincos que habían maravillado tanto a
moros y cristianos, ni lou
Lo tenía la suficiente fuerza como para arrancar redobles al
grueso
cuero del gigantesco tambor. Ambos padecían ahora de
enfermedades
crónicas y habían empezado gradualmente a chochear.
Habían alcanzado
ambos la edad en que, para muchos otros, más afortunados o
adinerados
que ellos, era ya tiempo de retirarse y de descansar.
En agosto lou Chiong empezó a sentir un dolor
agudo
y punzante debajo del diafragma y tener diarreas. Al principio no les
prestó mayor atención a estos síntomas pensando
que había cogido
simplemente una colitis. Sólo cuando los medicamentos que se
autorecetó
no surtieron ningún efecto decidió acudir al medico. Este
le
diagnosticó un principio de úlcera gástrica, le
advirtió que era algo
serio y le aconsejó guardar cama, aparte de seguir una dieta
especial a
base de leche, galletas y huevo.
Cuando lou Chiong volvió del consultorio y
contó a su socio que tenía que guardar cama por un tiempo
indefinido, lou Lo respondió magnánimamente
que él solo podía encargarse de la tienda durante su
convalecencia y que no se preocupara sino en restablecerse.
"Después de todo," señaló, " no harías
tú lo mismo si yo estuviese en tu lugar?" Aunque el rostro de lou
Lo reflejaba sinceridad y no mostraba ningún signo de estar
seriamente contrariado, lou Chiong se retiró a su
cuarto con un oscuro presentimiento en su corazón y muy
pesaroso. Sentía por las molestias -que sin lugar a dudas
serían muchas y grandes- que tuviera que ocasionar a su socio en
los días por venir.
Durante los primeros días de la convalecencia de lou
Chiong, lou Lo se comportó comprensivamente. Qué mortal
está libre de sufrir una seria enfermedad, sobre todo si a
éste le faltaba ya poco para traspasar el umbral de los setenta?
Lou Lo mismo, acaso no sufría
también de hipertensión, si bien esta enfermedad no lo
obligaba a guardar cama? Las enfermedades, al igual que los placeres,
las preocupaciones, las penas y la alegría, constituyen
elementos o factores infaltables en la vida de cualquier hombre. Sin
embargo, a medida que trasncurrían los días sin que el
estado de lou Chiong presentara mejorías notables
y lo capacitara a salir a la tienda, y a medida que las labores
abrumaban cada día más a lou Lo,
éste empezó a sentirse molesto. Cuándo
dejará lou Chiong de estar echado en su cama, sin
hacer nada en absoluto, mientras él se mataba afuera? Y poco a
poco, un corrosivo pensamiento se deslizó dentro de la cabeza de
lou Lo. No estará lou
Chiong exagerando la gravedad de su estado?.
Una noche, mientras ambos tomaban su cena en la trastienda -lou
Chiong su dieta de Sippy y lou Lo su dieta de poca sal-, lou
Lo sacó a colación el asunto como pura casualidad.
" Cómo está tu úlcera?" preguntó sin mirar
a lou Chiong, mientras pescaba con los palillos un trozo
de carne de lechón asado. " Todavía sientes ese dolor en
la barriga?"
Lou Chiong miró a su socio por
encima de sus lentes, que colgaban tambaleantes sobre el puente de su
nariz, y comprendió en seguida. "Me quedaré en cama por
tres días más y luego saldré," contestó con
voz cansina.
Lou Lo, dedicado a su tazón de
arroz pretendió no haber oído la respuesta de su socio.
Los tres días pasaron y Lou Chiong seguía
temeroso de levantarse de la cama. La tarde anterior había ido
de nuevo a ver al médico y éste le había
aconsejado sacar una radiografía de su estómago, para
constatar la gravedad de la dolencia. Mientras tanto, la paciencia de lou
Lo había llegado a su fin. Sobreabrumado por el trabajo en la
tienda, que se veía obligado a cerrar cuando tenía que ir
al mercado, lou
Lo había comenzado a perder peso y se sentía cada
mañana más cansado
que en la anterior. Dios sabe por cuánto tiempo seguirá
así, se dijo
sin poder reprimir su irritación. No es justo, agregó,
las utilidades
las repartimos por igual pero yo solo tengo que hacer todo el trabajo.
Secreta pero injustamente, ofuscado por la sobrecarga de trabajo, lou
Lo había empezado a pensar que su socio se quedaba en la cama
simplemente porque se había acostumbrado a ella. Perdió
la ecuanimidad necesaria para considerar las cosas con objetividad y se
vio a sí mismo víctima de una explotación.
Lou Lo no fue capaz de decir en su cara
a lou Chiong lo que pensaba de él, pero supo
manifestar su irritación por otros medios no menos eficaces: no
volvió a dirigir la palabra a su socio, cuando se hallaban
juntos; y se cuidó de cerrar las puertas, descargar los paquetes
o mover las sillas, cuando fuera necesario hacerlo, con tanto
estrépito que hacía sobresaltarse al enfermo que
convalecía en la pieza de adentro. Con ciertas frecuencias, lou
Lo arrojaba cosas pesadas al suelo completamente adrede. Lou
Chiong, acostado en su lecho, oía y entendía
perfectamente el significado de aquellos "mensajes".
Una mañana, muy temprano, lou Chiong se
levantó de
su cama de convalecencia, se puso su guardapolvo blanco y salió
a la
tienda. Tenía un aspecto casi normal, sólo había
perdido dos kilos de
peso, pero caminaba y se movía con evidente dificultad, pues el
dolor
debajo del abdomen seguía ahí, como una larga y gruesa
aguja clavada en
las paredes del estómago. Lou Lo continuó
despachando como si no hubiese advertido su presencia. Durante el resto
de aquel día y los siguientes, ambos atendieron a los
parroquianos sin intercambiar palabras. Al cuarto día de la
reincorporación de Lou Chiong a las labores
diarias del negocio, lou Lo creyó justificada su
anterior sospecha de que su socio había estado exagerando la
gravedad de su estado, para escamotear horas de ocio a expensas suyas.
El enojo de lou Lo desapareció finalmente y
empezó tentativamente a tratar a lou Chiong con la
misma intimidad de siempre. Lou Chiong respondía a
sus tentativas de reconciliación sin encono, pero la
mayoría del tiempo prefirió permanecer en silencio.
El martes de la semana siguiente, lou Lo dejó a su
socio solo en la tienda y se dirigió al Cercado para hacer
algunas compras. A su regreso halló la tienda cerrada. Nadie
vino a abrir la puerta. El inquilino del piso de arriba bajó
corriendo a su encuentro, al escucharlo tocar fuerte pero
inútilmente la puerta metálica del negocio. Lou
Lo tuvo casi inmediatamente, aun sin oír el relato de su vecino,
la seguridad de que alguna desgracia había acaecido a lou
Chiong. La sensación fue tan fuerte y firme que el
corazón de lou Lo sintió inmediatamente un
rudo golpe, como un puñetazo dado en pleno pecho.
El inquilino del piso de arriba le explicó que lou
Chiong había sentido un súbito e intenso dolor abdominal
a media hora de haber salido él, y que tuvo que ser llevado de
emergencia al Hospital de Empleados. Lou Lo tomó
de inmediato un taxi y se dirigió al Hospital. Cuando
después de un cuarto de hora arribó al nosocomio, lou
Chiong, cuyo estómago se había perforado, había
entrado ya en coma.
Lou Chiong murió al día
siguiente sin recobrar la conciencia. Faltaban escasos días para
su sexagésimo noveno onomástico.
Después de la muerte de su socio lou Lo
siguió solo con el negocio, pero ya no era el mismo hombre de
antes. la decrepitud se había apoderado por completo de su
cuerpo y de su mente. Chocheaba ya y comenzaba a hablar consigo mismo
cuando estaba a solas. Cierto día vendió doscientos
tantos soles de mercancías a un parroquiano ocasional y se
olvidó de cobrarle. Se adelgazó increíblemente y
empezó a parecerse a lou Chiong, cuando
vivía. Incluso se encorvaba ligeramente como él. Al
término del mes de setiembre liquidó la parte del negocio
y las utilidades que le correspondían a lou
Chiong, pero no pudo enviar el dinero a su viuda y su hija, ya que no
era posible conseguir dólares. El primero de noviembre, el
Día de Todos los Santos, lou Lo fue al cementerio
para depositar flores ante la tumba aún sin lápida de su
ex-socio y lloró largamente. Un encargado de los nichos lo
encontró golpeándose el pecho con ambos puños,
como si con ello pudiera exorcizar la culpa que lo consumía.
Varios meses después, lou Lo, ya andando con
dificultad y titubeante en todos sus movimientos, fue a la Beneficencia
Pública y se compró un nicho. La noche anterior, lo mismo
que otras noches, había soñado con su ex-socio. |
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